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Los generales franceses se burlaban de Juárez, hasta que fueron HUMILLADOS por campesinos

Benito Juárez no estaba en San Miguel Xaltepec.

Nunca había puesto un pie allí.

Y sin embargo, estaba en todas partes.

Estaba en el retrato borroso que el maestro del pueblo guardaba dentro de un libro de leyes. Estaba en las cartas que llegaban de la capital hablando de resistencia. Estaba en las conversaciones al anochecer, cuando los hombres fingían hablar de cosecha y terminaban hablando de la patria. Estaba en la forma en que las mujeres escondían maíz para los soldados republicanos aunque no hubiera suficiente ni para sus propios hijos.

No era magia.

Era necesidad de creer en algo que no estuviera vendido.

México estaba cansado. Cansado de guerras, de deudas, de caudillos, de invasiones, de promesas rotas. La gente pobre, sobre todo, estaba cansada de que cada ejército pasara por su pueblo y pidiera lo mismo: comida, animales, hijos, silencio.

Por eso muchos no hablaban de política con entusiasmo. Hablaban con prudencia. La prudencia del que sabe que una bandera puede cambiar en la plaza y el hambre quedarse igual en la cocina.

Pero con los franceses había algo distinto.

No venían solo a cobrar.

Venían a mandar.

Venían con uniformes brillantes, música militar, cañones modernos y esa forma europea de mirar las casas de adobe como si fueran errores del paisaje.

Don Severo Salazar, padre de Mateo, lo decía así:

—No me molesta que un hombre sea rico. Me molesta que crea que mi pobreza le da derecho a ponerme nombre.

Jacinta, su esposa, respondía:

—A mí me molesta que todos coman primero y nos pidan patriotismo después.

Esa era una verdad grande.

El patriotismo suena fácil en boca de quien tiene despensa llena. En una cocina pobre, la palabra patria pesa más. No se grita; se decide. Se decide cuando uno comparte tortillas con un soldado hambriento. Cuando esconde a un mensajero en el granero. Cuando no delata al vecino aunque le apunten con fusil.

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