20 años desaparecido — su ESPOSA lo encontró viviendo con un HOMBRE, tenían una vida completa
En el invierno de 2019, una mujer de 53 años bajó de un micro en la terminal de Bariloche, arrastrando una valija azul demasiado pequeña para los 10 días que pensaba quedarse. Había ahorrado durante casi 3 años para ese viaje. Nunca había salido de la provincia de Santa Fe, nunca había visto nieve, nunca había subido a un cerro.
Lo único que quería, según le había dicho a su hermana antes de subir al colectivo en Rosario, era caminar sin que nadie la mirara con esa mezcla de lástima y cansancio con que la gente la venía mirando desde hacía 20 años. Tres días después de llegar en la vereda de una panadería del barrio Belgrano, vio a un hombre salir con dos bolsas de pan en las manos y reírse de algo que le decía otro hombre parado junto a una camioneta blanca.
Ese hombre tenía el pelo canoso y una barba prolija, unos lentes que nunca había usado en su vida anterior y una cicatriz diminuta arriba de la ceja izquierda, que ella había besado miles de veces. era su marido, el mismo marido que había salido a comprar cigarrillos el jueves 18 de marzo de 1999 a las 7:30 de la tarde y que jamás había vuelto a entrar por la puerta de su casa.
Lo que ella descubriría en los días siguientes no solamente iba a destruir 20 años de duelo acumulado, iba a obligarla a preguntarse si alguna vez en toda su vida de casada había conocido de verdad al hombre con el que había dormido durante 18 años. Porque nada, absolutamente nada. En esa tarde de invierno, Bariloche era lo que parecía.
Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este y suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo. Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo. Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo.
Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Para entender lo que pasó, hay que volver al rosario de los años 90, una ciudad que por esos años parecía flotar en dos épocas al mismo tiempo. Todavía tenía las veredas rotas de la década anterior, los comercios chicos con ventiladores de techo, los kioscos con vidriera de vidrio y cinta de papel, las calles empedradas del barrio Pichincha y el olor a grasa de los bares de la zona sur.
Pero también tenía las primeras computadoras personales en las oficinas del centro, los primeros celulares grandes como ladrillos que solo usaban los gerentes y los primeros cibercafés escondidos en galerías del centro. Era una ciudad que no terminaba de entrar al futuro, pero que ya no podía volver atrás. En ese rosario, en el barrio Echesortu, a pocas cuadras del parque Independencia, vivía el matrimonio Navarro Baldasarre desde el año 1987, cuando Rubén Navarro y Claudia Baldasarre se casaron en la parroquia
del barrio con una fiesta modesta en el salón de un club social. Echesortu era un barrio de casas bajas con patios largos al fondo, parrales que se cruzaban de una pared a la otra, veredas rotas por las raíces de los plátanos, negocios de barrio que cerraban al mediodía para abrir de nuevo a las 4 de la tarde. La gente se conocía.
La panadera de la esquina de Ovidio Lagos sabía los nombres de los chicos de los clientes. Del verdulero de la avenida Francia llamaba a los vecinos por el apellido. Los fines de semana, si no llovía, los hombres sacaban sillas plegables a la vereda, tomaban mate, miraban pasar a los perros callejeros, saludaban a todo el que caminaba.
Era un barrio de clase media baja trabajadora, lejos de las avenidas elegantes del centro, con una vida propia, previsible, construida alrededor de las misas de los domingos, los asados de los cumpleaños y las procesiones de mayo. Rubén tenía por entonces 34 años. Claudia tenía 21. Él trabajaba como mecánico en un taller de camiones sobre la avenida Pellegrini, un galpón grande con piso de tierra aceitosa, donde entraban y salían Ford F1 viejas, Mercedes de flete y colectivos urbanos que venían con el motor fundido desde las líneas del con
urbano. El dueño del taller era un italiano de segunda generación llamado Don Bartolo, un hombre pesado, de mano abierta que llevaba el pelo peinado para atrás con gomina. y que les pagaba en efectivo los viernes a la tarde dentro de sobres blancos. En el taller trabajaban seis mecánicos más, todos hombres, todos de entre 30 y 50 años, todos con manos grandes y uñas manchadas.
Se escuchaba Radio Ribadavia todo el día pegada al fondo del galpón con el dial torcido. Se hablaba poco, se trabajaba de lunes a sábado al mediodía. Era un trabajo físico, sucio, con las uñas siempre marcadas de negro y la ropa con olor a gasoil que ninguna lavandina terminaba de sacar. Pero pagaba bien, o al menos pagaba lo suficiente para que la pareja pudiera alquilar primero y después comprar con muchos años de cuotas, ni una casa de dos habitaciones sobre una calle tranquila de Echesortu.
Claudia trabajaba en un consultorio odontológico como asistente, atendiendo el teléfono, ordenando las fichas, acompañando a la dentista en las extracciones más difíciles. Era una mujer callada, de risa corta, con el pelo castaño atado siempre en una cola baja y una costumbre de morderse el labio inferior cuando estaba pensando algo que no quería decir.
El matrimonio nunca tuvo hijos. Ese fue durante muchos años el único tema que parecía pesar entre ellos. Habían intentado durante los primeros 6 años. Claudia había ido a varios médicos. Rubén había ido a uno solo, casi obligado, y había vuelto del estudio con una carpeta amarilla que dejó sobre la mesa de la cocina sin abrir.
Unos días después, Claudia abrió la carpeta y leyó lo que decía. Le habló a Rubén con mucho cuidado, con esa voz con que se habla a los heridos. Él escuchó todo sin mirarla, con los codos apoyados en la mesa y los ojos fijos en un pedazo de mantel de ule con dibujos de frutas. Después se levantó, fue al patio, prendió un cigarrillo y estuvo una hora y media afuera sin decir nada.
Cuando volvió, dijo una sola frase que Claudia recordaría durante toda su vida. Dijo, “Entonces vamos a aprender a vivir solos los dos.” Y nunca más volvieron a hablar del tema. Con los años sin hijos, el matrimonio desarrolló una intimidad rara de dos personas que habían decidido hacerse compañía sin esperar mucho más.
Rubén llegaba del taller a las 7:30, se bañaba, cenaba en silencio, miraba noticias hasta las 11, dormía profundo. Los domingos se levantaba temprano y arreglaba cosas de la casa, una persiana y una canilla, una cerradura. Casi no tenía amigos. Tenía un compañero del taller, un hombre al que llamaban el turco, con el que de vez en cuando iba a comer pizza un viernes.
Tenía a un primo en Casilda al que veía una vez por año y tenía a Claudia y en apariencia con eso le bastaba. Claudia, en cambio, tenía a su hermana menor Nora, que vivía a tres cuadras. Tenía a las compañeras del consultorio, tenía a dos amigas de la escuela secundaria con las que tomaba café los sábados por la tarde en un bar cerca del monumento a la bandera.
Vivía una vida modesta, previsible, y durante muchos años pensó que esa era la forma en que la gente común era feliz, sin grandes sobresaltos, con un marido trabajador que no tomaba, no pegaba, no salía de noche, no gritaba. Hay un detalle, sin embargo, que Claudia solo iba a recordar 20 años después, a cuando todo cambiara.
Rubén, a partir de 1997 había empezado a llegar más tarde del taller, no mucho más, media hora, 40 minutos, a veces una hora, siempre con alguna excusa concreta, verificable, razonable, que se había pinchado una cubierta, que el patrón los había hecho quedarse con un motor, que había ayudado al turco a mover un auto.
Al principio, Claudia le creyó todo porque nunca había tenido motivos para no creerle. Pero hacia fines del 98 empezó a notar otras cosas. Rubén empezó a ducharse dos veces por día, lo cual nunca había hecho antes. Empezó a cuidar más la ropa, a comprar una camisa nueva cada tanto, a usar colonia los sábados, aunque no salieran a ningún lado.
Empezó a recibir llamadas al teléfono fijo que cortaba del lado del pasillo, siempre dando la espalda. H y empezó a estar más callado, pero no con un silencio triste, con un silencio distinto, concentrado, como quien está resolviendo algo muy grande en la cabeza y no puede permitirse distraerse.
Claudia, por supuesto, pensó lo que cualquier mujer de su generación hubiera pensado. Pensó que Rubén tenía una amante. Lo habló con su hermana, lo habló con una de sus amigas. Las dos coincidieron en que todos los síntomas apuntaban a lo mismo. Le dijeron que lo siguiera, que lo enfrentara, que revisara los bolsillos, que marcara el último número del teléfono.
Claudia no hizo nada de eso, no porque no tuviera valor, sino porque, en el fondo prefería no saber. Tenía 33 años, una casa pagada a medias, un trabajo estable, un marido que no gritaba. Él le parecía que descubrir una traición iba a obligarla a tomar decisiones que no se sentía capaz de tomar. Así que hizo lo que hacen muchas mujeres entonces y ahora.
Decidió esperar, decidió mirar para otro lado, decidió confiar en que la fase, fuera cual fuera, pasaría. Ese gesto de postergar, de no enfrentar, es lo primero que iba a reprocharse durante 20 años. Porque si hubiera hablado, tal vez nada de lo que pasó después hubiera pasado. O tal vez todo lo que pasó después hubiera pasado igual, pero de otra manera y ella al menos habría sabido.
El jueves 18 de marzo de 1999 fue un día de calor tardío, uno de esos días en que el verano rosarino se resiste a soltar la ciudad. Hacía 32 gr a las 7 de la tarde y el cielo estaba cargado de una humedad pesada que auguraba una tormenta que no terminaba de largar. Rubén había llegado del taller Asnai a las 7:10, un poco antes de lo habitual.
Se había metido a bañar, había salido con el pelo todavía mojado, una remera blanca limpia y un pantalón de jein. Claudia estaba en la cocina preparando la cena. le preguntó si quería tomar algo fresco antes de comer. Él le contestó que sí, pero que primero iba hasta el kiosco de la esquina de Oroño a comprar cigarrillos porque se había quedado sin.
Le dijo que volvía en 5 minutos. Le dio un beso corto en la frente. Claudia recuerda que olía a colonia, no a una colonia cualquiera, a la colonia verde que él usaba los sábados. Rubén salió de la casa a las 7:32 minutos de la tarde. Eh, Claudia lo sabe con esa precisión porque recuerda que justo estaba empezando el noticiero del canal 3 y el locutor estaba dando la hora antes de la tanda.
le miró la espalda caminando por la vereda con la remera blanca, [música] el pantalón azul, las zapatillas marrones, hasta que dobló la esquina hacia Oroño. Fue la última vez que Claudia Baldasarre vio a su marido caminando vivo con sus propios ojos. Durante los siguientes 20 años, esa imagen, la espalda blanca alejándose en el calor de marzo, iba a volver a su memoria todas las noches antes de dormir con la nitidez cruel de las cosas que uno no pudo retener.
A las 8:15 ella empezó a pensar que tardaba demasiado. A las 8 a servir la mesa por inercia. A las 8:20 a caminar hasta la esquina. El kiosco estaba cerrado. Me El kiosquero le dijo al día siguiente que había cerrado a las 7:50 porque se había sentido descompuesto. O sea, que Rubén si había llegado, no había llegado hasta ahí.
A las 9 de la noche, Claudia volvió a la casa. Llamó al taller sabiendo que no iba a contestar nadie. Llamó al primo de Casilda. Llamó al turco al único teléfono que tenía anotado. Nadie sabía nada. A las 10 llamó a la comisaría séptima del barrio. El oficial de guardia, con un tono amable pero rutinario, le dijo que esperara hasta la mañana siguiente, que la mayoría de las veces los hombres casados aparecían solos antes del amanecer.
Le dijo con esa voz de manual que no se preocupara. Claudia no durmió. A las 6 de la mañana estaba parada en la puerta de la comisaría con una foto de Rubén adentro de la cartera. En los primeros días de la investigación siguieron el protocolo habitual de la policía de la provincia de Santa Fe de fines de los 90. Se tomó la denuncia.
Se le pidió a Claudia un listado de contactos cercanos. Se revisaron los hospitales de la ciudad, la morgue judicial, los turnos de guardia de los sanatorios privados. No había ningún Rubén Navarro registrado. Se interrogó al patrón del taller que dijo no tener ni idea que Rubén en ese jueves había salido del trabajo a la hora normal y de buen humor.
Se interrogó al turco que dijo lo mismo. Se interrogó al primo de Casilda, que hacía casi un año que no lo veía. Se revisó la casa. No había cartas, no había notas, no había ropa faltante, además de la que llevaba puesta. Su billetera estaba sobre la mesa de luz, sus documentos también, su libreta de casamiento también. La única cosa que faltaba era el dinero en efectivo que guardaban en un sobre dentro de un cajón de la cómoda, unos 1200 pesos que en esa época eran algo más de ,200 estadounidenses.
Los peritos que fueron a la casa eran dos, un oficial joven con una libretita y un fotógrafo con una cámara reflex que sacó fotos del interior sin flash aprovechando la luz de la tarde. Le pidieron a Claudia que no tocara nada de la mesa de luz de Rubén durante las primeras 48 horas. Le preguntaron por su ropa interior, si había prendas faltantes.
Claudia contó los calzoncillos, las medias, las camisetas, todo estaba. Faltaba solamente la ropa que llevaba puesta esa tarde. Una remera blanca, un pantalón de jein, un par de zapatillas marrones, un reloj citizen de acero inoxidable con malla metálica, ni una alianza de oro de 18 kilates. La policía tomó eso como un dato.
Un hombre que desaparece sin documentos, pero con dinero en efectivo. Es, según los manuales de entonces, un hombre que se va por voluntad propia. Un hombre que se va sin dinero suele ser un hombre al que le pasó algo. El comisario a cargo, un hombre de bigote espeso llamado Aguirre, se lo dijo a Claudia con toda la delicadeza que pudo, pero se lo dijo.
Le dijo que la hipótesis más probable, al menos al principio, era que Rubén se hubiera ido con otra mujer. Le dijo que en su experiencia con los años esos casos terminaban apareciendo por sus propios medios. le dijo que le deseaba de verdad que así fuera. Claudia salió de la comisaría esa tarde con una sensación nueva que no conocía.
No era solamente angustia, era vergüenza. la vergüenza de que un policía extraño pensara que su marido la había dejado. Las semanas siguientes fueron un infierno administrativo. Claudia repartió volantes con la cara de Rubén por todo el centro de Rosario. Habló con los chóeres de los colectivos de la línea 135, la que pasaba cerca de la casa.
fue a las terminales de ómnibus, fue al puerto, habló con los taxistas que tenían parada cerca de Oroño, puso un aviso en el diario La Capital que salió durante 10 sábados seguidos. El aviso decía simplemente, “Se busca a Rubén Eusebio Navarro, desaparecido el 18 de marzo. Cualquier información comunicarse a este teléfono. Se ofrece recompensa.
La recompensa eran los 1200 pesos que no estaban. Claudia los había ido a buscar prestados a su hermana. Nadie llamó con información útil. Llamaron tres tipos a pedir el dinero diciendo cosas vagas.” llamó un vidente ofreciéndose a hacer una sesión. Llamó una mujer desde venado tuerto diciendo que había visto a Rubén en un bar, pero la descripción que dio no coincidía, nada más.
A los 6 meses el caso estaba a efectos prácticos cerrado. La carátula oficial pasó a ser ausencia con presunción de fallecimiento, una figura administrativa de la justicia argentina que se aplica cuando una persona lleva mucho tiempo sin aparecer y no hay pruebas de delito. Claudia firmó los papeles llorando con una mano que no le respondía.
Su hermana Nora acompañó esa tarde a la oficina judicial del centro. Después fueron a tomar un café a una confitería vieja de calle Córdoba, una de esas confiterías con sillas de madera y moos de corbata que ya casi no existen. Nora le dijo que tenía que empezar a pensar en ella, que Rubén estuviera donde estuviera, había tomado una decisión, que ella no tenía por qué pagar el resto de su vida por una decisión que no había tomado.
Claudia la escuchó, asintió. Pero cuando volvió a su casa esa noche, se sentó en el borde de la cama del lado de Rubén, puso una mano sobre la sábana vacía y entendió que ella, al menos ella, no iba a poder tomar la decisión de dejar de esperarlo. Todavía no. Los años pasaron con esa lentitud particular que tiene el tiempo de los que esperan algo que no llega. Entró el 2000.
Entró la crisis del 2001 con los cacerolazos, los cinco presidentes, los bancos cerrados, los ahorros congelados. Claudia perdió parte del dinero que había puesto en un plazo fijo a nombre de los dos. Tuvo que aprender a sobrevivir sola. Nan administrando el sueldo del consultorio odontológico con una frugalidad de monja.
Su hermana le ofreció varias veces irse a vivir con ella. Claudia siempre le decía que no. porque tenía la idea fija de que si algún día Rubén volvía, iba a volver a esa casa y ella tenía que estar ahí. Cambió las cerraduras dos veces por seguridad, pero nunca cambió la dirección, nunca vendió, nunca se mudó. Algunos domingos al mediodía, todavía sin darse cuenta, ponía la mesa para dos.
El barrio durante los primeros años fue parte del duelo. Las vecinas mayores, sobre todo dos señoras que vivían enfrente, se turnaban para llevarle guisos, sopa de verduras, arroz con pollo. Venían con las ollas tapadas con un repasador y se quedaban 20 minutos en la cocina sin preguntar nada, hablando de cualquier cosa, de la inflación, del tiempo, no de las obras de la avenida para acompañarla un rato.
Con el tiempo, ese acompañamiento fue disminuyendo. La gente, aunque quiera, no puede sostener indefinidamente el dolor ajeno. Al cabo de 5 años, las dos señoras se habían muerto, una de cáncer y la otra de un infarto fulminante, y ya nadie en la cuadra llevaba comida a la casa de los Navarro.
Claudia pasó a ser, para los vecinos más jóvenes que se iban instalando, una mujer sola, un poco triste, que salía temprano a la mañana. y volvía a la tarde y no hablaba demasiado. La parroquia a la que se habían casado también fue parte de la vida de Claudia durante los primeros años. Iba a misa todos los domingos a las 11.
Rezaba por Rubén con una disciplina que ella misma consideraba excesiva, pero no podía abandonar. El cura viejo que los había casado, el padre Ernesto, mal la recibía en la sacristía después de la misa y tomaban café. Era un hombre de 70 años con una honestidad desarmante. Una tarde, a los 6 años del desaparición, le dijo que él también rezaba, pero que le pedía al Señor una cosa distinta a la que pedía ella, que ella pedía que Rubén apareciera, que él pedía que Claudia aprendiera a vivir con la idea de que tal vez no iba a
aparecer, que eran dos oraciones distintas y que las dos eran legítimas. A Claudia en ese momento esa frase le pareció una traición. Tardó dos o tres años en entenderla. Hacia el 2005, Claudia empezó a tener problemas de salud. Le dio una anemia fuerte, le dio una gastritis crónica, le dieron crisis de ansiedad por la noche que la hacían despertarse con la sensación de que se estaba ahogando.
Su dentista jefa, no que para entonces era casi una madre para ella, la obligó a hacer terapia con una psicóloga que atendía a un par de cuadras del consultorio. La psicóloga, una mujer grande, paciente, de lentes redondos, escuchó durante tres sesiones la historia del desaparición sin interrumpir. En la cuarta sesión le preguntó una sola cosa.

Le preguntó si alguna vez, en todos esos años de matrimonio había tenido la sensación de que Rubén le escondía algo grande, no chiquito, no un engaño banal, algo grande, algo que lo ocupara por dentro. Claudia se quedó callada mucho tiempo. Después dijo que sí, que hacia los últimos dos años a veces al mirarlo comer en la cocina tenía la sensación de estar viviendo con un hombre que estaba a miles de kilómetros de ahí.
La psicóloga asintió y le dijo una frase que Claudia nunca olvidó. le dijo, “A veces la gente se va mucho antes de irse físicamente. Usted empezó a perderlo antes del 18 de marzo.” Esa idea la acompañó durante años. No la consolaba, pero la organizaba. Le permitió empezar a pensar que el desaparición de Rubén no era solamente una desgracia aleatoria, como un accidente o un secuestro.
Era también en algún punto una decisión, una decisión que ella no había alcanzado a ver cuando se estaba tomando, pero que se había ido tomando sola a lo largo de meses dentro de la cabeza de su marido. Esa hipótesis, con el tiempo se fue volviendo más plausible, porque si hubiera sido un secuestro, hubiera habido pedido de rescate.
que si hubiera sido un accidente, el cuerpo habría aparecido tarde o temprano, porque si hubiera sido un crimen, la policía habría encontrado alguna pista, alguna ropa, me alguna mancha. No había aparecido nada ni en 1999, ni en 2001, ni en 2005, nada. Rubén Navarro se había evaporado de la ciudad como si alguien hubiera abierto una puerta lateral del mundo y él hubiera entrado por ahí.
Hacia el 2010, Claudia tenía 44 años. Había envejecido mucho más rápido que sus amigas. Tenía canas tempranas, una delgadez nueva, las manos flacas, los ojos hundidos. Había dejado de ir a los cafés de los sábados. había dejado de tener en general cualquier proyecto que no fuera ir al consultorio de lunes a viernes y volver a la casa por la tarde.
Su hermana Nora, que para entonces se había divorciado y tenía dos hijas adolescentes, era prácticamente su única compañía. Una tarde, Nora llegó a la casa con una caja de pañuelos descartables y una idea. Él le dijo a Claudia que habían pasado 11 años, que Rubén no iba a volver.
que tenía que empezar el juicio de ausencia con presunción de fallecimiento en firme, cobrar lo que le correspondiera como cónyuge, declararse viuda a efectos civiles y liberarse de esa cárcel administrativa en la que estaba hacía más de una década. Claudia lloró durante hora y media. Después le dijo que lo iba a pensar. Al mes siguiente firmó los papeles.
En enero de 2011, oficialmente, Rubén Eusebio Navarro fue declarado fallecido por la justicia argentina. Claudia hizo un pequeño velorio simbólico con su hermana, sus sobrinas y tres amigas de la secundaria en la misma casa de Echesortu. Pusieron una foto suya del casamiento sobre una mesa con un mantel blanco. Rezaron un rosario, tomaron mate con media lunas.
[música] Esa noche Claudia durmió por primera vez en 11 años y medio en el medio de la cama y no del lado izquierdo. Fue la noche más triste de su vida. Pasaron otros 8 años. Pasaron el 2012, el 2013, el 2014, el 2015, el 2016, el 2017, el 2018. Pasaron los cambios de gobierno, los mundiales, los papas.
Claudia seguía trabajando en el consultorio, aunque la dentista jefa ya había jubilado y ahora la atención estaba a cargo de una odontóloga joven que la trataba con ese respeto paciente con el que los jóvenes tratan a las mujeres mayores. Nora había envejecido, las sobrinas se habían casado, las amigas de la secundaria habían empezado a enfermarse.
Claudia tenía una vida reducida pero estable. En el 2018, en una sobremesa de Navidad, su sobrina mayor, que vivía en Bariloche hacía unos años con su marido, le dijo que tenía que ir a conocer el sur. le dijo que el invierno era la mejor época, que la nieve, los cerros nevados, el nahel guapi congelado en los bordes eran algo que había que ver antes de morirse.
Claudia se rió con una risa corta, esa risa suya, y le dijo que no iba a ir a ningún lado, que ya estaba vieja para aventuras. Pero esa noche, cuando volvió a la casa de Chesortu, se quedó un rato largo sentada en la cocina mirando el calendario pegado en la heladera y por primera vez en muchos años pensó que tal vez sí. Durante todo el 2019 ahorró.
Puso una parte del sueldo aparte cada mes sin tocarla. vendió un anillo de oro que había sido de su madre y que nunca había usado. Compró un pasaje de micro para fines de julio en plena temporada alta de nieve. Ma porque eso era lo que su sobrina le había recomendado. Se compró un abrigo nuevo en un negocio del centro, el primer abrigo nuevo en 8 años.
Y la tarde del 23 de julio de 2019 se subió a un colectivo de larga distancia en la terminal de Rosario con su valija azul, un libro que no iba a leer, un par de caramelos de miel y una foto de Rubén que no le había dicho a nadie que iba a llevar, pero que había metido en el bolsillo interno del abrigo por costumbre, como había hecho en todos los viajes cortos de los últimos 20 años.
El colectivo tardó 23 horas. Cruzó la provincia de Buenos Aires de noche, bajó a la provincia de La Pampa de madrugada, entró a Río Negro a la mañana siguiente, Claudia durmió poco, se despertaba a cada rato mirando el paisaje por la ventanilla. Primero la pampachata, na, después los primeros arbustos, después las primeras mesetas, después de repente la cordillera.
Cuando el micro entró a Bariloche era media tarde. El cielo estaba plomizo, nevaba fino. La ciudad, vista desde la ruta le pareció un pueblo colgado entre las montañas y el lago, con los techos de madera oscura y las chimeneas humeando. Bajó en la terminal con los ojos llenos de cansancio y una emoción que hacía muchos años no sentía.
Se alojó en una hostería familiar que le había recomendado su sobrina en un barrio tranquilo llamado Belgrano, a unas 15 cuadras del centro. Era una casa de dos plantas con ventanas grandes y una estufa a leña en el living. La dueña, una mujer de unos 65 años con trenza gris, la recibió con un mate y le explicó cómo moverse.
Le dijo que no tenía que tomar taxi para casi nada. Mosqué en Bariloche, en el barrio, todo quedaba cerca. Le marcó en un mapa impreso la panadería, la verdulería, la farmacia, la parada del colectivo al centro. Claudia guardó el mapa en el abrigo y se fue a dormir temprano, vencida por el viaje.
El primer día caminó por el centro, sacó fotos del centro cívico, tomó chocolate caliente en una confitería clásica de la calle Mitre, subió al cerro Oto en un teleférico que le dio un miedo feliz. El segundo día, su sobrina la pasó a buscar y la llevó a almorzar a colonia suiza con el marido. El tercer día su sobrina trabajaba y Claudia decidió caminar sola por el barrio donde se hospedaba.
La mañana era helada con sol, una de esas mañanas de bariloche en que el aire parece recién lavado. A las 11, cerca del mediodía, Bob bajó caminando por una calle residencial en dirección a la panadería que le había marcado la dueña de la hostería en el mapa. Quería comprar factura para el desayuno del día siguiente.
La panadería era un local angosto con una campanilla arriba de la puerta y una vidriera llena de pan casero. Adentro había dos o tres personas haciendo cola. Claudia pidió media docena de medialunas y un pan de salvado. Mientras esperaba que le cobraran, la campanilla sonó. Alguien salía. Claudia miró por la ventana distraídamente, sin intención, del modo en que uno mira cualquier cosa mientras espera el cambio.
Y vio a un hombre que salía de la panadería con dos bolsas de pan parado en la vereda, hablando con otro hombre que estaba apoyado contra una camioneta Toyota Hilux blanca estacionada a un costado. El hombre de las bolsas tenía el pelo blanco, ne una barba recortada, lentes de armazón oscuro, una campera térmica azul marino. Se reía de algo.
Tenía una risa reconocible, una risa corta de tres golpes, con los hombros para adelante y tenía arriba de la ceja izquierda una cicatriz diminuta en forma de coma. Claudia se olvidó del cambio, se olvidó de las medialunas, se olvidó de dónde estaba. Sintió que la sangre le bajaba desde la cabeza hasta los pies con una velocidad física, como si alguien le hubiera pegado en el pecho.
La chica de la panadería le dijo, “Señora, señora, su cambio.” Ella no escuchaba. Miraba al hombre de la campera azul a través del vidrio. El hombre terminó de decir algo, se rió otra vez, saludó al otro con un gesto corto de la mano y empezó a caminar por la vereda, alejándose de la panadería.
Claudia salió sin el pan, sin el vuelto. La campanilla sonó detrás de ella. El aire frío le pegó en la cara. El hombre caminaba con las dos bolsas en la misma mano, 3 metros adelante. Claudia caminó atrás de él media cuadra sin animarse a llamarlo. En ningún momento él giró, dobló a la derecha en la esquina, subió por una calle arbolada, entró a una casa de madera con techo verde y una tranquita baja de alambre.
Cerró la tranquera con una costumbre de años, sin mirar. Claudia se quedó parada en la vereda de enfrente con las manos temblándole tanto que no podía cerrar los puños. Estuvo ahí quieta durante tal vez 20 minutos. En algún momento lloró sin hacer ruido. Se le nubló la vista. Volvió a mirar la casa. Era una casa común de un piso con una chimenea que humeaba, un autocorsa viejo estacionado al costado, una huerta pequeña protegida con nylon contra el frío di un cartel de madera pintado a mano en la puerta que decía familia Escarone Navarro. Claudia leyó ese
cartel tres veces. Se había casado con Rubén en el 87, se había declarado viuda en el 2011 y en una puerta de madera, en un barrio bariloche, figuraba ahora el apellido de su marido, pegado a otro apellido que ella no conocía. Volvió a la hostería caminando a paso rápido, con frío, con la boca seca.
Llegó, se encerró en la habitación, se sentó en la cama y estuvo callada durante 3 horas. No lloró más. No lloraba la que había caminado hasta ahí. Lloró después, esa misma noche, una hora entera, encima de la almohada con la luz apagada. Pero durante las primeras tres horas no lloró. Durante las primeras tres horas pensó con una claridad nueva.
Todas las cosas que hacía 20 años se negaba a pensar. E al día siguiente, Claudia llamó por teléfono al consultorio odontológico de Rosario y dijo que se iba a quedar unos días más. Llamó a su sobrina y le dijo que no iba a verla por unos días, que estaba cansada del viaje, que quería descansar. Le pidió a la dueña de la hostería si podía extenderle la estadía.
La dueña, que había notado algo distinto en su huésped esa mañana, le dijo que sí, sin hacer preguntas. Y desde ese día, durante cinco días seguidos, Claudia se instaló en un banco de una plaza pequeña que quedaba frente a la casa de techo verde, con un termo de café, un pañuelo grande en la cabeza y los lentes de sol que se había comprado para el cerro.
Observó nada más. Lo que vio en esos cinco días la destruyó lentamente por dentro con la precisión de alguien que le va apagando luces a una casa una por una. Ma vio que Rubén salía de la casa todos los días a las 7:30 de la mañana con una campera de trabajo y una caja de herramientas.
Vio que se subía a una camioneta blanca. Vio que volvía cerca del mediodía a almorzar, siempre acompañado de otro hombre. El otro hombre tenía más o menos la misma edad, el pelo negro con canas, una contextura más baja, una cara amable de rasgos mediterráneos. vio que almorzaban juntos. Vio a través de la ventana grande del living cuando la luz ya se empezaba a apagar, que miraban televisión juntos en un sillón de dos cuerpos cerca uno del otro, con un perro blanco acostado en las piernas del más bajo.
Vio que a veces el más bajo le pasaba la mano por el pelo canoso al más alto con un gesto corto, íntimo, el gesto de una persona que lleva muchísimos años acariciando siempre la misma cabeza. El segundo día observó que los dos hombres tenían rutinas muy precisas, que Rubén barría la vereda todas las tardes a las 6 después de volver del trabajo con una escoba de paja dura, que el más bajo, en cambio, era el que se ocupaba del jardín y la huerta con unos guantes verdes que dejaba colgados de un clavo al lado de la puerta de atrás, que a las
7:30, todas las tardes, los dos salían juntos a caminar una vuelta. vuelta por el barrio, siempre el mismo recorrido. Dos cuadras hacia la izquierda, una cuadra hacia abajo, otra vuelta hacia la derecha, saludando con la mano o con un buenas tardes a tres o cuatro vecinos que iban encontrando en el camino. La gente del barrio los saludaba con la familiaridad de los años.
Era evidente, aún para una observadora recién llegada, ¿no?, que esos dos hombres eran parte de ese barrio desde hacía mucho tiempo. No eran figuras extrañas, eran figuras queridas. El tercer día, una vecina de Claudia de la Ostería, una señora jubilada llamada Beatriz, que caminaba todas las mañanas con un bastón, la encontró sentada en el banco de la plaza y se sentó a su lado sin pedir permiso.
Le preguntó si estaba esperando a alguien. Claudia le dijo que no, que solamente estaba descansando. Beatriz miró hacia la casa de techo verde. Le dijo, “Conozco a esos dos, a Sebi y a Horacio.” Le dijo que Horacio había nacido en Bariloche, que era hijo de un carpintero italiano que había vivido en esa casa desde que era chico.
que Sei, en cambio, había venido del norte hacía muchos años, no sabía exactamente cuándo y que los dos se habían puesto a vivir juntos cuando ella, Beatriz, y todavía no se había mudado al barrio, o sea, hacía como mínimo 15 años. le dijo que eran muy tranquilos, que Sebi arreglaba heladeras y lavarropas a domicilio, que Horacio tenía un taller mecánico cerca del lago.
Le dijo con una sonrisa corta que eran la pareja más discreta del barrio. Claudia asintió sin decir nada. Beatriz se fue. A Claudia le tembló la mano sobre el termo de café cuando entendió que Rubén en Bariloche no era un desconocido, era alguien. tenía un oficio nuevo, un nombre nuevo, una vecina que lo conocía por su apodo, un lugar en el tejido mínimo de un barrio.
Vio al cuarto día que venían a cenar a esa casa otras tres personas, una pareja más joven con un nene chico y una mujer sola. Vio a través de la ventana risas, una cena larga, una torta con velitas. Era evidentemente un cumpleaños, pero no supo de quién. El nene chico, que tendría cuatro o 5 años, corría por el pasillo interno con un sombrero de papel en la cabeza.
En un momento se sentó en las rodillas de Rubén y Rubén le hizo cosquillas con una mano. Claudia miró esa escena largamente con una mezcla de sentimientos que no tenía cómo ordenar. Rubén, el hombre que nunca había podido tener hijos con ella, que nunca había llorado cuando recibieron los estudios, que había dicho, “Vamos a aprender a vivir solos los dos.
” Estaba ahora jugando con un nene de 4 años en la cocina de otra casa con una soltura que ella no le había visto jamás. Eso fue lo que le dolió más. No el otro hombre, no el cartel en la puerta, no el perro. fue ver que Rubén, en algún rincón de sí mismo que ella nunca había alcanzado, había sido capaz de ser tierno con un nene.
No supo de todavía cómo se llamaba el otro hombre. No supo qué vida había construido su marido en esa casa durante 20 años. Lo sé. Supo nada más que esa vida existía, que estaba ahí entera, con perro, con huerta, con amigos, con cumpleaños, con sillón compartido. Y supo que ella durante todos esos años había estado habitando en Rosario una casa que era literalmente el negativo fotográfico de esa otra casa.
El quinto día de observación, a las 3:30 de la tarde, Claudia hizo una cosa que tardó 4 horas en decidir. Cruzó la calle, caminó hasta la tranquita baja, la abrió con la misma costumbre de años con la que la había visto cerrar a Rubén y golpeó la puerta de madera. Le abrió el otro hombre, el más bajo, el de la cara amable, tenía un repasador en las manos. le dijo, “Buenas tardes.
Diga, Claudia que no había preparado ni una sola palabra, se escuchó decir algo que no sabía que iba a decir. Dijo, “Perdón, señor, soy la esposa de Rubén Navarro. Él desapareció de Rosario el 18 de marzo de 1999 y yo lo vi el martes saliendo de la panadería de la esquina. Él está acá.” El hombre de la cara amable se puso blanco.
No dijo nada durante 10 segundos. Después, con una voz muy baja, dijo una sola palabra. Dijo, “Pase.” Y le hizo lugar. Ese fue el momento en que Claudia Baldasar entró después de 20 años, 4 meses y 7 días en la casa en la que vivía su marido desaparecido. Había una estufa a leña encendida, había un olor a guiso que venía de la cocina, había un perrito blanco que se acercó a olerle los zapatos y después se fue a echar debajo de la mesa.
Ya había en una repisa dos o tres fotos en portarretratos de madera. Claudia vio con el corazón parado una foto de Rubén en una playa, sonriendo, rodeando con el brazo al mismo hombre que acababa de abrirle la puerta. Vio otra foto de los dos en lo que parecía ser una fiesta de casamiento ajena. Vio una tercera más grande en la que estaban los dos con un grupo sosteniendo un cartel que decía algo sobre 10 años juntos.
Claudia se sentó en un sillón sin que nadie se lo ofreciera. El hombre de la cara amable, parado enfrente, con el repasador todavía entre las manos, empezó a temblar. En ese momento se abrió la puerta trasera de la cocina. Entró Rubén con un atado de leña, sacudiéndose la nieve de los hombros.
Tardó dos o tres segundos en levantar la cabeza. Cuando la levantó, vio a Claudia sentada en su sillón. Soltó la leña. La leña cayó al piso y el ruido se escuchó en toda la casa. Rubén no dijo nada. Se quedó parado con los brazos a los costados, con la cara sin color, mirándola como se mira a un fantasma. Claudia lo miró también largo rato.
La primera cosa que pensó mientras lo miraba fue que Rubén, a diferencia de ella, había envejecido despacio. Estaba más flaco, estaba más prolijo. Tenía una barba cuidada que nunca se había dejado en rosario. Tenía una ropa más linda. Tenía algo en los ojos que en los últimos años del matrimonio no había tenido. Tenía paz.
La segunda cosa que pensó fue que esa paz había sido robada de su propia vida. Porque cada mes que él estuvo feliz en Bariloche, [música] había sido un mes que ella estuvo sola en Echesortu. La tercera cosa que pensó fue que no iba a gritar, no iba a pegar, no iba a llorar, iba a escuchar. El La conversación duró 7 horas.
Empezaron sentados los tres en el living. Después se sentaron en la mesa de la cocina. El otro hombre, que se llamaba Horacio, le sirvió té varias veces. A eso de las 8 de la noche puso un plato de comida delante de cada uno, pero nadie comió. Rubén habló poco al principio. Después, cuando entendió que Claudia no se iba a ir hasta que terminara de contar, empezó a hablar sin parar.
Habló hasta las 10 de la noche. Habló hasta que la voz se le quebraba. Habló con detalles que Claudia no quería escuchar, pero que necesitaba escuchar. La versión completa reconstruida en esa mesa con muchas idas y vueltas fue más o menos así. Rubén había nacido en una familia rural del sur de Santa Fe, en un pueblo chico donde todo el mundo se conocía.
Su padre era un hombre duro, de pocas palabras, no que le pegaba cuando hablaba bajo o cuando caminaba de determinada manera. Su madre era una mujer callada, muy católica, que repetía en la mesa los mandatos de la parroquia. Rubén supo desde los 12 o 13 años que le atraían los varones, no las mujeres. Lo supo con la misma certeza con que un chico sabe que tiene los ojos marrones.

Pero en ese pueblo, en esa casa, en ese año, eso era una cosa que no se podía saber. Era una cosa que había que enterrar. Así que la enterró. contó con la voz muy baja que a los 15 años había tenido un amigo del pueblo, un chico un año mayor llamado Dante, con el que habían ido juntos a pescar muchas tardes al río y que una de esas tardes Dante le había dicho algo, una cosa breve, que Rubén no se iba a permitir recordar nunca más durante décadas y que esa misma noche Rubén había vuelto a su casa y había jurado frente a un crucifijo de
madera que colgaba del dormitorio, no dejar nunca que nada parecido volviera a pasarle. Al año siguiente, Dante se fue del pueblo. Rubén no volvió a verlo. Años después se enteró de que se había casado con una maestra en venado tuerto y que había tenido tres hijos. Pensó, contó Rubén en esa noche en la cocina de Bariloche con la voz quebrada, que la vida de Dante probablemente había sido tan mentirosa como la suya.
A los 18 se fue a vivir a Rosario. Empezó a trabajar en el taller. Se armó una vida de hombre común. Salió con algunas mujeres y a los 34 se casó con Claudia porque la quería de verdad, porque le parecía una mujer buena, porque pensó con honestidad que si se forzaba a sí mismo con el tiempo, me iba a convertirse en el marido que él se había imaginado que debía ser.
Nunca le mintió con mala intención. Se había mentido primero a él mismo durante tantos años que para cuando le mintió a ella ni siquiera se daba cuenta. Durante muchos años el matrimonio funcionó. Rubén quería a Claudia, la cuidaba, pero algo por dentro se le estaba muriendo. En 1996, por motivos de trabajo, tuvo que llevar un camión averiado a un taller de Rosario Grande que tenía un socio en Bariloche.
Ese socio se llamaba Horacio Escarone. Era 2 años mayor que él. Era dueño de un taller mecánico propio al lado del lago. Era también un hombre como Rubén, pero era un hombre que había decidido años atrás no mentir más. Vivía solo en una casa chica cerca del centro. Le gustaba cocinar, le gustaba el bosque. Ney había aprendido a estar tranquilo.
Rubén y Horacio se vieron durante esa semana en Rosario varias veces. Después Horacio volvió a Bariloche. Se empezaron a hablar por teléfono. Rubén le había dicho a Claudia que era un cliente importante. Lo era, pero era también otra cosa. En 1997, Rubén viajó por primera vez a Bariloche con la excusa de acompañar una reparación. Estuvo 4 días.
Volvió distinto. En 1998 viajó dos veces más. Cada una de esas veces le dijo a Claudia que iba a un curso en Buenos Aires. Claudia nunca le pidió tickets, nunca le pidió pruebas, nunca sospechó nada concreto, porque lo que estaba pasando era tan distinto de lo que imaginaba que no entraba en su cabeza. En el verano del 99, Rubén tomó una decisión.
No la tomó en un día, la tomó durante meses. Decidió que no podía seguir viviendo dos vidas. Decidió también que no se atrevía a hablar con Claudia de la verdad, porque Rubén, que había soportado los golpes de su padre, que había soportado 18 años de silencio interno, no se sentía capaz de mirar a la cara a la mujer que había sido su esposa y decirle con palabras que nunca la había deseado como se suponía que debía desearla.
Le parecía que eso era una forma de matarla. Así que, según él, eligió una forma distinta de matarla. Desapareció. Pensó con una lógica miserable que después iba a reconocer como miserable que un marido muerto era mejor que un marido humillante. Pensó que Claudia podría velarlo, llorarlo, rehacer su vida. No calculó, no supo calcular que Claudia iba a elegir esperarlo 20 años.
La noche del 18 de marzo de 1999, Rubén no fue al kosco. Caminó hasta la estación Mariano Moreno. Tomó un tren a retiro. De retiro tomó un micro a bariloche. Tenía los 100 pesos en el bolsillo, la ropa que llevaba puesta, una muda de recambio comprada la semana anterior en el centro de Rosario y un bolsito con cuatro cosas. Llegó a Bariloche el domingo a la noche.
Horacio lo estaba esperando en la terminal. Durante los primeros dos años vivieron con cuidado. Rubén se cambió de nombre en los círculos sociales. Empezó a hacerse llamar Eusebio, que era su segundo nombre. Le decían Sebi. Consiguió trabajo en un taller chico. Aprendió a cortar leña, a cuidar la huerta, a preparar guiso.
Nunca más renovó documentos. vivió todos esos años usando el apellido de Horacio para casi todo. Pagaba todo en efectivo, no tenía tarjeta de crédito, no estaba en ningún sistema. Con el tiempo, conforme el país digitalizó algunas cosas, hubo momentos en que pensó que lo iban a encontrar. Nunca pasó.
Bariloche es una ciudad de muchos recién llegados. Un hombre de mediana edad que viene a vivir con otro hombre en un barrio tranquilo no es nadie que llame la atención. En el 2004 hicieron una pequeña ceremonia con amigos cercanos. No era un casamiento legal porque en Argentina el matrimonio entre personas del mismo sexo recién iba a ser ley en 2010 y ellos nunca se legalizaron después tampoco, porque para legalizarse hubieran tenido que presentar documentos.
Pero convivían. En 2009, cuando salió el matrimonio igualitario, Horacio le dijo a Rubén que se casaran. Rubén le dijo que no podía, a que no sabía cómo iba a hacer con el documento, que su nombre legal en Argentina seguía figurando. Él lo sabía, como alguien con paradero desconocido y que tenía terror de que al presentarse en algún registro civil saltara su verdadera identidad.
Horacio le dijo que estaba bien, que no importaba, que el papel no iba a cambiar lo que ellos ya tenían. El cartel de familia Escarone Navarro en la puerta lo habían puesto ese mismo verano con clavitos chicos. Horacio riéndose del sentimentalismo de su pareja. Cuando Rubén terminó de hablar, la casa estaba en silencio.
Eran cerca de las 11 de la noche. Horacio no había dicho casi nada durante todo el relato. Claudia tampoco. Rubén estaba llorando despacio, sin mover la cara, con las lágrimas cayéndole solas, como le caen a los hombres que nunca aprendieron a llorar. Claudia se levantó y caminó hasta la ventana.
miró la calle vacía y entonces, con la voz muy tranquila, dijo una sola frase. Le dijo, “Yo te podría haber dicho que sí, Rubén, si vos me hubieras hablado. Yo te podría haber dicho que sí. Lo que no te voy a perdonar nunca es haberme hecho creer que te había matado yo. Esa frase dicha en esa cocina, en esa noche de invierno, cerró para Claudia Baldasarre dos décadas de espera.
Porque lo que había estado cargando durante 20 años, la parte que no había podido compartir con nadie, ni con su hermana, ni con la psicóloga, ni con las amigas, era la sospecha íntima. [música] casi secreta de que algo que ella había hecho o que no había hecho había empujado a Rubén a desaparecer. Había revisado las conversaciones de los últimos meses mil veces.
Había buscado un reproche no dicho, un gesto suyo, un error, y se había sentido culpable todos los días durante 20 años. Y ahora, sentada en esa cocina ajena, entendía que la culpa no había sido suya. La culpa había sido del miedo de él, de un miedo antiguo, heredado, amasado en una casa rural del sur de Santa Fe, 40 años antes, un miedo que no era ella.
Entender eso la liberaba, pero también la humillaba, porque todos los años que le debía a ese miedo eran años que ya no iba a poder recuperar. Claudia se quedó a dormir en la casa esa noche en el cuarto de huéspedes porque afuera nevaba y no tenía cómo volver. Rubén y Horacio durmieron en el mismo cuarto que compartían desde hacía casi dos décadas.
A la mañana siguiente, los tres tomaron mate en la cocina con un silencio nuevo, más cansado que el de la noche anterior. Claudia dijo que iba a volver a Rosario esa misma tarde. Dijo que necesitaba pensar a solas. dijo que no quería tomar ninguna decisión desde la rabia. Dijo también, mirando a Rubén a los ojos, que a pesar de todo no lo iba a denunciar, que no tenía ningún interés en destruir la vida que él se había construido ahí, que ella en algún momento también había querido construirse una vida.
nunca había podido, en parte porque él se había llevado demasiadas cosas al salirse, pero que no iba a aumentar con una venganza pública el dolor que ya había. A cambio, le pidió tres cosas. le pidió que firmara ante un escribano en Bariloche una declaración jurada explicando los hechos para que ella pudiera regularizar su situación civil en Rosario, porque formalmente él estaba declarado fallecido y eso generaba problemas con la casa, con la herencia, con todo. le pidió que le devolviera.
ajustado por inflación de 20 años, el equivalente a los 1200 pesos que había sacado de la cómoda la noche del 18 de marzo, porque era el único gesto material que le iba a permitir sentir que estaban saldando algo y le pidió que nunca, nunca más se le acercara, ni por teléfono, ni por carta, ni por un conocido, que viviera su vida, que fuera feliz con Horacio, pero que desapareciera de la vida de ella con la misma decisión con que había desaparecido 20 años antes.
Solo que esta vez, dijo Claudia con algo que se parecía a una sonrisa amarga, sabiendo que él estaba bien. Rubén aceptó las tres cosas. Fueron esa mañana los tres a una escribanía del centro de Bariloche. Rubén firmó la declaración ante una escribana joven que entendió enseguida que no convenía hacer demasiadas preguntas y le pagó en efectivo a Claudia el equivalente de los 1200 pesos actualizados que Horacio había ido a retirar del banco más temprano.
Claudia guardó los papeles en el bolsillo interno del abrigo, el mismo bolsillo donde todavía tenía la foto vieja del casamiento. A las 5 de la tarde, Rubén y Horacio la acompañaron a la terminal. No se abrazaron. Claudia los miró a los dos largo, con una mirada que no tenía nombre. Después se subió al micro. La última imagen que le quedó a ella de su marido, ahora sí la última, fue la de un hombre de pelo blanco y barba prolija, parado al lado de otro hombre más bajo, [música] los dos haciendo con la mano un gesto chiquito de despedida mientras el
colectivo arrancaba bajo una nevada suave. Claudia volvió a Rosario el 26 de julio de 2019. A la casa de Chesortu llegó pasado el mediodía. Entró, dejó la valija en el pasillo, se sacó el abrigo, se sentó en la cocina y miró la silla vacía que siempre había dejado del lado de Rubén.
Por primera vez en 20 años esa silla vacía no dolía. era nada más una silla. En las semanas siguientes inició los trámites para revertir la declaración de fallecimiento con la documentación que Rubén le había firmado en Bariloche. Fue un proceso largo, lleno de papeleo, con tres viajes a tribunales. A mediados del 2020, ya entrada la pandemia, la justicia aceptó los documentos y anuló la presunción de fallecimiento.
Técnicamente, Claudia volvió a ser una mujer legalmente casada con un hombre vivo. Dos meses después inició la demanda de divorcio vincular, ma que por ser un caso con consentimiento y con documentación firmada por ambas partes, se resolvió en menos de un año. En el 2021, a los 55 años, Claudia Baldasarre dejó de estar casada por primera vez desde los 21.
vendió la casa de Echesortu con todo lo que había adentro. No se quedó con ningún mueble de la época de Rubén. Con parte del dinero de la venta, se compró un departamento chico en el barrio de Abasto, cerca del parque, con un balcón largo y mucha luz. Ahí, por primera vez en su vida, eligió ella sola el color de las paredes, los platos de la cocina, el orden de los cuadros.
Se anotó en un taller de cerámica los martes a la noche. Hizo algunas amigas nuevas. Volvió a ver a las amigas de la secundaria de cuando en cuando, ahora sin el peso de la historia que siempre pesaba antes. A su hermana Nora le contó todo, de a poco, con paciencia, en muchas tardes de café. Nora al principio se enojó más que Claudia. Después también entendió.
Del otro lado de la cordillera chica que hay entre Rosario y Bariloche, Rubén y Horacio siguieron viviendo en la casa de techo verde. Respetaron el pedido de Claudia al pie de la letra. Nunca la llamaron. Nunca le mandaron nada. Nunca preguntaron por ella a nadie. Hasta donde se sabe, Rubén todavía usa el nombre Sebi con los vecinos.
Todavía almuerza con Horacio todos los mediodías. Todavía cuida la huerta. que ahora tiene un invernadero chico que construyó con sus propias manos. El perro blanco murió en 2022. Lo enterraron en el fondo bajo un ciruelo. Claudia, cuando le preguntan si lo perdonó, dice siempre lo mismo. Dice que no es una cuestión de perdonar.
dice que uno perdona las cosas que puede nombrar y que lo que Rubén hizo no tiene un nombre fácil, porque fue al mismo tiempo un acto de cobardía enorme y un acto de desesperación enorme. Y esas dos cosas, dice ella, son difíciles de separar en un solo hombre. Dice que entiende que tenía miedo.
Dice que le sigue doliendo que la haya dejado llorar 20 años. dice que si hubiera tenido que elegir entre saber esto a los 33 o no saberlo nunca, hubiera preferido saberlo. Dice también que hubiera preferido, todavía más, que nunca hubiera tenido que saberlo, que Rubén hubiera hablado antes, que los dos hubieran sido capaces, cada uno a su manera, de nombrar lo que estaban viviendo.
dice que su historia, [música] en el fondo, no es una historia de un hombre que se escapó con otro hombre. Es una historia de un país que durante muchas décadas le hizo creer a mucha gente que la única forma decente de vivir era una sola y que de esa mentira salieron muchas mentiras más. Rubén, dice ella, fue una víctima de esa mentira.
Primero fue la víctima después de la víctima. Este caso nos muestra cómo el silencio heredado de generaciones enteras puede construir mentiras tan grandes que terminan devorando la vida de más de una persona y cómo a veces la verdad, por tarde que llegue, libera más que la espera. ¿Qué piensan de esta historia? ¿Lograron notar las señales a lo largo de la narrativa? Compartan sus teorías en los comentarios.
Si les gustó este tipo de investigación profunda, no [carraspeo] olviden suscribirse al canal y activar las notificaciones. Dejen su like si esta historia los impactó y compártanla con alguien que también se interesaría en casos como este.