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¿Chalino Sánchez PRESENTÍA su final? El OSCURO SECRETO que ocultaba detrás de sus canciones 

¿Chalino Sánchez PRESENTÍA su final? El OSCURO SECRETO que ocultaba detrás de sus canciones 

Imagínate cantar tus propios crímenes frente a miles de personas y que nadie sepa que son reales. Gracias por acompañarme. Soy Gabriel Cárdenas y esto es Secretos oscuros de la fama. Hoy te cuento lo que Chalino Sánchez nunca quiso que supieras. Esa noche Chalino Sánchez firmó su sentencia de muerte sin saberlo.

 15 de mayo de 1992. En pleno escenario con el micrófono en la mano y la banda sonando detrás. Alguien se acerca [música] y le pone en los dedos un papel doblado en cuatro. Chalino lo abre, lo lee. Su cara cambia durante exactamente 2 segundos. Esa clase de cambio que solo nota quien lo está mirando de cerca.

 Un endurecimiento [música] en la mandíbula, algo que se apaga en los ojos y luego sigue cantando como si nada, como si ese papel no existiera. Dos horas después aparece tirado en una brecha de tierra [música] con dos tiros encima. Ese papel nunca se mostró públicamente, pero quienes lo vieron dicen que adentro había un nombre escrito a mano, un solo nombre, el nombre que en 34 años nadie ha pronunciado en voz alta con todas sus [música] letras hasta ahora.

 Pero antes de llegar a esa brecha, antes de llegar al escenario, antes de llegar siquiera a Los Ángeles, hay [música] algo que tienes que entender. Porque lo que pasó esa madrugada cerca de los Mochis no empezó esa noche, empezó 20 años antes, en un rancho escondido entre los cerros de Sinaloa, donde una niña lloraba detrás de [música] una puerta cerrada con candado y un niño de 11 años descalzo escuchaba del otro lado de la pared sin poder hacer nada. Todavía.

Rosalino Sánchez Félix nació el 30 de agosto de 1960 en las Flechas, un pedazo de tierra seca y olvidada perdido en el municipio de Sinaloa de Leiva. No era un pueblo, era apenas un nombre en un mapa que nadie consultaba. Polvo en verano, lodo en agosto, gallinas sueltas entre los magueyes, dos cuartos de adobe compartidos entre seis personas donde el calor no salía ni de noche.

 Eso era todo. Su padre, Santo Sánchez murió cuando Rosalino tenía 6 años. Salió una tarde a cortar leña y lo encontraron dos días después con un tiro en la espalda, tirado a un costado de una vereda que nadie volvió a caminar después de eso. La familia nunca supo quién lo hizo, nunca hubo investigación, nunca hubo respuesta.

 Así era el campo en el norte de Sinaloa en los años 60. La gente se moría y nadie preguntaba. Señorita Félix, la madre, se quedó sola con cuatro hijos. Juana, la mayor, Armando, Espiridion y Chalino, el más chico. Una mujer sola con cuatro niños en un rancho donde la autoridad más cercana estaba a 3 horas a caballo, sin dinero, sin protección, sin nadie que respondiera por ellos.

 Ahí aprendió Chalino la única ley que lo marcaría el resto de su vida. A la gente de abajo no la protege nadie. Lo que no te arreglas tú no se arregla. Tenía 11 años cuando pasó. Verano de 1971. Chalino estaba afuera cortando un limón para el agua cuando escuchó cerrarse la puerta de la casa. Escuchó los golpes. [música] Escuchó lo que vino después.

 Un hombre del rancho, al que todos conocían como Chapo Pérez, había entrado aprovechando que señorina estaba fuera y violó a Juana, la hermana mayor. Chalino escuchó todo desde afuera. No pudo entrar, no pudo hacer nada. 11 años, descalzo con un limón en la mano. Lo que ese niño cargó desde esa tarde no lo contó nunca en ninguna entrevista, pero lo que hizo con esa memoria 4 años después lo vio todo el pueblo. Juana no denunció.

 ¿A quién iba a denunciar? Chapo Pérez [música] tenía dinero, amigos armados e influencia con la gente que mandaba en esa parte de la sierra. La familia Sánchez no tenía [música] nada. Juana se guardó el dolor, se encerró en el cuarto y no volvió [música] a salir igual. Señorina lloró en silencio. Los hermanos apretaron los dientes y Chalino, el más chico, se volvió callado de golpe.

Guarda esa palabra. Callado. El silencio de un niño de 11 años en un rancho del norte de Sinaloa cuando nadie protege a su hermana no es resignación. Es una cuenta, una cuenta que alguien algún día va a cobrar con intereses. El 17 de enero de 1975, durante una fiesta de pueblo en las afueras de las flechas, Chalino Sánchez, 15 años recién cumplidos, entró caminando al patio donde tocaba una banda.

 Sacó una pistola calibre 22 que le había prestado un primo esa misma tarde y le vació el cargador a Chapo Pérez delante de todos. Cuatro tiros. Chapo cayó entre la gente que bailaba. Chalino salió corriendo al monte y no volvió a las flechas en 15 años. Esa misma noche se fue a caballo hasta la carretera. De la carretera tomó un camión a Culiacán.

 De Culiacán otro a Tijuana. De Tijuana cruzó la frontera a pie de madrugada de la mano de un coyote que le cobró los pocos billetes que señorina le había metido en el bolsillo del pantalón antes de que se fuera. Llegó a Los Ángeles con lo puesto y 15 años mal cumplidos, sin papeles, sin inglés, sin nada.

 Solo tenía a Armando, su hermano, que llevaba dos años lavando platos en Ingelud. Pero aquí viene la pregunta que atraviesa toda esta historia. ¿Quién le prestó la calibre 22 a un niño de 15 años esa tarde? ¿Y quién le enseñó el camino por el monte hasta la carretera esa misma noche? Esa mano adulta que se movió detrás del niño la noche del 17 de enero de 1975 [música] existió.

 tuvo nombre y va a volver antes de que termine este vídeo. Guarda ese dato. Los Ángeles en 1975 era otra forma de rancho, pero sin cerros y sin cielo abierto. Los mexicanos recién llegados vivían amontonados en cuartos de adobe moderno, paredes delgadas, colchonetas en el suelo, tres o cuatro hombres por habitación pagando renta a un casero que sabía perfectamente que ninguno de ellos podía quejarse con nadie.

 Trabajaban en cocinas que olían a grasa vieja, en tintorerías donde el calor no bajaba nunca, en los campos de fresa de Axnard con la espalda doblada desde que salía el sol. Ganaban en un día lo que en México ganaban en una semana, pero vivían con el miedo metido en el cuerpo, sin papeles, sin voz, sin nadie que los mirara como personas.

 A Chalino le tocó todo eso y algo más. [música] A Chalino le tocó todo eso y algo más. Los primeros años en Los Ángeles no fueron [música] una historia de inmigrante que lucha y triunfa. Fueron 9 años de invisibilidad. Lavó platos en Ingelbud con las manos metidas en agua caliente hasta que la piel se le cuarteaba. Cortó carne en una carnicería de la calle, donde el olor a sangre fría no se iba ni cuando salías a la calle.

 Vendió autos usados en un lote de un Tinton Park, sonriéndole a clientes que no lo miraban a los ojos. Cada empleo le duraba lo que tardaba a alguien en hacer una llamada. Sin papeles no había segunda oportunidad, solo la puerta y la calle. Entre 1975 y 1984, Chalino Sánchez fue un número más en una ciudad que no quería saber su nombre.

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