Posted in

El Hijo del Hombre Que MATÓ al Che Guevara — 50 Años Después REVELA el Secreto de Su Padre

 

En ese momento nadie sabía que la última mirada del Cheegevara, segundos antes de morir, destruiría completamente al hombre que apretó el gatillo. Mario Terán esperaba ver odio en esos ojos. Esperaba ver miedo. Lo que vio fue algo mucho peor, algo que ningún soldado debería ver en los ojos de su víctima. 50 años después, su hijo Miguel revelaría qué fue exactamente lo que el Che transmitió en esa mirada y por qué su padre nunca pudo perdonarse a sí mismo.

 Esta es la historia del hombre que mató al revolucionario más famoso del siglo XX y del precio terrible que pagó por ese disparo. Una historia de culpa, pesadillas, alcohol y una confesión en el lecho de muerte que cambiaría para siempre la vida de su hijo. Pero también es la historia de algo que nadie esperaba. Un encuentro imposible entre los hijos del ejecutor y del ejecutado, un abrazo que tardó medio siglo en llegar y una carta que escribirían juntos para decirle al mundo que el verdadero enemigo nunca fueron las personas, sino la guerra misma que los destruyó a

todos. 9 de octubre de 1967. La Higuera, Bolivia. El sargento Mario Terán Salazar, de 31 años, estaba parado frente a la pequeña escuela del pueblo, donde tenían prisionero al hombre más buscado del continente. Sus manos temblaban mientras sostenía su rifle semiautomático. Había recibido la orden hacía apenas 20 minutos, una orden que cambiaría su vida para siempre.

 El coronel Andrés Selich lo había mirado directamente a los ojos y le había dicho con voz fría que el gobierno había decidido que el chegevara no podía salir vivo de Bolivia. Alguien tenía que ejecutarlo y ese alguien sería Mario Terán. El sargento había intentado protestar. Había otros soldados, oficiales de mayor rango, hombres con más experiencia.

 Pero el coronel fue claro. Tú perdiste tres compañeros en la emboscada de la quebrada del yuro. Tú mereces este honor. Mario no lo sintió como un honor, lo sintió como una condena. Caminó hacia la escuela sintiendo que cada paso lo acercaba a algo de lo que nunca podría regresar. La escuela de la higuera era un edificio pequeño de adobe con dos salones separados por un pasillo estrecho.

 En el salón de la izquierda habían colocado al Cheegevar a la noche anterior después de su captura, Mario había escuchado los rumores que circulaban entre los soldados. Decían que el che estaba herido en la pierna, que su ropa estaba destrozada, que olía a semanas de selva y sudor. Decían que a pesar de todo mantenía una dignidad extraña, casi sobrenatural, que no había pedido clemencia ni una sola vez, que miraba a sus captores como si ellos fueran los prisioneros y él el libre.La Hija del Che Guevara CONOCIÓ al Hijo del Hombre Que MATÓ a Su Padre --- 50  Años Después - YouTube

 Mario se detuvo en la puerta del salón. Adentro había poca luz. Una ventana pequeña dejaba entrar un rectángulo de sol boliviano que iluminaba el piso de tierra. Y allí, sentado contra la pared, con las manos atadas y la pierna vendada con trapos sucios, estaba el hombre, cuyo rostro había visto en carteles durante meses.

 El chegue vara levantó la mirada cuando escuchó los pasos del sargento acercándose. Los ojos del Che encontraron los de Mario Terán y en ese instante algo se rompió dentro del sargento boliviano. Mario había esperado encontrar a un monstruo. La propaganda del ejército boliviano había pintado al Che como un asesino despiadado, un terrorista comunista que quería destruir la patria y entregar Bolivia a los soviéticos.

 Había esperado ver odio en esos ojos, rabia, desprecio, algo que justificara lo que estaba a punto de hacer. Lo que encontró fue completamente diferente. Los ojos del Che estaban cansados, profundamente cansados, pero también serenos. Había en ellos una claridad que Mario nunca había visto en otro ser humano. El Che lo miró como si pudiera ver directamente dentro de su alma, como si conociera cada miedo, cada duda, cada pecado que Mario cargaba.

 Y entonces sucedió algo que el sargento jamás olvidaría. El Che sonrió. No era una sonrisa de burla ni de desprecio. Era una sonrisa triste, comprensiva, casi paternal, como si el prisionero sintiera lástima por el hombre que había venido a matarlo. “Yo sé lo que vienes a hacer”, dijo el che voz ronca pero firme.

 “¿Puedo verlo en tu cara? Estás temblando más que yo y yo soy el que va a morir.” Mario quiso responder, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Su boca estaba completamente seca. levantó el rifle con manos que no podía controlar. El cañón del arma temblaba tanto que sabía que si disparaba en ese momento probablemente fallaría.

 El Che observó el temblor del rifle y su sonrisa se hizo más profunda. “Serénate, soldado”, dijo con una calma que parecía imposible para un hombre que estaba a punto de morir. “Apunta bien. Vas a matar a un hombre, no a un cobarde. Y piensa en esto, vas a ser famoso. La gente hablará del hombre que mató al Chegueevara. Asegúrate de que cuando cuentes esta historia puedas decir que lo hiciste mirándome a los ojos.

 Como un verdadero soldado, Mario sintió que las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos. Esto no era lo que había esperado. Esto no era lo que le habían prometido. Le habían dicho que matar al Che sería un acto de patriotismo, un honor, algo de lo que podría estar orgulloso el resto de su vida.

 Nadie le había advertido que el Che moriría con más dignidad de la que él jamás tendría. Espera”, dijo Mario con voz quebrada. “Solo espera un momento, necesito prepararme.” El Che asintió lentamente, como si le estuviera concediendo un favor a un niño asustado. “Tómate tu tiempo, soldado. No tengo ninguna prisa. Ya estoy muerto desde hace días.

 Desde que caímos en la emboscada supe que este momento llegaría. Lo único que no sabía era quién iba a apretar el gatillo. Mario bajó el rifle por un momento. Sus ojos recorrieron la habitación buscando algo, cualquier cosa que le diera el valor para hacer lo que tenía que hacer. Vio las paredes de adobe cubiertas de polvo. Vio el piso de tierra donde generaciones de niños bolivianos habían aprendido a leer.

 Vio la luz del sol entrando por la ventana, indiferente a la tragedia que estaba por ocurrir, y vio al Cheegev Vara, el revolucionario más buscado del mundo, sentado contra la pared como si estuviera esperando un autobús y no la muerte. El sargento boliviano no podía entender cómo alguien podía estar tan tranquilo frente a su propia ejecución.

¿Tienes miedo de morir?”, preguntó Mario sin saber por qué hacía esa pregunta. El Chelo pensó por un momento antes de responder. “¿Miedo de morir?” “No, respondió el revolucionario. Hace mucho tiempo que acepté que este era el precio de mis decisiones. Cuando eliges vivir por una causa, también eliges morir por ella.

Read More