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ABISMO Negro: la FUGA hacia la muerte… El ataque de LOCURA y su macabro FINAL en el río

ABISMO Negro: la FUGA hacia la muerte… El ataque de LOCURA y su macabro FINAL en el río

Del Olimpo al abismo. Piensa en esto. El rudo más temido de México. Una bestia de carne y músculo que paralizaba las arenas cada fin de semana. Un gigante que llenaba estadios, protagonizaba programas de televisión nacional, grababa comerciales y arrastraba fans a donde fuera. Un hombre que dominó la lucha libre AA durante más de 12 años.

El líder indiscutible de los Vipers, el rey del Martinete, un ídolo de carne y hueso que millones de mexicanos seguían con devoción. Y ahora, imagínate esto. Ese mismo hombre en plena madrugada en una carretera oscura entre Mazatlán y Tepic, golpeando las paredes de un autobús, gritando a los gritos que el  estaba arriba del camión con él, que lo perseguía, que lo veía, suplicando que abrieran la puerta.

 que lo dejaran bajar, que por favor pararan y que cuando la puerta se abrió salió corriendo hacia la noche, hacia la maleza, hacia la oscuridad total del cerro sinaloense y no volvió jamás. Su cuerpo apareció al día siguiente, flotando boca abajo en un río del Rosario, Sinaloa. Tenía 37 años. Su nombre era Andrés Alejandro Palomeque González.

 Y lo que le pasó es una de las historias más perturbadoras, más silenciadas y más complejas que ha producido el deporte espectáculo en México. Una historia que la industria enterró rápido, que los medios contaron a medias y que el público nunca entendió del todo. Una historia que se mueve entre lo verificado y lo que aún hoy nadie quiere decir en voz alta con claridad, porque decirlo implica hacerse preguntas muy incómodas sobre un negocio que sigue funcionando con los mismos mecanismos.

En los próximos minutos vas a conocer cuatro cosas que nadie te contó completas. Primera, ¿quién era de verdad Andrés Palomeque antes de convertirse en abismo negro? de dónde venía y qué lo empujó a un mundo que lo elevaría a la gloria y lo destruiría por dentro de una manera que nadie en las arenas llegó a ver.

 Segunda, los años en que dominó absolutamente la escena de la lucha libre mexicana, los títulos reales que capturó, los feudos que definieron una era, lo que nadie en el vestidor quería decir en voz alta y los primeros síntomas de un deterioro que ya estaba avanzando mientras él seguía luchando semana tras semana. Tercera, la noche exacta del 21 al 22 de marzo de 2009.

 Lo que pasó dentro de ese autobús de la línea elite en el kilómetro 190 de la carretera Mazatlana, Tepic, los testimonios documentados de quienes estuvieron ahí, lo que dijo el médico legista oficial y el mensaje de texto que Andrés le envió a su esposa mientras estaba solo, perdido en un cerro en la oscuridad total de Sinaloa.

lo que la autopsia determinó, las preguntas que nadie respondió satisfactoriamente, que se intentó ocultar en las primeras horas después de que el cuerpo fue encontrado y por qué la industria se movió tan rápido para limpiar la historia de uno de sus hombres más rentables? Te voy a avisar cuando llegue cada una. Y escucha esto.

 Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante de toda esta historia. La razón real por la que un hombre internado seis veces por crisis mentales severas seguía subiendo a a un ring cada semana, mientras la empresa que lo necesitaba miraba hacia otro lado. Ese es el corazón de todo esto. Eso es lo que nadie quiere decir, pero antes necesita saber quién era ese niño de Villahermosa, Tabasco, que lo empezó todo.

 Porque todo empezó ahí en una ciudad calurosa del sureste mexicano, cuando un chico de 9 años entró por primera vez a una arena de lucha libre y algo dentro de él cambió para siempre porque cuando no entiendes el origen no puedes entender la caída. Andrés Alejandro Palomeque González nació el 1 de julio de 1971 en Villahermosa, Tabasco.

 Si no conoces Villa Hermosa, imagínate una ciudad en el sureste mexicano, húmeda, calurosa, bulliciosa, con un sabor particular al trópico, con esas calles donde la gente camina despacio porque el calor no deja apurarse, con mercados que huelen a fruta y a mariscos, con ese ritmo de vida que tiene el sureste, que no se parece a ningún otro ritmo en el país.

una ciudad que no era exactamente conocida por exportar figuras del deporte espectáculo al nivel que lo hizo Andrés Palomeque. Una ciudad donde la vida se vivía con más calor que comodidades y donde las oportunidades dependían mucho de qué tan dispuesto estabas a trabajar para buscarlas. Andrés creció en ese contexto.

 Los detalles más íntimos de su infancia, su familia directa, sus primeros años, no están completamente documentados en el registro público. La lucha libre mexicana no es como el béisbol americano o el fútbol europeo, donde los atletas tienen biólogos desde niños que documentan cada etapa. Aquí los orígenes muchas veces se conocen solo por lo que el propio luchador decide contar en entrevistas, por lo que sus cercanos comparten, por lo que queda en los archivos de las empresas.

 Y en el caso de Andrés, lo que quedó registrado con más claridad es lo que él mismo contó en distintas ocasiones. Su relación con la lucha libre empezó de la manera más simple posible. Su familia lo llevó a ver una función cuando tenía 9 años. 9 años. Y algo en ese espectáculo lo atrapó de una manera que no soltó jamás.

Grábate esto porque es importante para entender todo lo que viene después. Hay momentos en la vida de una persona que funcionan como interruptores. Algo que ves, algo que escuchas, algo que te sacude por dentro de una manera que no puedes explicar del todo, pero que sabes, sabes con certeza absoluta que te cambió, que dividió tu vida en el antes y el después.

 Para Andrés Palomeque, ese interruptor se activó a los 9 años dentro de una arena de lucha libre en Tabasco. La lucha libre en México no es solo un deporte. Esto es algo que hay que entender bien para comprender por qué un niño de 9 años puede quedar hipnotizado por ello. Es un ritual, es una ceremonia con sus propios códigos, sus propias reglas no escritas, sus propios héroes y villanos que encarnan algo más que personas reales.

 Los técnicos representan la justicia, la bondad, el bien. Los rudos representan todo lo que el público quiere ver castigado, todo lo que odian, todo lo que los frustra en la vida cotidiana trasladado a una figura que pueden insultar y abuchear libremente. Es teatro físico con consecuencias reales. Los golpes suenan de verdad.

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