SILVIA PINAL: El Trágico Destino de Sus 4 Hijos… Frida Sofía Rompió el Pacto
Una murió a los 19 años en una carretera oscura, sola, con su Volkswagen cayendo por un barranco en la madrugada. Otra pasó décadas peleando contra sus propios demonios hasta que las adicciones casi se la llevaron antes de tiempo. Un tercero se vio envuelto en uno de los escándalos de paternidad más vergonzos de la televisión mexicana.
Y la cuarta, la mayor, cargó con el peso de enterrar a una hermana, a una hija y de mantenerse en pie mientras la familia se desmoronaba a su alrededor. Esta es la historia de Silvia Pinal, la mujer más brillante del cine de oro mexicano, la diva que trabajó con Luis Buñuel, la actriz que recibió aplausos de todo el mundo y la madre que detrás de cada sonrisa para la cámara vivió tragedias que ninguna fama puede explicar.
Sigue escuchando porque lo que le pasó a esta familia va mucho más allá de lo que los titulares jamás contaron. Hay una fotografía de Silvia Pinal que circuló mucho durante los días de su velorio en diciembre de 2024. En ella aparece joven de blanco con el cabello rubio perfectamente peinado y los ojos claros mirando directo a la cámara.
Es la imagen de una mujer que parece invencible, una mujer que parece hecha de otro material, que parece, como ella misma decía, que nunca podría romperse. Pero esa fotografía no muestra lo que había detrás, no muestra las noches en que esperó noticias de una hija que nunca llegó a casa. No muestra los años en que vio a otra hija destruirse a sí misma sin poder detenerla.
No muestra los pleitos familiares, los escándalos en televisión nacional, las disputas por propiedades cuando ella todavía estaba viva. No muestra la última llamada que una nieta le hizo desde Estados Unidos, desde lejos, después de años sin verse, Silvia Pinal brilló como nadie y se rompió como nadie.
Esta es su historia verdadera. Silvia Pinal Hidalgo nació en Guaimas, Sonora, en septiembre de 1931. Aunque las fechas exactas siempre fueron motivo de misterio, incluso para su propia familia. Su hijo Luis Enrique llegó a decir en público, con cierta ternura mezclada con confusión que su mamá había podido cambiar su acta de nacimiento en algún momento, que nunca sabían bien qué edad tenía.
Esa ambigüedad no era casualidad, era parte de quien era Silvia Pinal, una mujer que siempre supo que la imagen era poder, que el control de la propia historia era la única armadura que una mujer de su tiempo podía tener. Su infancia en Sonora fue sencilla. Su padre biológico, Moisés Pasquel, estuvo ausente desde el principio.
Cuando ella tenía apenas 5 años, su madre, María Luisa Hidalgo, se casó con un hombre llamado Luis Pinal Blanco. Ese hombre no era su padre de sangre, pero le dio su apellido. Le dio el nombre con el que el mundo la conocería para siempre. Desde niña, Silvia quería actuar. Lo quería con esa certeza que tienen algunos desde muy pequeños.
Esa certeza que no se discute ni se explica. Pero su padrastro tenía otra idea para ella. le pidió que estudiara algo práctico, que aprendiera mecanografía, que tuviera una profesión que le diera de comer en el mundo real. Silvia obedeció, estudió mecanografía y al mismo tiempo en silencio, tomaba clases de canto y de actuación.
Buscaba audiciones, esperaba su turno, porque Silvia Pinal siempre supo que su turno iba a llegar. Llegó a los 15 años cuando conoció a un actor y director llamado Rafael Bankquels. En esa época, conocer al hombre correcto podía abrirte todas las puertas. Y Rafael Bankquels era el hombre correcto. Se casaron.
Ella tenía 15 años. Él tenía casi 20 más que ella. Y de esa unión nació su primera hija, Silvia Pasquel. La ciudad de México de los años 40 era otro mundo. Era una ciudad que crecía, que brillaba, que tenía hambre de cultura y de cine. El cine de oro mexicano estaba en su pico más alto. Los estudios producían decenas de películas al año.

Las estrellas eran dioses modernos, figuras que la gente seguía con devoción. Y en ese mundo, Silvia Pinal empezó a abrirse paso. Su debut en cine llegó en 1948. tenía 17 o 18 años, según cómo se cuenten sus años de nacimiento. Y desde el primer momento quedó claro que había algo en ella que las cámaras amaban. Un magnetismo que no se aprende, una presencia que llenaba la pantalla antes de que dijera una sola línea.
Trabajó junto a Cantinflas en algunos de sus primeros pasos. Compartió set con los grandes de la época. fue creciendo película a película hasta convertirse en algo que muy pocas logran, una estrella de verdad. Pero su matrimonio con Rafael Bankquels no duró. Se divorciaron en uno guion 1, cuatro hijos.
Eso es lo que dejó Silvia Pinal en este mundo. Una murió a los 19 años en una carretera oscura, sola, con su Volkswagen cayendo por un barranco en la madrugada. Otra pasó décadas peleando contra sus propios demonios. hasta que las adicciones casi se la llevaron antes de tiempo. Un tercero se vio envuelto en uno de los escándalos de paternidad más vergonzos de la televisión mexicana.
Y la cuarta, la mayor, cargó con el peso de enterrar a una hermana, a una hija y de mantenerse en pie mientras la familia se desmoronaba a su alrededor. Esta es la historia de Silvia Pinal, la mujer más brillante del cine de oro mexicano. La diva que trabajó con Luis Buñuel, la actriz que recibió aplausos de todo el mundo y la madre que detrás de cada sonrisa para la cámara vivió tragedias que ninguna fama puede explicar.
Sigue escuchando porque lo que le pasó a esta familia va mucho más allá de lo que los titulares jamás contaron. Hay una fotografía de Silvia Pinal que circuló mucho durante los días de su velorio en diciembre de 2024. En ella aparece joven de blanco con el cabello rubio perfectamente peinado y los ojos claros mirando directo a la cámara.
Es la imagen de una mujer que parece invencible, una mujer que parece hecha de otro material, que parece, como ella misma decía, que nunca podría romperse. Pero esa fotografía no muestra lo que había detrás. No muestra las noches en que esperó noticias de una hija que nunca llegó a casa.
No muestra los años en que vio a otra hija destruirse a sí misma sin poder detenerla. No muestra los pleitos familiares, los escándalos en televisión nacional, las disputas por propiedades cuando ella todavía estaba viva. No muestra la última llamada que una nieta le hizo desde Estados Unidos, desde lejos, después de años sin verse, Silvia Pinal brilló como nadie y se rompió como nadie.
Esta es su historia verdadera. Silvia Pinal Hidalgo nació en Guaim, Sonora, en septiembre de 1931. Aunque las fechas exactas siempre fueron motivo de misterio, incluso para su propia familia, su hijo Luis Enrique llegó a decir en público, con cierta ternura mezclada con confusión, que su mamá había podido cambiar su acta de nacimiento en algún momento, que nunca sabían bien qué edad tenía.
Esa ambigüedad no era casualidad, era parte de quién era Silvia Pinal, una mujer que siempre supo que la imagen era poder, que el control de la propia historia era la única armadura que una mujer de su tiempo podía tener. Su infancia en Sonora fue sencilla. Su padre biológico, Moisés Pasquel, estuvo ausente desde el principio.
Cuando ella tenía apenas 5 años, su madre, María Luisa Hidalgo, se casó con un hombre llamado Luis Pinal Blanco. Ese hombre no era su padre de sangre, pero le dio su apellido, le dio el nombre con el que el mundo la conocería para siempre. Desde niña, Silvia quería actuar. Lo quería con esa certeza que tienen algunos desde muy pequeños.
Esa certeza que no se discute ni se explica. Pero su padrastro tenía otra idea para ella. le pidió que estudiara algo práctico, que aprendiera mecanografía, que tuviera una profesión que le diera de comer en el mundo real. Silvia obedeció, estudió mecanografía y al mismo tiempo en silencio, tomaba clases de canto y de actuación, buscaba audiciones, esperaba su turno, porque Silvia Pinal siempre supo que su turno iba a llegar.
Llegó a los 15 años cuando conoció a un actor y director llamado Rafael Banquels. En esa época, conocer al hombre correcto podía abrirte todas las puertas. Y Rafael Bankquels era el hombre correcto. Se casaron. Ella tenía 15 años. Él tenía casi 20 más que ella. Y de esa unión nació su primera hija, Silvia Pasquel.
La ciudad de México de los años 40 era otro mundo. Era una ciudad que crecía, que brillaba, que tenía hambre de cultura y de cine. El cine de oro mexicano estaba en su pico más alto. Los estudios producían decenas de películas al año. Las estrellas eran dioses modernos, figuras que la gente seguía con devoción. Y en ese mundo, Silvia Pinal empezó a abrirse paso.
Su debut en cine llegó en 1948. Tenía 17 o 18 años, según cómo se cuenten sus años de nacimiento. Y desde el primer momento quedó claro que había algo en ella que las cámaras amaban. Un magnetismo que no se aprende, una presencia que llenaba la pantalla antes de que dijera una sola línea. Trabajó junto a Cantinflas en algunos de sus primeros pasos.
Compartió set con los grandes de la época. Fue creciendo película a película hasta convertirse en algo que muy pocas logran, una estrella de verdad. Pero su matrimonio con Rafael Bankquels no duró. Se divorciaron en 1952 cuando Silvia tenía poco más de 20 años y ya era una figura conocida en el mundo del espectáculo.
Era una época en que divorciarse era un escándalo, en que una mujer sola con una hija tenía que pelear el doble para que la tomaran en serio. Silvia peleó y siguió adelante. La historia que cambió todo llegó con un nombre. Gustavo Ala Gustavo Ala era empresario y productor de cine. Era un hombre con dinero, con visión y con conexiones que llegaban mucho más allá de México.
Cuando se enamoró de Silvia Pinal, le hizo una promesa que pocos hombres en su posición habrían cumplido. Le dijo, “Pídeme lo que quieras.” Ella le pidió trabajar con Luis Buñuel. Luis Buñuel era en ese momento uno de los directores más importantes y más provocadores del mundo. Era español, surrealista, irreverente y difícil. No era el tipo de director que aceptaba a cualquier actriz, por más bella que fuera.
Era el tipo de director que elegía a sus intérpretes con la misma minucia con que un reloj elige cada pieza y sin embargo aceptó a Silvia Pinal. En 1961 rodaron juntos Viridiana, una película que escandalizó a España, que fue prohibida por el régimen de Franco, que ganó la palma de oro en Canes y que puso el nombre de Silvia Pinal en los libros de historia del cine mundial.
fue el pico de su carrera, el momento en que todo lo que había trabajado, todo lo que había soñado desde niña en Sonora, se materializó en una imagen proyectada en los cines más importantes de Europa. A la triste cumplió su promesa y Silvia le dio algo a cambio, una hija, la llamaron Viridiana en homenaje a la película.
El mismo Luis Buñuel aceptó ser su padrino de bautizo y en ese nombre que Silvia eligió con tanta emoción, con tanto orgullo, estaba sin saberlo el primer hilo de una tragedia que todavía no tenía nombre. La familia Pinal siguió creciendo y con ella siguieron creciendo las complicaciones. Silvia y Gustavo Ala se divorciaron en 1967.
Silvia ya tenía dos hijas. Silvia Pasquel, la mayor, nacida de su primer matrimonio con Banquels y Viridiana a la triste, la segunda nacida de este segundo matrimonio. Pero Silvia Pinal no era de las que se quedaban solas. Su siguiente relación fue con un cantante, joven, guapo, carismático y 11 años menor que ella.
Se llamaba Enrique Guzmán. Era uno de los ídolos juveniles más populares de México. Tenía una voz que hacía suspirar a las adolescentes y una energía en el escenario que era imposible ignorar. Se casaron. Hicieron un programa de televisión juntos, el famoso Silvia y Enrique, que fue un éxito enorme. Tuvieron dos hijos, Alejandra, nacida en 1968, y Luis Enrique, nacido en 1970.
Parecían la pareja perfecta. Dos estrellas juntas, dos mundos que se unían en uno solo, pero detrás de las cámaras la historia era otra. El matrimonio entre Silvia Pinal y Enrique Guzmán fue tormentoso desde el principio. Años después, el propio Enrique admitiría públicamente que hubo maltrato, que hubo episodios de violencia, que aquella relación que brillaba tanto en la pantalla era en privado algo muy distinto.
Se divorciaron en 1976 después de 9 años, de dos hijos y de un programa de televisión que el público recordaría con nostalgia sin saber lo que había detrás. Silvia siguió adelante como siempre. Silvia siguió adelante como siempre y en ese seguir adelante está quizás la clave de todo, porque Silvia Pinal nunca se detuvo, nunca se permitió el lujo de detenerse.
La fama era su combustible y también su armadura. Mientras trabajaba, mientras actuaba, mientras la llamaban diva y la aplaudían, podía mantener el mundo en orden. Era cuando la música paraba cuando las cosas se complicaban. En 1982 se casó por cuarta y última vez con Tulio Hernández Gómez, político y gobernador del estado de Tlaxcala, un hombre muy diferente al mundo del espectáculo, un hombre que le dio otra dimensión de vida, que la llevó a incursionar en la política.
Estuvieron juntos 13 años hasta que se divorciaron en 1995. Cuatro matrimonios, cuatro hijos de tres padres distintos. Una carrera que pocas mujeres en la historia del cine latinoamericano pueden igualar y una familia que vista desde afuera parecía la más brillante de todas. Pero las grietas ya estaban ahí. Invisibles para el público, perfectamente visibles para quien vivía adentro.
Ahora tenemos que hablar de los hijos porque ahí es donde la historia de Silvia Pinal deja de ser la historia de una diva y se convierte en algo mucho más humano, mucho más doloroso, mucho más difícil de mirar. Cuatro hijos, cuatro destinos, cuatro formas distintas de cargar con el peso de llevar ese apellido. La primera fue Silvia Pasquel.
Silvia llegó al mundo en los años de la juventud de su madre. fue la hija del primer matrimonio, la que creció viendo cómo su mamá se convertía en estrella mientras ella aprendía a ser hija de una estrella. Y eso no es un camino fácil. Silvia también quiso actuar, también construyó su propia carrera y en muchos aspectos lo logró porque tiene talento propio y una presencia escénica que hereda directamente de su madre.
Pero Silvia Pasquel cargó con algo que muy pocas personas pueden entender desde afuera. En 1982 fue la primera en llegar cuando su hermana Viridiana tuvo su accidente. Fue ella quien recibió la llamada. Fue ella quien tuvo que ir a reconocer el cuerpo en la madrugada. Fue ella quien llamó a su madre y le dijo, “Con esas palabras que ningún ser humano debería tener que decir que su hija estaba muerta.
Una madre nunca debería enterrar a un hijo, pero tampoco una hija debería ser la mensajera de esa noticia. Y Silvia Pasquel lo fue. Una madre nunca debería enterrar a un hijo, pero tampoco una hija debería ser la mensajera de esa noticia. Y Silvia Pasquel lo fue. Hubo una pregunta que Silvia Pasquel se hizo muchas veces en los años siguientes.
Una pregunta sin respuesta. había presentido la muerte de su hermana”, dijo en una entrevista. No sabía cómo explicarlo. Solo sabía que algo en su interior le había dicho que algo malo iba a pasar. Y cuando pasó, ella fue la primera en saberlo. Hay cargas que no tienen nombre. Hay cosas que una persona lleva adentro que no aparecen en ninguna entrevista, en ningún titular, en ninguna nota de espectáculos.
Silvia Pasquel cargó esas cosas durante décadas. con una dignidad que pocas personas en su posición habrían tenido. Y la historia no terminó ahí. Años después, Silvia tuvo su propia hija, una niña que también llamó Viridiana, quizás como una forma de honrar a la hermana perdida. Y esa niña también murió en 1987, cuando tenía apenas 2 años.
Dos viridianas enterradas, dos pérdidas que se encadenaron en la misma familia con el mismo nombre, como si el destino estuviera repitiendo una canción que nadie quería escuchar. Silvia Pasquel siguió de pie, siguió trabajando, siguió siendo la columna de la familia cuando todo lo demás tambaleaba. Pero hay un tipo de dolor que no se ve desde afuera, aunque se lleve adentro toda la vida.
La segunda fue viridiana a la triste. Ya hablamos de su nombre, ya dijimos de dónde venía, pero hay que detenerse en quién fue esta muchacha, porque merece más que una nota al pie de página en la historia de su madre. Viridiana nació en 1963. Su padrino de bautizo fue Luis Buñuel, el hombre que había dirigido la película con su nombre.
Desde el principio fue una niña brillante, curiosa, apasionada por el teatro clásico. Empezó a actuar desde los 13 años. Trabajó en televisión, en cine, en teatro. En 1981 actuó en la película La Seducción. En 1982 fue nominada al premio Ariel como mejor actriz. Tenía 19 años y ya tenía una nominación al premio más importante del cine mexicano.
Ese mismo año, Silvia Pinal la incorporó como coprotagonista de la telenovela que estaba produciendo y protagonizando. Mañana es primavera. Madre hija juntas en el set construyendo algo que podría haber sido el comienzo de una colaboración larga y hermosa. Pero Viridiana nunca llegó a terminar esa telenovela.
La noche del 24 de octubre de 1982, Viridiana fue a una reunión en el departamento de Jaime Garza, su novio, en el sur de la Ciudad de México. La velada transcurrió con normalidad hasta que en algún momento de la noche Viridiana decidió irse de forma abrupta, sin terminar la conversación, sin dar muchas explicaciones. Se fue. Su Volkswagen Atlantic tomó la avenida Toluca rumbo al poniente de la ciudad en la madrugada del 25 de octubre en la zona de Santa Fe.
El auto se salió de los carriles. La carretera no tenía acotamiento. No había forma de detener la caída. El vehículo cayó por un barranco. Viridiana a la triste, murió al instante. Tenía 19 años. Al día siguiente tenía llamado en el set de la telenovela de su madre, Silvia Pinal, cuando le contaron lo que había pasado, pidió que no le realizaran la autopsia.
Quiso preservar a su hija de esa forma. la enterró en el mausoleo de la familia Pinal, en el panteón jardín de la Ciudad de México y nunca pudo hablar de ese momento sin romperse. Años después, en una entrevista, dijo estas palabras sobre su hija. Era muy linda, muy pegada a mí, muy cariñosa, alegre e inquieta y que habría tenido una carrera destacada en la actuación.
Eso era todo lo que podía decir. Porque hay dolores que no caben en oraciones largas. Hay un detalle más que pocas personas conocen. Silvia Pinal había comprado los derechos de una obra de teatro que vio con Viidiana en Nueva York. Agnes of God. Era un proyecto que querían montar juntas. Cuando la obra finalmente se estrenó en México, años después, nadie de la familia participó en ella y Silvia nunca quiso verla porque en ese escenario vacío estaba el fantasma de lo que pudo haber sido.
Pero antes de seguir, hay que hablar de algo que pocas personas saben. Hay un detalle sobre los últimos meses de vida de Silvia Pinal, que dice mucho sobre quién era esta mujer hasta el final. En 2023 y 2024, cuando su salud ya era frágil, cuando ya había episodios de confusión y periodos en que la memoria le fallaba, sus hijos se peleaban no por amor, no por cuidados, se peleaban por las propiedades.
Personas cercanas a la familia dijeron públicamente que los hijos de Silvia Pinal tenían conflictos por la herencia antes de que su madre muriera. Que había disputas sobre quién controlaba qué. Que el nombre de la diva, ese nombre que había construido durante décadas de trabajo, estaba en el centro de peleas que a ella la hacían sufrir.
Una madre nunca quiere ver eso, nunca quiere saber que sus hijos se disputan lo que ella dejará. Y Silvia Pinal supo, lo sintió y lo cargó en silencio, como había cargado tantas otras cosas a lo largo de su vida. Porque Silvia Pinal fue siempre una mujer que cargaba en silencio. Y entonces tenemos que hablar de Alejandra Guzman.
Si hay un capítulo de la historia de la familia Pinal que el público conoce, que sigue en los titulares, que no termina nunca, es el capítulo de Alejandra. Alejandra Guzmán nació en 1968, hija de Silvia y de Enrique Guzmán. Creció en la intersección de dos mundos de espectáculo, dos egos enormes, dos formas de entender el escenario y de esa combinación salió algo poderoso, una roquera que se convirtió en una de las artistas más importantes de la música en español, pero también salió algo más oscuro.
La muerte de Viridiana cuando Alejandra tenía 14 años. Fue un golpe que la marcó para siempre. Ella misma lo dijo en una entrevista con palabras que son difíciles de olvidar. La muerte de su hermana fue para ella como un reloj que se detuvo demasiado pronto, que aunque se empeñó en darle cuerda y hacerlo mover a la fuerza, nunca más funcionó igual.
Ese reloj detenido fue el inicio de sus adicciones. Alejandra Guzmán pasó años peleando contra sus propios demonios. Hubo periodos en que las sustancias tomaron el control. Hubo noches que ella misma no recordaba. Hubo momentos en que la carrera seguía, los escenarios seguían, los aplausos seguían, pero adentro todo estaba en llamas y hubo intervenciones médicas graves.
Alejandra fue sometida a procedimientos estéticos que en algunos momentos pusieron en riesgo su vida. Una de esas intervenciones derivó en complicaciones serias. Ella misma habló de haber estado cerca de perder la vida en el quirófano. Silvia Pinal veía todo eso desde el lugar más doloroso que existe, el de una madre que no puede parar el sufrimiento de su hija.
Silvia Pinal veía todo eso desde el lugar más doloroso que existe, el de una madre que no puede parar el sufrimiento de su hija. Hay algo que pocas personas entienden sobre la relación entre Silvia Pinal y Alejandra Guzmán. No era una relación simple, era una relación de dos mujeres enormes, de dos personalidades que llenaban el espacio sin querer, de dos fuerzas que a veces chocaban.
Alejandra alguna vez grabó una canción llamada By Mama, una canción que decía lo que no se podía decir en persona. Silvia Pinal contó en alguna entrevista que ese fue uno de los momentos más difíciles de su vida. No la letra, no la música, sino el gesto. La idea de que su hija necesitaba despedirse de ella en una canción porque no podía hacerlo de otro modo.
Así funcionan algunas familias. El amor es real, pero el canal está roto. Los sentimientos están ahí, pero las palabras no llegan. Y entonces alguien agarra una guitarra o sube a un escenario y dice en público lo que no pudo decir en privado. Alejandra lo dijo, Silvia lo escuchó. Y las dos siguieron adelante, cada una a su manera, cargando con lo que la otra no podía recibir. Pero hay más.
Alejandra Guzmán tuvo una hija, Frida Sofía, nacida en 1992, y la relación entre madre e hija se convirtió en uno de los conflictos públicos más dolorosos de la farándula mexicana. En 2021, Frida Sofía salió a los medios con una acusación gravísima. dijo que su abuelo Enrique Guzmán, el padre de Alejandra, la había agredido ***ualmente cuando era niña.
Alejandra defendió a su padre, se posicionó del lado de él y esa decisión le costó a la familia Pinal una fractura que todavía no ha terminado de cicatrizar. Frida, Sofía y Alejandra dejaron de hablarse. Pasaron años sin comunicación. Frida se fue a vivir a Estados Unidos. Alejandra siguió con su carrera, con sus conciertos, pero con una grieta enorme en el lugar donde estar su hija.
Silvia Pinal, en el centro de todo eso, intentó mantenerse neutral. No tomó partido públicamente, pero la tristeza de ver a su hija y a su nieta en guerra era algo que llevaba adentro, silencioso, pesando más que cualquier otra cosa. El capítulo de Frida Sofía no terminó ahí. En los últimos días de vida de Silvia Pinal, en noviembre de 2024, Alejandra tuvo que localizarla urgentemente.
“Lo más fuerte de esos días”, dijo Alejandra después, fue encontrar a Frida, conseguir que ella pudiera despedirse de su abuela. Lo lograron. Frida Sofía se despidió de Silvia Pinal por teléfono desde lejos. Fue una llamada, un momento que Alejandra describió como algo que nunca va a olvidar.
La voz de una nieta llegando desde el otro lado, rompiendo años de distancia para decirle adiós a la mujer que las había unido a todas. Y en el velorio de Silvia Pinal, en el Palacio de Bellas Artes, Frida Sofía no estuvo, no pudo o no quiso enfrentarse a la familia que la había lastimado. Y las redes sociales la criticaron por eso, pero ella dijo algo en sus redes que vale la pena mencionar, que alejada siempre estuvo, pero nunca lejos de quienes le brindaron amor incondicional.
Una frase que dice mucho sobre lo que significa crecer en esa familia, sobre lo que significa llevar ese apellido. Y llegamos al cuarto hijo, Luis Enrique Guzmán. Luis Enrique nació en 1970. Es el menor de los hijos de Silvia, el único varón, el que menos apareció en los titulares durante la mayor parte de su vida.
el que, como dijo él mismo en una entrevista, creció junto a Alejandra yendo a la misma escuela, compartiendo el coche, peleando por el asiento de adelante. Pero en los últimos años, Luis Enrique tuvo su propio escándalo. En 2022 o 2023, una mujer llamada Mayela Laguna salió a los medios afirmando que Luis Enrique era el padre de su hijo, un niño llamado Apolo.
La historia se convirtió en un tema recurrente en los programas de espectáculos. Los resultados de la prueba de paternidad se esperaron durante meses. El caso llegó a los tribunales y en octubre de 2024, pocas semanas antes de la muerte de Silvia Pinal, el juez dictaminó que las pruebas de ADN demostraron que el niño no era hijo de Luis Enrique.
Se desconoce si Silvia Pinal se enteró de esa resolución. Para entonces ya estaba hospitalizada, ya el mundo exterior llegaba a ella en fragmentos. Pero las personas cercanas a la actriz dijeron que toda esa situación la había puesto triste, que la había afectado, que no quería que el nombre de su hijo, de su familia, siguiera en boca de todos por razones que tenían poco que ver con el talento o el arte.
Luis Enrique estuvo presente en los últimos días de su madre. fue uno de los que dio la cara ante los medios después de su muerte. Y fue él quien contó algo sobre Silvia Pinal, que quizás resume mejor que cualquier otra cosa, quien fue como madre. dijo que ella podía trabajar todo el día y llegar a casa a darles amor, que siempre estuvo atenta de sus estudios, de sus vidas personales, que fue una mujer muy dinámica, siempre cariñosa y dijo que se sentía muy orgulloso de haber podido estar con ella al final. En 2024, Silvia Pinal ya vivía
la última etapa de su vida. Tenía más de 90 años. Su cuerpo, que había sido tan poderoso, tan presente, empezaba a ceder. Durante el año hubo momentos de recuperación y momentos de preocupación. La familia estaba atenta. Efigenia Ramos, su asistente de muchos años, era prácticamente una sombra a su lado.
En abril de 2024 hubo un momento que nadie esperaba, una boda familiar, la boda de su nieta Jordana con Justin Angel. Y en esa boda, por primera vez en muchos años, Silvia Pinal y su exesposo Enrique Guzmán compartieron el mismo espacio. Dos personas que se habían amado, que habían tenido hijos juntos, que se habían divorciado en medio de acusaciones de violencia, que habían vivido décadas separados.
Ahí estaban los dos en la misma fiesta celebrando a su nieta. Fue uno de los últimos momentos de normalidad. En noviembre, la salud de Silvia se deterioró rápidamente. El 21 de noviembre fue internada de urgencia en el hospital Médica Sur, al sur de la Ciudad de México. Tenía una infección en las vías urinarias que derivó en complicaciones más graves.
Arritmia cardíaca, presión baja, problemas para deglutir los alimentos. El 27 de noviembre se dijo que había presentado una mejoría, que podría recibir el alta. La familia respiró, pero en las siguientes horas Silvia Pinal sufrió el colapso de uno de sus pulmones. El estado de salud pasó de estable a crítico en cuestión de horas.
La familia se reunió en el hospital, sus hijos, sus nietas, su asistente y también una última vez Enrique Guzmán. Alejandra contó después lo que pasó en esa habitación de hospital. Su padre se acercó al hecho de Silvia y le hizo una promesa. Le dijo, “Yo te cuido a tus hijos, vete tranquila.” Y Silvia Pinal, en algún momento de esa madrugada levantó la mano y dijo adiós.
Alejandra dijo que no podían creerlo cuando lo vieron, que ese gesto de despedida tan simple, tan definitivo, les llegó a todos de una manera que no supo explicar con palabras. El 28 de noviembre de 2024, Silvia Pinal murió. La familia la vistió de blanco con diamantes. Alejandra dijo que su mamá se veía hermosa, que su carita era de paz.
Silvia Pinal, la última diva del cine mexicano, murió a los 94 años, acompañada por sus hijos, sus nietas y el hombre al que una vez amó. En el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México se realizó el homenaje póstumo. Miles de personas hicieron fila para darle el último adiós. Stefanie Salas, Michel Salas, Camila Valero, Alejandra Guzmán y Silvia Pasquel se abrazaron junto al féretro.
Luis Enrique Guzmán no estuvo en ese homenaje. Frida Sofía tampoco. Y en esa ausencia doble hay algo que resume quizás mejor que cualquier otra cosa, lo que fue la historia de la familia Pinal, una familia que brilló con una intensidad que pocas familias en la historia del espectáculo latinoamericano pueden igualar y que también se fracturó de maneras que ninguna fama, ningún aplauso, ningún reconocimiento puede reparar.
¿Qué quedó de Silvia Pinal? Quedaron las películas Viridiana, El ángel Exterminador, Simón del Desierto, Tres obras maestras dirigidas por Luis Buñuel, tres películas que se estudian en las mejores universidades de cine del mundo. Tres razones por las que el nombre de Silvia Pinal aparecerá en los libros de historia cuando todos los escándalos hayan sido olvidados.
Quedaron las telenovelas, los programas de televisión, las obras de teatro. Una carrera que abarcó más de siete décadas, que empezó en los años 40 y terminó literalmente con la vida misma. Quedaron sus hijos Silvia Pasquel, que sigue trabajando, que carga con décadas de pérdidas y sigue de pie. Alejandra Guzmán, que sigue en los escenarios, que sigue cantando, que todavía espera que el tiempo cure lo que el dolor rompió entre ella y su hija.
Luis Enrique, el más reservado, el más alejado de los reflectores, viviendo su vida en el pedregal. Y quedó Frida Sofía, la nieta que se fue lejos, que amó a su abuela desde la distancia, que le dijo adiós por teléfono desde otro país, desde otro mundo, incapaz de estar en el mismo cuarto que las personas que la habían lastimado.
Quedó también el nombre, un nombre que Silvia eligió para su segunda hija en honor a una película. Un nombre que llevó también la hija de Silvia. Un hombre que parece perseguir a esta familia como un hilo invisible que conecta las tragedias. Viridiana. Una y otra vez Viidiana. Quedó también el nombre. Un nombre que Silvia eligió para su segunda hija en honor a una película.
Un nombre que llevó también la hija de Silvia. Un nombre que parece perseguir a esta familia como un hilo invisible que conecta las tragedias. Viridiana. Una y otra vez Viridiana. Hay algo en ese nombre que da escalofrío cuando uno lo piensa despacio. Luis Buñuel eligió ese nombre para su película porque en la España de Franco era un nombre de monja, de pureza, de sacrificio.
Silvia Pinal eligió ese nombre para su hija porque amaba esa película, porque esa película era quizás el pico más alto de su vida artística. Y el nombre regresó con la hija de Silvia, que murió a los 2 años. Tres viridianas en la historia de esta familia. Tres veces el mismo nombre pronunciado sobre una tumba.
Si eso no es cristal rompiéndose, no sé qué es. Hay una cosa que Alejandra Guzmán dijo poco después de la muerte de su madre. La dijo en una entrevista visiblemente conmovida mirando a la cámara con los ojos llenos. dijo que creía que su madre ahora estaba en un lugar donde podía estar con los que murieron antes, que la imaginaba con viridiana, libre de todo dolor, suelta del cuerpo, como pájaro que finalmente abre las alas.
Es posible que tenga razón, porque hay algo que ninguna tragedia le pudo quitar a Silvia Pinal, la certeza de haber amado a sus hijos, de haber trabajado por ellos, de haber estado presente en sus vidas de la manera en que ella sabía estar. Quizás no fue siempre perfecta. Ninguna madre lo es.
Quizás hubo cosas que debió hacer diferente. Quizás el precio de brillar tan intensamente fue que algunas sombras cayeron sobre los que vivían más cerca. Pero al final, en esa habitación de hospital, rodeada de sus hijos y sus nietas, Silvia Pinal dijo adiós con la mano y se fue tranquila. Eso al final es lo que cada madre espera poder hacer.
Eso al final es lo que cada madre espera poder hacer. Y si algo dejó Silvia Pinal más allá de las películas y los aplausos, fue esa imagen. una mujer de 90 y tantos años vestida de blanco con diamantes, levantando la mano para despedirse, diciendo a Dios con la misma presencia con que decía hola, con la misma dignidad con que había vivido todo hasta el último momento, siendo exactamente quien fue siempre, una dama de cristal, brillante, indestructible en apariencia y rota por adentro de maneras que solo ella y quienes la amaron de
verdad supieron ver si esta historia te conmovió, si te hizo pensar en tu propia familia, en las mujeres que brillaron y se rompieron sin que nadie lo viera bien, entonces acompáñanos en damas de cristal. Cada semana contamos la historia de una mujer que lo tuvo todo y que lo perdió de las formas más humanas que existen.
Porque detrás del oro y los aplausos siempre hay una historia que nadie contó completa. Hasta la próxima.