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En 1997, desaparecieron siete seminaristas — 27 años después, un exalumno regresó con recuerdos.

El seminario de San Bartolomé estaba a cuatro kilómetros de Valdeoscuro, un pueblo castellano tan pequeño que el invierno parecía durar allí once meses y el verano solo venía a comprobar si seguían vivos.

En los años noventa, el seminario todavía tenía cierto prestigio. No mucho. Ya no era la fábrica de sacerdotes de otras épocas, pero seguía recibiendo adolescentes enviados por familias religiosas, por padres que no sabían qué hacer con hijos difíciles, por madres que confundían disciplina con salvación, y por algunos chicos que realmente creían escuchar una llamada.

Iván llegó en 1995, con trece años.

No porque quisiera ser cura.

Eso lo entendió mucho después.

Llegó porque su padre, un guardia civil jubilado demasiado severo, pensaba que el niño era blando, despistado, demasiado sensible. Iván dibujaba santos con alas negras, hablaba poco, se asustaba con los gritos y lloraba cuando veía animales muertos en la carretera. Para su padre, aquello era falta de carácter. Para su madre, Carmen, era delicadeza. Ganó el padre.

—El seminario le hará hombre —dijo.

Qué frase tan peligrosa.

Hay adultos que mandan a los niños a ciertos lugares para que les quiten lo que les incomoda. No para educarlos. Para moldearlos. Para que dejen de ser “demasiado” algo: demasiado sensibles, demasiado inquietos, demasiado femeninos, demasiado rebeldes, demasiado tristes. Y luego, cuando algo se rompe, dicen que no sabían.

Iván aprendió rápido a no llorar.

San Bartolomé era un edificio enorme, frío y solemne, construido sobre una antigua finca noble. Tenía claustro, capilla, aulas, dormitorios, comedor, enfermería, biblioteca, un campo de fútbol de tierra y una zona trasera cerrada con muro, donde los alumnos no podían entrar.

Los profesores decían que allí estaban los depósitos de agua.

Los alumnos la llamaban “el patio muerto”.

En el seminario había reglas para todo.

Levantarse a las seis y media.

Oración.

Desayuno.

Clases.

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