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JOSE JOSE Cantó una Canción que Nunca Grabó Para una Mujer en Silla de Ruedas — Nadie Debió Escu….

José llevó tarde, no porque quisiera, llevó tarde porque así era su vida en esos años. entrevistas, compromisos, ensayos, viajes, llamadas, promesas, cansancio. Su nombre pesaba demasiado. Su voz era un milagro, pero su cuerpo era humano. Y esa noche, cuando entró por la puerta trasera del teatro, no parecía el príncipe de la canción.

Parecía un hombre cansado. Traía un saco oscuro, el rostro pálido, la mirada baja y una bufanda alrededor del cuello. El encargado de seguridad lo detuvo, no lo reconoció. O tal vez lo reconoció y no quiso creerlo, porque la fama tiene una imagen en la cabeza de la gente. Y aquella noche José no entró rodeado de luces, ni de fotógrafos, ni de aplausos.

Entró solo con una carpeta en la mano, como cualquier músico de apoyo. El guardia lo miró de arriba a abajo. ¿A dónde va? José levantó la vista. Al escenario. El guardia frunció el ceño. Usted canta. José sonríó apenas. A veces, el guardia pensó que era una broma. A veces no alcanza. Esta entrada es solo para artistas acreditados.

José buscó su gafete, pero no lo encontraba. Revisó los bolsillos del saco, el interior de la carpeta, el pantalón. Nada. Lo había dejado en el coche o quizá en el camerino o quizá nunca se lo habían entregado. El guardia se cruzó de brazos. Sin gafete no pasa. José respiró hondo. Dígale al productor que llegó José.

El guardia soltó una risa corta, seca, sin maldad completa, pero con esa crueldad pequeña de quien cree tener poder por un momento. José, ¿quién? José lo miró. José. José. El hombre dejó de reír, pero no por respeto, por incredulidad. Claro. Y yo soy Agustín Lara. Uno de los asistentes que pasaba por ahí escuchó la conversación y se detuvo.

Era joven, nervioso, con un radio en la mano y una lista de nombres doblada. Miró a José, luego al guardia. “¿Pasa algo? Este señor dice que es José.” José. El asistente lo miró rápido, muy rápido, demasiado rápido. En su cabeza, José José era otra cosa. Era una voz enorme saliendo de un disco. Era un traje impecable bajo reflectores.

Era una imagen en televisión. No, ese hombre agotado, con los ojos tristes y la garganta cubierta. El asistente bajó la mirada a su lista. El señor José, José ya debe estar adentro. José sonrió con una paciencia triste. Pues no, estoy aquí. El joven dudó. Se escuchaba el murmullo del teatro lleno al otro lado de las paredes. La orquesta afinaba.

Alguien gritaba órdenes desde lejos. El evento estaba por comenzar. No había tiempo para errores y en ese ambiente un hombre sin gafete podía ser cualquiera. Mire, señor, si usted viene con los mariachis o con el grupo de acompañamiento, tiene que entrar por carga y descarga. José no respondió de inmediato, solo bajó la cabeza.

No estaba enojado, eso era lo extraño. No se sintió humillado por vanidad. Se sintió cansado porque llevaba años siendo reconocido en todas partes. Al mismo tiempo, cada vez se sentía menos visto. Todos conocían su voz. Pocos miraban al hombre. Todos pedían una canción. Pocos preguntaban si podía cantarla.

Esa noche, por unos segundos, José José dejó de ser José. José. Volvió a ser José Rómulo Sosa Ortiz, el muchacho que cantaba en Serenatas, el joven que soñaba con una oportunidad, el hijo de una madre pianista y un padre tenor, el hombre que había aprendido que la música podía salvarte y destruirte al mismo tiempo. El guardia señaló el pasillo lateral.

Por allá no puede pasar. Y entonces ocurrió algo pequeño, algo que nadie esperaba. Desde el fondo del corredor se escuchó una voz de mujer. Déjelo pasar. Todos voltearon. Era una señora mayor de cabello blanco sentada en una silla de ruedas. No estaba vestida como las invitadas de la gala. Traía un vestido sencillo, un suéter claro sobre los hombros y unos zapatos negros gastados.

En las piernas llevaba un ramo de flores. Flores humildes, no de floristería cara. Flores compradas quizá en la calle, quizá con monedas contadas. Detrás de ella estaba una enfermera joven empujando la silla. La señora miraba a José con una seguridad que incomodó a todos. El guardia dijo, “Señora, usted tampoco debería estar aquí.

” Ella no le hizo caso. Miraba a José. Usted sí es él. José levantó la mirada. La mujer sonríó. Yo lo reconocería aunque entrara sin voz. El pasillo se quedó quieto. José se acercó unos pasos. La señora temblaba un poco, no de miedo, de emoción. “Me llamo Elena”, dijo ella. “Vine a escucharlo.” El asistente intervino.

“Señora, con todo respeto, el evento es privado. Usted debe estar en el área de invitados.” “No soy invitada.” El guardia perdió la paciencia. Entonces no puede estar aquí. La enfermera se disculpó en voz baja. Yo le dije que no podíamos entrar por aquí, pero insistió. Solo quería dejarle esas flores al Señor antes de que cantara. José miró el ramo.

Las flores estaban cansadas, como si hubieran viajado mucho. Luego miró a la mujer. ¿Desde dónde viene? Denalyotl. El asistente suspiró mirando el reloj. Elena siguió hablando, pero no con ellos. Con José. Mi hija me trajo. Ella trabaja limpiando oficinas en la noche. Ahorró para comprar un boleto, pero cuando llegamos dijeron que no era válido, que este evento no era para público general.

Yo no quería entrar a la fuerza, solo quería verlo un momento. José no dijo nada. La mujer apretó el ramo contra su pecho. Yo sé que usted no me conoce, pero yo sí lo conozco a usted desde hace muchos años. Su voz se quebró. Cuando murió mi esposo, yo no podía dormir. Ponía sus discos bajito para no despertar a mis hijos. Usted cantaba y yo lloraba, pero al menos lloraba con alguien.

Después se murió mi hijo mayor y otra vez fue su voz, siempre su voz. El guardia bajó la mirada. El asistente dejó de ver el reloj. José permaneció inmóvil como si cada palabra de aquella mujer estuviera tocando un lugar exacto dentro de él. Elena respiró con dificultad. El doctor dice que ya no hay mucho que hacer. Yo no sé si sea verdad.

A lo mejor sí, a lo mejor no. Pero yo le pedí a mi hija una sola cosa antes de que Dios me llame. Escuchar a José José en vivo. Se hizo un silencio raro. No el silencio del teatro antes de una función. Otro. Un silencio humano. La enfermera secó una lágrima rápidamente como avergonzada. El asistente murmuró, “Señora, lo siento mucho, pero el programa está cerrado.

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