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Generales Franceses se burlaban de Juárez, hasta ser HUMILLADOS por campesinos

Generales Franceses se burlaban de Juárez, hasta ser HUMILLADOS por campesinos

El general Charles de Lorenés se sentó ante su escritorio en el calor sofocante y húmedo de Veracruz. Mojó su pluma en el tintero y escribió una frase que quedaría grabada en la historia como el epítafio de su propia carrera militar. Dirigiéndose al ministro de guerra en París con la confianza absoluta de quien nunca ha conocido la derrota, declaró que los franceses tenían tal superioridad sobre los mexicanos en raza, organización, disciplina, moralidad y elevación de sentimientos, que a la cabeza de sus 6000 soldados, él

ya era el dueño de México. corría el inicio de 1862 y aquella carta no era simplemente la jactancia de un oficial vanidoso, era el manifiesto de un imperio europeo intoxicado por su propio poder. El ejército francés había desembarcado en las costas del Golfo de México, convencido de que se embarcaba en un desfile colonial, una marcha civilizada hacia la capital, donde serían recibidos con flores y vítores por una población ansiosa de ser salvada de su propia república caótica.

 Napoleón Io, observando desde los salones dorados del Palacio de las Tullerías, no veía a México como una nación soberana, sino como un peón estratégico en un tablero de ajedrez global. Con los Estados Unidos desgarrándose en su propia y sangrienta guerra civil, el emperador francés vio una oportunidad irrepetible para instaurar una monarquía católica y latina en las Américas que frenara la expansión de los protestantes anglosajones.

 Para ejecutar esta visión, envió a los mejores soldados del mundo, los legendarios zuabos, veteranos de Crimea e Italia, hombres temidos en toda Europa por su ferocidad y disciplina. Para estos profesionales endurecidos, la idea de que un ejército arapiento de mestizos e indios pudiera ofrecer alguna resistencia real resultaba risible.

Miraban el paisaje mexicano con desdén y a su gente con una arrogancia cegadora. Convencidos de que la guerra europea era la única forma válida de combate. Del otro lado de esta colisión inminente se encontraba Benito Juárez, un abogado zapoteco que había ascendido desde la pobreza absoluta hasta la presidencia.

Para los generales franceses, Juárez no era más que una molestia provincial obstinada, el líder de una facción bárbara que se dispersaría al primer disparo de cañón. veían a su ejército como una turba desorganizada de campesinos reclutados a la fuerza, sin uniformes ni zapatos, armados con mosquetes oxidados de una era pasada.

 Lo que lorensés y su estado mayor no comprendían era que no estaban luchando contra un ejército tradicional, sino contra una nación forjada en el fuego de décadas de guerras civiles. Marchaban a ciegas hacia un territorio que no comprendían, contra un pueblo cuya determinación era más dura que el propio terreno.

 El escenario estaba listo para uno de los reveses más impactantes de la historia militar, donde la soberbia del viejo mundo estaba a punto de estrellarse contra la voluntad inquebrantable del nuevo. La chispa que encendió este incendio continental no fue un insulto diplomático ni una disputa fronteriza, sino la bancarrota absoluta de un estado asediado.

 En julio de 1861, el Congreso Mexicano, instado por el presidente Juárez, decretó la suspensión temporal de los pagos de la deuda externa por un periodo de 2 años. No era un acto de desafío, sino un grito de supervivencia. Tras la guerra de Reforma, las arcas nacionales estaban vacías y el país necesitaba respirar para no colapsar.

 Sin embargo, en las capitales financieras de Europa, esta medida fue interpretada como un robo descarado. En Londres, París y Madrid, los acreedores exigieron sangre. Napoleón Icero, siempre oportunista, vio en esta crisis financiera la coartada perfecta para ocultar sus verdaderas ambiciones territoriales bajo el manto de la justicia económica.

 Así nació la Convención de Londres, una alianza tripartita que envió una armada conjunta a las costas de Veracruz con el supuesto fin de cobrar lo debido, aunque cada potencia ocultaba intenciones radicalmente distintas en sus bodegas. El desembarco de las tropas aliadas a principios de 1862 fue un choque brutal de realidades.

 Los soldados europeos, acostumbrados al clima templado y a las campañas ordenadas del viejo mundo, se encontraron de golpe en el trópico húmedo y letal de Veracruz. Antes de que pudieran disparar una sola bala, un enemigo invisible comenzó a diezmar sus filas. la fiebre amarilla, el temido vómito negro.

 Los hospitales de campaña se llenaron rápidamente de hombres delirantes, cuya piel se tornaba cetrina antes de morir entre espasmos. A pesar de este inicio ominoso, la actitud de los mandos franceses seguía siendo de una altivez inquebrantable. Mientras el general español Juan Prim, un hombre pragmático casado con una mexicana, entendía la complejidad política del país y buscaba una salida diplomática.

 Y los representantes británicos solo querían asegurar sus libras esterlinas. Los enviados de Napoleón Icera, encabezados por el diplomático Alfons Dubo de Salií, actuaban con la prepotencia de conquistadores. Tubo de Salii se convirtió en la personificación del desprecio francés hacia la soberanía mexicana.

 Durante las negociaciones preliminares en la Soledad, saboteó cualquier intento de acuerdo pacífico, presentando demandas tan absurdas y exorbitantes que ningún gobierno digno podría aceptar. Exigía el control de las aduanas, pagos inmediatos que superaban la capacidad del país y reparaciones por agravios inventados.

 Su comportamiento dejó claro que Francia no quería dinero, quería la guerra. La tensión llegó a su punto de ruptura en abril de 1862, cuando los británicos y los españoles, dándose cuenta de que estaban siendo utilizados como comparsas en el sueño imperial de Napoleón, decidieron retirarse. Las flotas de la reina Victoria y de Isabel Segund levaron anclas, dejando a los franceses solos en la playa.

 Lejos de preocuparse, Loganés y Saliñí celebraron la partida de sus aliados tibios. Ahora, la gloria de la civilización de México sería exclusivamente francesa. Fue en este momento crítico cuando la arrogancia francesa se alimentó del veneno de la desinformación. El cuartel general de lorensés se vio inundado por exiliados conservadores mexicanos liderados por Juan Nepomuseno al monte, hijo del héroe independentista Morelos, pero traidor a la causa republicana.

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