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LOS SECRETOS OCULTOS DE JOAN SEBASTIAN… La REALIDAD SUPERA La FICCIÓN

La noche que Juan Sebastian le confesó a Vicente Fernández que [música] había estado con la misma mujer que él, la tensión en ese rancho de Jalisco se volvió tan densa que hasta los caballos dejaron de relinchar. Dos gigantes de la música mexicana frente a frente, con copas de coñaque en mano y un secreto que podría haberlos destrozado para siempre.

Pero lo que pasó esa noche no fue lo más oscuro de la vida del poeta del pueblo. Ni siquiera se acerca, porque detrás de las canciones románticas, los premios Grammy y las sonrisas en el escenario, Joan Sebastián cargaba con sombras tan profundas que ni sus propios hijos conocieron todas. Esta es la historia real, sin filtros, sin romantización, sin nada que te hayan contado antes.

Joan Sebastian nació como José Manuel Figueroa Figueroa en un pueblo que apenas aparecía en los mapas, Juliantla, Guerrero, un lugar tan pequeño que cuando él se hizo famoso, la gente bromeaba diciendo que Juliantla era más conocido por Joan que por cualquier otra cosa. Pero ese pueblo escondía más que pobreza y polvo. Las montañas del norte de Guerrero siempre han sido territorio complicado, donde las leyes no llegan y donde el silencio es moneda de cambio.

José Manuel creció en esas montañas montado en burro, llevando leche fresca a Taxco antes del amanecer. Su padre, don Marcos, era un hombre duro, de esos que hablan poco y miran mucho. Su madre, doña Celia, rezaba todas las noches porque sus hijos no se perdieran en la violencia que ya empezaba a trepar por esos cerros. Pero algo en ese niño era diferente.

Mientras otros chavos de su edad aprendían a trabajar la tierra o a cuidar animales, José Manuel se escapaba con una guitarra que casi no sabía tocar. A los 7 años ya componía canciones. No eran buenas, claro, eran intentos torpes de un niño que apenas entendía qué era una nota musical, pero tenía algo, una necesidad casi desesperada de sacar lo que llevaba dentro.

Y lo que llevaba dentro era un volcán de emociones que nadie más en Juliant la parecía tener. La historia de su primera guitarra es casi mágica si la cuentas bonito, pero la verdad es más cruda. Un amigo de su padre llegó buscando a don Marcos con una tercerola, una guitarra pequeña y maltratada. El tipo se la dejó una noche porque tenía que ir a arreglar un asunto que nadie quiso explicarle al niño José Manuel.

Años después, Joan Sebastian confesaría en una entrevista que su padre y ese amigo estuvieron involucrados en algo que preferían recordar. Esa guitarra, la que él tomó con manos temblorosas y descubrió solo cómo encontrar los acordes. Tenía manchas en el mástil, manchas que nunca se fueron, manchas que su padre le dijo que no preguntara de dónde venían.

Cuando José Manuel cumplió 8 años, lo mandaron a un internado en Guanajuato, no porque su familia quisiera que estudiara, sino porque las cosas en Juliantla se estaban poniendo feas. En ese internado, rodeado de otros niños que también habían sido enviados lejos de sus casas por razones que nadie explicaba del todo, José Manuel empezó a modificar letras de canciones, tomaba corridos tradicionales y les cambiaba las palabras, poniéndoles sus propias historias, sus propios miedos.

Los otros niños se burlaban de él, lo llamaban el poeta, pero no como un cumplido, sino como un insulto. Porque en un lugar donde la violencia era el lenguaje común, escribir versos era visto como debilidad. A los 12 años lo movieron a Morelos, a una institución religiosa bajo el cuidado del padre David Salgado.

Y aquí es donde la historia de Joan Sebastian empieza a torcerse de formas que nadie esperaría. El padre Salgado era un hombre carismático de esos que cuando hablan te hacen sentir que Dios realmente existe y que todo va a estar bien. José Manuel cayó bajo su influencia como si fuera hipnosis. empezó a considerar seriamente convertirse en sacerdote.

Su abuela, una mujer devota que rezaba el rosario tres veces al día, estaba emocionada, pero su padre, don Marcos, no, porque don Marcos sabía algo que nadie más parecía saber, que su hijo no estaba hecho para el celibato, para la renuncia, para el sacrificio silencioso. Su hijo estaba hecho para el fuego.

Cuando José Manuel tenía 14 años, ingresó al seminario conciliar de San José en Cuernavaca. Durante tres años estudió teología, latín, historia de la iglesia. Y durante esos tres años, algo dentro de él empezó a retorcerse. Años más tarde confesaría que en el seminario compuso una misa completa. Pero lo que no confesó públicamente fue que también escribió canciones sobre cosas que un seminarista no debería estar pensando.

Canciones sobre mujeres, sobre cuerpos, sobre deseos que lo atormentaban en las noches frías del seminario. las escribía en cuadernos que escondía bajo su colchón y que quemó antes de irse. Nadie sabe que decían exactamente esas letras, pero un compañero de seminario, que años después lo reconoció en la televisión, dijo en una entrevista de radio local que eran tan explícitas que si el padre Salgado las hubiera encontrado, lo habrían expulsado inmediatamente.

A los 17 años, José Manuel abandonó el seminario. Oficialmente fue para dedicarse a la música, pero la verdad, según él mismo confesó después, en una entrevista nocturna donde había bebido más de la cuenta, fue porque se enamoró de una mujer del pueblo, una mujer mayor que él, casada, que vendía flores en el mercado de Cuernavaca.

Nunca dijo su nombre, pero dijo que ella fue quien le enseñó lo que realmente significaba sentir. Esa mujer, cuyo rostro Joan Sebastián llevó en secreto toda su vida, le dijo algo que lo perseguiría para siempre. Tú no estás hecho para salvar almas, estás hecho para romper corazones. Y tenía razón. Después del seminario, José Manuel trabajó en el centro vacacional Waxtepeciste.

Administrativo. Era un trabajo aburrido, de esos que pagan poco y donde todos tus compañeros solo hablan de cuándo es el siguiente día de pago. Pero él tenía acceso al sistema de altavoces del centro vacacional y cuando no había nadie vigilando, se metía a la cabina y cantaba. Canciones que había compuesto en el seminario, canciones nuevas, canciones que hablaban de amores imposibles y traiciones.

La gente que estaba en las albercas o caminando por los jardines se detenía a escuchar esa voz que salía de las bocinas. No sabían quién era, no le veían la cara, solo escuchaban. Y una de esas personas era Angélica María. La novia de México llegó al centro vacacional Waxtepec buscando hospedaje, pero lo que encontró fue una voz que la dejó paralizada.

Estaba haciendo su reservación en la recepción cuando escuchó a ese joven cantando por el sistema de altavoces. Le preguntó al recepcionista quién era. El tipo le dijo que era solo el asistente administrativo, un nadie. Angélica insistió, quería conocerlo. Cuando José Manuel salió de la cabina y se presentó ante ella, llevaba el uniforme de trabajo todo arrugado, olía a sudor y estaba nervioso como un niño en su primer día de escuela.

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