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Nino Bravo Vio a un Anciano VENDIENDO Galletas en su Concierto—Lo que Hizo Aquella Noche Emocionó

 Su padre era un hombre de pocas palabras y muchos principios. Y Nino Bravo, aunque el mundo lo convertiría en estrella, nunca olvidó lo que era ser invisible. Burjasot en los años 50 era un lugar donde los niños crecían rápido porque no había otra opción. Las calles olían a pan recién hecho por las mañanas y a tierra mojada por las tardes.

 Las madres cosían a la luz de la ventana y los padres volvían a casa con las manos sucias y la espalda cargada. Era un mundo donde nadie tenía mucho, pero donde todo el mundo sabía lo que era el otro, donde la gente se miraba a los ojos cuando se cruzaba en la calle, donde un vecino en apuros era un problema de todos.

 Ninobravo creció en ese mundo, respiró ese aire desde niño y algo de todo aquello se quedó grabado en él, de una manera que ningún escenario, ningún contrato discográfico y ninguna cantidad de aplausos logró borrar nunca. De joven cantaba en bares y en fiestas de pueblo. Cantaba porque no podía no hacerlo, porque la voz le salía sola y porque cuando cantaba la gente dejaba de hablar y lo miraba de una manera que no sabía muy bien cómo describir, pero que sentía como algo verdadero.

 Participó en festivales, ganó algunos, perdió otros. Tuvo años de incertidumbre donde el dinero no llegaba y el reconocimiento tampoco. Años donde cualquier otro hubiera buscado otra salida. Pero Nino Bravo siguió con esa terquedad tranquila de la gente que sabe lo que es, sin necesitar que nadie se lo confirme. Cuando llegó el éxito, llegó rápido y llegó grande.

 Y Nino Gravo, que había tardado años en llegar hasta allí, descubrió que la cima se parecía menos a Burjasot de lo que esperaba. A principios de los años 70, su nombre llenaba teatros en toda España. Sus canciones sonaban en todas las radios. Su voz era reconocible desde las primeras notas, pero algo en él nunca terminó de encajar con todo aquello.

 La España de principios de los años 70 era un país en tensión, un país que empezaba a cambiar, pero que todavía no sabía muy bien hacia dónde. Las ciudades crecían a una velocidad que las calles no podían absorber. La gente llegaba del campo buscando trabajo y encontraba pisos pequeños y fábricas ruidosas.

 Había una clase media que empezaba a aparecer y había otra gente que se quedaba atrás sin que nadie lo dijera en voz alta. Nino Bravo vivía en ese país, lo veía cada vez que salía a la calle y lo que veía no lo dejaba indiferente. Sus músicos lo describían siempre de la misma manera. Decían que entre actuación y actuación, mientras los demás descansaban o celebraban, Nino Bravo desaparecía.

 No se iba lejos, simplemente salía a caminar, a mirar, a ver lo que había más allá de las luces del escenario. Uno de sus guitarristas contó años después que Nino tenía una costumbre que a todos sorprendía. Antes de cada concierto, en lugar de prepararse en el camerino como hacían los demás, salía a dar una vuelta por los alrededores del teatro, solo, sin representante, sin escolta, como si necesitara recordar que el mundo real existía fuera de aquel edificio lleno de focos y aplausos.

 Volvía siempre unos minutos antes de salir al escenario, a veces con algo en la mano, un periódico, una bolsa de churros que repartía entre los técnicos. Una vez volvió con un gatito que había encontrado en un callejón y que pasó el resto de la gira viajando en el maletero del autobús del equipo. Pequeñas  cosas, detalles que no cuadraban con la imagen de estrella que el mundo del espectáculo esperaba de él.

 Y en esas caminatas ocurrían cosas, cosas que él nunca contaba en las entrevistas, cosas que solo sabían quienes lo acompañaban o quienes lo veían desde la calle sin saber quién era. Porque Nino Bravo, sin escenario, sin micrófono y sin focos, era una persona que muy poca gente tuvo la suerte de conocer. En una de las pocas entrevistas donde habló de su vida privada dijo algo que sus fans recordaron siempre.

 dijo que la fama era como un abrigo muy bonito que a veces apretaba demasiado, que lo que de verdad le importaba no estaba bajo los focos, estaba en los ojos de la gente corriente,  en la gente que trabajaba duro y que a veces no tenía ni eso. El periodista que lo entrevistó contó después que cuando Nino dijo aquello, no lo dijo mirando a la cámara, lo dijo mirando hacia la ventana, como si estuviera hablando de algo que había visto esa misma mañana en la calle y que todavía le pesaba por dentro.

 Y esa forma de ver el mundo, esa sensibilidad que nunca logró apagar a pesar del éxito, es exactamente lo que explica lo que ocurrió aquella noche. Pero antes de llegar a esa noche, ¿hay algo que necesitas saber? Algo que ocurrió meses antes del concierto y que sin saberlo lo preparó para ese momento. Era el invierno de 1971.

Nino Bravo estaba en el mejor momento de su carrera. Acababa de grabar lo que muchos considerarían su disco más importante. Su agenda no tenía un solo hueco libre. Llevaba semanas moviéndose de ciudad en ciudad sin apenas parar. Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla, el autobús, el hotel, el camerino,  el escenario y vuelta a empezar.

 Era la vida que había soñado de niño en las calles de Burjasot. Y era también en algunos momentos una vida que le pesaba de una manera que no sabía muy bien cómo explicar. sin que sonara ingratitud, porque él sabía perfectamente lo afortunado que era. Lo sabía con una claridad que pocos en su posición tenían y precisamente por eso quizás le costaba más mirar hacia otro lado cuando veía algo que no encajaba con tanta fortuna repartida de forma tan desigual.

 Una tarde, después de un ensayo en Madrid, salió a caminar solo por el centro de la ciudad. Era última hora de la tarde. El frío apretaba. Las calles empezaban a vaciarse. La gente caminaba deprisa, con el cuello hundido en los abrigos y los ojos fijos en el suelo. Esa manera de andar que tiene la gente en invierno cuando el frío les da permiso para no mirar a nadie.

 Madrid en invierno tenía esa dureza particular de las ciudades grandes cuando baja la temperatura. Nino llevaba un abrigo largo de lana caro, del tipo de prenda que un hombre de Burjasot nunca hubiera imaginado que llevaría encima. Esa noche volvió al hotel sin él. Los escaparates encendidos, el humo de los bares saliendo por las puertas entornadas, el ruido de los autobuses y los trambías mezclado con el silencio extraño que deja el frío entre edificio y edificio.

 Nino caminaba sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos, mirando, como siempre miraba cuando estaba solo en una ciudad. Y entonces lo vio en el portal de un edificio, un hombre mayor tumbado sobre cartones con un abrigo tan fino que casi no era abrigo.  Nino Bravo se paró, se quedó mirando y los que pasaban a su lado no miraban.

 Seguían andando con prisa, con el cuello hundido en el abrigo, como si aquel hombre no existiera. Había algo en ese hombre que Nino podía apartar de la mirada. No era solo el frío, no era solo la pobreza visible en cada detalle de su ropa y de sus zapatos rotos, era otra cosa. Era la manera en que aquel hombre estaba tumbado con una quietud que no era la quietud del descanso, sino la de alguien que ha dejado de esperar que algo cambie.

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