Hubo una época en México en la que el radio del coche solo ponía baladas. En tus manos abiertas buscar mi camino. Tu papá manejaba, tu mamá cantaba bajito y tú ibas atrás sin entender bien la letra. Pero te la sabías de memoria. Eran los años 70 y 80. Y en esas décadas 11 cantantes llenaron estadios, vendieron millones de discos.
Si me escuchas y me puedes que lo dudo. Hicieron llorar a generaciones enteras. Hoy casi nadie los nombra. Algunos murieron en silencio en un cuarto de hospital sin prensa, sin homenajes. Otros se fueron lejos de su tierra y uno de ellos, el último de esta lista, duele todavía no más de pronunciar su nombre.
En este video te vamos a contar las 11 historias, una por una, de la más dulce a la más dolorosa. Y empezamos con una española que se atrevió a cantar lo que ninguna mujer cantaba en su época. Hay una canción que casi todo el mundo ha escuchado alguna vez. Empieza así: “Yo no soy esa que tú te imaginas.
” “Yo no soy esa que tú te imaginas.” La cantó Mary Trini, una española chiquita de Murcia, con cara tranquila y una voz suave que engañaba. Porque sonaba dulce, sí, pero las letras las letras eran fuertes. En 1971 grabó esa canción y aquí está lo interesante. En esa época una mujer no le decía a un hombre, “No soy la que tú quieres que sea.” No se decía.
Se aguantaba. Mary Trin lo dijo y lo cantó y le funcionó. Vendió más de 25 discos. Llenó teatros en España, en Argentina, en México. Le decían la voz de las mujeres, le dieron premios por sus letras. Pero el tiempo pasa y las modas también. Llegaron los 90, llegó el 2000 y la radio fue dejando de ponerla. sin pleitos, sin escándalo, simplemente se fue apagando y entonces le diagnosticaron cáncer de hígado.
Aquí está el detalle que poca gente sabe. Mary Trini le pidió a su familia algo raro, que no dijeran nada, que no salieran comunicados, que la prensa no se enterara, quería irse en silencio. Y así fue. El 6 de abril de 2009, a los 61 años, Mari Trini murió en Murcia y la mayoría de los noticieros en México ni siquiera lo mencionaron.
La mujer, que un día se atrevió a cantar Yo no soy esa. Se despidió sin que nadie la escuchara despedirse. Y mientras ella se apagaba en Murcia, en otra ciudad de España, un cantante de ojos verdes también vivía sus últimos días en silencio. Pregúntale a cualquiera de quién es la canción Hoy. Tengo ganas de ti. Solamente conmigo.
Te van a decir que es de Ricardo Montaner o de Alejandro Fernández o de los dos juntos con Cristina Aguilera. Y todos están equivocados. Esa canción la escribió un español llamado Miguel Gallardo. La grabó él mismo en 1976 con su propia voz. Vendió más de 2 millones de copias. La tradujeron al francés, al inglés, al portugués, al mandarín, hasta el finlandés.
Imagínate eso. Una balada española sonando en Helsinki, cantada en idioma finlandés. Miguel Gallardo era un cantante de Granada con ojos verdes y voz de enamorado. Y hoy tengo ganas de ti. No fue su único éxito. También compuso Otro Ocupa mi lugar, tu gran amor. Muchachita de ojos tristes. Bebe un poco de divino.
Corazón viajero. Discos oro, discos de platino, giras llenas en toda América Latina. Pero a mediados de los 80 hizo algo raro. En vez de aprovechar la fama, empezó a quitarse de los escenarios sin pleito con la disquera, sin escándalo, sin despedida. Decidió quedarse atrás del micrófono y producirles canciones a otros. Se casó con una natriz.
Pilar Velázquez tuvo un hijo y así se le fueron casi 20 años trabajando en silencio hasta que llegó el cáncer. Empezó en uno de los riñones y de ahí se fue extendiendo. Murió el 11 de noviembre de 2005 en una clínica de Madrid. Tenía 55 años. Y aquí está lo más triste del asunto, la canción que él escribió, esa que cantan en bodas y en quinceañeras, sigue sonando todos los días en alguna parte del mundo, pero el nombre del que la escribió lo borraron.
Cuando salía al escenario, el público se quedaba callado, no por respeto, por sorpresa. Lo primero que veían era a un hombre que apenas le llegaba la cintura al pie del micrófono, un hombre de 1 met1 cm de estatura y esperaban casi todos que sonara una voz pequeñita, igual que el cuerpo.
Y entonces abría la boca y salía una voz enorme, una voz que llenaba estadios sin esfuerzo. que pueda ayudarme a arrancar de mi mente. Que traspasaba paredes que hacía llorar a las mujeres en la primera fila. Se llamaba Nelson Nette. Era brasileño, nacido en 1947 y le decían el pequeño gigante de la canción, porque eso era exactamente, un gigante metido en un cuerpo chiquito.
Vendió 50 millones de discos en toda su carrera. 50 m000ones. fue el primer cantante latino en vender un millón de copias de un solo álbum en Estados Unidos. Eso pasó en 1974 con un disco que se llamó Happy Birthday, My Darling. Sus canciones más famosas se llamaban La distancia, mi manera de amar, un beso y una flor.
Las cantaban en México, en Argentina, en Puerto Rico, en Estados Unidos, en cualquier país donde alguien hablara español. Nelson Ned tenía fans, pero en los años 90 cambió. Se hizo cristiano evangélico, dejó la balada romántica y se puso a cantar música religiosa y ahí empezó a atalejarse del público que lo había hecho famoso.
Después vinieron las enfermedades, un derrame cerebral en 2012 le afectó el habla. Le diagnosticaron Alzheimer, después diabetes, hipertensión, todo junto. Murió el 5 de enero de 2014 en un hospital de San Paulo por una neumonía que no aguantó. Tenía 66 años y la noticia en México casi no salió en ningún noticiero.
Y si Nelson Nette conquistó al mundo con la voz, el siguiente lo hizo con la mirada, con un movimiento de caderas, con un cigarro en la mano y se convirtió durante casi 40 años en el ídolo más grande de Argentina. Antes de Luis Miguel, antes de Juan Gabriel, antes de todos los galanes románticos que después llenaron estadios en América Latina, hubo uno solo que les abrió el camino y ese fue Sandro Roberto Sánchez Ocampo, nacido en Buenos Aires en 1945, pero nadie lo conoció con ese nombre.
Para todo un continente era Sandro, Sandro de América, el gitano. Lo comparaban con Elvis Presley y tenía sus razones. que te quiero regalar. Subía al escenario con pantalón ajustado, camisa abierta, bigote prominente y movía las caderas de un modo que ningún cantante latino se había atrevido a mover antes.
Las mujeres se desmayaban. Literalmente, la policía tenía que cargar a las que se caían sentadas en los pasillos. Sus canciones se las saben hasta los que dicen que no. Rosa, Rosa, porque yo te amo. Tengo penumbras. Vendió decenas de millones de discos y hasta el año 2015 era el argentino con más premios gramilatinos de la historia.
Pero Sandro tenía un vicio, el mismo vicio que tenían casi todos los cantantes de su época, el cigarro. Fumaba sin parar. Antes del show, durante las grabaciones, en las entrevistas y el cigarro le fue cobrando la cuenta de a poquito. Le diagnosticaron enfema pulmonar crónico. Empezó a cancelar conciertos, la voz se le iba pagando.
En 2009, ya muy enfermo, los médicos hicieron algo desesperado. Le hicieron un trasplante doble de corazón y pulmones en Mendoza. La operación fue un éxito al principio, pero después vinieron las complicaciones. Una infección dentro del hospital, un pulmón perforado y todo se vino abajo. Murió el 4 de enero de 2010 a los 64 años por un shock séptico.
La noticia fue primera plana en toda Latinoamérica, pero la mayoría de los jóvenes de hoy, si les pones rosa, rosa, no saben de quién es. Aquí va a parecer que nos equivocamos porque si hay un cantante mexicano al que nadie ha olvidado, ese es Juan Gabriel. Su voz sigue sonando todos los días. Querida, amor eterno, hasta que te conocí.
No tengo dinero. En las cantinas, en las bodas, en los entierros, en los radios de los taxis. Vendió más de los radios de los taxis. Vendió más de 100 millones de discos. Lleno el Zócalo de la Ciudad de México con 200,000 personas, le decían el divo de Juárez. Y entonces, ¿qué hac en esta lista? Hace lo siguiente.
No se olvidó él, pero sí se olvidó algo importante. Se olvidó cómo terminó. Mucha gente cree que Juan Gabriel se murió tranquilo en su cama después de una vida llena. Y no fue así. El 28 de agosto de 2016 en Santa Mónica, California, Juan Gabriel se estaba preparando para dar otro concierto. Estaba en plena gira.
La gira se llamaba Mexico Estodo y le quedaban fechas en Estados Unidos, en México, en varias ciudades más. esa mañana se sintió mal, le pidió ayuda a su equipo, le dio un infarto al corazón y en cuestión de minutos el cantante mexicano más grande de los últimos 50 años se apagó a los 66 años.
Pero hay un detalle que casi nadie cuenta. Juan Gabriel iba a dar un concierto esa misma noche. La gente ya tenía las entradas compradas. Los músicos estaban probando sonido. El escenario estaba listo, el concierto que nunca se dio y después de su muerte vino lo otro. Las peleas familiares por la herencia, las demandas, los hijos reconocidos y los no reconocidos, los testamentos que aparecían y desaparecían.
una pelea sucia que duró años y que opacó casi todo lo bueno que él había construido en vida. Esa parte sí se olvidó. 16 de abril de 1973. Una carretera entre Madrid y Valencia llovía un poco. Un BMW perdiendo el control en una curva, dando vueltas saliéndose del camino. Adentro iban cuatro personas, tres salieron con vida, el cuarto era el conductor y ese cuarto era uno de los cantantes más importantes que había producido España en toda su historia. Tenía 28 años.
Se llamaba Nino Bravo. Nadie lo conocía con su nombre real, que era Luis Manuel Ferryopis. Para todo el mundo era Nino Bravo y su voz era inconfundible. Una voz potente, casi de tenor de ópera, capaz de subir notas que muy pocos cantantes podían sostener. En apenas 4 años de carrera había grabado las canciones que todavía hoy se cantan en cualquier reunión donde alguien saca una guitarra, un beso y una flor. Libre. Te quiero.
Te quiero. Noelia. Cartas amarillas, 4 años y ya tenía discos de oro, giras llenas, festivales internacionales. Los compositores más importantes de España le escribían canciones a la medida. Iba camino a Sevilla a inaugurar una cafetería de unos amigos. No era un compromiso grande, era casi un favor. Y en esa carretera, a esa hora, todo se acabó.
Lo más cruel del asunto vino después. Su disco siguiente, América América, salió a la venta tras su muerte y se volvió un éxito enorme. La gente lo compraba llorando, como si comprándolo se pudiera traer un pedacito del cantante de regreso. Nino Bravo nunca tuvo tiempo de envejecer, nunca tuvo tiempo de equivocarse, nunca tuvo tiempo de declinar, se quedó congelado a los 28 años con esa voz intacta en plena cumbre.
Y a lo mejor por eso, 50 años después todavía hay gente que canta libre y se le pone la piel chinita. Y mientras Nino Bravo se quedaba detenido a los 28 años, en otra ciudad de España crecía un muchacho que iba a heredarle ese trono y que iba a vender también más de 100 millones de discos. Más de 100 millones de discos vendidos, más semanas en el número uno de la lista de los 40 que cualquier otro artista en la historia de la música española.
Conciertos llenos en México, en Argentina, en Estados Unidos, en Filipinas. Una versión en español del musical Jesucristo Superstar, que le funcionó tamban bien que la representó más de 1000 veces. Estamos hablando de Camilo Sexo y estos números la mayoría de los cantantes de hoy ni siquiera lo sueñan.
Camilo Blanes Cortés, así se llamaba en realidad. Nació en Alicante, España, en 1946. tenía una voz aguda, casi femenina, en los registros altos y una sensibilidad para las baladas que muy pocos cantantes han tenido. Sus canciones se las saben todas las generaciones. Algo de mí. Vivir así es morir de amor. Perdóname jamás. El amor de mi vida.
Y aquí viene el contraste fuerte. Después de tener todo eso, después de ser el cantante latino más vendido de su época, después de que medio mundo conociera su nombre, los últimos años de su vida los pasó casi sin salir de su casa. La cosa es así. Camilo VI se fue enfermando despacio.
En el año 2000 le hicieron un trasplante de hígado. Después vinieron caídas, lesiones, problemas en los riñones. Su cuerpo, que tantos años aguantó giras y desvelos, empezó a fallar. Las apariciones públicas fueron cada vez menos. Cuando lo veían en alguna foto se notaba demacrado, frágil, casi irreconocible. Los fans aguantaban verlo así y la insuficiencia renal terminó de cobrarle la cuenta.
Murió el 8 de septiembre de 2019 en Madrid. Tenía 72 años. Después de su muerte se planeó hacerle un museo, se hicieron homenajes, se anunciaron proyectos, casi todo se quedó a medias o no se llegó hasta nunca. El cantante con más semanas en el número uno de España terminó así, con proyectos inconclusos y con una soledad que no se imaginaba el público que llenaba los teatros gritando su nombre.
Un caballo blanco al centro del ruedo, un hombre encima, sombrero blanco también, traje de charro bordado. Micrófono en la mano cantando tatuajes mientras el caballo da vueltas al ritmo de la música. Un estadio entero, 30,000 personas gritándole de pie. Esa imagen la vio mucha gente en México y en Estados Unidos.
Era la imagen clásica de Joan Sebastian, el hombre sonriendo fuerte en su elemento. Lo que casi nadie en ese estadio sabía es que el hombre arriba del caballo tenía cáncer y no era la primera vez. Joan Sebastian, cuyo nombre real era José Manuel Figueroa, nació en Juliantla, Guerrero, en 1951. De muchacho quiso ser sacerdote.
Estuvo en un seminario y a los 17 años se salió para dedicarse a la música. una decisión que le iba a cambiar la vida entera. Trabajaba como auxiliar en un centro vacacional cuando un día llegó la actriz Angélica María buscando una cabaña. Platicaron, ella le pidió que le cantara algo y él le cantó seis canciones suyas.
Angélica María se las llevó al productor Eduardo Magallanes y de ahí salió disparado. Después vino todo secreto de amor: tatuajes, las mariposas, lobo domesticado, cinco premios Gramy, siete Grammy Latinos, récord para un cantante mexicano. Le decían el poeta del pueblo y el rey del jaripeo.
Llenó plazas de toros, palenques, estadios, pero por dentro el cuerpo le iba peleando otra batalla. Primero le dio cáncer de próstata, después cáncer de testículos. Lo venció dos veces y siguió cantando. Siguió componiendo. Siguió subiéndose al caballo en cada palenque al que lo invitaban hasta que llegó el tercer cáncer, cáncer en los huesos.

De ese ya no se pudo levantar. Murió el 13 de julio de 2015 en su rancho de Juliantla. Tenía 64 años. Al velorio fueron miles de personas, pero 10 años después sus canciones suenan cada vez menos en la radio y los nuevos cantantes de Regional Mexicano casi no lo mencionan. Y de Joan Sebastian peleando con el cáncer arriba del caballo, vamos a otro cantante que peleó con algo distinto, algo que en el año 2022 se llevó a millones de personas en el mundo y que él hasta el último día juró que no era real.
Su canción más famosa se llamaba Volveré y el coro Todos lo cantamos alguna vez. Sonaba en las cantinas de Medio México. Era casi un himno para el que se había ido y prometía regresar, pues no volvió. Diego Verdaguer murió el 27 de enero de 2022 en un hospital de Los Ángeles, lejos de la tierra que había escogido como suya.
Y la causa de muerte tiene un peso especial porque nadie se la esperaba. Murió de COVID. Pero vamos por el principio. Diego Verdaguer no era mexicano de nacimiento. Su nombre real era Miguel Atilio Hernández, nacido en Buenos Aires en 1951. Llegó a México de joven, se enamoró del país, se casó con la cantante Amanda Miguel y se quedó para siempre.
Se hizo mexicano por decisión propia. Vendió más de 20 millones de discos en América Latina. Le dieron más de 20 discos de oro, lo nominaron tres veces al Grami Latino. Compuso 50 canciones populares y le produjo nueve discos a su esposa Volveré, la ladrona. Sigo sin tu amor, El secreto de tu amor. Canciones que sonaron durante años en todas las radios románticas del continente.
Y aquí viene la parte difícil de contar. Cuando llegó la pandemia en 2020, Diego Verdaguer se manifestó públicamente en contra de las vacunas. Decía que eran experimentales, que tenían riesgos, que era mejor no aplicárselas. En diciembre de 2021 se contagió de COVID y a los pocos días ya estaba en terapia intensiva.
Aguantó casi un mes, no pudo salir. A los 70 años, lejos de México, lejos de Argentina, en una cama de hospital californiana, se apagó la voz que había cantado Volveré. El velorio fue chico. Amanda Miguel, su esposa, organizó después un concierto homenaje casi sola, peleando para que el nombre de su marido no se perdiera del todo.
Pero la canción que prometía el regreso se quedó así, sin regreso. Y mientras Diego Verdaguer se iba lejos de su tierra adoptiva, otro ídolo mexicano había muerto años antes. Pero su muerte fue todavía más cruel porque llegó completamente ciego, sin un peso en la bolsa y con sus familias peleándose entre ellas por las migajas de la fortuna que un día tuvo.
Llenó el Estadio Azteca, vendió más de 30 millones de discos. Le decían el ídolo de las multitudes y no era exageración. Cuando se presentaba en el norte de México, las calles se cerraban, las mujeres se desmayaban, la policía no podía controlar al gentío y murió sin un peso en la bolsa. Su nombre completo era Rigoberto Tobar García, nacido en Matamoros, Tamaulipas, en 1946.
Y lo que él hizo con la cumbia no lo había hecho nadie antes en México. La cumbia tradicional era acordeón, wir tambor. Rigo Tobar agarró eso y le metió sintetizadores, guitarra eléctrica, efectos modernos. Sonaba distinto. Sonaba a algo nuevo y la gente del norte, los obreros, las familias humildes, los jóvenes que querían bailar sin pedir permiso, lo adoptaron como suyo. Mi matamoros querido, la sirenita.
Qué gusto de volverte a ver. Lamento de amor. Canciones que pusieron a bailar a tres generaciones de mexicanos, pero a Rigo le pasaron dos cosas duras casi al mismo tiempo. La primera fue la salud. En 1977 le diagnosticaron retinitis pigmentosa, una enfermedad que le fue quitando la vista poco a poco.
Empezó a cantar cada vez menos. Llegó un momento en que ya no veía absolutamente nada. se subía al escenario guiado por sus músicos. La segunda fue la vida personal. Rigo tuvo varias parejas, varios hijos con cada una. Y mientras él perdía la vista y la fortuna, esas mujeres empezaron a pelearse entre ellas por las propiedades, por los regalos, por lo que quedaba del dinero.
Demandas, reclamos, escándalos en la prensa, lo que había ganado en 30 años de carrera, se le fue evaporando en juicios y peleas familiares. Murió el 27 de marzo de 2005 en la ciudad de México de un paro cardíaco. Tenía 58 años, diabetes, ceguera total. Problemas del corazón, todo junto. Lo enterraron en Matamoros, en su tierra.
La gente del pueblo salió a las calles a despedirlo, pero los noticieros nacionales casi no le dieron espacio. Ya había mucho tiempo que no era noticia. El ídolo de las multitudes se fue así, solo, ciego y arruinado. Y llegamos al último de esta lista, al cantante que más duele para los mexicanos, el que tenía la voz de un príncipe y se fue muriendo en cámara lenta frente a todo un país que no se atrevía a ver. 28 de septiembre de 2019.
Un cuarto de hospital en Florida, Estados Unidos, lejos de México, lejos de Azcapotzalco, lejos del público que durante 50 años lo había llamado el príncipe de la canción. Adentro de ese cuarto, casi sin voz, casi sin fuerzas, estaba José Rómulo Sosa Ortiz, el hombre cuya voz había hecho llorar a tres generaciones de mexicanos y se estaba pagando solo.
Cuando murió, su cuerpo no se pudo trasladar a México de inmediato. Hubo problemas legales. Pelea entre los hijos de su primer matrimonio y los del segundo, discusiones por dónde debía ser velado, quién tenía derecho a despedirlo, dónde lo iban a enterrar. La familia entera peleándose en público mientras el príncipe esperaba en una funeraria de Miami.
Tardaron días en resolverlo, días enteros, el cuerpo de uno de los cantantes mexicanos más queridos de la historia esperando que sus propios hijos se pusieran de acuerdo. Pero hay que regresar el reloj porque para entender el dolor de ese final, hay que entender la altura desde donde cayó. José José había nacido en 1948 en Azcapotzalco, en una familia humilde.
Empezó cantando serenatas con guitarra. En 1970, en el festival de la canción latina, se paró en el escenario y cantó El triste. La interpretación es legendaria. Hay quien dice que esa noche México descubrió a su próximo gran cantante y vino todo. Gabilán o paloma. Lo pasado pasado, amar y querer, la nave del olvido, el amar y el querer.
100 millones de discos vendidos, nominaciones al Grammy, conciertos llenos en el Madison Square Garden, en Bellas Artes, en cada teatro importante del mundo hispano. Tenía una voz que pocas veces se oye aterciopelada, dolida, capaz de cantar el desamor como si lo estuviera viviendo en ese mismo momento. Pero la fama trae cosas pesadas.
Y José José se fue cargando cosas que no debía, alcohol, cocaína, fiestas que duraban hasta el amanecer y una voz que de tanto castigarla empezó a fallarle. A finales de los 80 ya se notaba, en los 90 fue peor. Se internó en una clínica de rehabilitación en Minnesota. Salió, recayó, salió otra vez y para los 2000 ya no era el mismo.
Le vino el enfema pulmonar. Después una enfermedad que le inmovilizó medio cuerpo. Después le operaron una hernia que le afectó las cuerdas vocales. Después le diagnosticaron diabetes y al final cáncer de páncreas. Los últimos años de su vida los pasó casi escondido, delgado, frágil, con la voz convertida en un susurro.
Aparecía de vez en cuando en alguna entrevista y la gente se quedaba helada de verlo así. Casi nadie quería reconocer en ese hombre cansado al galán que había sido. Y la cosa más triste de todo, el príncipe de la canción no se murió rodeado del cariño de su pueblo. Se murió solo en otro país mientras sus hijos se peleaban por sus restos.
11 cantantes, 11 voces que un día llenaron estadios y radios y cocinas y autobuses y bodas en todo México y en toda América Latina. Mari Trini, Miguel Gallardo, Nelson Net, Sandro, Juan Gabriel, Nino Bravo, Camilo Seo, Joan Sebastián, Diego Verdaguer, Rigo Tobar, José José. Algunos se fueron jóvenes en accidentes o enfermedades repentinas.
Otros se fueron despacio, en silencio, sin que nadie se diera cuenta. Y casi todos terminaron así, con menos prensa que la que merecían, con homenajes pequeños, con noticieros que apenas mencionaron sus nombres. La fama es una cosa rara, mientras dura parece eterna y cuando se acaba se acaba más rápido de lo que uno creería.
Pero las canciones esas se quedan. Suenan en una radio, en un coche, en una fiesta familiar. Y de repente alguien pregunta, “¿Esta canción de quién es?” Y otro alguien contesta y por un momento el cantante regresa. A lo mejor para eso son las canciones, para que los grandes no se mueran del todo. Cuéntanos en los comentarios cuál de estos 11 te dolió más, cuál te recordó a alguien de tu familia, cuál cantabas tú.
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