Posted in

El secreto que Rocío Dúrcal se llevó a la tumba: ¿Por qué su familia tapó los espejos en sus últimos días?

El secreto que Rocío Dúrcal se llevó a la tumba: ¿Por qué su familia tapó los espejos en sus últimos días? La desgarradora verdad detrás de la habitación hermética de Madrid que la industria intentó ocultar y el pacto de silencio que persigue a sus herederos hasta hoy.

Rocío Dúrcal: La Triste Verdad Que Su Familia Intentó Ocultar  

Enero de 2006, Madrid, hospital La Moraleja en Madrid. En una habitación privada hay una mujer que ha vendido más de 20 millones de discos, que ha llenado el Palacio de los Deportes de Madrid en noches que el público todavía recuerda, que ha cantado en el Foro Sol de Ciudad de México ante decenas de miles de personas con el público de pie de principio a fin.

 Esa mujer pesa menos de 50 kg. Los espejos de la habitación están tapados o dados la vuelta,  según contaron después personas cercanas a ella. En el pasillo hay voces que discuten en voz  baja sobre algo que nadie dice delante de ella. Y mientras tanto, en los kioscos de toda España, las portadas de las revistas del corazón todavía la muestran sonriente, con el pelo impecable, con ese vestido rojo que usó en la última gira, como si nada de lo que está ocurriendo en esa habitación existiera.

Lo que pasó entre esas cuatro paredes durante los últimos meses de su vida nunca se contó del todo. lo que ocurrió entre ella y su familia, entre su equipo artístico y la prensa, entre la mujer real y el personaje que el mundo necesitaba que siguiera siendo. Eso es lo que vamos a ver hoy, ¿no? Nol versión oficial, la otra.

Bienvenido. Esto es la historia real de Rocío Durcal. Para entender cómo llegó a esa habitación de hospital con los espejos tapados. Según esas versiones,  hay que volver al principio. Y el principio no es glamuroso. El principio es una niña en Alcovendas, Madrid, en 1944, en una España que lleva 5 años saliendo de una guerra civil devastadora y que todavía no sabe muy bien qué tipo de país quiere ser.

 Un país donde la escasez es norma, donde el entretenimiento es un privilegio controlado por el Estado y donde las familias sin recursos tienen muy pocas vías de movilidad social. Su nombre era María de los Ángeles de la Ceras Ortiz. No había dinero en casa, no había  contactos en la industria. Lo que había era una voz que en cuanto alguien la escuchaba con atención entendía que era distinta, más ancha, más cargada de algo que no tiene nombre técnico, pero que se percibe físicamente cuando una voz lo tiene. Los vecinos lo

decían, los profesores del colegio lo decían y eventualmente de la manera en que estas cosas ocurrían en la España de los años 50, llegó ad oídos de alguien que podía hacer algo con esa información. Los productores de la época lo captaron enseguida. España en los años 50 era un país con muy pocas diversiones autorizadas.

El cine era una de ellas. Y las discográficas y las productoras cinematográficas buscaban continuamente la próxima figura joven. Caras nuevas, voces limpias, familias que no preguntaran demasiado antes de firmar, familias que estuvieran lo suficientemente necesitadas para decir sí a casi cualquier condición que se pusiera sobre la mesa.

María de los Ángeles tenía 12 años cuando rodó su primera película. 12. Y el nombre que le pusieron no fue el suyo, fue una decisión de otros. Rocío fresco popular español Durcal, un pequeño pueblo de la provincia de Granada que sonaba raíces a tierra, a algo que podía venderse como autenticidad a un público que necesitaba exactamente eso.

 El personaje lo construyeron de fuera hacia adentro y ella con 12 años con la familia mirando y con la industria señalando hacia delante no tenía mucho que decir. Eso es lo primero que hay que entender sobre Rocío Durcal. Antes de los discos de oro, antes de los estadios llenos, antes de Juan Gabriel y de México y de la leyenda latinoamericana, hubo una niña que nunca eligió ser quien se convirtió, que se despertó un día siendo otra persona y que durante casi 50 años tuvo que decidir todos los días si seguía haciéndolo.

La respuesta siempre fue sí. y eso le costó todo. Entre 1961 y 1970, Rocío Durcal rodó más de 20 películas. 20. Un ritmo que hoy parecería imposible y que en la España de Franco era simplemente el estándar de la industria para sus figuras jóvenes. Películas juveniles románticas llenas de canciones y de situaciones que no podían incomodar a la censura.

La novia de España, la muchacha de pueblo con talento natural y sonrisa siempre lista. Taquilla garantizada. Imagen bajo control total, una tras otra, sin parar. Más de 20 producciones en menos de una década, varias de ellas coproducciones hispanoexicanas que ya prefiguraban el salto que vendría. Los directores de aquella época recordaban algo sobre ella que resulta significativo.

Decían que cuando lloraba en escena no parecía actuación, que ponía algo de más, algo que el guion no pedía ni esperaba, que había una intensidad en su interpretación que superaba lo que el material requería. Y eso en lugar de alarmar a alguien o de generar la pregunta de dónde venía esa intensidad de una niña de 13 o 14 años se convirtió en su marca comercial, en lo que la diferenciaba, en lo que el público compraba.

Nadie le preguntó de dónde venía esa intensidad. El negocio iba bien, eso era lo que importaba. La primera gran grieta en la imagen perfecta llegó de una manera que la industria no esperaba. A finales de los años 60, cuando el cine español empezó a cambiar y el tipo de películas que la habían hecho famosa comenzó a quedar obsoleto, Rocío Durcal tuvo que reinventarse y la reinvención no fue sencilla.

 Hubo un periodo aproximadamente entre 1968 y 1970, en que la prensa de la época empezó a preguntarse en voz alta qué iba a pasar con ella, si iba a sobrevivir la transición, si la niña del cine podía convertirse en otra cosa. Esas preguntas le dolían. Según personas que la conocieron en esa época y que hablaron de ello años después, Rocío era consciente de la fragilidad de su  posición y eso le generaba una ansiedad que no tenía donde procesar.

 La industria no la ayudaba a pensar en su futuro. La industria la usaba en el presente y cuando el presente empezó a complicarse, la dejó buscarse la  vida. En 1970 se casó con Antonio Morales, conocido artísticamente como Junior. La boda fue un evento mediático de primera magnitud, la pareja perfecta del espectáculo español.

 Los dos jóvenes, los dos guapos, los dos con carreras en ascenso. Las revistas del corazón llenaron portadas durante semanas. La imagen era exactamente lo que la industria necesitaba. Pero también era para ella el inicio de una nueva etapa en la que por primera vez en su vida adulta había alguien de su lado de manera constante, alguien que era al menos en teoría su igual.

Read More