El 2 de julio de 2001, mientras México apenas despertaba, una cabaña escondida dentro de la residencia oficial de Los Pinos albergaba un secreto que marcaría para siempre el rumbo del país. Sin multitudes, sin prensa, y con la notable ausencia de los hijos de ambos, Vicente Fox, el hombre que prometía encarnar la anhelada transición democrática, se casaba en secreto con Marta Sahagún, su vocera. Aquella puerta cerrada no solo selló un matrimonio, sino que, según múltiples investigaciones periodísticas, inauguró uno de los episodios más turbios, manipuladores y cuestionados de la historia política moderna de México.
Lo que afuera se celebraba como el fin de más de setenta años de hegemonía priista y el triunfo de una democracia limpia, adentro comenzaba a tejerse como una escalofriante red de ambición desmedida. La historia de Marta Sahagún es la crónica de una mujer que presuntamente transformó la fe en una máscara, el dinero público en una caja chica familiar y la caridad en una fría escalera hacia el poder absoluto.
Para entender cómo se llegó a la oscuridad de aquellos años, es necesario mirar hacia el pasado. Nacida en Zamora, Michoacán, en abril de 1953, Marta creció en un entorno profundamente católico, donde las apariencias, la obediencia y la reputación lo eran todo. Hija de Alberto Sahagún de la Parra, quien mantenía estrechos lazos con figuras influyentes como Marcial Maciel (fundador de los Legionarios de Cristo), Marta asimiló desde muy joven una lección fundamental: la imagen puede abrir puertas
que el poder puro y duro no se atreve a forzar.
Tras un matrimonio convencional en Celaya con Manuel Briviesca Godoy y su participación activa en el movimiento Regnum Christi, la imagen de esposa tradicional y devota comenzó a quedarse pequeña para el tamaño de su hambre. Marta no quería simplemente organizar eventos o ser una acompañante silenciosa. Ella quería entrar al cuarto donde se tomaban las decisiones.
El destino le presentó la oportunidad perfecta en la figura de Vicente Fox, un líder ruidoso, carismático e impulsivo que desafiaba al viejo régimen. Marta se acercó como colaboradora, se volvió indispensable en su comunicación y, eventualmente, se transformó en su dependencia emocional. Cuando Fox asumió la presidencia y Marta entró a Los Pinos, supo que el poder no se regala; se pelea. Rodeada de los asesores de Fox y sintiéndose una intrusa bajo la sombra de la exesposa del mandatario, Lilian de la Concha, la obsesión de Marta se encendió. No le bastaba ser la primera dama; soñaba con ser una “Eva Perón mexicana”, una fuerza que nadie en el país pudiera mover.
Brujería, Toloache y las “Vitaminas” del Presidente
Cuando la política tradicional y los hilos burocráticos no fueron suficientes para consolidar su dominio, las investigaciones de la época, documentadas por periodistas como Olga Wornat en “La Jefa” y José Gil Olmos en “Los Brujos del Poder”, señalan que Sahagún habría recurrido a terrenos mucho más sombríos. Surgió así la presunta alianza con Elba Esther Gordillo, quien le habría facilitado el contacto con mundos esotéricos en una conversación de doce horas que mezcló el miedo, la obsesión y la necesidad de “amarrar” a Vicente Fox.
A través de operadoras de confianza, entró en escena un enigmático personaje conocido como el Padre Felipe Campos, descrito como un santero cubano. Cobrando miles de pesos, este individuo habría sido el encargado de preparar sustancias que se suministraban diariamente al presidente bajo el inofensivo nombre de “vitaminas”. Unas gotas en el café, otras en el jugo.
Los rumores sobre toloache, fotografías quemadas y rituales dentro de los baños presidenciales comenzaron a circular como un veneno silencioso. Lo cierto es que, a los ojos del ojo público y de sus críticos, Fox cambió. Su mirada se notaba apagada, su voluntad parecía haberse ablandado y Marta comenzó a ocupar espacios y micrófonos que constitucionalmente no le correspondían. ¿Quién gobernaba realmente México detrás de esa puerta cerrada?
El Descaro Institucional y el Dinero de los Pobres
Mientras el misticismo envolvía las habitaciones presidenciales, en los escritorios oficiales comenzaba un saqueo revestido de elegancia. El escándalo mediático del “Toallagate” en junio de 2001 fue el primer gran aviso. Mientras millones de mexicanos vivían en la pobreza extrema, la presidencia gastó más de nueve millones de pesos en remodelaciones, comprando cortinas eléctricas de 153,000 pesos y toallas de más de 400 dólares cada una. Los Pinos había dejado de ser una casa de estado para convertirse en el botín de una boutique privada familiar.

Pero las toallas palidecen frente a lo que ocurriría con la fundación “Vamos México”. Presentada como una cruzada nacional para ayudar a niños, mujeres y enfermos, la organización se convirtió en el vehículo propagandístico perfecto para la figura de Marta Sahagún. La Lotería Nacional, institución histórica encargada de devolver recursos a los más vulnerables, quedó atrapada en esta red. Mediante el fideicomiso Transforma México, se señaló que entre 110 y 200 millones de pesos provenientes de los excedentes de la lotería fueron canalizados con total opacidad hacia proyectos afines a la fundación de la primera dama. Eran millones de pesos que significaban medicinas, techos escolares y agua potable, esfumándose en la neblina burocrática.
El cinismo alcanzó un nivel perturbador cuando la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (CONALITEG) imprimió 1.5 millones de libros pagados con dinero público. Según las denuncias, estos materiales fueron modificados, alterando prólogos y logotipos, para promocionar el rostro y la imagen de Vamos México. Se habían robado no solo los recursos, sino el mérito moral.
El Botín Familiar: Oceanografía y el Drama de las Familias Quebradas
La herida más profunda al patrimonio del país llegó a través de los hijos de Marta: Manuel, Jorge Alberto y Fernando Briviesca. Habiendo crecido viendo cómo el poder político suplía las carencias emocionales de un hogar roto, los hermanos entendieron que el Estado podía ser su empresa personal.
Su participación en operaciones respaldadas por el Instituto para la Protección del Ahorro Bancario (IPAB) fue demoledora. Mientras familias mexicanas de clase media y baja perdían sus hogares tras la crisis económica, paquetes inmobiliarios de carteras vencidas que sumaban más de 7,700 viviendas (cuyo valor real rondaba los 1,300 millones de pesos) fueron rematados por cifras ridículas de entre 8 y 34 millones de pesos a empresas vinculadas a los hermanos Briviesca. La ruina ajena y las lágrimas de miles de padres y madres de familia se convirtieron en el patrimonio de unos cuantos privilegiados.
A la par, en el Golfo de México, la empresa Oceanografía, que al iniciar la década enfrentaba deudas fiscales, experimentó un crecimiento milagroso e inexplicable. Obtuvo contratos por miles de millones de pesos con Pemex, el corazón energético de México, gracias a las presuntas gestiones y al tráfico de influencias operado desde las esferas más cercanas a la residencia presidencial.
El Castigo de la Historia y la Memoria Inolvidable
En 2006, la pareja abandonó Los Pinos, pero el eco de sus acciones los persiguió inexorablemente. Fuera de la protección presidencial, la burbuja estalló. El primer esposo de Marta, Manuel Briviesca Godoy, fue detenido en 2008 por delitos fiscales. Y más humillante aún, el largo brazo de la justicia estadounidense alcanzó a Manuel Briviesca Sahagún, quien en 2012 tuvo que presentarse ante una corte en California, aceptando un acuerdo de culpabilidad por fraude que lo sentenció a tres años de libertad condicional y una multa económica. El apellido que antes paralizaba secretarías de estado, ahora figuraba en los archivos criminales del extranjero.
Años después, en 2020, las investigaciones de la Unidad de Inteligencia Financiera reabrieron las heridas al rastrear millones de dólares movidos en paraísos fiscales por los Legionarios de Cristo, volviendo a arrojar sombras sobre las finanzas de Sahagún.

Marta Sahagún no se convirtió en la presidenta de México ni pasó a la historia como la gran madre de la patria que alguna vez imaginó frente al espejo. Su nombre quedó grabado como el recordatorio doloroso de una promesa democrática traicionada. La historia de Los Pinos entre 2000 y 2006 no es solamente el fracaso de un gobierno; es el trágico retrato de un país que entregó su esperanza a un proyecto de alternancia, solo para descubrir que, a puerta cerrada, sus recursos, su fe y el dinero de sus pobres estaban siendo devorados por la ambición de una sola familia.