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¡IMPRESIONANTE! Así VIVE MARCO ANTONIO MUÑIZ a los 93 AÑOS – Su Fortuna HOY

 Del otro lado, el barrio trabajador en vecindades apretadas, compartiendo patios y baños con todos los vecinos. Adivinaron. Marco venía justo de este segundo mundo. Calles de pura tierra, casitas de adobe, ese rincón exacto donde los chamacos le entraban a la chamba desde chiquitos para arrimar dinero a casa.

 Trabajar no fue opción, fue obligación. Con apenas 12 o 13 años, ya era chalán en una panadería céntrica. Parado a las 4 de la madrugada para ganarle a los hornos. amasaba, limpiaba latas, barría y cargaba costales de harina que pesaban casi igual que él. Por jornadas enteras de puro desgaste, apenas embolsaba entre ocho y 12 pesitos, lana que iba íntegra a su madre para el chivo.

 Luego entró de aprendiz de joyero, un jale más fino, mejor pagado, pero igualmente matado, encorbado horas enteras, tallando metales, uniendo piezas diminutas y transformando plata y oro en puro arte. Ya como joyero, su sueldo rondaba unos 25 pesos semanales. Un salto enorme frente a la panadería, sí, pero seguía siendo una sin mucha esperanza económica y lo que absolutamente nadie imaginaba, ni el propio marco asimilaba que escondía un talento brutal, ese don que fluía naturalito, amasando o en el taller tallando plata o cantando de

madrugada. Esa garganta desbordaba magia pura, suavecita, pero con muchísimo empuje, bien controlada, cargada de sentimiento y naturalmente elegante. La música era su refugio, su único respiro lejos de aquella dura realidad. Se pegaba al radio idolatrando a los monstruos del momento, Pedro Vargas, Agustín Lara o Jorge Negrete.

 Alucinaba con vivir de su voz algún día, aunque siendo sinceros, eso pintaba para pura fantasía inalcanzable. digo, seamos muy realistas. ¿Qué posibilidad tenía un humilde joyero tapatío de volverse artista en serio? El negociazo musical estaba superamarrado a la capital y los que triunfaban solían traer buenas palancas familiares.

Sobraba billete para costear clases, comprar trajes impecables y, obvio sabían moverse perfectamente entre la gente pesada del ambiente. Marco carecía de todo eso. Su única arma era la garganta y una terquedad enorme. Se negaba rotundamente a quedarse atrapado en un tallercito lúgubre hasta el último de sus días.

 inició en lugares supercorrientes, cabarets de quinta, cantinas donde la raza prefería ahogarse en alcohol antes que valorar canciones y fiestecitas privadas pagadas con propinas de risa. Agarraba micrófono en el Changó, en el Bombai o en cualquier cuchitril que lo dejara subir. La paga era una miseria.

 entre 15 y 30 pesos por noche, condiciones infames. Humo denso, mala copa. Gritando majaderías y peleas a golpes detonando sin avisar. Como fuera, ya era un escenario. Su única esperanza de que alguien importante lo escuchara y le diera ese empujón. Así aguantó años en esa doble vida que lo dejaba muerto. De día joyero para subsistir.

 De noche cantante persiguiendo su sueño. Apenas dormía cuatro o cinco horitas. arrastraba un cansancio brutal, pero jamás se echó para atrás. El destino de Marco Antonio pegó un giro tremendo justo cuando logró colarse al conjunto tropical Veracruz. Esto fue allá por la mitad de los 50. Amenizaban bailes, pachangas y ocasionalmente radio.

 Quizá no era tocar las estrellas, pero vaya que representaba un paso enorme. Implicaba volverse profesional, amarrar una lanita segura y, sobre todo, mandar al esa ruta tan desgastante por tanto antro de mala reputación. Con los del Veracruz, Marcos se dedicó a recorrer buena parte de la geografía mexicana.

 Pisaron territorio jarocho, Puebla y la capital. Cada fecha era oro para afinar su don, medir a la audiencia y amarrar gran dominio escénico. Sin embargo, Marco la tenía muy clara. Escudado en un grupo, jamás se haría leyenda. Necesitaba arrojarse solo y jugarse el todo por el todo para brillar bajo su nombre. 1959. Ese fue el parteaguas.

 Brincó en solitario sin representantes pesados y sin un maldito contrato disquero que lo respaldara. A pura fe, sin lana de respaldo, apostaba todo a su garganta y a esa terquedad enorme por conquistar la cima. Logra grabar sus primeros temas: Luz y sombra y escándalo. Auténticos boleros clásicos que llevaban impregnado ese toquecito personal que terminaría volviéndose su firma oficial.

 Un canto suave y pegador, dominio vocal impecable y muchísimo sentimiento reprimido que soltaba de golpe en los clímax perfectos. Los locutores le dieron juego. Jalisco y el puerto lo tocaron primero. Luego conquistó los radios capitalinos. La gente respondió en caliente con una entrega rápida y totalmente apasionada.

 Había un embrujo en sus cuerdas vocales que tocaba el alma muy rudo. Y entonces vino el momento cumbre, el parteaguas definitivo. Su llegada al histórico teatro blanquita de la capital. Hay que subrayarlo. El mentado Blanquita era en aquel entonces uno de los foros de espectáculos más chonchos del país. Va, no era bel las artes, pero tener fecha propia ahí dentro era la prueba reina de que ya te tocaba la gloria.

 Aquella noche de 1959 pisó esa tarima imponente siendo prácticamente un aparecido para las masas, pero bajó de ahí convertido en ídolo masivo. Ejecución inmaculada. le inyectó un desgarre emocional tan preciso a sus letras que dejó al público inmerso en un verdadero hechizo. Remató la última nota y el edificio vibró.

 Se tragó una tormenta de aplausos larguísima que parecía no terminar. Al día siguiente, la prensa amaneció derramando flores fantásticas. Los más exigentes ya lo codeaban sin titubear contra los monstruos históricos de nuestra música pasional. De pronto, el rumor corrió como pólvora. Había nacido una nueva leyenda.

 Y vaya que las ofertas no se hicieron esperar. Empezaron a lloverle fechas en los mejores teatros de toda la República, contratos jugosos con disqueras enormes y la urgencia de llevárselo de gira por el mundo. Para 1960, la historia había dado un giro brutal. Marco Antonio Muñiz dejó muy atrás al muchacho de origen humilde que se ganaba la vida cantando en cabarets.

 Ahora era la voz, el pilar indiscutible del bolero en nuestro país. Era con justa razón el lujo de México. Y fíjense que ese apodo no fue ningún invento de marketing ni una frase pegajosa. Para nada. Era un tributo sincero a su forma tan única de interpretar. A diferencia de los ídolos populares de la época que se desgarraban la garganta y cantaban a puro pulmón, Marco tenía otro rollo.

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