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Shahnaz Pahlavi: La Hija del Último Sha que Su Propia Madre Dejó Atrás

En el salón contiguo, el padre del príncipe heredero, el fundador de la dinastía, reza Sha Pajlabi, camina de un lado a otro. Es un hombre alto, severo, de mirada dura. Exoficial de Cosacos, llegado al poder por la fuerza apenas 15 años atrás. Espera un varón, necesita un varón. Su dinastía es joven, frágil, apenas tiene 15 años de existencia.

Un heredero varón asegurará el futuro. Una niña, en cambio, complicará todo. A las pocas horas nace una niña. Le ponen el nombre de Shanas, significa orgullo del rey. Se dice que cuando Ra Sha recibió la noticia, guardó silencio durante varios minutos. Los oficiales a su alrededor contuvieron la respiración. Nadie se atrevía a felicitarlo.

El viejo soldado miró por la ventana. Luego entró a la habitación donde su nuera sostenía al bebé. Miró a la niña y entonces, según testimonios de la corte, que fueron transmitidos décadas después, pronunció una frase que nadie olvidaría. Esta niña cargará con el peso de todos nosotros. Nadie entendió en ese momento el significado profundo de esas palabras.

Pensaron que era una frase poética, una muestra de ternura de un hombre conocido por su dureza. Pero hoy, mirando hacia atrás, esa frase parece una profecía, una maldición, un destino escrito desde la cuna. Shan no tenía una semana de nacida y ya era el centro del universo persa. Las salvas de artillería retumbaron en Teerán durante horas.

Las embajadas extranjeras enviaron telegramas de felicitación. La radio nacional transmitió boletines especiales cada hora. Los bazares de Isfahán, Shiraz y Tabríz colgaron banderas. Los imames de las mezquitas elevaron plegarias por la recién nacida. Para un país que apenas empezaba a modernizarse, el nacimiento de la primera nieta del shade estado.

Pero lo que casi nadie sabía, lo que la propaganda oficial escondía cuidadosamente detrás de las fotos sonrientes, era que el matrimonio de sus padres ya se estaba deshaciendo. Fausia, la princesa egipcia, odiaba Teerán, odiaba el frío, odiaba los rituales de la corte persa que le parecían antiguos y absurdos. odiaba a su suegro autoritario, que la trataba con distancia helada.

Y peor todavía, odiaba a su esposo, que había empezado a serle infiel apenas un año después de la boda. La pequeña Shan nació en medio de una guerra silenciosa entre dos personas que ya no se soportaban. Esa sería la primera herida de su vida, una herida que marcaría todo lo que vendría después. Los primeros años de Shanas transcurren en un decorado irreal.

Niñeras francesas traídas directamente de París. Maestras inglesas contratadas en Oxford. Vestidos confeccionados en los talleres de la alta costura parisina. Juguetes enviados desde Londres en cajas de madera pulida, una pequeña yegua de crem blanca, regalo del rey de Arabia. Muñecas vestidas como emperatrices traídas desde San Petersburgo por un diplomático ruso, pero también silencios largos, puertas cerradas, gritos ahogados detrás de los muros del palacio.

La niña crece viendo a su madre llorar, crece escuchando a los sirvientes murmurar. Crece sintiendo que algo está mal en su casa, aunque nadie se lo explique. En 1941, cuando Shanas tiene apenas un año, el mundo se derrumba. Los aliados, en plena Segunda Guerra Mundial invaden Irán. Acusan a Resa Sha de simpatizar con los nazis.

En realidad, lo que quieren es el corredor ferroviario iraní para enviar armas a la Unión Soviética. Resa Sha es obligado a abdicar. Lo embarcan en un buque británico. Lo exilian primero a Isla Mauricio, luego a Sudáfrica. Su padre Mohamad Resa, sube al trono de manera precipitada. Tiene 22 años y apenas entiende lo que significa gobernar.

De un día para otro, Shahnas deja de ser la nieta del Sha para convertirse en la primera hija del Sha. La atención sobre ella se multiplica, los fotógrafos la persiguen, la prensa internacional publica sus fotos, pero en casa todo se derrumba también. En 1945, cuando Shana tiene 5 años, su madre Fauzia toma una decisión que conmocionará a dos países.

Regresa a Egipto para visitar a su familia y no vuelve nunca más. pide el divorcio desde el Cairo, renuncia a su título de emperatriz de Irán y algo todavía más devastador, algo que marcará a Shanás para toda la vida. Acepta el divorcio a cambio de no pelear por la custodia de su hija. Fauzia deja a la niña en Teerán.

Se va y Shanas a los 5 años se despierta una mañana y descubre que su madre ha desaparecido. Nadie le explica, nadie le dice la verdad. Durante meses, durante años, le dicen que su madre regresará pronto, que está de viaje, que está enferma, que volverá cuando la nieve derrita, que volverá para la primavera, que volverá para su cumpleaños.

Pero Fauzian nunca regresa. Y Shanas aprende desde muy pequeña que en este mundo los adultos mienten, que las promesas son solo palabras y que incluso las madres pueden abandonar a sus hijos. Hay una escena que cuentan las niñeras de la época, una escena pequeña, cotidiana, pero devastadora.

Cada noche, antes de dormir, la pequeña Shanas preguntaba, “¿Mañana viene mamá?” Y las niñeras, siguiendo órdenes estrictas, respondían, “Quizás mi princesa, quizás mañana, durante meses, durante años.” Hasta que un día la niña dejó de preguntar, simplemente se acostó y cerró los ojos sin decir nada. Esa noche, una de las niñeras inglesas escribió en su diario personal una frase que sería descubierta décadas después.

Hoy Shahnas dejó de esperar. Tiene 6 años. Algo se rompió adentro de ella para siempre. Hay otra escena igualmente reveladora. Un día, a los 7 años, Shan encuentra por casualidad una fotografía de su madre Fauzia escondida en un cajón de la biblioteca. Es una foto oficial del día de la boda en 1939 en el Cairo, donde Fauzia aparece resplandeciente con un vestido bordado en perlas.

La niña toma la foto, la esconde debajo de su almohada, la contempla cada noche antes de dormir. Un día, una sirvienta la descubre, informa al chambelán. El chambelán se lo dice al Sha. Mohammad Reisa ordena que se le devuelva la foto a su hija, pero también manda sacar todos los demás retratos de Fausia del Palacio como si quisiera borrar el recuerdo.

Shan guarda esa única foto durante toda su vida. la lleva consigo al exilio. Aparecerá décadas después entre los objetos personales encontrados en su apartamento parisino tras su muerte. A los 8 años, Shan empieza a escribir cartas a su madre, cartas en francés. Las entrega a las gobernantas para que las envíen a El Cairo. Nunca recibe respuesta.

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