Te avisaré cuando llegue cada una. Margarita Carmen Cancino nació el 17 de octubre de 1918 en Brooklyn, Nueva York. Su padre era Eduardo Cancino, un bailarín flamenco de Sevilla que había llegado a América con el talento de los Cancino, una familia con generaciones de bailarines que actuaban en los teatros más importantes de España y que en América había encontrado un circuito de cabarés y clubes nocturnos, donde ese talento valía bastante menos, pero seguía siendo suficiente para vivir.
Su madre, Volga How una bailarina americana de origen irlandés que había conocido a Eduardo en el circuito de Bodeville y que le había dado tres hijos y una vida que se movía constantemente entre actuaciones, viajes y la inestabilidad económica que acompañaba a los artistas de segunda fila en los años 20. Margarita era la del medio, la que más se parecía a su padre, la que había heredado los pómulos y los ojos y esa manera de moverse que los Cancino habían perfeccionado durante generaciones y que en Margarita aparecía de forma tan
natural, tan sin esfuerzo aparente, que Eduardo la empezó a notar cuando su hija tenía 8 años y ya era demasiado evidente que la niña bailaba distinto, que La niña tenía algo que nos enseña. A los 12 años, Margarita Cancino actuaba con su padre, no en los grandes teatros de Broadway, en los clubes nocturnos de Tijuana, en los cabarés de la frontera, donde los hombres cruzaban desde California para ver espectáculos que Los Ángeles no permitía con esa misma explicitación.
Eduardo y Margarita actuaban como pareja de baile, de dancing cancinos. Y los hombres en las mesas bebían y miraban y aplaudían a una niña de 12 años con cuerpo de mujer bailando flamenco con su padre bajo luces de colores. Eso era el espectáculo. Eso era lo que pagaban por ver. Primera revelación. Eduardo Cancino abusó sexualmente de su hija durante los años en que actuaban juntos.
No es un rumor, no es una interpretación, está en los testimonios de la propia Margarita, en las declaraciones que hizo a personas de confianza durante distintos momentos de su vida adulta, en la forma en que habló de esos años, en las pocas entrevistas en que se permitió acercarse al tema sin retreparse del todo.
El primer hombre que debía protegerla fue el primero en dañarla. El hombre que le enseñó a bailar, que construyó su talento con años de disciplina y ensayo, que la puso delante del mundo como su creación más valiosa, fue también el hombre que usó ese cuerpo de 12, 13, 14 años de la manera que usó. Y la madre lo sabía o lo sospechaba o lo sabía sin permitirse saberlo completamente, que es la forma más cobarde de saber algo. Volga How nunca lo detuvo.
No hay registro de una confrontación, de una separación, de una protección. Hay silencio. El silencio que en las familias se construye alrededor de lo que no se puede nombrar, porque nombrarlo destruiría todo lo que hay. Ese silencio fue el primero en una larga serie de silencios que definirían la vida de Margarita Cancino.
El patrón estaba establecido antes de que ella tuviera 15 años. Los hombres que debían cuidarla eran los que más daño le hacían y el mundo alrededor de ella miraba hacia otro lado. En 1937, un agente de Columbia Pictures la vio actuar en uno de esos clubes de la frontera. Tenía 18 años. El agente llamó al estudio.
Harry Con, el director de Columbia, la citó y lo primero que Con le dijo antes de hablar de contratos o de películas o de dinero fue lo que tenían que cambiar. El nombre, el pelo, la chara. Segunda revelación. Lo que Columbia Pictures le hizo a Margarita Cancino para convertirla en Rita Hayworth, no fue solo maquillaje y tinte de pelo.
Fue un procedimiento físico, doloroso, repetido durante más de un año, que dejó marcas permanentes y que nadie en la industria llamó por su nombre, porque llamarlo por su nombre habría requerido reconocer lo que estaban haciendo. Primer paso fue el nombre Margarita Cancino. Desapareció. Nació Rita Hworth, Rita de la actriz Rita de Acosta Lidi, Highworth, del apellido materno de su madre, ligeramente modificado.
Un nombre que sonaba americano, un nombre que no evocaba España, ni Sevilla, ni los clubes de Tijuana. un nombre que podía ser el nombre de cualquier chica de cualquier estado de América, lo que era precisamente el punto. El segundo paso fue el pelo. El pelo negro y liso de los caninos se volvió rojizo, castaño dorado, el color que los fotógrafos de Hollywood sabían iluminar para que brillara bajo los focos de estudio como si tuviera luz propia.
El tercer paso fueron las sesiones. La línea capilar de Margarita Cancino era baja, como es frecuente en mujeres de origen mediterráneo. Y Harry Conó que esa línea capilar hacía que pareciera demasiado española, demasiado étnica, demasiado distinta de lo que el público americano de los años 40 encontraba deseable.
La solución fue la electrólisis. Sesión tras sesión, semana tras semana, durante más de un año, una aguja recorrió la frente de Margarita Cancino, destruyendo folículo por folículo la raíz del pelo en la zona que Con quería despejada. Sin anestesía. La electrólisis de esa época se hacía sin anestesia porque nadie había considerado necesario hacerla cómoda.
Cada sesión duraba horas. Margarita llegaba, se sentaba y durante horas la aguja hacía su trabajo mientras ella no podía moverse para no desplazar el punto de tratamiento. Y luego se levantaba, salía del estudio de Columbia y volvía a ensayar para la siguiente película. ¿Cómo se llama lo que le hicieron cambiarle el nombre, la cara, el pelo, la identidad, si no es borrar a una persona? Lo que nadie sabía en ese momento era que el cuerpo que Columbia estaba modificando, el pelo que estaban cambiando, la frente que estaban
rediseñando con agujas durante un año entero, iba a convertirse en la imagen más reproducida del siglo XX. que esa mujer construida pieza por pieza en los despachos de Harry Con iba a aparecer en las portadas de Life, en los dormitorios de los soldados americanos en Europa y el Pacífico, en carteles en tres continentes y finalmente pintada en el costado de una bomba atómica en el atolón de bikini.
Pero antes de llegar a 1946, hay que hablar de 1941, porque 1941 fue el año en que la invención de Columbia Pictures adquirió una dimensión que ni el propio Harry Conculado del todo. La foto en Life Magazine se publicó en agosto de 1941. Rita Hworth, arrodillada en una cama con un camisón de encaje, mirando directamente a la cámara con una expresión que mezclaba confianza y vulnerabilidad de una manera que el fotógrafo Bob Landry captó y que los editores de Life eligieron para la portada con la intuición de quién sabe
que ha encontrado algo que va a durar. Esa foto se convirtió en la imagen más reproducida de la Segunda Guerra Mundial. Los soldados americanos la arrancaban de la revista y la pegaban en las paredes de los barracones, en el interior de las taquillas, en el reverso de las fotografías de sus novias, como si esa imagen de una mujer en una habitación de hotel pudiera proteger de algo o recordar que había un mundo al que valía la pena volver.
Y en 1946 llegó Hilda. La escena del guante dura 2 minutos y 16 segundos. Rita Highworth entra en plano, canta Put the Blame on M. Se quita lentamente un guante largo de satén negro y lo lanza al público con una sonrisa que contiene exactamente la mezcla justa de burla y desafío. No hay desnudez. No hay nada que en un plano objetivo justifique la reacción que esa escena produjo en el mundo.
Read More
Hay algo más difícil de definir y más difícil de reproducir. una mujer que en ese momento, en ese plano parecía completamente libre, completamente dueña de sí misma, como si toda la maquinaria de control que Harry Construido alrededor de ella desapareciera en ese momento y quedara solo Margarita Cancino, mirando al mundo y diciéndole algo que el guante expresaba mejor que cualquier frase.
Fue la película más taquillera de 1946. Fue el nacimiento definitivo del mito y fue también el año en que los militares americanos pintaron su imagen en una bomba. Ella leyó la noticia en el periódico, sola en su casa de los ángeles, sin que nadie hubiera pensado en avisarla antes, y dijo lo que dijo. ¿Cómo se atreven a ponerle mi nombre a esa cosa? Y nadie respondió, porque en el mundo de Columbia Pictures y del ejército americano y de la cultura popular del siglo XX, la imagen de Rita Hayworth no le pertenecía a ella, le
pertenecía a todos y todo el mundo se sentía con el derecho de usarla. Lo que vendría a continuación mostraría hasta qué punto ese patrón, el de los hombres que tomaban y no devolvían, era el patrón constante de su vida, no la excepción. Edward Judson fue el primero, el hombre que la descubrió antes de Columbia, que la presentó en los círculos correctos, que se convirtió en su primer marido cuando ella tenía 18 años y él tenía 40.
22 años de diferencia. Un hombre que desde el primer día entendió que Rita Hworth era un activo que administrar, no una persona que amar. controló su imagen, sus contratos, su agenda, sus relaciones. Y cuando ella intentó divorciarse en 1942, Judson le dijo con toda la claridad que el protocolo de Hollywood permitía que si ella lo dejaba, él se encargaría de destruir su carrera.

No como amenaza vacía, como descripción de lo que tenía pensado hacer y de los medios que tenía para hacerlo. Orson Wells fue el segundo, el más brillante, el más fascinante, el más imposible de ignorar para una mujer que había pasado su vida rodeada de hombres que la usaban y que de repente encontraba a uno que parecía genuinamente interesado en su mente.
Además de en su imagen, se casaron en 1943 y Orson Welles la amó probablemente a su manera, pero la manera de Orson Wells de amar a alguien era ponerlo siempre en segundo lugar después de su propio arte. Y Rita Hworth no era el tipo de persona que podía ser feliz en el segundo lugar de nadie. Había pasado demasiados años siendo el primero en los carteles para resignarse a ser la segunda en el corazón de alguien.
Para la dama de Shanghai, la película de 1947 que Welles dirigió con Rita como protagonista, tomó una decisión que Harry Conó una declaración de guerra. le cortó el pelo. El icónico pelo rojo largo que Harry Construido sesión a sesión de electrólisis y que era para con parte de la propiedad intelectual de Columbia Pictures.
Wells lo cortó y lo decoloró rubio. No como decisión artística consultada con la protagonista, como decisión de director que tenía la visión de la película y que necesitaba que su actriz, su esposa, se adecuara a esa visión. Cuando Harry K vio el resultado, dijo algo que concentra en una frase la lógica entera del sistema.
¿Cómo te has atrevido a destruir a mi estrella? Mi estrella, no la persona, no la mujer, mi estrella, como si Orson Wells hubiera dañado una propiedad que pertenecía a Con. Y en el mundo de Columbia Pictures de 1947, eso era exactamente lo que había hecho. Tercera revelación. Rita Hworth nunca vio completa una sola de sus propias películas.
Lo declaró en distintas entrevistas durante distintos momentos de su vida, siempre con la misma expresión, una mezcla de distancia y algo que no llegaba exactamente a la tristeza, pero que se le parecía. Decía que cuando se miraba en la pantalla no se reconocía. Que la mujer que aparecía en guilda, en Cover Girl, en la dama de Shanghai, no era ella, era Rita Hayworth.
Y Rita Heworth y Margarita Cancino no eran la misma persona, aunque compartieran el mismo cuerpo. Los hombres, decía, se enamoraban de Hilda y luego se despertaban con ella. y eso no les gustaba. ¿Cuántos hombres tienen que abandonarte antes de que el mundo deje de llamarlo mala suerte? El príncipe Ali Khan fue el tercero, un hombre de una seducción legendaria, heredero de una de las fortunas más grandes del mundo, que se presentó en su vida en 1948, prometiendo exactamente lo que ella llevaba una vida buscando, un lugar
lejos de Hollywood, una vida diferente, una existencia que no dependiera de los contratos de Columbia ni de las sesiones de electrólisis ni de Harry Kon, decidiendo qué longitud debía tener su pelo. Se casaron en 1949 en una villa en el sur de Francia. El mundo entero cubrió la boda como si fuera un cuento de hadas.
El cuento duró 3 años. Al K resultó ser exactamente lo que era, un hombre acostumbrado a tener lo que quería mientras lo quería y que cuando dejaba de quererlo buscaba lo siguiente sin drama ni explicación. Lo siguiente llegó en forma de una actriz francesa y Rita Hward se encontró en Europa con una hija pequeña llamada Jasmine, sin dinero propio, sin contrato en vigor y con la opción de volver a Hollywood o quedarse varada en un continente donde nadie le debía nada.
Volvió a Hollywood porque no había otro lugar al que volver. Los dos últimos matrimonios, Dick Hayes y James Hill, fueron los años en que el daño acumulado empezó a hacerse visible de una manera que ya no era posible atribuir a un solo hombre o a un solo evento. Dick Hes era un cantante en declive que encontró en Rita Hayworth una forma de mantenerse relevante y que durante el tiempo que duró el matrimonio la usó con una meticulosidad que las personas que los conocían describieron sin ambigüedad como explotación.
La controló económicamente, la aisló de las personas que podían ayudarla. Y cuando el matrimonio terminó, en 1955, Rita Hworth tenía 46 años, pocas reservas económicas y los primeros síntomas de algo que nadie en su entorno supo identificar correctamente durante décadas. Suscríbete ahora mismo porque seguimos contando estas historias cada semana y la que viene es igual de necesaria para entender el patrón que se repite una y otra vez.
Los olvidos empezaron de forma gradual. Una fecha aquí, un nombre allá, compromisos que no recordaba haber aceptado, conversaciones que se evaporaban antes de terminar. En el mundo de Hollywood de los años 50 y 60, cuando una actriz empieza a mostrar comportamientos erráticos, hay un diagnóstico disponible, siempre disponible, que no requiere investigación ni pruebas ni especialistas, bebe demasiado.
Eso fue lo que dijeron los productores, los directores, los médicos que la vieron y que no buscaron más allá de lo que ya estaban dispuestos a encontrar. Rita Hayworth bebe. Rita Hayworth es poco fiable. Rita Hworth ya no es lo que era. y Columbia. El estudio que la había construido parte por parte durante 20 años, que había ganado más dinero con su imagen que con cualquier otra actriz de su generación, la descartó sin ceremonia, sin reconocimiento de lo que habían hecho con ella, con la misma eficiencia administrativa con que se rescinde
cualquier contrato que ha dejado de ser rentable. Lo que nadie investigó, lo que ningún médico se molestó en buscar detrás de la etiqueta cómoda de alcohólica era la verdad. Y la verdad estaba ahí documentable, identificable, presente en los síntomas que cualquier especialista entrenado debería haber reconocido.
Pero para reconocerla había que tomarse la molestia de buscarla. Y nadie en el mundo de Rita Hworth se tomó esa molestia durante décadas. Suj Yasmin. Cuarta revelación. En 1980, después de años observando a su madre deteriorarse de una forma que no cuadraba con ningún patrón de alcoholismo que los médicos pudieran explicarle, Yasmín Agakcán consiguió lo que los médicos de Columbia y los cinco maridos no habían conseguido en 30 años un diagnóstico correcto.
Alzheimer. Rita Heyworth tenía Alzheimer. En 1980 el Alzheimer no era una enfermedad conocida por el público general. No tenía el nombre que tiene hoy, no tenía el protocolo de diagnóstico que tiene hoy, no tenía la visibilidad ni la urgencia médica que tiene hoy. Era una enfermedad que existía, pero que los médicos no buscaban activamente, especialmente en mujeres de mediana edad que llegaban a las consultas con historial de vida caótica y fama de beber demasiado, porque el diagnóstico de alcohólica cierra puertas.
Una vez que ese diagnóstico está en el expediente, cada síntoma nuevo se convierte en evidencia de lo mismo y deja de ser una pregunta que hay que responder. Los olvidos son la bebida. La confusión es la bebida. El deterioro es la bebida y nadie pregunta si detrás de la bebida o en lugar de la bebida hay algo más.
¿Cómo es posible que los mismos médicos que debían cuidarla la abandonaran por borracha sin investigar nada? Rita Hworth fue uno de los primeros casos públicos documentados de Alzheimer en el mundo. Cuando Yasmín hizo público el diagnóstico, cuando lo convirtió en una declaración que los medios de comunicación de todo el mundo recogieron, el efecto fue inmediato.
Por primera vez, la enfermedad tuvo un nombre que el mundo reconocía, un rostro que el mundo recordaba. La imagen de Hilda, la imagen de la portada de Life, la imagen pintada en la bomba atómica, conectada ahora a una enfermedad que millones de familias en el mundo estaban viviendo en silencio sin saber cómo nombrarla.

Los últimos años de Rita Hworth los pasó en un apartamento de Nueva York bajo el cuidado constante de Yasmín. No reconocía a las enfermeras. No reconocía a las pocas personas que seguían visitándola. En los momentos más oscuros no reconocía a su propia hija. Había días en que miraba a Yasmin con la expresión de quien mira a una desconocida amable y espera a que le expliquen quién es y qué hace en esa habitación.
Yasm se quedaba. Yasmín siempre se quedaba. El 14 de mayo de 1987, Rita Hworth murió en ese apartamento de Nueva York. Tenía 68 años. murió sin saber quién era, sin reconocer a su hija, sin recordar a Guilda, ni a Orson Wells, ni al príncipe Alican, ni a Harry K, ni a las sesiones de electrólisis, ni a la portada de Life, ni a la bomba en el atolón de bikini.
Sin recordar a Margarita Cancino, la niña española de Brooklyn, que bailaba flamenco con su padre en los clubes de Tijuana y que el mundo había enterrado bajo capas de tinte y agujas y contratos firmados por otros. Los hombres que habían tomado decisiones sobre su vida habían muerto antes que ella o estaban demasiado lejos para importar. Harry K había muerto en 1958.
Eduardo Cancino, su padre, había muerto en 1974. Orson Wells moriría en 1985, 2 años antes que Rita en Los Ángeles, en su propia casa, rodeado de sus propias memorias intactas. La distancia entre el final de Welles y el final de Rita Hworth era la distancia entre alguien que pudo quedarse con lo suyo y alguien a quien se lo fueron quitando parte por parte hasta que no quedó nada que reconocer.
Quinta revelación. Yasmín Agak, la hija que Rita tuvo con el príncipe Alican, la hija a quien su madre no reconoció al final. Fundó en 1985 la Fundación Rita Highworth para el Alzheimer. Esa fundación lleva cuatro décadas financiando investigación sobre la enfermedad. ha recaudado cientos de millones de dólares, ha contribuido directamente al avance en diagnóstico y tratamiento que ha cambiado la experiencia de millones de familias en todo el mundo.
Y lleva el nombre de Rita Hworth, el nombre que Columbia Pictures eligió para reemplazar a Margarita Cancino. El nombre que Harry K construyó sesión a sesión de electrólisis en la frente de una adolescente. Ese nombre, el nombre que la industria inventó para sus propios propósitos, terminó siendo el nombre que ayudó a curar una enfermedad.
Hay algo en ese detalle que la historia oficial no sabe muy bien cómo clasificar y quizás eso es exactamente lo que lo hace importante. Antes de que te vayas, hay una historia en este canal que conecta directamente con lo que acabas de escuchar. Otra mujer, otra industria, otro nombre borrado y sustituido por lo que el sistema necesitaba que fuera.
El enlace está aquí arriba. Sexta revelación y la última. Yda es eterna. Esa escena de 2 minutos y 16 segundos en que Rita Highworth se quita el guante y mira a la cámara como si el mundo entero le debiera una explicación, sigue siendo hoy una de las imágenes más reconocibles de la historia del cine. La han reproducido, homenajeado, parodiado, analizado en miles de artículos académicos, colocado en listas de los mejores momentos del cine de todos los tiempos.
El sistema de estudios que la produjo desapareció hace décadas. Los contratos que ataban a actores como propiedades del estudio se volvieron ilegales. Las sesiones de electrólisis sin consentimiento informado son impensables hoy en cualquier contexto médico o industrial. Harry K es una nota al pie en la historia de Hollywood, recordado principalmente como el paradigma del productor abusivo que el sistema de la época permitía ser.
Y la escena del guante sigue. Margarita Cancino sigue en esa escena mirando al mundo con esa expresión que ninguna aguja ni ningún contrato pudo construir porque no era de Rita Hworth, era de pintaron su cara en una bomba atómica sin pedirle permiso. Creyeron que podían hacer con ella lo que quisieran y tenían razón durante décadas.
Lo hicieron. Le cambiaron el nombre, le modificaron la cara, le contaron las cucharadas de sopa, le robaron el dinero que había ganado. La llamaron borracha cuando tenía una enfermedad que ellos no quisieron ver. Pero Margarita Cancino, la niña española de Brooklyn que Eduardo Cancino subió a un escenario a los 12 años sin pedirle permiso.
La misma niña que Hollywood enterró bajo capas de tinte y agujas y contratos firmados por otros dejó algo que ninguna bomba puede destruir. un nombre en una fundación que lleva cuatro décadas salvando vidas y una mirada en 2 minutos de película que el mundo no ha podido olvidar en 70 años, aunque haya intentado no entenderla.