Posted in

Mi padre nunca decía “te quiero”… hasta el día que entendí todo

**Parte 1**

Mi padre siempre tuvo las manos ásperas.

No ásperas de no echarse crema hidratante después de fregar los platos.

Ásperas de verdad.

Como si estuvieran hechas de papel de lija de grano grueso.

Como si la piel hubiera decidido rendirse y convertirse en una corteza de roble para sobrevivir.

Recuerdo la primera vez que fui consciente de ello.

Tenía unos seis años y estábamos en el parque del barrio, en Carabanchel.

Me había caído del columpio y me había raspado la rodilla.

Él corrió hacia mí, asustado, y me secó las lágrimas con los pulgares.

En lugar de consuelo, sentí que me estaban exfoliando la cara con una piedra pómez.

—Ya está, campeón, no ha sido nada —dijo, con esa voz grave que siempre olía un poco a tabaco negro y a café de máquina.

Esa era su forma de curar el mundo.

Con esas manos gigantes, agrietadas, con las uñas siempre bordeadas de un fino halo negro que ni la lejía podía borrar.

Trabajaba día y noche en la fábrica.

Era tornero fresador en un polígono industrial de Getafe.

Para mí, de pequeño, eso sonaba a superhéroe.

Me imaginaba que construía naves espaciales o robots gigantes.

Read More