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Se Escondió Dentro de la Montaña Cuando Todos la Creían Muerta — Lo que Construyó Sola Salvó al…

Parte II: El santuario de piedra y el peso del aislamiento

La vida bajo tierra no es para cualquiera. Los primeros meses fueron un ejercicio de pura supervivencia psicológica. Si alguna vez habéis pasado más de 48 horas en una oscuridad absoluta, sabréis que el silencio no existe. La mente se vuelve loca; empieza a inventar sonidos, a reproducir conversaciones viejas, a traerte los fantasmas de la infancia a cenar contigo.

Nota de experiencia: El mayor enemigo de la soledad no es la falta de compañía, es el exceso de ti mismo. Si no soportas tus propios pensamientos, la montaña te devora en una semana.

Mi nuevo hogar era una red de galerías subterráneas que se extendía por kilómetros bajo la piedra caliza. Hacía frío, un frío húmedo que se te mete en el tuétano y que no se quita ni con tres mantas de lana. Para comer, dependía de lo poco que había logrado rescatar de la bodega subterránea de mi casa antes de que cayera el techo y de las incursiones nocturnas que hacía, como una sombra, a los huertos abandonados de las afueras del pueblo. Robaba patatas, manzanas ácidas, algo de grano. Me sentía como un zorro herido, pero cada bocado me recordaba por qué seguía viva.

Mi plan no era simplemente esconderme para salvar el pellejo. Eso habría sido cobardía. Mi plan era técnico, casi científico. Durante años, antes de que todo saltara por los aires, yo había trabajado como ingeniera de caminos en la capital, antes de mandar a paseo los atascos y las oficinas para volver a la tierra de mis padres. Sabía que la Sierra de los Vientos funcionaba como una esponja gigante. El agua de las lluvias de invierno se filtraba por las grietas de la cumbre y se acumulaba en acuíferos subterráneos enormes.

¿Cuál era el problema? Que las obras de la empresa minera, con sus explosiones controladas y sus túneles de prospección, estaban rompiendo las capas de arcilla que retenían esa agua, desviándola hacia el lado opuesto de la cuenca, dejando a San Miguel de las Piedras completamente seco a medio plazo. Querían asfixiar al pueblo para que la gente vendiera sus casas por cuatro duros. Una estrategia vieja como el mundo, pero jodidamente efectiva si nadie la frena.

Así que empecé a construir. Sola.

Con una carretilla vieja que encontré en la galería principal, unos sacos de cemento hidráulico que fui sisando poco a poco de un almacén abandonado de la carretera, y bloques de piedra que yo misma picaba con un pico que me destrozaba las palmas de las manos. Mi objetivo era levantar una serie de diques subterráneos, muros de contención estratégicos dentro de las grietas de la montaña para redirigir el flujo del agua hacia los antiguos manantiales del pueblo, bloqueando a la vez las vías de escape que la minera estaba abriendo.

Era un trabajo de chinos, una locura que cualquier ingeniero con dos dedos de frente habría calificado de imposible para una sola persona. Pero cuando no tienes nada más que perder, el concepto de “imposible” se vuelve bastante elástico. Cada bloque de piedra que colocaba tenía un nombre grabado en mi mente: el del alcalde prevaricador, el del ingeniero jefe de la mina que se reía de nuestras protestas, el de los vecinos que se rindieron sin luchar.

Recuerdo una noche en particular, creo que era noviembre porque el viento soplaba allá arriba con una furia que se colaba por los respiraderos en forma de silbidos fantasmales. Estaba tratando de asentar una piedra de casi cincuenta kilos para sellar una filtración que amenazaba con derrumbar el pasadizo B-12. El pie se me resbaló en el barro arcilloso y la piedra cayó directamente sobre mi pierna izquierda.

El dolor fue tan agudo que vi destellos blancos en la oscuridad. Me quedé allí tirada, con la linterna frontal parpadeando, la pierna atrapada y el agua helada cayéndome directamente sobre la cara. En ese momento, os lo juro por lo más sagrado, quise rendirme. Pensé: “¿Qué narices estás haciendo aquí, Valentina? Estás muerta para el mundo. Podrías estar en una playa de Alicante, con otra identidad, tomándote una caña y olvidándote de este pueblo de paletos que ni siquiera se acuerda de ti”.

Pasé tres horas llorando, gritando insultos que resonaban en las paredes de piedra. Pero la rabia, esa maravillosa y destructiva rabia, volvió a salvarme. Conseguí hacer palanca con un trozo de raíl viejo, liberé la pierna y, arrastrándome como un reptil, terminé de colocar la piedra. Ese día comprendí que la montaña no me odiaba; simplemente me estaba probando. Si quería ser parte de ella, tenía que ser tan dura como el granito.

Parte III: El colapso del valle y la gran sequía

Pasaron tres años. Tres años en los que el mundo exterior cambió por completo mientras yo vivía en una línea temporal diferente, marcada por las gotas de agua que caían del techo y el desgaste de mis botas.

A través de una pequeña radio de transistores que logré sintonizar (colocando la antena pegada a una veta de hierro que subía hasta la superficie), escuchaba las noticias locales. Las cosas en San Miguel de las Piedras iban de mal en peor. La mina había obtenido todos los permisos gracias a la “declaración de impacto ambiental favorable” que el ayuntamiento había cocinado a puerta cerrada. Comenzaron las excavaciones pesadas.

Las consecuencias no tardaron en llegar. El agua de los pozos superficiales del pueblo empezó a salir turbia, luego aceitosa, y finalmente cesó. El río que cruzaba el valle, el mismo donde yo me bañaba de niña, se convirtió en un hilo de fango gris donde flotaban los peces muertos. La gente del pueblo empezó a desesperarse. Sin agua no había ganado, sin ganado no había huertos, y sin huertos San Miguel era un desierto de piedra.

El alcalde, por supuesto, echaba la culpa al “cambio climático” y a la “sequía persistente”. ¡Menuda jeta! Era el guion perfecto: destruyes el recurso, culpas a la naturaleza y luego te presentas como el salvador ofreciendo camiones cisterna que pagaba el propio ayuntamiento con el dinero de los impuestos de los vecinos. Un negocio redondo.

Desde mi observatorio en la grieta alta, a la que llamaba “El Ojo de Dios”, veía cómo el pueblo se iba vaciando. Las familias jóvenes se marchaban a la ciudad; las persianas de las casas se cerraban para no volver a abrirse. Manuel, mi antiguo novio, el que intentó salvarme del fuego, era uno de los pocos que se resistía a vender. Lo vi varias veces desde la distancia, caminando por la plaza vacía con los hombros caídos, visiblemente más viejo, con esa mirada de derrota que se le queda a los hombres cuando ven que la tierra de sus ancestros se les escurre entre los dedos.

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