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SORAYA Jiménez: The PRICE of triumph… The disgusting BETRAYAL and her DESTROYED body at 35 year…

SORAYA Jiménez: The PRICE of triumph… The disgusting BETRAYAL and her DESTROYED body at 35 year…

Del Olimpo al abismo, Sydney. Año 2000. Todo México lloró frente al televisor cuando levantó esas pesas y se convirtió en la primera mujer en la historia del país en ganar un oro olímpico. Era la heroína nacional absoluta, la figura intocable. Pero esa misma medalla fue su sentencia de muerte.

 Hoy abrimos uno de los expedientes más crueles y dolorosos del deporte mexicano. La asquerosa maquinaria que exprimió a Zoraya Jiménez hasta dejarla seca. descubre como el sistema la empujó hacia los rincones más oscuros y la hundió en escándalos de dopaje y documentos falsificados para mantener la farsa del éxito.

 Pero lo más escalofriante fue su final con 14 cirugías en una sola rodilla sin el pulmón derecho, en la ruina económica total y abandonada como basura por la misma federación que se hizo rica a su costa. [música] Un infarto fulminante que acabó con ella sola en su departamento. Una joven de 35 años con la anatomía de una anciana devorada por el oro.

 Si este tipo de historias, las que el [música] deporte oficial nunca quiere que escuches te importan, suscríbete ahora mismo. Dale like. No porque sí, porque Soraya se merece que su historia completa llegue a más gente. No solo el momento bonito de Sydney que todos repiten cada 4 años cuando hay olimpiadas y conviene recordarla.

 Lo que nadie te contó con claridad es que la gloria olímpica de Soraya Jiménez fue el principio del fin, que el sistema deportivo mexicano la usó, la aplaudió [música] y la tiró a la basura en el orden exacto que eso suena. Su nombre completo era Zoraya Jiménez Mendivil. Y lo que le pasó cambió todo o debería haberlo cambiado.

 Chan, pero México tiene muy mala memoria con sus héroes cuando ya no sirven para generar portadas. [música] En los próximos minutos vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron con claridad. Primera, los documentos que falsificó para poder competir, el escándalo que estalló en 2002 y los dedos que señalaban hacia arriba dentro de la propia federación.

 Segunda, el control antidopaje positivo en el Campeonato Panamericano de Venezuela. el antidepresivo que necesitaba para sobrevivir la presión extrema y el proceso público que la despedazó cuando ya estaba en el suelo. Tercera, lo que años de exigencia sobrehumana le hicieron a su cuerpo. 14 [música] operaciones en la rodilla izquierda, un pulmón arrancado, cinco paros cardiorrespiratorios y una federación que desapareció cuando ya no había medallas que atribuirse. Cuarta.

 El 28 de marzo de 2013. ¿Cómo murió? Silón, ¿dónde estaba y quién no estaba? Te voy a avisar cuando llegue cada [música] una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. Entender por qué en México una campeona olímpica puede morir sola, arruinada y olvidada, mientras la federación que la exprimió sigue operando sin que nadie le pida cuentas.

 Pero antes de llegar ahí, necesitas saber de dónde venía Soraya, porque el sistema no la rompió de repente, la fue quebrando desde que era casi una niña y empezó mucho antes de que alguien en México supiera su nombre. Grábate esto. Lo que vas a escuchar no es una historia de mala suerte, es una historia de un sistema que sabe exactamente lo que hace con sus [música] atletas.

 Todo empezó en Naucalpan de Juárez, Estado de México. El 5 de agosto de 1977, en una familia completamente normal, sin dinero de sobra, eh, sin apellidos conocidos en el mundo del deporte, nació Soraya Jiménez Mendíbil, hija de José Luis Jiménez, contador público, y de María Dolores Mendívil, conocida en la familia como doña Lolita, y nació junto a su hermana gemela, Magali.

 Dos niñas exactamente iguales, nacidas el mismo día en la misma ciudad, en el mismo hogar. Una de ellas iba a convertirse en el nombre más importante del deporte mexicano femenino del siglo XX. La otra iba a estar presente en cada triunfo, en cada derrota, y al final, cuando ya no quedara casi nada, iba a ser parte de los pocos que seguían mirando.

 Piensa en ese Naucalpán de finales de los 70, una ciudad dormitorio del Estado de México, pegada al Distrito Federal, llena de familias como la de Soraya, familias de clase media trabajadora donde el padre sale a las 7 de la mañana, la madre organiza la casa y los hijos crecen entre la escuela, la calle y los pocos espacios deportivos que el municipio puede sostener.

 No había gimnasios privados con entrenadores especializados. No había becas ni programas de detección de talentos que funcionaran de verdad. Había canchas de basquetbol, áreas verdes y la voluntad de una niña que desde muy pequeña demostró que tenía más fuerza en el cuerpo de la que nadie esperaba. Soraya no nació siendo pesista. Eso es fundamental entenderlo.

Nadie nace siendo pesista. Es un deporte que huele a esfuerzo desde el primer día, que duele desde el primer entrenamiento, que exige más del cuerpo humano que casi cualquier otra disciplina olímpica. Y Soraya llegó a él casi por accidente después de intentar varios caminos. Primero fue el basketbol.

 Ella y Magali jugaban juntas, eso y competían juntas en selecciones infantiles y juveniles. Soraya tenía talento real para la cancha, manos rápidas. Buena lectura del juego, una competitividad que se notaba desde los primeros partidos, pero la estatura no le ayudó. En el basquet competitivo, centímetro y5 o 2 cm pueden significar la diferencia entre llegar y no llegar al nivel que uno sueña.

 Y Soraya se quedó en ese limbo donde el talento existe, pero el cuerpo no coopera exactamente con las exigencias físicas del deporte. Entonces lo intentó con el badminton, después con la natación. No era una niña que se rendía fácilmente. Eso quedó claro desde muy temprano. Seguía buscando, seguía probando, seguía encontrando en el movimiento y en la competencia algo que la jalaba de vuelta cada vez que pensaba en dejarlo todo.

Sí, había algo en ella que necesitaba el desafío físico, [música] que necesitaba poner su cuerpo contra algo enorme y ver qué pasaba hasta que alguien la vio levantar algo y le dijo que tenía fuerza. Fuerza real, no la fuerza de un adolescente promedio, sino algo diferente, algo que se nota cuando quien lo ve sabe lo que está buscando.

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