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Un abogado de Valencia descubre que su cliente millonario le dejó toda la herencia a su peor enemigo de la infancia

Un abogado de Valencia descubre que su cliente millonario le dejó toda la herencia a su peor enemigo de la infancia

PARTE 1

A Mateo Ferrer le gustaba decir que en su despacho no pasaban cosas raras, sino cosas “jurídicamente pintorescas”. Era una forma elegante de explicar que, en veinte años como abogado en Valencia, había visto de todo: hermanos que se peleaban por un piso en Benimaclet con más goteras que metros útiles, una señora de Alboraya que quería dejarle su herencia entera a una horchatería porque “allí sí me han querido”, un empresario que intentó registrar como marca la frase “eso lo pago yo el lunes”, y un viudo que acudió al despacho con un loro porque, según él, el loro había sido testigo verbal de un pacto sucesorio.

Pero lo de aquella mañana superó cualquier categoría. Ni pintoresco, ni raro, ni jurídicamente curioso. Aquello era una patada emocional con membrete notarial.

El despacho estaba en una finca antigua cerca de la calle Colón, en un segundo piso con ascensor de esos que parecían pensados para una persona, media y una bolsa de naranjas. La placa de la puerta decía “Ferrer & Asociados”, aunque la parte de “& Asociados” era un exceso de optimismo heredado de su padre. En realidad, allí trabajaban Mateo, su secretaria Amparo, una planta medio viva llamada Concha y un becario de prácticas que llevaba tres semanas preguntando si los expedientes “también se podían pasar a Excel”.

Aquella mañana llovía. En Valencia, cuando llueve, la ciudad entera actúa como si hubiera caído un meteorito. La gente mira al cielo con una mezcla de ofensa y sorpresa, los paraguas aparecen rotos de cajones misteriosos, y siempre hay alguien diciendo: “Pues falta hacía”, como si la lluvia fuera una reunión familiar incómoda.

Mateo había llegado temprano, con el abrigo húmedo y el ánimo torcido. Tenía sobre la mesa el expediente más importante de su carrera: el testamento de don Ernesto Llorens, millonario, coleccionista de arte, dueño de varios edificios, dos hoteles, media docena de empresas y un carácter tan seco que a su lado una rosquilleta parecía sopa.

Don Ernesto había muerto tres días antes, a los ochenta y cuatro años, dejando tras de sí un patrimonio descomunal y una ausencia de familiares directos que había puesto nervioso a medio barrio financiero. Durante quince años, Mateo había sido su abogado de confianza. Había redactado contratos, defendido intereses, resuelto disputas, frenado sobrinos lejanos con más ambición que parentesco y, sobre todo, había escuchado las quejas interminables de don Ernesto sobre “la juventud”, aunque don Ernesto llamaba juventud a cualquiera nacido después de 1965.

—Amparo —llamó Mateo desde su despacho—, ¿tenemos café?

Amparo apareció en la puerta con una carpeta azul, gafas en la punta de la nariz y expresión de persona que llevaba demasiado tiempo trabajando con abogados como para impresionarse fácilmente.

 

—Tenemos algo que técnicamente es café, pero legalmente podría considerarse disolvente.

—Perfecto. Tráeme una taza grande.

—¿Grande de verdad o grande de “soy autónomo y necesito sentir algo”?

—De la segunda.

Amparo entró, dejó la carpeta sobre la mesa y miró el documento sellado que descansaba frente a Mateo.

—¿Ese es el testamento de don Ernesto?

—El último. Otorgado hace seis meses. Notaría de Soriano, aquí al lado.

—¿Y no lo habías visto?

—No. Me dijo que quería hacerlo solo. Que ya me lo enseñaría cuando “los vivos dejaran de meter la nariz en asuntos de muertos”.

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