“Colombia was just a stopover… but this French couple was blown away by Colombia 😱🇨🇴”
Colombia no era más que un simple anexo, un estorbo necesario en nuestro viaje hacia México. Así de tajantes y sin pelos en la lengua se expresaban Natalie y Kristof, una pareja de franceses que juraba y comía moco que su único destino real en América Latina era el país azteca. Para ellos, Colombia era simplemente ese lugar donde el avión tenía que aterrizar por pura logística, una escala de esas que uno simplemente aguanta con resignación.
un país que no pinchaba ni cortaban sus planes. Sin embargo, el día que su vuelo de bajo costo tocó la pista del aeropuerto internacional El Dorado en Bogotá, esas 10 horas de escala técnica se convirtieron en el evento que les daría un vuelco total a sus vidas. Desde la pulcritud de los baños hasta la calidez de un oxo o una tiendita de barrio, desde la eficiencia del transporte hasta el sabor celestial de un aiaco santafereño, la cara de Colombia que descubrieron dejó a estos dos europeos en un estado de soc
absoluto, conmovidos y, créanlo o no, con lágrimas en los ojos. ¿Qué fue lo que causó semejante cortocircuito en sus prejuicios? Quédense porque esto que les voy a contar les va a inflaro de orgullo. En apenas 5 minutos, esta pareja jamás imaginó que sus valores más arraigados quedarían hechos trizas.
Natalie y Kristop son los típicos franceses que mueren por viajar, especialmente ella, que desde los 20 años anda buscando adrenalina por todo el mundo. Pero el punto de giro de su historia ocurrió cuando tenía 29 en un viaje por las playas de Tailandia. Natalie estaba ahí, relajada en la arena, cuando de repente se soltó un aguacero de esos que parecen el fin del mundo.
Corrió a refugiarse y ahí se topó con Ana, una mexicana con una vibra increíble que también escapaba de la lluvia. “Vaya tormenta la que se vino”, le dijo Ana con una sonrisa de oreja a oreja. Natalie recuerda que ese clic fue instantáneo. Se pusieron a hablar como si se conocieran de toda la vida y el tema obviamente era la pasión por viajar por Latinoamérica.
La lluvia paró, pero ellas se quedaron ahí echando rulo hasta que el sol se ocultó. Al día siguiente, mientras Natalie chismeaba en un mercado local, se volvió a encontrar a Ana. recorrieron puestos juntas y Ana, con ese fuego que tienen los latinos, le pintó un cuadro maravilloso de la cultura mexicana. Natalie quedó flechada y se hizo una promesa.
Algún día tengo que ver México con mis propios ojos. Ana le insistió en que tenía que ir y esa invitación se le quedó grabada a fuego en el alma. Al año siguiente, Natalie aterrizó en Ciudad de México y quedó impactada. Era algo que nunca había visto en sus viajes previos. La energía de esa megalópolis la atrapó por completo. Ana la llevó por barrios donde lo tradicional y lo moderno se daban la mano de una forma brutal.
Centros comerciales de lujo al lado de mercados históricos y plazas coloniales. Natalie sintió que estaba viviendo en el pasado y el futuro al mismo tiempo. Esa noche Ana la llevó a un restaurante típico. “Esto es Gloria bendita, tenés que probarlo.” Le dijo con total confianza. Natalie, aunque casi se muere con el picante al principio, terminó perdidamente enamorada de la gastronomía mexicana.
Estaba sumergida en esa cultura, pero mientras más amaba a México, su percepción sobre Colombia se empezó a torcer de una forma extraña. Un día alguien le comentó que aunque Colombia estaba ahí al lado, era más de lo mismo o que su cultura era un reflejo menos brillante de lo que ya había visto sin esa chispa única.
Desde ese momento, Natalie le puso una barrera a Colombia, simplemente dejó de interesarle, la sacó de su lista. Años después, cuando se casó con Kristof, quien siempre fue un poco escéptico con su América, las escapadas a México se volvieron una rutina. Kristof se contagió del entusiasmo de su esposa y para ambos México era el techo de la región, mientras que Colombia era ese país que no valía la pena el viaje.
Pero el destino es juguetón y les puso una trampa, un tiquete de oferta que cambiaría sus vidas en 5 minutos. A veces la vida te da un empujón con las cosas más pequeñas. Para ellos fue un vuelo low cost. Planeando su regreso a Europa, Natalie encontró un precio de locura. “Christof, mira esto.
El pasaje está regalado”, gritó emocionada. Él se acercó a la pantalla y sí, era una ganga, pero tenía truco. El vuelo de regreso tenía que hacer escala en el aeropuerto El Dorado de Bogotá con una espera de 10 horas. Al final, la tacañería o el ahorro pudo más que el prejuicio y compraron los tiquetes. Semanas después terminaron sus vacaciones en México sintiéndose plenos.
El día del regreso despegaron y tras un par de horas de vuelo aterrizaron en la capital colombiana. Al llegar al Dorado hicieron los trámites y se dieron cuenta de que las 10 horas pesaban. “Quedarnos aquí sentados es una pérdida de tiempo.” Se quejó Natalie. Kristof en un arranque de curiosidad propuso, ya que estamos en Colombia, salgamos a ver qué onda, así sea por encimita, con una actitud de bueno, ya que salieron a pisar tierra colombiana por primera vez, con la cabeza todavía en México y pensando que Bogotá sería solo
un lugar de paso, no tenían ni idea de la que se les venía pierna arriba. Al cruzar el control migratorio y entrar al muelle principal, se quedaron tiesos. La inmensidad del dorado, su diseño moderno y vanguardista los dejó mudos. “Parece una película de ciencia ficción”, susurró Natalie. Cristófería impresionado por cómo se aprovechaba el espacio de forma tan lujosa y cómoda.
Aunque venían molidos del viaje, la atmósfera del aeropuerto bogotano les dio un corrientazo de energía. “Los aeropuertos que hemos visto son imponentes, pero esto tiene algo especial”, dijo ella. Se siente más tranquilo, más organizado, respondió él. Lo primero que hicieron fue ir al baño, algo normal tras un vuelo largo. Pero esa lección tan simple fue el primer gran machetazo a sus prejuicios.
Cuando Natalie salió del baño de mujeres, tenía una cara de asombro que no podía con ella. Kristof, el baño está impecable. Parece una clínica, dijo emocionada. El incrédulo fue al de hombres. En ese momento no sabían que ese baño era el inicio de su transformación. Solo habían pasado 5 minutos desde que aterrizaron.
Pero esos 5 minutos le resetearon el chip. Cuando Christopher abrió la puerta del baño, se quedó de piedra. Lo que vio fue algo que no había visto ni en los aeropuertos más gomelos del mundo. Baldosas que brillaban como espejos, paredes blancas impecables y una privacidad total. “Esto parece la suite de un hotel”, pensó.

