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El truco “estúpido” de un mecánico con un cable que permitió a los P-38 humillar a los Zero

Eddie Malloy no parecía el tipo de hombre que cambiaría una batalla aérea.

Eso, para empezar, era parte del problema.

En la guerra, como en la vida civil, la gente mira demasiado los galones. Si alguien lleva estrellas, todos escuchan. Si alguien lleva grasa hasta los codos, muchos asumen que solo está allí para apretar tornillos y callarse. Me parece un error enorme. He conocido a personas sin título que entendían una máquina, una cocina o una familia mejor que cualquier experto con palabras bonitas.

Eddie entendía los P-38 como otros entienden un caballo viejo.

Sabía cuándo un motor Allison estaba enfadado por el sonido del arranque. Sabía cuándo una vibración venía de la hélice y no del soporte. Sabía cuándo un piloto mentía al decir que “no le había exigido demasiado” al avión. Miraba el desgaste de una palanca, la suciedad en una bota, el olor del aceite, y sacaba conclusiones.

Los pilotos se burlaban un poco de él.

Con cariño, la mayoría de las veces.

—Malloy cree que los aviones tienen alma —decían.

Eddie respondía:

—No. Pero algunos pilotos creen que la suya los hace inmunes a la estupidez.

Eso no gustaba tanto.

El P-38 Lightning era un avión magnífico, pero no perdonaba fácilmente a quien lo trataba como otro caza cualquiera. Tenía dos motores, gran potencia, buen rendimiento en altura, una velocidad que podía convertirse en salvación o tumba, y una silueta tan extraña que los nuevos reclutas lo miraban como si hubiera salido de una revista de ciencia ficción.

Contra bombarderos, era temible.

Contra pilotos japoneses expertos en el Zero, era otra historia.

El Zero giraba como si el aire estuviera hecho para obedecerlo. Ligero, ágil, elegante de una forma peligrosa. Si un piloto de P-38 aceptaba una pelea cerrada, si intentaba girar con él como si estuviera en un baile de feria, perdía. No siempre al primer giro. Pero pronto. El Lightning era fuerte, rápido, poderoso. El Zero era un cuchillo corto en una habitación estrecha.

Y demasiados pilotos, cuando tenían uno detrás, olvidaban la regla.

No girar.

No quedarse.

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