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Carlos V: Lo que vio en el funeral de su madre Juana lo convirtió en el rey más temido.

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 Era una fría mañana de abril de 155 cuando el emperador Carlos V recibió la noticia mientras se encontraba en Bruselas. El mensajero, exhausto tras días de viaje incesante, se arrodilló ante él en la sala del consejo. Su majestad imperial, debo informarle que su alteza real, doña Juana, reina de Castilla, ha fallecido en Tordecillas el pasado 12 de abril.

Un silencio sepulcral invadió la estancia. Los consejeros observaron con cautela al emperador, cuyo rostro permaneció impasible, aunque un leve temblor en su mano derecha, aquella que sujetaba con firmeza el documento sellado, delataba su turbación interna. “¿Las circunstancias?”, preguntó Carlos con voz grave.

 “Una fiebre repentina, majestad. El doctor Soto hizo cuanto pudo, pero a sus 75 años la reina no tenía las fuerzas para combatirla. Partió con los santos sacramentos y en paz. Carlos asintió lentamente. Hacía más de 30 años que no veía a su madre. La última vez había sido en 152, cuando recién coronado emperador del Sacro Imperio había visitado brevemente Tordecillas.

 Recordaba el encuentro con dolorosa claridad. Los ojos vidriosos de Juana, su confusión al verlo, preguntándole repetidamente por su padre Felipe, muerto hacía 16 años. Los preparativos para el traslado de sus restos a la capilla real de Granada ya han comenzado”, continuó el mensajero. El marqués de Denia solicita instrucciones precisas sobre el cortejo fúnebre.

Carlos se levantó lentamente, sintiendo el peso de sus 55 años, el dolor punzante de la gota en sus articulaciones y el agotamiento de una vida dedicada a mantener unida un imperio imposible. Partiré hacia España inmediatamente”, anunció sorprendiendo a todos los presentes. “Acompañaré a mi madre en su último viaje.

” Luis de Quijada, su fiel mayordomo, se acercó con preocupación. “Majestad, vuestro estado de salud, el viaje sería extremadamente arduo en esta época del año.” “No discutas mis órdenes, Quijada”, respondió Carlos con firmeza. He comenzado a ceder mis territorios a Felipe. Pronto dejaré de ser emperador, pero antes debo cumplir con este último deber filial.

 Aquella noche, a solas en sus aposentos, Carlos contempló el retrato de su madre que siempre llevaba consigo. Juana en su juventud, hermosa, de mirada inteligente, antes de que la melancolía y la reclusión transformaran su espíritu, junto a él las cartas que durante décadas había intercambiado con el marqués de Denia, custodio y carcelero de la reina en Tordesillas.

Hice lo correcto, madre”, murmuró en la soledad de la noche. “Era necesario mantenerte encerrada todos estos años. El peso de la corona, las decisiones tomadas en nombre del imperio, la razón de estado que había prevalecido sobre los vínculos de sangre, todo parecía confluir ahora en un remordimiento que Carlos jamás había permitido aflorar completamente.

Con manos temblorosas por la enfermedad, comenzó a escribir instrucciones precisas para el funeral. Esta vez no es Catimaría en honores para quien, a pesar de su reclusión, nunca había dejado de ser la legítima reina de Castilla. El viaje desde Brusela resultó tan extenuante como Quijada había previsto. La comitiva imperial avanzaba lentamente por los caminos empapados por las lluvias primaverales, mientras Carlos sufría intensos ataques de gota que le obligaban a detenerse frecuentemente.

viajaba en una litera especialmente acondicionada, pero cada bache del camino se traducía en un dolor lacerante que le arrancaba muecas de sufrimiento. Al cruzar los Pirineos y pisar suelo español, Carlos experimentó una mezcla de emociones contradictorias. Esta tierra, que tanto había rehuído durante su reinado, prefiriendo Flandes o los territorios alemanes, sería ahora su último refugio.

Ya había decidido tras las abdicaciones, retirarse al monasterio de Just en Extremadura. ¿Recuerdas la primera vez que vine a España a Quijada?”, preguntó Carlos a su mayordomo mientras contemplaban el paisaje castellano desde una colina. “Como si fuera ayer, majestad, teníais 17 años y apenas hablabais castellano.

” Carlos esbozó una sonrisa amarga y me enfrenté a una nobleza hostil que me veía como un extranjero mientras mi madre, la verdadera reina, permanecía encerrada en Tordecillas. Nunca me perdonaron completamente por ello. Hicisteis lo que debíais por el bien de los reinos, señor. Lo hice. La pregunta quedó suspendida en el aire frío de la meseta castellana.

 La comitiva imperial fue recibida en Valladolid con todos los honores correspondientes al emperador, aunque Carlos había solicitado discreción. El regente de Castilla, su hijo Felipe, se encontraba en Inglaterra tras su matrimonio con María Tudor, por lo que fue el príncipe don Carlos, su nieto de 10 años, quien lo recibió junto a su hermana Juana de Austria.

 Al ver a su nieto, Carlos, sintió un escalofrío inexplicable. Había algo en la mirada del joven príncipe, una frialdad inquietante que le recordaba a algunos de sus ancestros absburgos menos equilibrados. Abuelo, saludó el joven con formalidad excesiva. España se regocija con vuestro regreso.

 Carlos abrazó al muchacho con afecto, intentando traspasar algo de calidez a aquel rostro impasible. He venido a honrar a tu bisabuela, Carlos. Pronto comprenderás la importancia de respetar a quienes nos precedieron en la corona. Esa misma tarde, mientras descansaba en el palacio real de Valladolid, Carlos recibió al marqués de Denia, quien había custodiado a Juana durante décadas.

Majestad, comenzó el anciano noble con voz afectada. La reina partió con serenidad tras recibir los santos sacramentos. En sus últimos momentos de lucidez, preguntó por voz. Carlos sintió una punzada de culpabilidad. ¿Qué dijo exactamente? El marqués dudó un instante. Preguntó si su hijo, el emperador, vendría a verla antes de morir.

 Le aseguré que vos la teníais siempre presente en vuestras oraciones. Una mentira piadosa, murmuró Carlos. ¿Qué más puedes decirme de sus últimos días? La reina había estado más tranquila en los últimos años. Ya no se negaba a comer ni realizaba las excentricidades de antaño. El tiempo había apaciguado su espíritu. Carlos asintió pensativamente.

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