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Marta Sahagún: El Saqueo que Fox, Calderón y Peña Nunca Quisieron Juzgar

Marta Sahagún: El Saqueo que Fox, Calderón y Peña Nunca Quisieron Juzgar

12 de diciembre de 2012. Sala del Tribunal Federal del Distrito Sur de California. Un hombre de 40 años espera de pie frente al juez John a Houston. Va a decir dos palabras. Dos palabras que ninguna llamada telefónica a un funcionario, ningún amparo, ningún acuerdo político firmado detrás de puertas cerradas en México pudo evitar que llegaran hasta ese momento.

 El hombre se llama Manuel Briviesca Saagú. Es el hijo mayor de la mujer que durante 6 años tomó las decisiones más importantes dentro de la residencia oficial del presidente de México. Culpable. Ese papel firmado en San Diego aquel diciembre no era el final de una historia. Era la única parte de la historia que una corte extranjera logró tocar.

 Porque mientras ese papel se firmaba, el apellido Sagun seguía operando en México. No desde Los Pinos, ya cerrado 6 años atrás. desde contratos del herario, desde cargos de gobierno, desde estructuras que nadie había desmantelado porque nadie había sido procesado. En este video vas a descubrir cuatro cosas que los relatos convencionales sobre Marta Sagun no te han dado con sus cifras completas.

Primero, como el apellido que construyó su poder bajo FAX siguió cobrando 3,576 millones de pesos del herario durante el gobierno de Peña Nieto, el presidente del partido al que Fax había derrotado y que se suponía que iba a investigar los excesos del foxismo. Segundo, como uno de los hijos de Marta ocupó un cargo como funcionario federal mientras su hermano cumplía condena en Estados Unidos.

Tercero, ¿cuál es la conexión entre el entorno Sagun Briiesca y las cuentas de Genaro García Luna, el hombre con la condena por narcotráfico más grave que haya recibido un exfuncionario mexicano de alto rango? Y cuarto, el número que la Auditoría Superior de la Federación documentó como irregularidades en el sexenio de Fox y que ningún video sobre esta familia te ha explicado completo.

 184,300 millones de pesos. No lo dijo un enemigo político, lo dijo el órgano del Estado encargado de revisar las propias cuentas del gobierno. Ese es el punto de partida. Para entender cómo una familia llega a ese punto, hay que ir al principio. Y el principio de Marta María Sagú Jiménez está en Zamora, Michoacán, 10 de abril de 1953.

Zamora es una ciudad de catedral inacabada, de campanarios que se ven desde cualquier punto del valle, de familias donde la reputación vale más que el dinero y donde el apellido de una mujer depende del apellido del hombre con quien se case. En ese mundo nació Marta. Su padre, Alberto Saagún de la Parra era médico.

 Su madre, Ana Teresa Jiménez, administraba el hogar. Las hermanas teresianas la educaron con una devoción por Santa Teresa de Jesús, esa monja española del siglo X que describió la vida interior como un combate que se gana no con fuerza, sino con tenacidad. Esa idea la acompañó mucho más allá de los libros de oración. Lo que no se cuenta tanto del ambiente de Zamora en aquellos años es que el padre de Marta, Alberto Sagú de la Parra, tenía vínculos con los círculos religiosos más conservadores y mejor conectados del país. Uno de esos

círculos era el que se formó alrededor de los legionarios de Cristo y de su movimiento laico, el Regnun Cristi. Antes incluso de que Marta entrara a la política, participó en las redes organizativas de ese movimiento en Celaya y en Guanajuato. Fue dentro de esa estructura donde manejó por primera vez responsabilidades financieras, organización de eventos, administración de recursos, coordinación de proyectos.

Una escuela temprana, aunque informal, de cómo circula el dinero dentro de una institución con poder real, pero sin el escrutinio de un órgano público. El nombre del fundador de los legionarios, Marcial Maciel, es hoy sinónimo de uno de los escándalos más oscuros de la Iglesia moderna. Durante décadas fue intocable.

Sus víctimas tardaron generaciones en ser escuchadas. Y cuando finalmente el Vaticano lo retiró de toda actividad pública antes de su muerte en 2008, el daño ya llevaba décadas multiplicándose. Guarda ese nombre. Vuelve al final. A los 18 años, Marta se casó con Manuel Briviesca Godoy, un veterinario de Celaya, varios años mayor que ella.

La boda fue en la iglesia como correspondía en Zamora en 1971 y lo que vino durante los siguientes 27 años ocurrió en privado, lejos de los periódicos y de las columnas políticas. Salió a la luz décadas después cuando Marta envió en 2003 una carta a la Sagrada Rota Romana, el tribunal eclesiástico del Vaticano, pidiendo la nulidad de ese matrimonio religioso.

En esa carta alegó violencia doméstica. dijo que había sufrido abusos físicos y emocionales durante casi tres décadas, que había callado por sus tres hijos, que había callado por el que dirán de un pueblo donde una mujer separada era una mujer marcada. La rota romana le concedió la nulidad en 2005.

[música] Ese documento enviado a Roma es el dato que explica lo que vino después con más claridad que cualquier análisis político. Una mujer que aguantó lo que no debería haber aguantado durante casi 30 años, que cuando encontró la salida la tomó sin dudar y que llegó a la política con algo que muy pocas personas que buscan el poder tienen la certeza de que no hay peor lugar que el de donde acaban de escapar.

Esa certeza es combustible. La pregunta es siempre hacia dónde se dirige. Tres hijos tuvo con el veterinario Manuel en 1972, Jorge Alberto 2 años después, Fernando en 1981. Los tres crecieron en Celaya viendo a una madre que sonreía en la calle y guardaba el dolor para dentro, que llevaba el apellido de un hombre que la lastimaba y aparecía en la misa del domingo como si todo estuviera bien.

 Hay cosas que un niño aprende de eso, aunque nadie se las enseñe explícitamente. Cosas sobre la superficie y lo que hay debajo de ella. Cosas que después, cuando el poder llega se convierten en instinto. En 1988 Marta ingresó al partido Acción Nacional. En aquella época el PAN en Guanajuato era la oposición que solo los optimistas de largo plazo tomaban en serio.

 En 1994 se postuló a la alcaldía de Celaya. Perdió. Fue una derrota sin escándalo, sin drama público, simplemente una candidatura que no llegó, pero la derrota la dejó dentro del partido y el partido la colocó en el círculo del hombre que estaba construyendo la posibilidad real de quebrar 70 años de dominio del PR.

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