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Por qué solo los colombianos actúan así una azafata de EE UU llora al ver su humanidad en desastre

Por qué solo los colombianos actúan así una azafata de EE UU llora al ver su humanidad en desastre

Esto es algo que solo los colombianos podrían hacer. Aquella frase, murmurada con voz temblorosa por una experimentada estadounidense, se esparció como la pólvora por las redes sociales, provocando una conmoción sísmica en la industria de la aviación comercial. que había sucedido exactamente a 30,000 pies de altura para que una mujer que había visto de todo rompiera en llanto.

Fue durante un incidente crítico en un vuelo nocturno, un momento donde el pánico debería haber reinado. Sin embargo, la reacción de los 136 pasajeros a bordo dejó al mundo boque abierto. Pero antes de revelar esa verdad asombrosa que cambió para siempre la vida de Emily Wilson, debemos retroceder al inicio, al origen de sus prejuicios y al infierno que ella creía que le esperaba en su primer viaje a la tierra del café y las esmeraldas.

Emily Wilson llevaba 5 años surcando los cielos con su uniforme impecable y su sonrisa ensayada. Había trabajado en rutas hacia Europa, hacia y Medio Oriente, pero había una región que en su fuero interno detestaba profundamente América Latina. Años de volar hacia destinos turísticos en el Caribe y Centroamérica habían calcificado en su mente un estereotipo inamovible.

 Los vuelos latinos eran sinónimo de caos. Para Emily, un vuelo hacia el sur significaba pasajeros ruidosos que ignoraban las señales de los cinturones de seguridad, música, todo volumen sin audífonos, equipaje de mano que desafiaba las leyes de la física y una constante demanda de alcohol. Odiaba el desorden. Odiaba que le chasquearan los dedos para pedir whisky.

Odiaba, sobre todo, esa sensación de que las reglas eran meras sugerencias para ellos. Incluso sus colegas en Miami solían bromear. ¿Te la ruta del reggaetón hoy? Buena suerte con la migraña. La estadística no oficial de la aerolínea parecía confirmar sus sesgos. El 40% de los incidentes por comportamiento indisciplinado ocurrían en rutas hacia destinos vacacionales latinos.

En la mente de Emily, fría y calculadora, latino era igual a problema. Por eso, cuando su supervisor en el aeropuerto internacional de Miami le entregó su nueva asignación, Emily sintió que el suelo se abría bajo sus tacones. Emily, te necesitamos en el vuelo AV91. Cubrirás la ruta Miami Bogotá por el próximo mes.

Es un cambio operativo de última hora. Emily contuvo un gemido. Bogotá, Colombia, preguntó sin poder ocultar el desagrado en su voz. En su cabeza, Colombia no era más que lo que veía en las series de televisión, narcotráfico, violencia, gente gritando y caos absoluto. Si los vuelos a Cancún eran difíciles, un vuelo a la capital de Colombia sería, sin duda, una zona de guerra.

pensó en las noticias sensacionalistas, en las historias de inseguridad. Porque yo se lamentó internamente. Seguro traerán pollos vivos en el equipaje de mano y aplaudirán como locos por cualquier cosa. La aerolínea tenía una política estricta para esa ruta. La tripulación debía incluir al menos tres auxiliares que hablaran español fluido y entendieran la cultura local.

Excesivo, pensó Emily mientras arrastraba su maleta por la terminal. Porque darles un trato especial. Al final del día solo hay que servirles la cena y asegurarse de que no se levanten cuando hay turbulencia. Con el prejuicio blindando su corazón, Emily se paró en la puerta de embarque esperando lo peor. Esperaba empujones, esperaba gritos, esperaba ver a gente intentando colar maletas gigantescas sin pagar.

“Aquí vamos”, murmuró para sí misma, forzando su mejor sonrisa plástica. Bienvenidos al infierno. Sin embargo, lo que sucedió a continuación fue el primer golpe a su armadura de cinismo. Los pasajeros comenzaron a abordar. Eran familias, hombres de negocios con trajes impecables, estudiantes con mochilas y abuelas con ruanas elegantes.

Mientras Emily revisaba los pases de abordar, notó algo extraño. No había empujones. La fila avanzaba con una fluidez casi coreografiada. “Buenas tardes, señorita”, dijo un señor mayor quitándose el sombrero al entrar. “Con permiso, bienvenida. Muchas gracias”, dijo una mujer joven sonriéndole a los ojos. Emily parpadeo, confundida.

¿Dónde estaban los gritos? ¿Dónde estaba la exigencia grosera? Siga, sumersé. Qué pena con usted”, escuchó decir a un pasajero que accidentalmente había bloqueado el pasillo cediendo el paso a una madre con un bebé. “Sumerscé”. Emily no entendía esa palabra, pero sonaba suave, respetuosa, casi cariñosa. El avión despegó hacia la oscuridad del Caribe rumbo a los Andes.

Emily comenzó el servicio de cena con el carrito tensa, esperando el momento en que el caos estallara. se detuvo junto a la fila 12, donde un grupo de jóvenes conversaba. “Aquí viene el ruido, pensó. ¿Desean pollo o pasta?”, preguntó secamente. Uno de los jóvenes la miró y sonrió. “Hola, ¿qué tal? Para mí el pollo, por favor. Y qué pena molestarla.

 Me regala un vasito con agua. Muy amable.” Emily le entregó la bandeja. El joven la tomó con ambas manos. Muchas gracias, señorita. Dios la bendiga. Emily se quedó helada. Dios la bendiga. Nadie en un vuelo a Nueva York o Chicago le había deseado una bendición divina por entregar una bandeja de comida de plástico. Siguió avanzando.

Gracias, muy gentil. A la orden. Las frases se repetían fila tras fila. No había chasquidos de dedos, no había, oye, tú dame más. Había un coro constante de gratitud. Más tarde entró al baño de la clase económica para hacer la revisión de rutina, preparándose mentalmente para encontrar un desastre de papeles y agua en el piso, como era habitual en sus vuelos anteriores.

Abrió la puerta y se detuvo en seco. El baño estaba impecable. El lavamanos estaba seco, no había papeles en el suelo. Alguien incluso había doblado la punta del papel higiénico. No puede ser, susurró. Estaba en un universo paralelo. Su mente luchaba por reconciliar la imagen de Colombia la peligrosa con la realidad de estos pasajeros que trataban el avión como si fuera la sala de su propia casa.

 La prueba de fuego, pensó Emily, vendría con la comodidad. En los vuelos largos, los pasajeros solían reclinar sus asientos sin importarles romperle las rodillas a quien estaba detrás, pero observó la cabina. La mayoría de los asientos estaban en posición vertical. Vio a un hombre preguntar al pasajero de atrás. Parce, ¿le molesta y reclino un poquito? Es que estoy medio cansado.

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