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20 candidatas a Luna ignoraron al hijo discapacitado del Rey Alfa, hasta que una Omega lo sanó

Damián permanecía sentado en el trono, rígido, con la mandíbula apretada. Era un hombre temido por todos los clanes. Había ganado guerras, firmado tratados imposibles, partido montañas con sus garras y silenciado rebeliones con una sola mirada.

Pero aquella tarde, frente a la crueldad suave de veinte mujeres bien vestidas, el Rey Alfa no parecía invencible.

Parecía un padre cansado.

Un padre que había visto demasiadas veces cómo el mundo miraba a su hijo como si fuera un error.

Entonces las puertas del salón se abrieron otra vez.

El viento entró primero.

Después entró ella.

No llevaba seda. No llevaba joyas. No llevaba escolta.

Era una joven de cabello oscuro recogido de cualquier manera, botas manchadas de barro y un vestido sencillo, demasiado gastado para una ceremonia real. Algunos lobos se rieron al verla. Otros susurraron una palabra que siempre pronunciaban con desprecio:

—Omega.

Ella caminó despacio, sin bajar la cabeza, aunque todos esperaban que lo hiciera.

Damián la observó con sorpresa.

—¿Nombre?

—Elena Veyr —respondió ella—. Sanadora del clan de los Pinos Rotos.

Una risa breve salió de algún lugar del salón.

—¿Una Omega candidata a Luna? —murmuró alguien.

Elena no miró al que habló.

Tampoco miró al rey.

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