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“La pelea Oculta de Pedro Infante vs Pedro Vargas — Lo que el Cine Mexicano Enterró”

 

Era el 23 de julio de 1954. Una noche de sábado en la ciudad de México, la mansión de Emilio el Indio Fernández en Coyoacán resplandecía con luces doradas que se reflejaban en los ventanales coloniales. Desde la calle podían escucharse carcajadas, música de mariachi en vivo y el tintineo constante de copas de cristal chocando en brindis interminables.

Aquella no era una fiesta ordinaria, era la celebración privada más exclusiva del año en la industria del espectáculo mexicano. El indio Fernández había concluido el rodaje de la red, su película más ambiciosa hasta ese momento, y había convocado a las figuras más destacadas del cine de oro para festejarlo. No cualquiera recibía invitación a estas reuniones.

 eran legendarias por su opulencia, por el tequila que corría sin restricciones, por las conversaciones que tenían lugar en rincones oscuros del jardín, pláticas que determinaban el porvenir de proyectos millonarios y de carreras enteras. Esa noche estaban todos. Dolores del río charlaba con Gabriel Figueroa junto a la fuente del jardín.

María Félix fumaba un cigarro largo mientras debatía con el productor Gregorio Wallerstein sobre su próximo contrato. Jorge Negrete, todavía debilitado por problemas de salud que el público desconocía, reía forzadamente en una esquina rodeado de directores jóvenes que anhelaban su aprobación. Y entonces estaba él, Pedro Infante.

 Llegó cerca de las 10 de la noche, solo sin su esposa. Vestía traje oscuro impecable, camisa blanca y corbata delgada. Su cabello peinado hacia atrás brillaba bajo las luces de la mansión. Cuando entró al jardín, las conversaciones se detuvieron por un instante, no porque buscara atención, sino porque era imposible ignorarlo.

Pedro Infante poseía esa presencia magnética, esa calidez natural que hacía que la gente gravitara hacia él sin comprender por qué. El indio Fernández lo distinguió primero y caminó hacia él con los brazos extendidos. Pedro, mi hermano, pensé que no vendrías. Aquí estoy, indio, respondió Pedro con esa sonrisa auténtica que derretía corazones.

 No me perdería tu celebración por nada del mundo. Los dos hombres se abrazaron con fuerza, palmadas en la espalda, afecto genuino. Fernández tomó a Pedro del hombro y lo condujo hacia la barra improvisada bajo un árbol de jacaranda enorme. “Tequila”, ordenó Fernández al cantinero, “deleno de mi reserva personal”. Dos caballitos aparecieron colmados hasta el borde con líquido dorado.

Brindaron por la red, dijo Pedro, por el cine mexicano, respondió Fernández. Bebieron de un solo trago. Pedro saludó a conocidos mientras recorría el jardín. Abrazó a Dolores, quien lo besó en la mejilla con cariño genuino. Dolores siempre había sido maternal con Pedro. Lo consideraba como el hijo talentoso que nunca tuvo.

 Estrechó manos con productores, rió con camarógrafos. Escuchó con paciencia mientras un guionista ebrio le explicaba una idea para película que claramente carecía de coherencia. Eran casi las 11 cuando Pedro Vargas llegó y todo se transformó. Pedro Vargas era distinto a Infante en casi todo. Donde Infante simbolizaba al pueblo, a los carpinteros y mecánicos y albañiles que se reconocían en sus películas, Vargas encarnaba el refinamiento, la cultura europea, la formación académica.

Era el tenor predilecto de la alta sociedad mexicana. interpretaba ópera, boleros sofisticados, música que exigía entrenamiento vocal que Infante jamás poseyó. Vargas llegó con un séquito pequeño, pero visiblemente elegante. Su esposa, distinguidísima, con vestido de noche importado de París. Su representante, un hombre delgado con lentes que registraba mentalmente cada interacción y dos músicos de su orquesta personal, por si surgía alguna oportunidad de cantar.

 Cuando Vargas entró al jardín, también hubo una pausa en las conversaciones, pero era diferente a la reacción que generaba Infante. Con Vargas, la gente manifestaba respeto, casi reverencia. No era querido como infante. Era admirado, respetado, temido. Incluso tenía fama de ser brillante, pero complicado, talentoso, pero arrogante, capaz de grandeza artística, pero también de crueldad.

 calculada con quienes consideraba inferiores. El indio Fernández recibió a Vargas calurosamente. Aunque Pedro Infante notó algo, el abrazo fue más breve, más protocolar. Fernández respetaba a Vargas profesionalmente, pero no existía la misma hermandad genuina. Durante los primeros 30 minutos, Pedro Infante y Pedro Vargas no se cruzaron.

El jardín era suficientemente amplio, la fiesta suficientemente concurrida. Cada uno tenía su órbita de admiradores, su círculo de conversaciones. Infante estaba cerca de la barra, rodeado de técnicos de sonido y actores secundarios que lo veneraban. Vargas ocupaba la terraza elevada que conversando con críticos musicales y compositores clásicos sobre la decadencia del bolero moderno.

 Pero todos en esa fiesta sabían algo. Existía tensión entre los dos Pedros. No era secreto dentro de la industria, aunque el público general no tenía la menor idea. La rivalidad había germinado años atrás sutilmente con comentarios en entrevistas que parecían inocentes, pero ocultaban veneno.

 Vargas había declarado en una entrevista para Revista de Revistas en 1951, que el cine mexicano estaba sacrificando calidad artística por popularidad masiva, que se tornaba demasiado simplista, demasiado enfocado en satisfacer gustos elementales. No mencionó a Infante directamente, pero todos comprendieron a quién aludía. Infante era la estrella más grande del cine popular mexicano, el rey de películas que los críticos cultos despreciaban, pero que el pueblo adoraba.

 Infante había respondido meses después en una entrevista diferente, afirmando que el arte que no conecta con la gente común no es verdadero arte, sino masturbación intelectual para élites que han olvidado sus raíces. Tampoco mencionó a Vargas directamente, pero el mensaje era transparente. Desde entonces, la tensión había escalado.

 En ceremonias se ignoraban mutuamente. En fiestas compartidas mantenían distancia deliberada. Sus respectivos círculos sociales hablaban mal del otro, aviando las llamas. Los productores, siempre en búsqueda de drama que pudieran aprovechar, a veces los colocaban en situaciones incómodas a propósito, insinuando colaboraciones que sabían jamás ocurrirían, solo para observar la reacción.

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