Durán no necesitaba parecer elegante. Su verdad estaba en su intensidad, su belleza estaba en su violencia controlada. Su grandeza estaba en esa sensación de peligro que llevaba consigo cada vez que sonaba la campana. Por eso, cuando se habla de Roberto Durán, no se habla únicamente de récords o campeonatos.
Se habla de una historia de origen, de un hombre que vino desde los márgenes y obligó al mundo a mirarlo. Se habla de alguien que convirtió cada golpe recibido por la vida en combustible para sus puños, de alguien que no pidió permiso para entrar en la historia, sino que abrió la puerta a golpes. Y quizá esa sea la razón por la que su nombre todavía provoca tanto respeto.
Porque Durán representa algo que va más allá del deporte. Representa al que no tenía nada y aún así se levantó, al que aprendió a defenderse antes de aprender a soñar. al que entendió que el miedo podía existir, pero jamás debía mandar. Representa a una generación de peleadores para quienes el ring no era un espectáculo, sino una extensión de la calle, de la infancia, de la lucha diaria.
Roberto Durán fue producto de un mundo duro, pero no permitió que ese mundo lo destruyera. Lo usó, lo absorbió, lo convirtió en carácter, en pegada, en mirada, en leyenda. Y cuando finalmente empezó a hacerse nombre, el público no vio solo a un boxeador prometedor, vio a un hombre que llevaba dentro una historia entera de hambre, orgullo y resistencia.
Ese es el Roberto Durán que debemos recordar antes de hablar de cualquier noticia triste o preocupante. No solo al campeón famoso, no solo al ídolo de las grandes noches, sino al niño que salió de las calles de Panamá con una determinación imposible de domesticar. Porque para entender por qué el mundo se conmueve hoy con su nombre, primero hay que entender de dónde vino.
Y Roberto Durán vino de la dificultad, vino de la necesidad, vino de ese lugar donde los sueños no se regalan, se conquistan. Por eso su historia no comenzó con una corona, sino con una pelea mucho más dura. La pelea por convertirse en alguien cuando la vida parecía decirle que no tenía oportunidad. Roberto Durán no recibió el nombre de Manos de Piedra por casualidad.
Ese apodo no nació de una campaña publicitaria. ni de una frase bonita inventada para vender entradas. Nació del miedo, nació del impacto, nació de esa sensación que tenían sus rivales cuando uno de sus golpes atravesaba la guardia y les recordaba que estaban frente a un hombre distinto. Porque en el boxeo hay pegadores fuertes, hay atletas veloces, hay técnicos elegantes.
Pero Duran era otra cosa. Durán no solo golpeaba, Durán invadía, entraba al espacio del rival como si el ring le perteneciera desde antes de que sonara la campana. No pedía permiso, no retrocedía por cortesía, no esperaba a que el combate encontrara su ritmo. Él imponía el ritmo. Él convertía cada segundo en presión.
Cada paso hacia adelante era una amenaza. Cada movimiento de hombros anunciaba peligro. Cada mirada parecía decir, “No vine a sobrevivir. Vine a destruir.” Y quizá por eso tantos hombres, incluso campeones experimentados, sintieron algo diferente al enfrentarlo. No era únicamente la potencia de sus puños, era la manera en que caminaba hacia ellos, era esa confianza brutal.
esa mezcla de hambre, orgullo y furia controlada que hacía que el rival entendiera desde los primeros intercambios que no estaba en una pelea común, estaba en una batalla. Roberto Durán peleaba de cerca, donde el miedo se siente en la respiración del otro. No era un boxeador que se conformara con tocar y escapar. Él quería entrar, cortar la distancia, obligar al oponente a responder bajo presión, hacerlo pensar menos y sufrir más.
Su estilo era físico, intenso, sofocante. Cuando Duran avanzaba, el ring parecía hacerse más pequeño. Los espacios desaparecían, las salidas se cerraban. El rival podía moverse, podía intentar alejarse, podía buscar aire, pero Durán seguía ahí como una sombra pesada, como una tormenta que no se detenía. ¿De dónde venía esa forma de pelear? ¿Del entrenamiento? ¿De la técnica? Sí, pero no solo de eso.
Venía de la calle, venía de la necesidad. Venía de una vida que le enseñó que retroceder podía significar perderlo todo. Por eso sus golpes llevaban algo más que fuerza muscular. Llevaban historia, llevaban rabia, llevaban supervivencia. Cada puñetazo parecía traer consigo los años de pobreza, los días difíciles, las humillaciones, los sueños que nadie le regaló.
Pero reducir a Durán a un simple pegador sería injusto. Él no era solo violencia, era inteligencia escondida bajo una apariencia salvaje. Sabía presionar, sabía fintar, sabía cortar el ring, sabía provocar errores. Detrás de esa imagen feroz había un boxeador astuto, con instinto, con oficio, con una lectura natural del combate.
Durán podía parecer desordenado para quien no entendía su arte, pero cada movimiento tenía intención. Cada ataque buscaba quebrar algo, el cuerpo, la confianza o el espíritu del adversario y luego estaba su mirada. Muchos rivales podían prepararse para su derecha, para sus combinaciones, para su presión constante, pero nadie podía entrenar realmente para esa mirada.
La mirada de Durán tenía algo incómodo, algo primitivo, algo que atravesaba el silencio antes del primer golpe. No miraba como quién compite, miraba como quien ya había decidido ganar. Esa presencia era parte de su arma. Antes de que sus puños hablaran, su actitud ya había comenzado la pelea. Por eso, Manos de Piedra se convirtió en mucho más que un apodo.
Fue una marca histórica, una descripción perfecta de lo que el público sentía al verlo combatir. Sus manos parecían hechas para castigar, pero también para contar una historia. La historia de un hombre que nunca aprendió a rendirse, que hizo de la dureza una identidad y de la presión una forma de arte. Cuando Durán subía al ring, el espectador sabía que algo intenso iba a ocurrir.
No importaba el rival, no importaba el escenario. Con él, la pelea siempre tenía un aire de peligro real. No era solo deporte, era drama, tensión, orgullo, supervivencia. Era como ver a un hombre enfrentarse no solo a otro boxeador, sino a todo lo que la vida le había puesto enfrente. Y esa es la razón por la que décadas después, el nombre Roberto Durán todavía pesa tanto, porque hubo muchos campeones, muchos ganadores, muchos nombres famosos, pero pocos transmitieron esa sensación de verdad absoluta.
Durán no parecía interpretar el papel de guerrero. Lo era. En cada gesto, en cada golpe, en cada noche memorable. Dejó claro que su leyenda no estaba construida sobre palabras. sino sobre impacto. Manos de piedra no fue simplemente un sobrenombre, fue una advertencia, fue una identidad, fue el eco de una época en la que el boxeo todavía olía a sangre, sudor y orgullo.
Y Roberto Durán fue uno de sus rostros más feroces, más humanos y más inolvidables. Hubo un tiempo en que escuchar el nombre de Roberto Durán era suficiente para cambiar el ambiente de cualquier conversación sobre boxeo. No hacía falta decir mucho más. Bastaba pronunciar Durán para que aparecieran imágenes de presión, de golpes secos.
de rivales atrapados contra las cuerdas, de noches en las que el ring parecía demasiado pequeño para contener tanta intensidad. En sus años de mayor gloria, Roberto Durán no era simplemente un campeón, era una presencia, una amenaza, un hombre que convertía cada pelea en un acontecimiento.
Cuando se anunciaba un combate suyo, el público sabía que no iba a haber una exhibición tranquila ni una noche de estrategia fría. Iba a haber fuego, iba a haber orgullo, iba a ver a un peleador que entraba al cuadrilátero como si cada segundo tuviera que demostrar de dónde venía y por qué nadie podía arrebatarle lo que había conquistado.
Durán dominaba de una manera que iba más allá de los números, sí, ganaba peleas, sí levantaba títulos, sí derrotaba rivales, pero su verdadero poder estaba en la sensación que provocaba. Antes de que sonara la campana, muchos oponentes ya sabían que tendrían que enfrentarse a algo más que puños. Tendrían que enfrentarse a una voluntad casi imposible de doblegar, a un hombre que no se intimidaba, que no se escondía, que no aceptaba el miedo como excusa.
¿Qué sentía un boxeador al mirar al otro lado del ringerto Durán caminando hacia él? ¿Qué pasaba por la mente de aquellos hombres cuando veían esos ojos fijos? ¿Esa mandíbula apretada, esa confianza salvaje que parecía anunciar una tormenta? Tal vez algunos pensaban en la estrategia, tal vez otros intentaban recordar el plan preparado durante meses, pero frente a Durán, los planes podían romperse en cuestión de segundos, porque Durán no daba tiempo para respirar.
Su boxeo era presión constante, castigo acumulado, desgaste emocional. No peleaba como quien busca puntos, peleaba como quien quiere quebrar la seguridad del otro. Cada avance suyo llevaba una pregunta silenciosa. ¿Cuánto puedes soportar? Y cada golpe parecía acercar al rival a una respuesta que muchas veces no quería descubrir.
En aquella época, Roberto Durán se convirtió en símbolo de una dureza casi antigua. No era el campeón pulido, distante, fabricado para agradar a todos. Era real, era áspero, era impredecible. Y por eso mismo el público lo amaba. Porque cuando Durán subía al ring, nadie sentía que estaba viendo una actuación.
Sentía que estaba viendo a un hombre dejar el alma frente a todos. Cada combate suyo tenía algo de ritual. Los fanáticos esperaban la entrada, el primer intercambio, la primera señal de que Durán había encontrado la distancia. Y cuando eso ocurría, cuando empezaba a presionar, cuando el rival retrocedía por primera vez, el público entendía que la noche acababa de cambiar.
No importaba cuántas veces lo hubieran visto, siempre había una electricidad especial en sus peleas, una atención que hacía que nadie quisiera apartar la mirada. Para muchos latinoamericanos, Roberto Durán fue mucho más que un boxeador exitoso. Fue una prueba viviente de que alguien nacido lejos de los lujos podía llegar a lo más alto sin pedir permiso.
Fue el orgullo de Panamá llevado al mundo. Fue la imagen del hombre humilde que con hambre, carácter y disciplina brutal obligó a los grandes escenarios a pronunciar su nombre con respeto. Y esa identificación era profunda. La gente veía en Durán algo suyo. Veía la lucha diaria. Veía la rabia de quienes han sido subestimados. Veía al muchacho pobre que no se resignó.
Veía al hombre que no necesitó parecer perfecto para convertirse en inolvidable. Su gloria no era fría ni distante. Era una gloria con sudor, con cicatrices, con sangre, con verdad. Pero toda cima tiene una sombra y mientras más alto sube un campeón, más pesado se vuelve el precio de mantenerse ahí. Roberto Durán llegó a un punto en el que ya no peleaba solo contra rivales, peleaba contra expectativas, contra la historia, contra el peso de su propia leyenda.
Cada vez que entraba al ring, el mundo esperaba que fuera feroz, invencible, indestructible. Pero detrás de esa imagen también había un cuerpo humano, una mente humana, una vida que empezaba a cargar las consecuencias de tanta guerra. Por eso, antes de hablar de cualquier noticia preocupante, es necesario recordar esta etapa de esplendor.
Recordar al Durán que hacía temblar a sus adversarios. Alán que convirtió cada pelea en una declaración de orgullo, al Durán que nunca subía al ring para cumplir, sino para conquistar. Porque solo entendiendo la grandeza de su gloria podemos comprender por qué hoy cualquier sombra sobre su nombre duele tanto.
Roberto Durán no fue una estrella pasajera, fue una fuerza de la naturaleza. Y durante sus años dorados, el boxeo no solo lo vio ganar. lo vio convertirse en una obsesión, en un símbolo y en una leyenda que todavía sigue golpeando la memoria de millones. Detrás de cada leyenda del boxeo hay una verdad que pocas veces se cuenta con la misma fuerza que sus victorias.
El público recuerda los cinturones, los knockouts, las noches inolvidables, los aplausos y los nombres derrotados, pero casi nadie se detiene a pensar en lo que queda después. ¿Qué ocurre con el cuerpo de un hombre que pasó décadas recibiendo golpes? ¿Qué sucede con una mente entrenada para no mostrar dolor? ¿Para no bajar la guardia? ¿Para nunca admitir cansancio? Roberto Durán fue durante años una máquina de combate, un hombre hecho de orgullo, rabia, disciplina y resistencia.
Pero incluso los hombres más duros tienen carne, huesos, nervios, recuerdos, incluso manos de piedra. tuvo que pagar el precio invisible de una vida sobre el ring. Porque el boxeo, aunque muchos lo miren como espectáculo, es una de las disciplinas más crueles que existen. Cada pelea deja algo, a veces una cicatriz visible, a veces una molestia que aparece años después, a veces un silencio interior que nadie puede explicar.
Cuando Durán subía al cuadrilátero, el mundo veía fuego, veía valentía, veía a un guerrero dispuesto a avanzar, aunque el rival intentara detenerlo con todo. Pero después de la campana final, cuando las cámaras se apagaban y el estadio quedaba vacío, comenzaba otra pelea, la pelea contra el dolor, contra el cansancio, contra las marcas que no siempre se ven en el rostro, pero que se acumulan en el cuerpo y en el alma.
¿Cuántas noches habrá despertado un campeón recordando golpes que el público ya había olvidado? Cuántas veces habrá tenido que sonreír frente a los fanáticos mientras su cuerpo le pedía descanso? ¿Cuántas heridas habrá escondido detrás de esa imagen invencible que todos querían seguir creyendo? Esa es la parte más humana de los grandes peleadores.
La gente los convierte en mitos, pero ellos siguen siendo hombres. Hombres que envejecen, hombres que sienten miedo, hombres que después de haber sido aplaudidos por miles también pueden quedarse solos frente a sus pensamientos. Y en el caso de Roberto Durán, esa realidad pesa aún más, porque su carrera fue construida sobre una idea casi imposible, nunca retroceder.
Durán pertenecía a una época en la que mostrar debilidad parecía prohibido. Un boxeador debía soportarlo todo. Los golpes, las críticas, la presión, el hambre, las lesiones, el paso del tiempo. Si dolía, se callaba. Si cansaba, se seguía. Si el cuerpo pedía parar, el orgullo respondía con otro paso hacia adelante.
Esa mentalidad lo hizo grande, sí, pero también hizo que su vida quedara marcada por una exigencia brutal. Y por eso, cuando aparece cualquier información preocupante relacionada con su salud, su estado o su bienestar, el corazón de los fanáticos se encoge. No se trata solo de curiosidad, no se trata de un titular más, se trata de un hombre que entregó su juventud, su energía y su cuerpo a un deporte que lo hizo inmortal, pero que también le cobró un precio silencioso.
Porque los campeones envejecen de una manera distinta. No envejecen únicamente con años, envejecen con golpes acumulados, con peleas recordadas por todos, con dolores que tal vez comenzaron en una noche gloriosa y siguieron acompañándolos durante décadas. El público celebra la valentía, pero rara vez ve la factura.
Celebra el knockout, pero no siempre piensa en las manos inflamadas, en los ojos hinchados, en la soledad del camerino, en el silencio después de la ovación. Roberto Durán fue admirado precisamente porque parecía no conocer el miedo. Pero quizá la pregunta más difícil es esta. ¿Qué ocurre cuando un hombre que pasó toda la vida siendo fuerte necesita finalmente ser cuidado? ¿Qué ocurre cuando el guerrero ya no tiene que demostrar nada, pero el mundo sigue esperando verlo como si fuera indestructible? Ahí es donde la historia cambia de tono. Ya no estamos
hablando solamente del campeón feroz, del hombre que hizo temblar rivales, del ídolo que llevó el orgullo panameño a los escenarios más grandes. Estamos hablando de la fragilidad que alcanza incluso a las leyendas, de la realidad inevitable de que ningún cuerpo resiste para siempre, de que la gloria puede ser eterna, pero la vida humana es delicada.
Por eso cualquier sombra sobre el nombre de Roberto Durán duele tanto, [campana] porque para millones de personas él sigue siendo aquel hombre invencible que avanzaba sin miedo. Pero hoy al escuchar rumores, preocupaciones o noticias difíciles, esos mismos fanáticos recuerdan que detrás del mito siempre hubo una persona, un ser humano que luchó más de lo que muchos podrían imaginar.
Y tal vez esa la razón por la que este momento conmueve tanto, no solo porque hablamos de Roberto Durán, la leyenda, sino porque hablamos de Roberto Durán, el hombre, el hombre que dio todo sobre el ring, el hombre que convirtió su vida en una batalla y el hombre por quien hoy tantos corazones, desde Panamá hasta el último rincón del mundo del boxeo, esperan escuchar una sola cosa que todavía está bien.
Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba. Después de recordar la grandeza, después de mirar hacia atrás y entender el precio que Roberto Durán pagó por convertirse en leyenda, su nombre volvió a aparecer de pronto en medio de una ola de incertidumbre. No por una pelea histórica, no por una celebración, no por un aniversario glorioso.
Esta vez su nombre comenzó a circular acompañado de preocupación. En cuestión de minutos, las redes sociales se llenaron de mensajes. Algunos hablaban con miedo, otros pedían respeto. Muchos compartían fotografías antiguas, videos de sus combates, fragmentos de entrevistas, recuerdos de aquellas noches en las que Manos de Piedra parecía invencible.
Y aunque los detalles todavía no estaban claros, algo era evidente. Bastó una información confusa, una frase alarmante, un rumor difícil de confirmar para que el mundo del boxeo sintiera un golpe directo al corazón. Porque así funciona esta época. Una publicación aparece, alguien la comparte, otro la repite.
Luego llega una página, después otra y en pocos minutos una noticia que aún necesita ser verificada puede convertirse en una tormenta emocional. Y cuando el nombre involucrado es Roberto Durán, la reacción no puede ser pequeña. No hablamos de una figura pasajera, hablamos de un hombre que forma parte de la memoria colectiva del deporte.
Pero aquí surge la pregunta más importante. ¿Qué se sabe realmente? ¿Qué hay detrás de esta preocupación? ¿Es una información confirmada o solo una cadena de rumores nacida en la velocidad peligrosa de las redes? En momentos como este, la prudencia es necesaria, porque una leyenda merece respeto, no especulación vacía.
Su historia no debe ser usada como combustible para el miedo, sino tratada con la dignidad que merece alguien que entregó tanto al boxeo. Aún así, es imposible ignorar el ambiente que se ha creado. Los fanáticos están inquietos. Algunos escriben mensajes de apoyo, otros recuerdan sus mejores peleas como si buscaran refugio en el pasado.
Muchos simplemente preguntan, “¿Está bien, Roberto Durán?” Y esa pregunta repetida una y otra vez revela algo profundo. Revela que para millones de personas Durán sigue siendo más que un escampeón. Sigue siendo un símbolo vivo. La incertidumbre duele porque toca una fibra muy sensible. Durante años, el público vio a Durán como un hombre que no podía romperse.
Lo vio avanzar contra rivales temibles. Lo vio soportar presión, críticas, golpes y desafíos. Lo vio construir una imagen casi indestructible. Pero cuando aparece una noticia preocupante, esa imagen se vuelve humana de golpe. El mito se convierte en hombre. El guerrero se convierte en alguien vulnerable y el público que tanto lo admiró por su fuerza empieza a temer por su fragilidad.
Eso es lo que está ocurriendo ahora. Más allá de los detalles, más allá de lo que finalmente se confirme o se desmienta, la reacción ha sido real. Hay preocupación, hay respeto, hay una especie de silencio emocional entre quienes entienden lo que Roberto Durán representa. No es solo Panamá pendiente de su nombre, es el mundo del boxeo, es América Latina.
Son generaciones enteras que crecieron escuchando historias sobre aquel hombre de mirada feroz y manos imposibles. En los comentarios muchos no hablan de estadísticas. No hablan de títulos ni de récords, hablan de recuerdos. Mi padre me mostró sus peleas. Mi abuelo decía que nadie peleaba como Durán. Ese hombre fue orgullo de nuestra gente y ahí está la clave.
Cuando una figura alcanza ese nivel de conexión con el público, cualquier rumor sobre su bienestar deja de ser una noticia más. Se convierte en una preocupación familiar casi íntima. Pero también es importante recordar algo. No todo lo que circula en internet merece ser tomado como verdad inmediata. En tiempos de confusión, la responsabilidad también forma parte del respeto.
Hablar de Roberto Durán exige cuidado. No se puede convertir una duda en sentencia ni una preocupación en espectáculo. Lo justo es esperar información clara, escuchar fuentes confiables y, mientras tanto, enviar apoyo sin alimentar el caos, porque las leyendas también merecen paz. Merecen que su nombre no sea arrastrado por titulares apresurados.
merecen que incluso en momentos de incertidumbre se hable de ellas con humanidad. Y Roberto Durán, más que nadie merece esa consideración. No porque sea frágil, sino porque fue enorme. No porque el mundo lo haya olvidado, sino precisamente porque aún lo ama. Por eso este momento resulta tan conmovedor. Un simple rumor, una información todavía envuelta en dudas ha bastado para demostrar que manos de piedra sigue [carraspeo] ocupando un lugar sagrado en el corazón de los fanáticos.
El miedo que hoy se siente no nace del morvo, sino del cariño. Nace de la gratitud. Nace de saber que algunos nombres no pertenecen solo al deporte, sino a la vida emocional de quienes los admiraron. Y mientras el mundo espera claridad, una cosa ya quedó demostrada. Roberto Durán no es una figura del pasado.
Sigue vivo en la memoria, en la conversación y en la preocupación de millones. Porque cuando una leyenda tiembla, aunque sea solo por un rumor, todo el boxeo se queda en silencio. Hay noticias que duelen no por lo que dicen, sino por el nombre que llevan dentro. Y cuando ese nombre es Roberto Durán, la preocupación deja de ser una reacción pasajera.
se convierte en memoria, se convierte en nostalgia, se convierte en ese nudo extraño que aparece cuando sentimos que una parte de nuestra historia también está en riesgo. Porque Roberto Durán no es solo un excampeón de boxeo, para muchos es una voz del pasado. Es el nombre que escuchaban en la sala de la casa mientras un padre, un abuelo o un tío hablaba con emoción de aquellas peleas que parecían más grandes que la vida.
Hay generaciones que no lo vieron pelear en directo, pero crecieron escuchando historias sobre él. Historias contadas con orgullo, con brillo en los ojos, como si cada combate todavía estuviera ocurriendo. Ese sí era un peleador, decían muchos. Ese hombre no se rendía. Durán era diferente y así poco a poco su figura dejó de pertenecer únicamente a los archivos deportivos para convertirse en una herencia emocional, un recuerdo que pasaba de una generación a otra, como si hablar de él fuera también hablar de una época, de una familia, de una forma de entender el
coraje. Por eso, cuando surge una noticia preocupante relacionada con su nombre, no solo se inquietan los fanáticos del boxeo, se inquietan los hijos que recuerdan a sus padres gritando frente al televisor. Se inquietan quienes crecieron escuchando relatos de sus peleas. Se inquietan los que descubrieron sus combates años después, viendo videos antiguos y entendiendo que estaban frente a algo que ya no se fabrica igual.
Roberto Durán pertenece a un tiempo en el que el boxeo parecía más crudo, más directo, más humano. Un tiempo en el que los peleadores no eran solo atletas rodeados de cámaras, sino hombres que cargaban historias de hambre, orgullo y supervivencia. Durán representaba esa verdad sin adornos. No parecía un personaje construido para agradar.
Era áspero, intenso, impredecible, real y precisamente por eso la gente lo amaba. ¿Qué hace que un deportista se vuelva parte de la vida de personas que nunca lo conocieron? ¿Qué convierte a un boxeador en símbolo? Tal vez no sean solo las victorias, tal vez sea la manera en que pelea, la manera en que cae y se levanta, la manera en que demuestra, sin decirlo que rendirse no es una opción. Durán transmitía eso.
Cada vez que avanzaba sobre el ring, parecía llevar consigo el mensaje de todos los que alguna vez tuvieron que luchar desde abajo. Para muchos latinos, Roberto Durán fue orgullo, fue prueba, fue espejo. Verlo triunfar era sentir que alguien de los nuestros podía mirar de frente al mundo y no bajar la cabeza.
Su historia hablaba de pobreza, sí, pero también de dignidad. Hablaba de golpes, pero también de resistencia. Hablaba de un hombre que salió de un lugar difícil y convirtió su nombre en leyenda. Y cuando una leyenda así envejece, algo cambia dentro del público, porque durante años la vimos como invencible. La memoria conserva a Durán, joven, fuerte, feroz, caminando hacia sus rivales con esa mirada que parecía no conocer el miedo.
Pero la vida sigue, el cuerpo cambia, el tiempo pasa y un día cualquier rumor, cualquier señal de preocupación nos obliga a aceptar una verdad que duele. Incluso los gigantes también envejecen. Quizá por eso esta posible noticia golpea tan fuerte. Porque no solo tememos por Roberto Durán, tememos por lo que representa.