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Un LAVACOCHES encontró la cartera de EL MENCHO y la devolvió. Lo que pasó después nadie lo esperaba

 

Son las 10:40 de la mañana y el sol de Guadalajara ya pega como si tuviera cuentas pendientes con [música] la tierra. En el estacionamiento de la colonia Oblatos, el asfalto huele a grasa quemada y a jabón de lavatrastes que Aurelio Vega Mireles usa porque es más barato que el industrial. Tiene [música] 34 años, manos ásperas, una cicatriz en el pulgar izquierdo de cuando se cortó con una lámina a los 16 y una vida que no le ha dado mucho, pero tampoco le ha quitado lo esencial.

[música] Su mamá viva, su trabajo y la costumbre de no robar lo que no es suyo. Aurelio lleva 6 años lavando carros en este mismo estacionamiento. Conoce a los dueños de cada vehículo que entra. Sabe quién le da propina y quién no. Sabe quién llega de mal humor los lunes y quién silva cuando viene contento.

 Pero hoy hay un carro que no reconoce. Una RAM negra, doble cabina sin placas visibles, con los vidrios tan polarizados que no se ve nada adentro. llega despacio, se estaciona en la orilla y se baja un hombre solo. El hombre tiene como 50 años. Complexión recta, camisa de cuadros azul marino, botas cafés con nevilla de plata. Camina sin prisa, pero con peso, como si cada paso fuera una decisión tomada de antemano.

 No voltea a los lados, no saluda a nadie, deja las llaves sobre el toldo de la ram y le dice a Aurelio con voz tranquila, “Lávamelo por dentro y por fuera.” Aurelio asiente. Ve una [música] tarjeta sin nombre, cierra la cartera de golpe y mira hacia la calle. El hombre ya no está. Aurelio se queda parado ahí con la cartera en la mano y el corazón en la garganta, sin saber todavía que ese momento, ese segundo exacto en que decidió no guardarla en su bolsillo, iba a cambiar todo lo que venía después.

 Aurelio guarda la cartera bajo su chamarra y termina de lavar la ram. Lo hace bien como siempre porque Aurelio es de los que no hacen las cosas a medias, aunque nadie esté viendo. Cuando termina, se sienta en su cubeta de plástico azul y saca la cartera otra vez. La pone sobre las rodillas, la mira como si pudiera hablarle.

 [música] La abre con cuidado. Los billetes están doblados en fajos ordenados. Cuenta sin sacarlos. Hay como 12,000 pes, tal vez [música] más. Aurelio piensa rápido. Su mamá lleva tr meses con el azúcar descontrolada y el médico de LS tiene cita hasta dentro de se semanas. La semana pasada vendió su única chamarra buena para pagar el gas.

 Ayer cenaron arroz solo porque no había más. 12,000 pesos es un mes y medio de trabajo para él, pero no son suyos. Eso lo sabe antes de terminar de pensarlo. Saca la identificación. La foto muestra a un hombre moreno, mandíbula cuadrada, bigote oscuro, mirada que no pide permiso. [música] El nombre dice Nemesio Ceguera Cervantes.

 Aurelio lo lee dos veces. El nombre no le dice nada todavía. Guarda la identificación, guarda la cartera bajo la chamarra y camina hacia la taquería de doña Amparo, que está a dos locales más adelante. Doña Amparo tiene 60 años y sabe todo lo que pasa en la colonia. Aurelio entra, pide un agua de Jamaica, aunque no tiene sed, y le muestra la identificación sin decirle de dónde la sacó.

Doña Amparo lee el nombre, levanta la vista despacio y le devuelve la identificación sin decir nada. Aurelio la mira. Lo conoce doña Amparo. Ella empieza a limpiar el mostrador con un trapo. Devuelve lo que encontraste, mijo, y no preguntes [música] nada. Aurelio frunce el ceño. ¿Por qué? Ella lo mira fijo un momento y luego baja la voz.

 Porque hay nombres que cuando los dices en voz alta [música] el aire cambia. Y ese es uno de esos nombres. Aurelio sale de la taquería con más preguntas que respuestas y con la cartera todavía bajo la chamarra quemándole el pecho como brasa escondida. Aurelio camina dos cuadras hasta la vulcanizadora de Don Beto. Don Beto es de los Altos de Jalisco, lleva 40 años en la colonia y tiene fama de saber cosas que la gente normal prefiere no saber.

Aurelio entra, espera a que Don Beto termine de inflar una llanta y cuando están solos le pregunta en voz baja si conoce a alguien llamado Nemesio o ceguera. Don Beto suelta la manguera, voltea a ver a Aurelio despacio como si estuviera calculando cuánto puede decirle sin meterse en problemas. ¿De dónde sacaste ese nombre, [música] muchacho? Aurelio se encoge de hombros.

Me lo dijo alguien. Don Beto se limpia las manos con un trapo negro y se acerca. Ese hombre no es de aquí, pero manda aquí. Manda en muchos lados”, le dicen el mencho. Aurelio siente un frío que no tiene nada que ver con la temperatura. Don Beto sigue hablando en voz baja. Si tienes algo de él, devuélvelo. Sin condiciones, sin preguntas, sin esperar nada a cambio.

 Solo devuélvelo y reza para que no se acuerde de tu cara. Aurelio asiente. Seo de la vulcanizadora con las piernas flojas. camina de regreso al estacionamiento pensando en cada paso. La RAM sigue ahí. El hombre no ha vuelto. Aurelio se [música] sienta en su cubeta y piensa en su mamá. Piensa en los 12000 pesos.

 Piensa en que hay personas que toman la decisión equivocada y desaparecen sin que nadie lo cuente y decide que él no quiere ser ese tipo de persona. A las 2 de la tarde regresa el hombre de la camisa de cuadros. Camina igual que antes con ese peso tranquilo en cada paso. Aurelio se para antes de que llegue a la RAM y le da la cartera directamente.

El hombre la toma, la abre, la revisa sin prisa, luego mira a Aurelio. ¿La abriste? Aurelio asiente. Sí, señor. Para buscar identificación y saber quién era el dueño. El hombre guarda la cartera en el bolsillo interior de su chamarra. ¿Y el dinero? No lo toqué, señor. El hombre lo estudia un momento largo con esa clase de mirada que no necesita palabras.

Luego dice, “Espérame aquí.” Y se va. Aurelio espera. Lava otros dos carros para no quedarse quieto, porque la quietud le da espacio a los pensamientos malos. A las 4 de la tarde regresa el hombre de la camisa de cuadros, ahora con otro a su lado, más joven, con lentes oscuros y actitud [música] de escolta.

 El de la camisa de cuadro se para frente a Aurelio. El señor quiere verte. Aurelio siente que el piso se mueve ligeramente bajo sus pies. ¿Para qué? El hombre no contesta, solo dice, “Súbete.” La rama arranca suave. Nadie habla. Aurelio va en el asiento trasero junto al de los lentes oscuros y mira por la ventana [música] sin ver nada de verdad.

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