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Le dijo a José José: “No Puedes Pagar este Disco Autografiado” —Pero la Firma era del Propio Juan

 Pero con los años también se había endurecido. Ya no veía personas cuando alguien cruzaba la puerta. Veía ropa, zapatos, postura, dinero o la falta de él. Y aquella tarde lluviosa, el hombre empapado que acababa de entrar no le inspiró el menor respeto. “Cuidado con el piso”, dijo don Aurelio con tono seco.

 “Si solo vino a esperar a que pase la lluvia, enfrente hay una cafetería.” El desconocido volvió un poco el rostro, sorprendido por la brusquedad, pero respondió con calma. “No, señor, vine a ver discos. Me gustan los lugares como este. Su voz era suave, grave, con esa cadencia serena de quien no necesita imponerse para hacerse escuchar. Don Aurelio frunció el ceño.

Había algo familiar en aquella voz, pero su oído tampoco era ya el de antes. Después de una vida entera, rodeado de bocinas, tornamesas y clientes hablando al mismo tiempo, muchas voces se le mezclaban en una sola. ¿Busca algo en particular?, preguntó más por obligación que por interés.

 El hombre recorrió con la mirada las vitrinas, las cajas, las portadas amarillentas por el tiempo. Por un instante pareció olvidarse de la tormenta. Había salido de su casa sin rumbo claro, solo para despejar la cabeza. Los últimos meses habían sido pesados. Su salud ya no era la misma. Su cuerpo cargaba el precio de los excesos, de las ausencias, de las heridas viejas que jamás terminaban de cerrar.

Necesitaba conducir, pensar, desaparecer unas horas del ruido y de las miradas de siempre. La lluvia lo sorprendió de camino y entró al primer refugio que encontró sin imaginar que aquel lugar lo enfrentaría con mucho más que el agua. Observó una hilera de discos de boleros, luego otra de baladas románticas y, finalmente, una vitrina especial en la esquina del local. Allí estaba.

 Una portada enmarcada por la luz tenue de una lámpara amarilla. Un álbum impecablemente conservado. Su propia juventud mirándolo desde otra época. El hombre dio un paso más cerca. Estoy buscando discos de José. José, dijo con tranquilidad. De los primeros si tiene. Don Aurelio soltó una breve risa nasal, casi despectiva.

 Claro que tengo, pero no son discos para cualquiera. Son piezas serias de colección. caminó despacio hacia la vitrina, sacó una llave del bolsillo de su chaleco y abrió con extremo cuidado. Tomó uno de los álbumes como si estuviera tocando una reliquia religiosa y lo colocó sobre el mostrador. “Mire nada más”, dijo con orgullo.

 Primera edición en excelente estado y firmado de puño y letra de José José 8000 pesos. El hombre se acercó en silencio. Bajó apenas el rostro para mirar mejor. Ahí estaba la firma. trafada con tinta azul, ligeramente inclinada, exactamente como él solía firmar en sus años de mayor vértigo, cuando las filas de admiradores parecían no terminar jamás y la vida todavía sonaba como un escenario encendido.

Recordó una noche lejana, un camerino estrecho, el sudor de un concierto interminable, la mano de un muchacho temblando al acercarle aquella portada para pedirle un autógrafo. recordó incluso la sonrisa con la que lo había firmado, sin imaginar que décadas después acabaría encontrándose de nuevo con esa misma rúbrica expuesta como una joya inalcanzable dentro de una tienda silenciosa.

 “¿Puedo verlo de cerca?”, preguntó don Aurelio. Dudó con mucho cuidado. Esa pieza vale más de lo que parece. El hombre tomó el disco entre las manos con una delicadeza reverente. Sus dedos rozaron la firma. No había vanidad en su gesto, sino una tristeza difícil de explicar, como si al tocar aquel trazo tocara también la sombra del hombre que fue.

 “Está muy bien conservado,” murmuró. “Por eso cuesta lo que cuesta”, replicó don Aurelio. “La gente cree que la música de verdad debe venderse barata, pero los tesoros no son baratos.” El desconocido asintió sin discutir. “Me lo llevo.” Don Aurelio levantó el rostro. Incrédulo, señor, dije 8,000 pes. Lo escuché. No es un disco cualquiera. Ya lo sé.

 Don Aurelio lo examinó de arriba a abajo. O al menos intentó hacerlo con su vista borrosa. Solo distinguía un abrigo mojado. Ropa sencilla, nada llamativo, ningún reloj ostentoso, ninguna cadena, ninguna señal del poder adquisitivo que la asociaba con un cliente digno de aquella compra. Tal vez le convenga ver otros, insistió señalando unas cajas al fondo.

 Hay discos de José José más accesibles. Esos andan entre 100 y 200, muy bonitos también. El hombre dejó escapar una pequeña sonrisa. No era la primera vez que lo subestimaban, pero había algo irónico, casi doloroso, en ser tratado como alguien incapaz de comprar un disco firmado por el mismo. “Quiero este”, repitió.

 “¿Puede cobrármelo, don Aurelio?” cruzó los brazos. “Trae con qué pagarlo?” La pregunta cayó en el aire con una dureza innecesaria. El hombre llevó la mano al bolsillo, sacó su cartera y la abrió apenas lo suficiente para dejar ver billetes, tarjetas y documentos. Luego la cerró sin hacer al arde de nada. Sí, claro. Don Aurelio se removió incómodo, pero aún así no aflojó el gesto.

 Es que con piezas de este valor uno no puede confiarse. Ya me han querido ver la cara otras veces. Antes de que el hombre contestara, la campanilla de la puerta sonó de nuevo. Entró otro cliente sacudiéndose el paraguas. Era un hombre de mediana edad, bien vestido, con maletín de oficina y expresión cansada. avanzó unos pasos distraído hasta que sus ojos cayeron sobre la figura junto al mostrador.

 Se quedó inmóvil, parpadeó una, dos veces y luego se llevó una mano al pecho. “Perdón, perdón, señor”, dijo con voz temblorosa. “Ustedes, José José, el silencio en la tienda se volvió absoluto.” El hombre del abrigo húmedo giró lentamente el rostro. Entonces se quitó los lentes oscuros y ahí estaba. No la estrella lejana de las marquesinas ni el ídolo perfecto de las portadas antiguas, sino José José con la elegancia inevitable que ni el cansancio ni los años habían podido borrarle del todo.

 Había en su rostro señales de batalla, sí, pero también una nobleza serena, una profundidad humana que lo volvía inconfundible. “Sí”, respondió con una sonrisa breve. Soy yo. El cliente soltó una exclamación ahogada. No lo puedo creer. Mi madre lo adora. Crecí escuchándolo en la casa. Gabilano Paloma, lo pasado. Pasado. El triste no sabe lo que significa verlo.

 José José estrechó su mano con amabilidad. Muchas gracias. ¿Cómo se llama usted? Ricardo, mucho gusto, Ricardo. El hombre conmovido le pidió una foto. José José aceptó con una paciencia casi entrañable. Posó sin prisa. Luego le firmó una libreta que Ricardo encontró entre sus papeles. Hablaron un par de minutos sobre canciones, recuerdos y una madre que lloraba cada vez que sonaba amar y querer.

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