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Ella fue encadenada con un lobo monstruoso en la mazmorra… y despertó en los brazos del Rey Alfa

Debajo de la cadena de plata, en el costado izquierdo del lobo, había un corte profundo. No era reciente. Estaba infectado. La piel alrededor se había vuelto oscura. Cada respiración le arrancaba un temblor.

Elena sintió que algo se le apretaba dentro del pecho.

No sabía si era compasión o estupidez.

A veces son casi lo mismo, y yo creo que muchas personas buenas han muerto por no saber distinguirlas.

Pero Elena no era capaz de mirar dolor y quedarse quieta.

Nunca lo había sido.

—Si no te limpio eso —dijo con voz quebrada—, vas a morir.

El lobo enseñó los colmillos.

Ella dio un pequeño tirón a su propia cadena y se acercó apenas un palmo.

—Y si vas a matarme, hazlo rápido. Porque yo ya estoy cansada.

El silencio cayó sobre la mazmorra como una manta helada.

El lobo la observó.

Elena se quitó un trozo de tela del vestido y lo mojó en el charco que goteaba desde una grieta de la pared. No era agua limpia. Nada allí era limpio. Pero era algo.

Se acercó otro poco.

El lobo se tensó.

—Lo sé —murmuró ella—. La plata quema. Mi madre decía que la plata no solo hiere la piel de un lobo. También humilla el alma.

Al oír aquello, la bestia dejó de gruñir.

Elena notó el cambio.

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