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Nino BravoTenía 28 años cuando CAMBIÓ la Vida de 1 Hombre para SIEMPRE- ese Hombre hoy Tiene 80 y..

Espera, porque lo que todavía no sabes es precisamente lo que hace que esta historia sea diferente a todas las demás que has escuchado sobre Nino Bravo. Para entender lo que ocurrió esa noche de otoño de 1972,  hay que entender primero el mundo en el que vivía Aurelio. La España de 1972 no era la España de hoy.

 Era un país sin partidos políticos, sin libertad de prensa, con la radio y la televisión controladas por el Estado. Francisco Franco llevaba más de 30 años en el poder. La gente no hablaba de política en los bares, no protestaba en las calles, sobrevivía. Y cuando digo sobrevivía, no lo digo como metáfora. Lo digo porque un jornalero agrícola en la provincia de Valencia en 1972 ganaba entre seis y 8 pesetas por hora.

Una barra de pan costaba tres pesetas. 1 kg de arroz 12. El alquiler de una habitación compartida en Valencia Ciudad, 400 pesetas al mes. Y si un año la cosecha fallaba, si el granizo caía en el momento equivocado o la sequía llegaba sin avisar, ese jornalero no tenía seguro de desempleo, no tenía subsidio, no tenía red de seguridad, tenía sus manos y la voluntad de Dios.

Aurelio tenía 27 años ese otoño era delgado,  con las manos grandes de quien trabaja la tierra desde los 12 años. Había llegado a Valencia desde su pueblo 4 meses antes, buscando trabajo en la ciudad después de que la finca donde trabajaba cerrara por la muerte del propietario. Se había instalado en una pensión de la calle Htiba, cerca del mercado central, ocho personas en cuatro habitaciones, pared con  pared, con una ventana pequeña que daba a un patio interior donde nunca entraba el sol.

Llevaba 4 meses buscando trabajo estable. Había encontrado algunos jornales sueltos. Había comido algunas noches pan con aceite y nada más. Había escrito tres cartas a su madre en el pueblo diciendo que todo iba bien, que ya tenía trabajo, que pronto le mandaría algo de dinero. Las tres cartas eran mentira en los detalles, pero verdad en la intención.

Esa noche de octubre, un vecino de la pensión que trabajaba como auxiliar de limpieza en el teatro principal de Valencia le ofreció algo que Aurelio no había esperado. Le dijo que si le ayudaba a cargar unos equipos después del concierto, le pagaría 50 pesetas. 50 pesetas era casi una jornada entera de trabajo en el campo.

 Aurelio dijo que sí sin pensarlo dos veces y no sabía que ese sí de 50 pesetas era el primer paso hacia las palabras que llevaría dentro del pecho durante los siguientes 50 años. El teatro principal de Valencia llevaba aquella temporada programando conciertos de artistas españoles. Esa noche actuaba Nino Bravo y Aurelio no sabía quién era Nino Bravo.

 No tenía dinero para comprar discos. No tenía radio en la pensión. Sabía que era un cantante. Sabía que la gente hacía colas para verlo. No sabía nada más. Entró al teatro por la puerta trasera de la calle Varcas con su ropa de trabajo y esperó en el pasillo que llevaba a los camerinos, sentado en un banco de madera con una escoba apoyada en la pared a su lado, escuchando desde lejos el sonido de una voz que llenaba la sala entera, como si el edificio fuera demasiado pequeño para contenerla.

No lo sabía todavía, pero esa voz estaba a punto de cambiarle la vida y las palabras que prometí al principio de esta historia estaban a punto de pronunciarse. Pero antes Aurelio tenía que cometer el error que lo pondría frente a frente con el hombre que las diría. El concierto terminó pasadas las 11 de la noche.

 Aurelio escuchó el último aplauso desde el pasillo. Escuchó el rumor de cientos de personas abandonando sus asientos, sus voces mezcladas con el sonido de los zapatos sobre el suelo de madera. escuchó como la sala se vaciaba poco a poco y el ruido se convertía en eco y el eco en silencio. Luego empezó su trabajo. Recogía cables, apilaba sillas de metal, movía cajas de equipo de un lado a otro del escenario.

El vecino de la pensión, Tomás, le indicaba dónde poner cada cosa con gestos breves, sin mirarlo. Los técnicos de sonido desmontaban sus aparatos con la eficiencia de quien ha hecho lo mismo cientos de veces. Nadie miraba aurelio, nadie le preguntaba su nombre. Era parte del mobiliario humano de esa noche, invisible como tantas otras noches de su vida.

 Llevaba unos 20 minutos trabajando cuando empujó sin querer una caja metálica que estaba mal apilada junto al lateral del escenario. La caja cayó con un golpe seco que resonó en el teatro vacío como un disparo. Todos se giraron. Aurelio se agachó rápidamente a recogerla con las mejillas encendidas, murmurando disculpas al aire sin mirar a nadie.

 ¿Sabes lo que se siente cuando la vergüenza te aplasta en un lugar donde ya eres invisible? Fue en ese momento exacto cuando vio los pies, unos zapatos oscuros, bien lustrados, que se detuvieron a medio metro de él. Aurelio levantó la vista despacio. Un hombre de unos 28 años con el cabello oscuro algo sudado, la chaqueta del traje de escenario todavía puesta, lo miraba desde arriba con una expresión que no era enfado. Tampoco era desprecio.

 Era algo más difícil de describir. Era reconocimiento, como si ese hombre hubiera visto algo en Aurelio que los demás no habían visto. Luego ese hombre hizo algo que nadie esperaba. se agachó también, cogió el otro extremo de la caja, la levantaron los dos juntos y la colocaron en su sitio.

 Aurelio no supo qué decir, murmuró algo parecido a las gracias. El hombre asintió con la cabeza y se fue hacia los camerinos sin decir nada. Tomás se acercó a Aurelio por detrás y le susurró al oído tres palabras. Ese era Nino. Aurelio no respondió, siguió trabajando, pero algo había cambiado en el aire de ese pasillo, algo que no sabría explicar con palabras durante los siguientes 50 años.

 Nadie en ese teatro sabía lo que estaba a punto de ocurrir en los siguientes minutos. Nadie, excepto quizás Nino. Y las palabras que llevan 50 años guardadas estaban ya a menos de 2 minutos de pronunciarse. Pasaron otros 10 minutos. El escenario estaba casi despejado. Aurelio recogía los últimos cables cuando escuchó pasos detrás de él. Se giró.

 Era el mismo hombre. ya sin la chaqueta del traje, con una camisa blanca, las mangas recogidas hasta los codos, una taza de café en la mano. Lo miraba con esa misma expresión de antes. Esa expresión que Aurelio no sabría identificar hasta mucho tiempo después, cuando sus hijos fueran mayores y la vida le hubiera enseñado a leer las caras de las personas.

 Lo que había en esa cara era curiosidad genuina. No la curiosidad del famoso que pregunta por cortesía. La curiosidad del hombre que ha visto algo y necesita entenderlo. Nino Bravo se sentó en el borde del escenario con la taza de café entre las manos y le preguntó a Aurelio cómo se  llamaba. Aurelio se lo dijo. Nino le preguntó de dónde era.

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