Posted in

El Guerrillero Que el Che ABANDONÓ en la Selva — 57 Años Después REVELA Por Qué Lo PERDONÓ

 

En ese momento nadie sabía que Roberto Urbano Quispe, el guerrillero boliviano de 23 años, miraría por última vez los ojos del Cheegev Vara, mientras su comandante le decía las palabras más devastadoras que jamás escucharía. Lo que pasó en esa quebrada de Eñankaú cambiaría para siempre la imagen del héroe revolucionario para siempre.

Roberto había caminado durante semanas junto al hombre más buscado de América Latina. Había compartido su hambre, su sed, sus noches sin dormir bajo la lluvia helada de la selva boliviana. Había creído en cada palabra que el Che pronunciaba sobre la liberación de los pueblos oprimidos, sobre la dignidad del hombre nuevo, sobre el sacrificio necesario para construir un mundo mejor.

Pero esa noche de agosto, mientras la sangre brotaba de su pierna destrozada por una bala del ejército boliviano, Roberto descubriría que los ideales revolucionarios tenían un límite muy preciso, un límite que se dibujaba exactamente donde comenzaba la supervivencia del grupo. El Che se arrodilló junto a él en la oscuridad de la selva, le puso una mano en el hombro y lo que le dijo destruiría para siempre la fe ciega que Roberto había depositado en su comandante.

 Roberto Urbano Quispe había nacido en una familia de mineros en Oruro, una ciudad donde el polvo del estaño se mezclaba con la pobreza y la desesperanza. Su padre había muerto tociendo sangre negra a los 42 años. Víctima de la silicosis que devoraba los pulmones de todos los hombres que bajaban a las entrañas de la tierra para arrancar el metal que enriquecía a otros.

 Su madre lavaba ropa ajena para alimentar a seis hijos que nunca tuvieron zapatos hasta que cumplieron 12 años. Roberto creció con el odio de los desposeídos marcado en el alma. Un odio silencioso que se alimentaba de cada humillación, de cada puerta cerrada, de cada mirada de desprecio de los patrones que trataban a su familia como animales de carga.El Che: Una odisea africana en San Ildefonso | Gatopardo

 Cuando escuchó por primera vez sobre el cheegue vara en una reunión clandestina de trabajadores mineros, sintió que finalmente alguien ponía palabras a su rabia contenida. El argentino hablaba de revolución, de justicia, de un mundo donde los hijos de los mineros no tendrían que heredar la muerte lenta de sus padres. Roberto tenía 21 años cuando decidió que prefería morir peleando a vivir arrodillado.

 El reclutamiento fue secreto y peligroso. Un contacto del Partido Comunista Boliviano le pasó instrucciones escritas en un papel que tuvo que memorizar y luego quemar. Debía viajar solo hasta una finca abandonada en las afueras de Ñanahuazú, sin decirle a nadie, ni siquiera a su madre, que probablemente nunca volvería a verlo. Roberto siguió las instrucciones al pie de la letra.

Caminó durante tres días por senderos que no aparecían en ningún mapa, durmiendo en cuevas y alimentándose de frutas silvestres que encontraba en el camino. Cuando finalmente llegó al campamento guerrillero, lo primero que vio fue a un grupo de hombres flacos y barbudos limpiando sus armas junto a una fogata.

 Parecían fantasmas de la selva, sombras humanas curtidas por el hambre y la enfermedad. Y entonces lo vio a él. El chegueara estaba sentado en una piedra leyendo un libro gastado a la luz de una vela. Roberto reconoció inmediatamente ese rostro que había visto en fotografías clandestinas, esa mirada penetrante que parecía atravesar las paredes y leer los pensamientos más ocultos de los hombres.

 El Che levantó la vista del libro y observó al recién llegado con una mezcla de curiosidad y desconfianza que Roberto nunca olvidaría. Los ojos del comandante eran más oscuros de lo que las fotografías mostraban, hundidos en sus órbitas por la fiebre del asma y las privaciones de la selva. Su barba estaba descuidada, su uniforme manchado de barro y sudor.

 Pero había algo en su postura, una dignidad indestructible que ninguna miseria podía doblegar. El Che se levantó lentamente, caminó hacia Roberto y le extendió la mano. Su apretón fue firme, pero breve, como si midiera en ese contacto la determinación del joven minero. Le preguntó su nombre, su procedencia, sus razones para unirse a la guerrilla.

Roberto respondió con la verdad desnuda de su vida, sin adornos ni exageraciones. le habló de su padre muerto en las minas, de su madre que envejecía lavando la ropa de los ricos, de sus hermanos que repetirían el mismo ciclo de miseria si alguien no rompía las cadenas. El Che lo escuchó en silencio, asintiendo ocasionalmente, y cuando Roberto terminó de hablar, el comandante pronunció las primeras palabras que quedarían grabadas en su memoria para siempre.

 Aquí no venimos a sobrevivir, compañero. Venimos a morir si es necesario. Si no estás preparado para eso, vuelve ahora mismo a tu casa y olvida que nos conociste. Roberto sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero no bajó la mirada. Respondió que había llegado hasta allí precisamente porque ya no le importaba morir, que prefería una muerte con sentido a una vida sin dignidad.

 El che esbozó algo parecido a una sonrisa, una mueca breve que desapareció tan rápido como había aparecido. Le dijo que esa era la respuesta correcta, pero que las palabras eran fáciles y las balas eran otra cosa completamente diferente. Le asignó un fusil viejo, un puñado de municiones contadas y lo mandó a dormir porque al día siguiente comenzaría su verdadero entrenamiento.

 Roberto pasó esa primera noche en vela mirando las estrellas a través del dosel de la selva, preguntándose si realmente estaba listo para cumplir la promesa que acababa de hacer. No sabía entonces que el destino le tomaría la palabra de la manera más cruel posible y que su fe en el hombre que acababa de conocer sería puesta a prueba de una forma que jamás habría podido imaginar.

 Los primeros meses en la guerrilla fueron un descenso gradual al infierno. Roberto descubrió que la revolución no se hacía con discursos encendidos ni con banderas ondeando al viento, sino arrastrándose por el barro bajo la lluvia torrencial, comiendo raíces amargas cuando no había otra cosa, soportando los ataques despiadados del paludismo que tumbaba a los hombres más fuertes como si fueran niños.

 El hambre era una presencia constante, un vacío que roía las entrañas y nublaba el pensamiento. Los guerrilleros perdían peso a una velocidad alarmante. Sus uniformes colgaban de cuerpos cada vez más esqueléticos. Sus rostros adquirían esa palidez verdosa de quienes llevan semanas sin una comida decente. Pero lo peor no era el hambre ni la enfermedad, lo peor era la soledad, el aislamiento absoluto de un grupo de hombres perdidos en una selva que no los quería, rodeados de campesinos que los miraban con desconfianza y a veces con abierta

Read More