Posted in

¿El mayor secreto de Hollywood? La diva que humilló al Tercer Reich y creó la tecnología de tu celular, pero el mundo prefirió verla desnuda, robarle su millonario invento en secreto y dejarla morir en la absoluta miseria, sola en un apartamento descolorido.

¿El mayor secreto de Hollywood? La diva que humilló al Tercer Reich y creó la tecnología de tu celular, pero el mundo prefirió verla desnuda, robarle su millonario invento en secreto y dejarla morir en la absoluta miseria, sola en un apartamento descolorido. Descubre la verdad que intentaron silenciar.

Hedy Lamarr: La Mujer Más Bella del Mundo… que Murió Sola y Pobre  

Era la mujer más bella del mundo y la inventora más ignorada del siglo XX. Hollywood la usaba como decoración mientras ella en secreto diseñaba la tecnología que un día daría origen al Wi-Fi, al Bluetooth y al GPS. Esta es la historia que Estados Unidos prefirió silenciar hasta que ya era demasiado tarde para que ella lo supiera.

 19 de enero del año 2000, una pequeña ciudad llamada Castleberry en el centro de Florida. 5 de la tarde. En un apartamento modesto de la calle Hell Branch Road, en el primer piso de un edificio rosado de paredes descascaradas, una mujer de 85 años está sentada en un sillón viejo frente a una televisión apagada.

 Tiene los ojos cerrados, una manta vieja sobre las piernas y un teléfono sobre la mesa lateral descolgado con el cable enroscado en el suelo. Cuando una enfermera de cuidados domiciliarios entra esa tarde con su llave habitual, encuentra el silencio, la encuentra a ella sentada como dormida. No hay desorden, no hay drama, no hay nada de lo que se esperaría del final de una de las mujeres más fotografiadas del siglo XX.

 Esa mujer se llamaba Hewig, Eva María Kisler. El mundo la conocía como Hey Lamar. Y casi nadie sabía esa tarde de enero que la tecnología invisible que millones de personas usan cada día para conectarse al Wi-Fi, al Bluetooth, al GPS de sus celulares, había nacido en su cabeza durante la Segunda Guerra Mundial, en un cuaderno con tapas de cuero en una mesa de cocina de Hollywood 60 años antes.

 Esta es la historia que el mundo prefirió no escuchar mientras ella estaba viva. La historia de una mujer a la que Hollywood llamó la mujer más bella del mundo y a la que después dejó morir sola, pobre escondida del mundo, comprando comida con cupones de descuento, mientras la tecnología que ella había inventado hacía millonarios a desconocidos.

 En esa misma sala de estar, encima de una repisa modesta, había una caja con varios premios. La mayoría eran trofeos de las películas de Hollywood, pero al fondo, escondido detrás de los demás, había uno distinto. Era de cristal. Tenía grabado el nombre Electronic Frontier Foundation Pioneer Award, 1997. Era el único premio del que Jedy Lamar se sentía verdaderamente orgullosa y era el que nadie veía cuando entraba a esa casa.

 Porque ese pequeño objeto de cristal era la prueba de algo que el mundo se había negado a aceptar durante más de medio siglo, que ella, la mujer más bella del mundo, había tenido también una mente que cambió el siglo. Para entender cómo se llegó a ese sillón silencioso de Castleberry, tenemos que volver al principio, al principio absoluto, a una clínica de maternidad en el centro de Viena, en la fría mañana del 9 de noviembre de 1914.

Viena, otoño de 1914. Europa lleva 3 meses en guerra. El imperio austrohúngaro empieza a desmoronarse. Pero en una habitación de la clínica del distrito noveno, una mujer joven llamada Gertrud Lichtwitz da a luz a una niña que pesa 3, y k. La niña abre los ojos, mira hacia la luz de la ventana y, según le contaría su madre, años después, no llora.

 Mira, como si ya estuviera observándolo todo. El padre Emil Kisler es un hombre culto de 44 años, banquero respetado, director del Credit Stalt Bank Verine, una de las instituciones financieras más importantes de Austria. La madre Gertrud es pianista concertista, 30 años, de origen húngaro, educada en los mejores conservatorios de Budapest.

 Los dos pertenecen a la burguesía judía bienesa, esa clase culta y refinada que en aquellos años brillaba en la Freud, Schnitzler y Climt. Y la niña que acaba de nacer va a ser su única hija. La llaman Headwick en casa, simplemente Hey. Durante los primeros años de su vida, Hey crece en un apartamento amplio del distrito 19o de Viena, rodeada de libros, partituras, espejos venecianos y largas conversaciones intelectuales que escucha desde los rincones del salón.

 Su madre la sienta al piano a los 4 años. Su padre, en cambio, la lleva por las calles de la ciudad explicándole cómo funcionan las cosas. Le explica los trambías, le explica el alumbrado público, le explica las pequeñas piezas mecánicas de su reloj de bolsillo, le abre la radio para que vea por dentro. Y la niña escucha, y la niña entiende.

 Y la niña secretamente comprende mejor que la mayoría de los adultos cómo se mueven los engranajes del mundo. A los 5 años, según una anécdota que la propia Hey contaría décadas después, en una entrevista privada, desmonta una caja de música suiza que su padre había traído de lucerna.

 La desmonta entera, examina cada pieza y la vuelve a armar tornillo por tornillo hasta que vuelve a sonar perfectamente. Su madre, al descubrir lo que había hecho, casi le pega una bofetada por miedo a haber roto un objeto carísimo. Su padre, en cambio, se ríe y le dice, “Hey, no eres una niña normal. Tú vas a inventar algo algún día.

” Esa frase la lleva consigo toda la vida, la lleva incluso a los 80 años, la lleva cuando muere. Había otra historia que su padre contaba a veces en familia cuando Jedy ya era adolescente. Cuando ella tenía 7 años durante un verano en los Alpes Austriíacos, Jedy se había quedado mirando durante horas el funcionamiento de una pequeña presa hidroeléctrica del pueblo, donde estaban de vacaciones.

Había hecho preguntas técnicas al ingeniero que la mantenía. Había dibujado esquemas en una libreta. Había hecho cálculos aproximativos. Al final, el ingeniero le había dicho a Emil Kisler, “Su hija tiene cabeza de ingeniera, no de niña.” Esa frase había hecho llorar al padre de orgullo esa noche en privado.

 Pero la madre, al saberlo había suspirado y había dicho una sola cosa, que Dios no nos castigue por eso. Pero hay un problema. En la Viena de los años 20, una niña judía con cara de princesa y cerebro de ingeniero no tiene espacio para desarrollarse. La sociedad espera de ella una sola cosa. Que crezca para ser hermosa, que aprenda piano, que hable francés, que cocine algo decente, que se case con un buen partido y que tenga hijos.

Read More