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Hoth ATACÓ Kursk Con 2,700 Panzers — Stalin DESATÓ Katyusha: TRITURÓ Todo el 4° Ejército en 9 horas

Hoth ATACÓ Kursk Con 2,700 Panzers — Stalin DESATÓ Katyusha: TRITURÓ Todo el 4° Ejército en 9 horas

Julio de 1943. El polvo de las estas rusas se levantaba como cortinas de muerte bajo las orugas de 2,700 páncers alemanes. Hermann Hott, comandante del cuatro ejército Pancer, miraba el horizonte desde su puesto de mando móvil. Sus ojos grises reflejaban la seguridad de un hombre que había aplastado Francia en semanas y había llegado a las puertas de Moscú.

 Pero esta vez era diferente. Esta vez el enemigo sabía que venían. La operación ciudadela estaba a punto de comenzar. Hitler había apostado todo a este golpe masivo contra el saliente de Kursk, una protuberancia de 200 km en las líneas soviéticas que se adentraba como un puño en el territorio alemán. Si podían cerrar esa bolsa, atraparían a medio millón de soldados soviéticos y recuperarían la iniciativa en el Frente Oriental.

 Pero Stalin también lo sabía y había preparado algo que convertiría Kursk en la tumba de los pancers alemanes. Hot comandaba la punta de lanza sur del ataque. Bajo su mando estaban las divisiones más letales del Vermacht, la primera división Pancer SS Lapandarte, la dosta división Pancer SS Dasrich, la tera división Pancer SS Tottenkov y la legendaria división Gross Deutschland.

 Más de 2,700 tanques, incluyendo los temidos Pancer Quart, los nuevos Panthers con su cañón de 75 de alta velocidad y los monstruos Tigers con blindaje de 100 mlm era la mayor concentración de poder blindado, jamás reunida para una sola operación. El 5 de julio a las 4:30 de la madrugada, el cielo se iluminó, no por el amanecer, sino por el fuego de 10,000 cañones alemanes que abrieron fuego simultáneamente.

 El bombardeo preliminar convirtió las primeras líneas soviéticas en un infierno de tierra, fuego y acero. Los proyectiles caían como lluvia apocalíptica, levantando columnas de tierra de 30 m de altura. El suelo temblaba como si la tierra misma estuviera muriendo, pero los soviéticos no estaban donde los alemanes esperaban. Georgi Schukov, el estratega más brillante de Stalin, había construido algo nunca visto en la historia militar.

och líneas defensivas sucesivas que se extendían 250 km hacia el interior. Más de un millón de minas terrestres, bnkers de concreto, trincheras antitanque, posiciones de artillería camufladas y detrás de todo eso, los Katiusha esperaban en silencio. Cuando los pancers de J comenzaron su avance, las primeras líneas soviéticas ofrecieron resistencia mínima, exactamente como Chukov había planeado.

 Los alemanes avanzaban confiados mientras eran canalizados hacia zonas de muerte cuidadosamente preparadas. A las 6 de la mañana, la prima SS Lapandarte había penetrado 8 km. Parecía fácil, demasiado fácil. Entonces comenzó la carnicería real. De las trincheras emergieron cañones antitanque de 76 inmitra que habían permanecido silenciosos durante el bombardeo.

 A 500 m de distancia comenzaron a disparar contra los flancos de los pancers. Los proyectiles perforaban el blindaje lateral más delgado, convirtiendo los tanques en hornos. Las tripulaciones alemanas que lograban escapar eran abatidas por francotiradores soviéticos que habían esperado en posiciones ocultas durante horas.

 Un comandante de tanque alemán, el haman Klaus Becker, describió después el horror. Veíamos los destellos en las trincheras y luego nuestros tanques explotaban uno tras otro. El radio crujía con gritos de ayuda. Nos han dado. Nos quemamos. Era como estar en el centro de una pesadilla de la que no podías despertar. Pero Job no se detuvo. Ordenó a sus unidades seguir adelante.

 A las 10 de la mañana había comprometido todas sus divisiones de élite en un avance en cuña hacia Prokorovka. Los Panthers avanzaban al frente con su superior alcance de disparo mientras los Tigers protegían los flancos. Era táctica perfecta en papel. La realidad era que cada kilómetro ganado costaba 50 tanques.

 Las minas antitanque destrozaban las orugas. Los equipos de zapadores soviéticos emergían de túneles subterráneos para lanzar cócteles molotov contra las rejillas de ventilación de los motores. Niños de 16 años con rifles antitanque PTRS41 se arrastraban entre los cadáveres para disparar contra las torretas desde 50 m. Y entonces a las 2 de la tarde del 6 de julio, Stalin desató el infierno.

 Los primeros camiones BM13 Kusha aparecieron en las crestas de las colinas a 8 km detrás de las líneas soviéticas. Cada camión llevaba 16 rieles de lanzamiento con cohetes de 136 mm. No eran precisos, no necesitaban serlo. Cuando 200 kusa disparaban simultáneamente, 3,200 cohetes llenaban el cielo en 10 segundos.

 El sonido era como el aullido de 1000 demonios. Los alemanes lo llamaban el órgano de Stalin. Los cohetes caían en un área de 4 hectáreas, convirtiendo todo en ese espacio en carne molida y metal retorcido. La onda expansiva era tan poderosa que volcaba tanques de 45 toneladas. Los soldados que estaban cerca de las explosiones morían por la sobrepresión, aunque no recibieran metralla.

 Sus pulmones simplemente explotaban dentro de sus cuerpos. El Overst Werner von Schellendorf, comandante de un regimiento Pancer Grenadier, escribió en su diario. Nunca había visto nada igual. El cielo se oscureció con los cohetes. El sonido era ensordecedor. Cuando las explosiones cesaron, miré alrededor y vi que mi batallón de 600 hombres había dejado de existir.

 Camiones destrozados, tanques volteados, cuerpos por todas partes. Y entonces comenzó otra salva. Pero hot seguía presionando. Sus páncers alcanzaron el río Psel el 8 de julio. Solo 15 km los separaban de Procorovka, donde las reservas blindadas soviéticas estaban concentradas. Si podía atravesar allí, podría envolver todo el flanco soviético.

 Hitler le había prometido refuerzos. Le había prometido que los Tigers llegarían. Le había prometido la victoria. Las promesas de Hitler valían menos que el papel en el que estaban escritas. El 12 de julio, Hot lanzó su asalto final contra Prokorovka. Había reunido 600 tanques operativos de los 2700 con los que había comenzado. Los soviéticos esperaban con 850 T34.

Lo que sucedió ese día se convertiría en la mayor batalla de tanques de la historia. A las 8:30 de la mañana, bajo un cielo gris cargado de humo, los T34 del Cemo Ejército de Tanques de la Guardia, comandados por Pavel Rodmistrov, cargaron directamente contra las líneas alemanas. No era táctica sofisticada, era furia soviética pura.

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