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Un viejo auto azul, un ramo de flores aplastado y un joven al borde del llanto revelaron una historia que nadie vio venir: “los autos se arreglan, las personas no siempre”

Un viejo Volkswagen Beetle azul avanzaba tranquilo por la Rambla, mientras el sol caía sobre el Río de la Plata y pintaba el cielo de naranja. Al volante iba José “Pepe” Mujica, de 89 años, manejando el mismo auto austero que durante años se había convertido en símbolo de su manera de vivir: sin lujos, sin poses, sin distancia con la gente común.

Aquella tarde regresaba de su chacra con un pequeño ramo de flores silvestres para Lucía, su compañera de vida. A su lado llevaba también un cuaderno gastado donde solía anotar pensamientos que luego compartía con jóvenes, periodistas o vecinos que llegaban a conversar con él.

Mientras tanto, cerca del Parque Rodó, un grupo de cadetes de la policía militar realizaba prácticas de conducción. Entre ellos iba Diego Martínez, un muchacho de 19 años, nacido en una familia humilde de productores rurales. Era el primero de los suyos en entrar a la vida militar, y aunque era disciplinado y responsable, manejar en la ciudad todavía lo ponía nervioso.

Desde otro vehículo, el sargento Ramírez vigilaba la práctica por radio.

—Unidad tres, mantenga distancia de seguridad.

—Sí, señor —respondió Diego, apretando el volante con fuerza.

En ese instante, un perro callejero cruzó la calle de manera inesperada. Diego no tuvo tiempo de pensar. Giró bruscamente para evitar atropellarlo, perdió el control por un segundo y el vehículo militar terminó chocando contra la parte trasera del Volkswagen azul que iba adelante.

El golpe no fue brutal, pero sí suficiente para abollar la parte trasera del viejo auto y romper uno de los faros.

Diego sintió que la sangre se le helaba. Su primer accidente en una práctica ya era grave, pero cuando vio quién bajaba del Volkswagen, el mundo pareció derrumbarse.

Era Mujica.

—¡Es el expresidente! —dijo Diego por la radio, con la voz temblando—. Choqué el auto del expresidente.

El sargento Ramírez aceleró hacia el lugar imaginando lo peor: sanciones, reportes, problemas para el cadete y también para él como instructor.

Pero Mujica no bajó furioso. No gritó. No miró primero los daños del auto. Bajó despacio, con la calma de quien ha vivido demasiadas cosas como para perder la cabeza por una abolladura, y caminó hacia el perro que se había escondido debajo de una banca.

—Tranquilo, amigo —le dijo al animal, inclinándose con dificultad.

El perro, un mestizo de tamaño mediano con manchas marrones, se acercó con miedo. Mujica le acarició la cabeza como si aquel animal asustado fuera lo más importante de la escena.

Diego, paralizado, bajó del vehículo militar. Caminó hacia él con las piernas flojas y se puso firme, como si estuviera frente a un superior.

—Señor presidente, lo siento muchísimo. Asumiré toda la responsabilidad por este accidente.

Mujica lo miró con sus ojos cansados, pero atentos. Vio el uniforme impecable, las manos temblorosas y el miedo de un muchacho que creía haber destruido su futuro.

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