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Un Racista INSULTÓ a Johnny Pacheco — Nino Bravo hizo esto y todo se detuvo.

 Juan Pablo Pacheco Knipping había nacido en 1935 en Santiago de los Caballeros en la República Dominicana. Llegó de niño a Nueva York con su familia, sin hablar inglés, sin dinero, sin nada que no fuera esa música que llevaba metida en los huesos desde que tenía uso de razón. Se instalaron en el East Harlem, el barrio que la gente llamaba Spanish Harlem, donde vivía apretada y orgullosa la comunidad latina más grande de toda la ciudad.

 En aquellos años, Nueva York no recibía bien a los latinos. Las puertas se cerraban antes de que llamaras. Los trabajos desaparecían en cuanto tu acento delaba de donde venías. La música era muchas veces lo único que nadie podía arrebatarte,  lo único que no pedía papeles ni apellido ni color de piel. Johnny Pacheco lo entendió desde muy joven y lo convirtió en su razón de existir.

 Con los años levantó Fania Records con una visión y una terquedad que no aceptaba el no como respuesta. Cargó discos en el maletero de su propio coche y los vendió puerta a puerta porque las grandes discográficas no querían saber nada de música latina. reunió a los mejores músicos del Caribe en un estudio pequeño y caluroso del Harlin y de allí salió algo que el mundo entero terminaría llamando salsa.

 Para 1971, Johnny Pacheco era una figura colosal en la música latina. Pero fuera de ese mundo, para cierta gente seguía siendo simplemente un inmigrante al que se podía insultar en público sin consecuencias. Hasta esa noche era una noche de septiembre de 1971. Nino Bravo llevaba semanas atravesando América con esa voz que llegaba antes que él a todos los sitios.

 La gira había empezado en Buenos Aires. Había seguido por Santiago de Chile, por Lima, por Bogotá, por Caracas y ahora estaba en Nueva York, la ciudad que no se parecía a ninguna otra en el mundo y que no le regalaba nada a nadie, ni a los que venían de lejos, ni a los que habían nacido allí mismo. Nueva York, en septiembre, huele a asfalto caliente que se va enfriando.

 Las calles del barrio latino a esa hora de la noche estaban llenas de ese ruido constante que mezcla conversaciones, música que sale por las ventanas abiertas, bocinas, pasos rápidos en las aceras mojadas. Era un mundo que nunca paraba del todo, que nunca se quedaba quieto, que siempre tenía algo moviéndose en algún rincón. La sala donde Nino actuaba esa noche era del tipo que en aquella época daba vida a los barrios hispanos de la ciudad.

Pequeña, cálida, con el techo bajo y las paredes cubiertas de fotografías de artistas que habían pasado por allí. No era un gran teatro ni pretendía serlo, pero tenía algo que los grandes teatros muchas veces pierden cuando crecen demasiado. La sensación de que la música y la gente están en el mismo sitio sin distancia, respirando el mismo aire.

Nino había llegado con dos horas de antelación. Siempre llegaba antes. Era una de esas costumbres que tenía desde los primeros tiempos, desde cuando actuaba en verbenas de pueblo con los hispánicos y llegaba con horas de sobra porque quería que todo estuviera en su sitio antes de que apareciera el público.

 Con los años, con los escenarios más grandes y los focos más potentes y los teatros llenos, la costumbre no cambió. Seguía llegando antes. Seguía hablando con los técnicos, comprobando el sonido, caminando por el espacio vacío para conocerlo antes de que se llenara de gente. Esa noche lo hizo igual. Habló con el encargado del local, un cubano bajito con bigote que llevaba 12 años en aquella sala y que conocía cada rincón de ella como conocía su propia casa.

 revisó los monitores, ajustó la altura del micrófono y cuando todo estuvo listo, se sentó en una silla en la parte trasera del escenario y se quedó en silencio unos minutos solo con los ojos cerrados. Sus músicos sabían que no había que molestarlo en esos momentos. Era su ritual, la manera que tenía de prepararse por dentro antes de que empezara todo por fuera.

 A las 9:15 subió al escenario. La sala respondió con un calor que subió desde el suelo hasta el techo de un solo golpe. Nino cogió el micrófono y sonró. La sonrisa genuina, la que sale sola cuando uno está exactamente donde quiere estar y lo sabe. Arrancó con Voy buscando. Siguió con el adiós. Luego mi gran amor. La sala se movía con él como una sola cosa.

Con esa facilidad que tiene la gente cuando la música que escucha no le resulta ajena, sino propia, como si esas canciones las hubiera llevado dentro desde siempre y el cantante simplemente las estuviera sacando a la luz. Nino miraba mientras cantaba. Era algo que lo diferenciaba de muchos artistas. No miraba el aire, no miraba el foco, miraba las caras, recorría la sala mesa a mesa, a rostro a rostro, como si necesitara saber quién había venido esa noche y qué llevaba encima.

 Era una manera de cantar que hacía sentir a cada persona que la canción era para ella, solo para ella. Y fue en uno de esos recorridos con la vista durante los últimos compases de mi gran amor, cuando Nino  lo vio, sentado en una mesa lateral ligeramente apartada de las demás, como una copa de agua delante y los ojos entrecerrados, escuchando la música con esa concentración tranquila de los músicos que escuchan de verdad, había un hombre al que Nino reconoció en el instante.

 Johnny Pacheco, Nino lo miró un segundo desde el escenario. solo un segundo, pero fue suficiente para que algo dentro de él se asentara de una manera especial. Había algo en la manera en que aquel hombre escuchaba, una atención que no era de fan ni de curioso. Era la atención de quien entiende lo que está oyendo desde adentro, desde la misma raíz.

 Y Nino sintió por ese hombre, sin haberlo saludado todavía, sin haber cruzado una sola palabra con él, un respeto enorme y limpio. Lo que Nino sabía todavía era que en cuestión de minutos iba a tener que elegir entre seguir cantando y hacer como que no había visto nada o hacer lo que en el fondo ya sabía que iba a hacer desde el momento en que sus ojos se cruzaron con los de aquel hombre.

Terminó la canción, el aplauso llenó la sala y fue exactamente en ese instante, en ese segundo y medio de transición entre el final del aplauso y el arranque de la siguiente canción, cuando cruzó  el aire, lo que no debería haber cruzado nunca desde una mesa en el  lado izquierdo de la sala, tres hombres con trajes caros y vasos más caros todavía.

 Uno de ellos se giró hacia la mesa de Johnny Pacheco y con voz baja, con esa calma que es en sí misma una forma de violencia, dijo cuatro palabras en inglés. Cuatro palabras que no necesito repetir aquí porque todos sabemos qué tipo de palabras son esas. Las que se llevan clavadas mucho tiempo después de que el momento haya pasado.

 Las manos de Johnny Pacheco, que estaban abiertas y quietas sobre la mesa, se cerraron muy despacio. Sus hombros se tensaron apenas, casi imperceptiblemente con ese gesto pequeño que hacen los cuerpos cuando encajan un golpe que ya conocen. Un golpe que habían encajado antes, que seguían encajando.

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