Parte 1
El reloj marcaba las cuatro de la tarde en un Madrid que hervía bajo el sol de mayo.
Yo estaba tirada en el sofá de mi piso de estudiantes en Vallecas.
Era la hora crítica.
La hora de la mentira universal que todos nos contamos.
La falsa “siesta reparadora” de veinte minutos.
El power nap, como lo llaman los modernos de la universidad.
Me estaba engañando a mí misma, por supuesto.
Todos sabemos que nadie en la historia de España ha dormido veinte minutos y se ha levantado fresco.
Empezaron mis rituales de antes de dormir.
Primero, bajar las persianas hasta dejar solo una rendija de luz.
Esa rendija es vital para no creer que es de noche y entrar en coma profundo.
Segundo, poner el móvil en modo avión.
Tercero, configurar no una, sino siete alarmas diferentes.
A las 16:20.
A las 16:22.
A las 16:25 por si acaso.
A las 16:30, la alarma del pánico.
Me tapé con esa manta fina que raspa un poco, pero que te da la seguridad psicológica de estar a cubierto.
Marta, mi compañera de piso, me miraba desde la puerta de la cocina.
Sostenía un café humeante y una sonrisa llena de sarcasmo.
—¿Otra vez con la gilipollez de los veinte minutos, Lucía? —preguntó.
No abrí los ojos.
—Es ciencia, Marta.
—Es un suicidio biológico, tía.
—Solo necesito reiniciar el cerebro.
—Te vas a despertar a las ocho de la tarde, babeando, sin saber en qué año vives.
Marta tenía razón, como siempre.
El paso del tiempo durante una siesta es un agujero negro.
Te acuestas siendo una joven con futuro y te levantas siendo un zombi desorientado.
—Despiértame si ves que no respiro —murmuré.
—No lo haré, y lo sabes.
Escuché cómo se alejaba, arrastrando sus zapatillas por el pasillo.
Ahí estaba la gran pregunta final que siempre me hacía antes de caer rendida.
¿Existen realmente las siestas cortas?
¿O son solo un mito que nos contamos para no sentirnos vagos?
Ceré los ojos.
El problema no era la falta de sueño por estudiar.
El verdadero problema era por qué estaba tan cansada.
Llevaba una doble vida para pagar mis estudios.
Las matrículas en la universidad pública habían subido, pero no tanto como el alquiler.
Vivir en Madrid te chupa la sangre y la cartera a partes iguales.
Yo no trabajaba en un Zara.
No ponía copas en un pub de Huertas.
No daba clases particulares de matemáticas a niños repelentes.
Yo era chica de compañía.
Escort de lujo, si querías ponerle un nombre que sonara a perfume caro.
Nadie en la universidad lo sabía.
Nadie.
Ni mis profesores, ni mis compañeros de pupitre, ni siquiera Marta.
Para ellos, yo era Lucía, la chica de Comunicación Audiovisual que siempre iba con ojeras.
La que tenía un “trabajo nocturno de teleoperadora para Latinoamérica”.
Esa era mi cuartada oficial.
Una mentira tan aburrida que nadie me hacía preguntas al respecto.
“Pobre Lucía”, decían. “Atendiendo quejas de chilenos a las tres de la mañana”.
Si supieran.
Si supieran que la noche anterior estuve cenando marisco en el Ritz.
Si supieran que mi compañía se pagaba a quinientos euros la hora.
Y que mi tarifa mínima era de dos horas.
El dinero era rápido, limpio, y me permitía no solo pagar la carrera, sino sobrevivir sin angustias.
Pero el coste psicológico era una mochila llena de piedras.
Tenía que separar mi mente en dos compartimentos estancos.
Por la mañana, tomaba apuntes sobre ética periodística y teoría de la comunicación.
Por la noche, me ponía un vestido ajustado, tacones de aguja y una sonrisa prefabricada.
Me convertía en “Valeria”.
Valeria no tenía problemas de dinero.
Valeria escuchaba a hombres de negocios quejarse de sus matrimonios vacíos.
Valeria asentía, sonreía, y ocasionalmente gemía en habitaciones con sábanas de quinientos hilos.
Me quedé dormida pensando en el contraste brutal de mis dos mundos.
Y tal como predijo Marta, la siesta fue un desastre.
Me desperté sobresaltada.
El corazón me latía a mil por hora.
Miré el móvil, aterrorizada.
Habían pasado tres horas.
Las siete de la tarde.
El cielo de Madrid ya empezaba a teñirse de naranja.
Maldita sea.
Maldito concepto del power nap.
Me levanté de un salto, desorientada, con el pelo alborotado y una marca de la almohada en la mejilla.
Tenía un servicio esta noche.
Una reserva especial en un hotel del centro.
Y llegaba tarde.

Parte 2
Corrí hacia el baño, casi tropezando con el cesto de la ropa sucia.
El agua fría de la ducha me devolvió a la realidad.
Tenía cuarenta y cinco minutos para transformarme.
Para dejar de ser la universitaria precaria y convertirme en la fantasía sofisticada.
El proceso era automático, una coreografía ensayada cientos de veces.
Base de maquillaje cubriente para borrar las ojeras.
Rímel para abrir la mirada.
Un pintalabios rojo que costaba lo mismo que la factura de la luz de mi piso.
Secador, plancha, laca.
Un vestido negro, elegante pero insinuante.
Zapatos de salón que me destrozaban los pies pero alargaban mis piernas hasta el infinito.
Salí de mi habitación envuelta en una nube de perfume de Chanel.
Marta estaba en el salón, viendo una serie mala en Netflix.
Levantó la vista y soltó un silbido.
—Joder, Lucía. Para atender llamadas de sudamericanos te arreglas demasiado, ¿no?
Sentí un pinchazo en el estómago.
El miedo constante a ser descubierta.
Sonreí, forzando la naturalidad.
—Normas de la empresa. Hacemos videollamadas por Zoom de vez en cuando. Control de calidad.
Marta soltó una carcajada.
—Claro que sí, guapa. A ti te ponen en cámara para que los clientes no se den de baja.
—Algo así —respondí, agarrando mi abrigo.
—No vuelvas muy tarde, mañana tenemos práctica de radio a las nueve.
—Lo sé. Descansa, tía.
Salí a la calle y el calor sofocante del día había dado paso a una brisa agradable.
Caminé rápido hacia la estación de metro de Nueva Numancia.
La Línea 1 estaba llena a esas horas.
Gente volviendo de trabajar, cansada, sudorosa, mirando sus móviles con apatía.
Yo destacaba demasiado entre la multitud.
Sentía las miradas de algunos hombres deslizarse por mis piernas.
Miradas que ignoraba con la práctica de quien lleva un escudo invisible.
Hice transbordo y llegué a la estación de Rubén Darío.
Barrio de Salamanca.
El contraste era siempre mareante.
De las calles sucias de Vallecas a los portales con portero uniformado de la calle Serrano.
Caminé dos manzanas hasta llegar a la dirección que me había mandado la agencia.
Un hotel boutique de cinco estrellas.
Discreto. Lujoso. Sin carteles llamativos.
Entré por las puertas automáticas y el aire acondicionado me golpeó, devolviéndome el aliento.
El suelo de mármol brillaba tanto que podía ver mi reflejo.
Fui directamente a los ascensores, sin mirar a recepción.
Esa es la regla número uno: actuar como si pertenecieras al lugar.
Si vas con la cabeza alta, nadie te para.
Pulsé el botón de la planta cuarta.
Habitación 412.
Mi móvil vibró en el bolso.
Era un mensaje de Sonia, la dueña de la agencia.
“Cliente nuevo. Muy V.I.P. Sé discreta y educada. Paga en efectivo.”
Guardé el teléfono.
Los clientes nuevos siempre eran una incógnita.
Podían ser empresarios aburridos, políticos nerviosos o turistas con demasiado dinero.
Llegué a la puerta de la 412.
Respiré hondo.
Tres segundos de pausa para dejar fuera a Lucía.
Uno.
Dos.
Tres.
Hola, Valeria.
Llamé a la puerta con dos toques suaves y secos.
Esperé en silencio.
Escuché pasos acercándose desde el interior.
Pasos lentos, tranquilos.
La puerta se abrió con un clic metálico.
Pero la persona no estaba asomada a la puerta.
La había dejado entreabierta y se había alejado hacia el interior del salón de la suite.
Entré despacio y cerré la puerta a mis espaldas, asegurando el pestillo.
El salón estaba en penumbra, iluminado solo por unas lámparas de diseño en las esquinas.
Había música clásica sonando muy bajito.
Bach, si no me equivocaba.
Entonces lo vi.
Un cliente nuevo entró por la puerta del dormitorio hacia el salón.
Iba de espaldas a mí, terminando de servirse una copa en el minibar.
Llevaba un traje gris marengo impecable.
Demasiado bien cortado para ser de unos grandes almacenes.
A medida.
Dejó la botella sobre la mesa de cristal.
Junto a la mesa, apoyado con un cuidado extremo, había un detalle que me llamó la atención.
Llevaba un maletín caro.
No un maletín de ejecutivo agresivo.
Era un maletín de cuero oscuro, desgastado en los bordes pero de una calidad exquisita.
Un Loewe antiguo.
El tipo de maletín que lleva alguien que valora la tradición por encima del postureo.
Todo en él gritaba clase y dinero antiguo.
—Buenas noches —dije, con mi mejor voz de terciopelo.
El hombre se detuvo en seco al escucharme.
Su espalda se tensó bajo el tejido perfecto de la chaqueta.
No dijo nada.
El silencio se alargó un segundo más de lo normal.
Dos segundos.
Tres segundos.
Empecé a sentir una extraña inquietud.
Normalmente, se giran de inmediato, sonríen, ofrecen algo de beber.
Pero él se quedó congelado, con la copa en la mano.
Parte 3

Mi cerebro empezó a repasar el protocolo.
¿Debería acercarme?
¿Debería quitarme el abrigo?
—¿Señor? —pregunté, dando un paso tentativo hacia el centro de la sala.
Él suspiró.
Un suspiro largo y cansado que llenó el espacio de la habitación.
Lentamente, como si estuviera a punto de enfrentarse a un pelotón de fusilamiento, empezó a girarse.
Primero giró los hombros.
Luego el torso.
La luz de la lámpara le dio de lleno en el rostro.
Cuando se dio la vuelta…
El suelo de la habitación pareció desaparecer bajo mis pies.
El aire abandonó mis pulmones de golpe.
Sentí un zumbido agudo en los oídos.
No podía ser.
Era imposible.
Un puto fallo en Matrix.
Una broma macabra del destino.
Abrí los ojos desmesuradamente.
Era mi profesor de ética.
Don Alberto.
Alberto San Juan de la Cruz.
El catedrático más estricto, temido y respetado de toda la Facultad de Ciencias de la Información.
El hombre que la semana pasada nos había dado una charla de dos horas sobre la integridad moral.
El mismo hombre que había suspendido a media clase por un trabajo sobre Kant.
Ahí estaba.
De pie, a tres metros de mí, sosteniendo un vaso de whisky de malta.
El tiempo se detuvo.
Mi mente intentaba procesar la imagen, pero los engranajes estaban atascados.
¿Él era el cliente VIP?
¿El de la suite de quinientos euros la noche?
¿El que requería los servicios de “Valeria”?
Llevaba sus características gafas de montura de carey.
El pelo entrecano perfectamente peinado hacia atrás.
Las mismas arrugas de expresión alrededor de los ojos que se le marcaban cuando leía el temario.
No podía moverme.
No podía hablar.
Mi cuartada, mi vida secreta, mi escudo invisible… todo se había hecho añicos en un milisegundo.
Mis dos compartimentos estancos habían colisionado a una velocidad de vértigo.
Lo peor de todo fue su reacción.
No hubo sorpresa inicial.
Hubo un reconocimiento absoluto.
Él sabía perfectamente quién era yo desde el momento en que escuchó mi voz.
O quizás desde antes.
Me miró a los ojos, y su expresión era indescifrable.
No había deseo.
No había vergüenza inmediata.
Solo una quietud aterradora.
Mi nombre real pugnaba por salir de su boca, podía verlo.
—¿Lu… Lucía? —dijo al final.
Su voz sonó diferente a como sonaba en el anfiteatro de la facultad.
Allí era potente, autoritaria, resonante.
Aquí sonaba vulnerable.
Agrietada.
El sonido de mi verdadero nombre en esa habitación fue como un latigazo.
Retrocedí un paso por instinto.
Quería salir corriendo.
Quería girar el pomo, salir al pasillo, bajar las escaleras de emergencia y no parar hasta llegar a mi pueblo.
Quería desaparecer de la faz de la tierra.
—Yo… esto… —balbuceé.
Toda la seguridad de Valeria se había esfumado.
Era Lucía otra vez.
La alumna precaria.
La chica que sacaba siestas falsas en Vallecas y temblaba ante los exámenes finales.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él.
Fue una pregunta estúpida.
Obvia.
Él sabía a lo que había venido a la habitación de un hotel con una chica de la agencia de Sonia.
Pero el cerebro humano hace preguntas estúpidas cuando está en estado de shock.
—Yo podría preguntarle lo mismo, profesor —respondí, y me sorprendió la firmeza que logré sacar.
La palabra “profesor” flotó en el aire, pesada y tóxica.
Era la confirmación absoluta de nuestra dinámica de poder, invertida de la manera más grotesca posible.
Él apretó los labios.
Miró su copa de whisky, luego el suelo, y finalmente volvió a clavar sus ojos en mí.
Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
Caminó hacia mí.
Lento.
Deliberado.
Cada paso resonaba en mi cabeza como la cuenta atrás de una bomba.

Parte 4
Llegó hasta donde yo estaba parada, rígida como una estatua de sal.
Me miró fijamente y cerró la puerta.
El suave clic del pestillo de seguridad me sonó a sentencia de muerte.
Estábamos encerrados.
El profesor de Ética y la alumna pluriempleada.
En una suite de lujo.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo bajo mi vestido.
Me miró de arriba abajo.
No con lujuria.
No como un hombre mira a una prostituta.
Me miró como un evaluador analiza un proyecto fallido.
Observó mi vestido caro, mi maquillaje perfecto, mis zapatos imposibles.
Estaba calculando.
Estaba sumando dos más dos.
Pensé que me iba a expulsar.
Estaba segura.
En ese preciso instante, vi mi futuro académico desmoronarse.
Imaginé el comité de disciplina.
Las miradas de asco.
El rector firmando mi papel de expulsión por “conducta impropia” o por violar el código moral de la universidad.
Adiós a la carrera.
Adiós a los años de esfuerzo.
Todo el sacrificio tirado por la borda porque el destino había decidido jugar a la ruleta rusa conmigo.
Empecé a sudar frío.
—Alberto… Don Alberto… yo puedo explicarlo —empecé a decir, atropellando las palabras.
Era patético.
Me estaba disculpando con un cliente que había pagado por follar conmigo.
—Necesito el dinero. La matrícula, el piso… no es lo que parece. O sea, sí es lo que parece, pero no es porque me guste.
Él levantó una mano, pidiendo silencio.
El mismo gesto exacto que hacía en clase cuando un alumno interrumpía con una duda irrelevante.
Me callé de inmediato.
El condicionamiento era demasiado fuerte.
Se frotó el puente de la nariz, justo por debajo de las gafas de carey.
Parecía repentinamente muy cansado.
Diez años más viejo.
—Lucía —dijo, pronunciando mi nombre con una pesadez infinita—. No me debes ninguna explicación.
Me quedé parpadeando, confundida.
—¿No me va a denunciar al decanato?
Él soltó una risa amarga.
Una risa seca que no llegó a sus ojos.
—¿Denunciarte? —repitió, caminando hacia el maletín de cuero de Loewe—. ¿Bajo qué concepto ético podría yo denunciarte, Lucía?
—No lo sé… conducta deshonrosa.
—¿Deshonrosa?
Se detuvo frente a la mesa.
Deslizó los dedos por el asa del maletín.
—La alumna vende su tiempo y su cuerpo para poder estudiar.
—El profesor de Ética compra ese tiempo y ese cuerpo a escondidas de su mujer y de la sociedad que le aplaude.
Se giró de nuevo hacia mí.
La hipocresía en su voz era palpable, cortante como un cristal roto.
—¿Quién es más indigno aquí, Lucía? ¿Tú, que luchas por sobrevivir? ¿O yo, que pago por ahogar el vacío?
Me quedé muda.
Nunca lo había visto así.
Nunca lo había visto como un ser humano, con fallas, con sombras.
Siempre había sido un ente monolítico de rectitud.
El hombre que citaba a Aristóteles y a Spinoza con la soberbia de quien se cree moralmente superior.
Y sin embargo, aquí estaba.
En la misma trinchera de mierda que yo.
A un nivel diferente, claro.
Él tenía la cuenta bancaria llena y yo vacía.
Pero en el fondo, ambos éramos dos mentirosos profesionales.
—No sé qué decir —admití, bajando la vista por primera vez.
—No digas nada —respondió él.
El silencio volvió a envolvernos.
Pero esta vez no era un silencio de amenaza.
Era un silencio de complicidad aterrorizada.
Dos náufragos que acaban de descubrirse en la misma balsa.
Él abrió el maletín con dos chasquidos metálicos.
Metió la mano dentro.
Mi respiración se atascó en mi garganta.
¿Iba a sacar su abrigo? ¿Iba a marcharse?
¿Iba a dar por terminada la noche más humillante de la historia?
La lógica me decía que la transacción estaba cancelada.
Que mañana nos miraríamos en clase y fingiríamos que nada de esto había pasado.
Que yo seguiría tomando apuntes y él seguiría dando sermones.
Pero él no sacó un abrigo.
Ni las llaves de su coche.

Parte 5
Pero sacó dinero y susurró:
—Esto es lo acordado con la agencia.
Me tendió un sobre blanco, grueso y opaco.
No me atreví a cogerlo.
Mis brazos seguían pegados a los costados.
—Profesor… no puedo aceptar esto. No hemos… no vamos a…
—Cógelo, Lucía.
El tono no dejaba lugar a discusión.
Alargué la mano temblorosa y tomé el sobre.
El tacto del papel me quemaba los dedos.
Dentro había mil euros.
El equivalente a dos meses de mi alquiler.
Lo metí en mi bolso casi con asco, sin atreverme a mirarle a los ojos.
Esperé a que me indicara la puerta.
Esperé a que dijera “Vete”.
Pero no lo hizo.
Se acercó un paso más, invadiendo ligeramente mi espacio personal.
El olor a su colonia era penetrante.
Cedro y notas cítricas.
Carísimo.
—No quiero que te vayas —dijo, y su voz apenas era un murmullo roto.
Levanté la vista de golpe.
El pánico volvió a asomar.
—Don Alberto, por favor. Es mi profesor. No puedo acostarme con usted. Me da igual el dinero, no puedo hacerlo. Mi cabeza no podría soportarlo.
Él negó con la cabeza lentamente.
Sus ojos, normalmente severos tras los cristales, ahora estaban húmedos.
Desesperados.
—No te he pagado para eso, Lucía.
—¿Entonces? —pregunté, sintiéndome más perdida que nunca.
Se aflojó el nudo de la corbata de seda.
Se quitó la chaqueta del traje y la dejó caer sobre el respaldo del sofá, con un gesto de agotamiento extremo.
—Estoy harto.
—¿De qué?
—De él. De Alberto San Juan de la Cruz. Del catedrático. Del marido perfecto. Del pilar de la moralidad de esta puñetera ciudad.
Caminó hacia la ventana, apartando un poco la cortina pesada para mirar las luces de Madrid.
—Llevo treinta años interpretando un papel.
—Treinta años diciendo a los demás cómo deben vivir, qué es lo correcto, qué es lo justo.
—Treinta años siendo un faro de virtud que por dentro está completamente podrido y aburrido de su propia existencia.
Soltó la cortina y se volvió hacia mí.
Había una súplica en su mirada que me partió el alma.
El hombre imponente se había desmoronado en cuestión de minutos.
—Has cruzado al otro lado del espejo, Lucía.
—Tú sabes lo que es interpretar un papel para que el mundo no te aplaste.
—Tú eres Lucía y eres Valeria.
—Sabes cómo separar ambas cosas. Sabes cómo construir una máscara perfecta y ponértela cada noche.
Asentí, lentamente.
Lo sabía mejor que nadie.
Sabía lo que era vaciarse por dentro para poder sonreír por fuera.
Él dio un paso hacia mí, levantando las manos sin llegar a tocarme.
‘Enséñame a ser alguien diferente esta noche.’
La frase quedó suspendida en el aire.
Pesada. Definitiva.
—¿Cómo dice? —pregunté, sin dar crédito a lo que oía.
—Quiero que me enseñes. A ser como tú. A escapar de mí mismo.
Me eché a reír.
Fue una risa nerviosa, histérica, totalmente fuera de lugar.
El absurdo de la situación me golpeó con la fuerza de un tren de mercancías.
—¿Quiere que le enseñe a ser puta? —solté, sin ningún filtro.
Él sonrió por primera vez.
Una sonrisa triste, pero genuina.
—Quiero que me enseñes a no importar.
—A despojarme de la responsabilidad de ser quien soy.
—Llévame a sitios donde nadie me conozca.
—Háblame como a un extraño.
—Insúltame si quieres.
—Solo necesito dejar de ser Don Alberto durante un par de horas, o voy a volverme loco.
Me quedé mirándolo.
El sobre con el dinero pesaba en mi bolso.
La ironía de la vida era sublime y cruel.
El profesor de Ética me estaba pidiendo clases particulares de escape moral.
Suspiré, sintiendo que una tensión extraña se liberaba en mis hombros.
El miedo a la expulsión se había esfumado.
Ahora solo quedaba una comprensión profunda de la miseria humana.
Todos estamos rotos, pensé.
Algunos disimulan mejor que otros en las aulas universitarias, pero todos acabamos buscando salvación en los hoteles baratos o en las suites caras.
—De acuerdo —dije, y mi voz sonó extrañamente calmada—. Pero con unas condiciones.
Él asintió, dispuesto a aceptar lo que fuera.
—Primero —empecé, cruzándome de brazos—. Fuera la corbata y las gafas. Le hacen parecer un pingüino intelectual.
Él se quitó las gafas de inmediato, guardándolas en el bolsillo, y terminó de aflojarse la corbata hasta quitársela por completo.
Su rostro sin las gafas parecía más blando, más humano.
—Segundo. No me llame Lucía. Aquí dentro, soy Valeria. Y si salimos a la calle, sigo siendo Valeria.
—Entendido, Valeria.
—Y tercero. Esto no anula mi nota en su asignatura. Me he currado el trabajo sobre Kant y espero mi sobresaliente.
Él soltó una carcajada auténtica.
El sonido llenó la habitación, ahuyentando las sombras que la asfixiaban.
—Tienes mi palabra, Valeria. Un sobresaliente ganado a pulso.
Fui hacia la mesa, cogí su copa de whisky y le di un trago largo.
El líquido quemó mi garganta, pero me dio el empuje que necesitaba.
—Bien. Póngase la chaqueta. Vamos a salir de aquí.
—¿A dónde vamos? —preguntó él, con la curiosidad de un niño a punto de hacer una travesura.
—Conozco un karaoke en los bajos de Argüelles.
—Es el lugar más sórdido, oscuro y deprimente de Madrid.
—Nadie de la facultad pondría un pie allí ni aunque le pagaran.
—Vas a beber cerveza barata, vas a cantar una canción de Raphael y vas a hacer el ridículo de la manera más espantosa posible.
Los ojos del profesor brillaron en la penumbra.
Por un momento, el peso del mundo desapareció de sus hombros.
—Me parece un plan perfecto —dijo, agarrando su chaqueta.
Le abrí la puerta de la suite 412.
Salimos al pasillo, en silencio.
Ya no éramos alumna y profesor.
Ya no éramos cliente y escort.
Éramos dos mentirosos escapando de la misma cárcel.
Y mientras caminábamos hacia el ascensor, me di cuenta de una cosa.
Esa noche, de alguna extraña manera, ambos íbamos a encontrar un poco de la redención que estábamos buscando.
El ascensor llegó con un tintineo.
Entramos.
Las puertas se cerraron, dejando atrás el lujo y la hipocresía.
Y mientras bajábamos hacia el vestíbulo, pensé en la estúpida siesta de Vallecas.
Quizás sí existen los despertares cortos.
Quizás solo hace falta que tu profesor de Ética te pague mil euros para darte cuenta de que la vida, a veces, tiene un sentido del humor maravilloso.
Salimos a la calle Serrano.
La noche madrileña nos esperaba, oscura y dispuesta a guardar nuestros secretos.
Y por primera vez en mucho tiempo, caminé sin el peso del miedo.
A fin de cuentas, la ética es algo muy relativo cuando estás intentando sobrevivir a tus propios fantasmas.