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El tercer hombre de Cuba | los Castro lo BORRARON de la HISTORIA

Parte 1

A Carlos Aldana lo borraron del poder una tarde en que todavía creía que bastaba con obedecer para salvarse.

En La Habana, el rumor corrió antes que la nota oficial. Primero fue un teléfono que sonó en una oficina del Comité Central. Luego, una secretaria que dejó caer una carpeta. Después, un chofer que recibió la orden de no esperarlo más en la entrada principal. Para cuando el sol empezó a bajar sobre los edificios húmedos de la Plaza de la Revolución, muchos ya sabían lo que nadie se atrevía a decir en voz alta: el hombre que había vigilado libros, cineastas, periodistas, estudiantes y ministros acababa de quedarse solo.

Carlos Aldana Escalante, el Jabao para algunos, Charles para otros, había pasado demasiados años creyendo que conocía el mecanismo íntimo del miedo. Lo había administrado con disciplina, con voz pausada, con informes impecables y discursos donde cada palabra parecía una puerta cerrada. Había sido poeta en sus años menos peligrosos, redactor de discursos en los pasillos militares, jefe de propaganda de las FAR y, más tarde, el rostro culto y frío de una ideología que no perdonaba dudas.

Raúl Castro lo había protegido cuando todavía era un cuadro que escribía más de lo que hablaba. Lo había acercado al círculo donde los brindis se confundían con órdenes, donde las bromas podían convertirse en sentencia y donde un silencio valía más que una confesión. Con Raúl aprendió que el poder no se pedía: se heredaba por confianza, por utilidad y por miedo compartido.

Pero Fidel Castro nunca confundía utilidad con inocencia.

En 1986, Aldana fue elevado al Secretariado del Comité Central. En 1991 alcanzó el Buró Político. Para muchos, se convirtió en el tercer hombre de Cuba, el que podía hablar de cultura en La Habana y negociar tropas en África, el que sonreía ante diplomáticos extranjeros mientras por dentro calculaba qué artista debía ser advertido, qué periodista debía ser corregido y qué estudiante debía aprender que las preguntas tenían precio.

En la Facultad de Periodismo, varios jóvenes se atrevieron a cuestionar el control de los medios frente al mismísimo Fidel. Días después, Aldana fue enviado como bisturí.

—No confundamos entusiasmo con indisciplina —dijo ante un grupo de profesores pálidos.

Una estudiante levantó la mano, temblando.

—¿Y si amar la revolución también significa decir lo que está mal?

Aldana la miró como si acabara de firmar su propio expediente.

—Amar la revolución es no regalarle palabras al enemigo.

Aquella frase se repitió en pasillos, dormitorios y cocinas con ventanas cerradas. Algunos dejaron de hablar. Otros dejaron de escribir. Y Aldana siguió subiendo.

También llegó al cine. Cuando Alicia en el pueblo de maravillas sacudió a los guardianes del relato oficial, su sombra cayó sobre el ICAIC. Hubo reuniones, amenazas veladas, propuestas de fusión, nombres tachados. Los artistas descubrieron que una película podía ser tratada como una conspiración y que el hombre del bigote severo no veía metáforas: veía grietas.

Pero en Angola, lejos de los cines y de los estudiantes cubanos, Aldana parecía otro hombre. Vestía con cuidado, hablaba con precisión y negociaba con una seguridad que incomodaba incluso a sus propios compañeros. En las conversaciones sobre la retirada cubana de Angola y el camino hacia la independencia de Namibia, supo escuchar, conceder sin parecer débil y endurecerse sin levantar la voz. Los extranjeros lo llamaron pragmático. Algunos diplomáticos empezaron a decir, en voz baja, que aquel cubano entendía el mundo nuevo que venía con Gorbachov.

Esa palabra fue su primera condena.

Gorbachov.

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