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Federica de Grecia: La Madre de la Reina Sofía Que que Tuvo que Escapar en Plena Noche

Pero antes del exilio, antes de Grecia, antes incluso de su matrimonio real, hay que volver a Alemania en 1917, donde nació una niña en el seno de la dinastía imperial alemana más poderosa de Europa en los últimos meses del imperio del Kaiser Guillermo Segund. Para entender qué ocurrió esa madrugada de diciembre de 1967 en el aeropuerto de Tatoy, tenemos que volver al principio, a un castillo alemán en plena Primera Guerra Mundial en 1917.

18 de abril de 1917, Blankenburg, Alemania, en pleno corazón de la Primera Guerra Mundial. En un castillo señorial de la región alemana del Heartz, una princesa alemana de 20 años llamada Victoria Luisa de Prusia está dando a luz a su tercera hija. Su marido, el duque Ernesto Augusto de Bronswick, está combatiendo en algún frente militar de la guerra.

Y lo más importante para entender toda la vida futura de la niña que está naciendo, su abuelo materno es nada menos que el Kaiser Guillermo II, el emperador de Alemania, el hombre que en ese momento exacto de 1917 estaba conduciendo a Alemania en el tercer año de la Primera Guerra Mundial. Una guerra que Alemania estaba a punto de perder.

Una guerra que iba a destruir completamente el imperio alemán. Una guerra que apenas 18 meses después del nacimiento de Federica iba a obligar a su abuelo, el Kaiser, a abdicar y a huir a Holanda. El imperio alemán colapsó completamente y la familia de Federica de la noche a la mañana pasó de ser parte de la dinastía imperial alemana más poderosa de Europa a ser una familia aristocrática alemana sin trono, sin imperio y sin el poder absoluto que había definido su identidad durante generaciones.

Hay un detalle del nacimiento de Federica que captura toda la tragedia histórica que iba a definir su vida. La pequeña Federica nació el 18 de abril de 1917 y en ese momento exacto su abuelo, el Kaiser Guillermo segundo, estaba dirigiendo a Alemania en el tercer año de la Primera Guerra Mundial. Una guerra que Alemania estaba a punto de perder.

Una guerra que iba a destruir completamente el imperio alemán. Una guerra que apenas 18 meses después del nacimiento de Federica iba a obligar a su abuelo, el Kaiser, a abdicar y a huir a Holanda. El imperio alemán colapsó completamente y la familia de Federica de la noche a la mañana pasó de ser parte de la dinastía imperial alemana más poderosa de Europa a ser una familia aristocrática alemana sin trono, sin imperio y sin el poder absoluto que había definido su identidad durante generaciones. Pero 18 meses después de

su nacimiento, en noviembre de 1918 ocurrió algo que iba a cambiar para siempre el destino de la pequeña Federica. Alemania perdió la Primera Guerra Mundial. Su abuelo, el Kaiser Guillermo II, fue obligado a abdicar y a huir a Holanda. El imperio alemán colapsó completamente y la familia de Federica de la noche a la mañana pasó de ser parte de la dinastía imperial alemana más poderosa de Europa a ser una familia aristocrática alemana sin trono, sin imperio y sin el poder absoluto que había definido su identidad durante

generaciones. Esa caída brutal de la cúspide del poder, vivida cuando Federica era apenas una bebé, iba a marcar profundamente la psicología de toda su vida adulta. Aunque ella era demasiado pequeña para recordar conscientemente el colapso del imperio alemán, creció en una familia obsesionada con la idea de la grandeza perdida.

Una familia que recordaba constantemente lo que habían sido. Una familia que soñaba en secreto con recuperar algún día el esplendor imperial que la guerra les había arrebatado. Hay un detalle de la infancia de Federica que pocas biografías relatan completamente. Durante los años 20, mientras la familia de Federica vivía en una incómoda transición entre la antigua grandeza imperial y la nueva realidad de la Alemania republicana, su abuelo, el Kaiser Guillermo II, vivía exiliado en Holanda, en una mansión llamada Dorn.

Y según los testimonios familiares, la pequeña Federica visitaba regularmente a su abuelo exiliado durante los veranos de los años 20. El Kaiser de puesto, según contaría Federica décadas después, pasaba sus días en el exilio holandés cortando leña obsesivamente en el jardín de su mansión, hablando constantemente del imperio perdido y culpando a todos de su caída, excepto a sí mismo.

La pequeña Federica, según los biógrafos, observó durante esos veranos de infancia el espectáculo de un emperador caído, un hombre que había gobernado el imperio más poderoso de Europa, reducido a cortar leña en un jardín holandés, obsesionado con una grandeza que nunca iba a recuperar. Esa imagen de su abuelo, el Kaiser exiliado, observada por Federica durante su infancia, iba a perseguirla durante toda su vida y lo más trágico, iba a anticipar de manera inquietante su propio destino final.

Porque Federica, como su abuelo, el Kaiser, también iba a terminar sus días en el exilio, lejos del país que había gobernado, obsesionada con una grandeza dinástica que el siglo XX le había arrebatado completamente. Durante los años 20 y 30, mientras crecía en la Alemania de la República de Baimar y luego de la llegada del nazismo, la joven Federica fue educada en colegios alemanes e ingleses.

Hablaba perfectamente alemán, inglés, francés y griego. Era considerada por sus profesores como una joven extraordinariamente inteligente, ambiciosa y dotada de una personalidad de hierro, pero también, según los testimonios cercanos, como una joven que había heredado de su abuelo, el Kaiser, un orgullo dinástico absoluto y una convicción inquebrantable de su propia superioridad aristocrática.

Hay una anécdota de la adolescencia de Federica que ilustra perfectamente esa personalidad de hierro. Según los testimonios familiares publicados décadas después, cuando Federica tenía 16 años, asistía a un colegio privado para señoritas en Inglaterra, en la región de Kent. Una de sus profesoras inglesas, sin saber quién era realmente la joven alemana, le habría hecho una observación crítica sobre su actitud excesivamente orgullosa frente a sus compañeras.

Federica, según la anécdota, habría mirado a la profesora con frialdad absoluta y le habría contestado en un inglés perfecto una frase que ningún adolescente normal habría podido pronunciar. Le habría dicho, “Señora, mi abuelo gobernó sobre 70 millones de personas. Con todo respeto, no creo que usted esté en posición de enseñarme cómo debo comportarme.

Esa respuesta dada por una adolescente alemana a su profesora inglesa en un colegio de Kent a mediados de los años 30 captura toda la personalidad de Federica de Hanover, una mujer que desde la adolescencia llevaba en la sangre la convicción absoluta de su superioridad dinástica.

Una convicción heredada de su abuelo, el Kaiser. Una convicción que iba a serla simultáneamente una de las reinas más fascinantes y más insoportables de toda la realeza europea del siglo XX. Y en 1934, cuando Federica tenía 17 años, ocurrió algo que sus enemigos políticos iban a usar contra ella durante el resto de su vida, algo que 80 años después todavía genera controversia entre los historiadores.

Los hechos son estos. En la Alemania de los años 30, bajo el régimen nazi de Adolf Hitler, existía una organización juvenil obligatoria para todos los jóvenes alemanes llamadas las juventudes hitlerianas. Y según múltiples fuentes históricas, la joven Federica de Hanover, como la mayoría de los jóvenes alemanes de su generación y de su clase social, habría estado afiliada durante un periodo a la sección femenina de esa organización, la Liga de Muchas alemanas, entre aproximadamente 1933 y 1935.

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