Posted in

El día que John Wayne insultó a México en casa de María Félix – Lo sacaron a la fuerza

Vivía entre París y Ciudad de México. Se vestía con Dior, Jivenchi, Valenciaga. Mandaba fabricar joyas a Cartier que hoy se exhiben en museos junto a las de Elizabeth Taylor y Grace Kelly. Había cenado con presidentes, rechazado a reyes, destruido matrimonios y construido imperios. y tenía una casa en Acapulco, Villavera. Tres acres frente al Pacífico, piscina infinita que se fundía con el horizonte del océano, jardines diseñados por el arquitecto paisajista más prestigioso de México.

No era ostentosa, no era vulgar, era simplemente perfecta, como todo lo que María tocaba. Villa Vera era su refugio. María la usaba para escapar de París, de Ciudad de México, de las demandas constantes de ser María Félix. En Acapulco podía ser simplemente ella, nadar al amanecer, leer en la terraza, recibir a amigos electos para cenas que duraban hasta el amanecer y ocasionalmente, muy ocasionalmente, dar fiestas que se convertían en leyenda.

El 15 de agosto de 1959 era una de esas ocasiones. Carlo Pontti, el legendario productor italiano, esposo de Sofia Loren, estaba en México produciendo una película. Su cumpleaños caía en agosto. María ofreció su casa para una fiesta privada. Privada siendo un término relativo cuando eres Carlo Ponti y tu anfitriona es María Félix.

120 invitados. La élite absoluta de tres continentes mezclándose en la terraza con vista al Pacífico. Actores de Hollywood, directores europeos, productores mexicanos, empresarios, diplomáticos, herederos de fortunas antiguas, gente que movía el mundo desde las sombras y gente que brillaba bajo las luces. Todos congregados en la terraza de mármol de María Félix, mientras un cuarteto de jazz tocaba estándars americanos con acento mexicano y meseros impecables, circulaban con charolas de champán francés y canapés preparados por

el chef personal de María, un francés que había abandonado un restaurante con estrella Micheline en París porque María le pagaba el triple y porque como el mismo confesaba, cocinar para María Félix es cocinar para una diosa que además sabe de comida, que es raro en las tí Jong Wayne estaba en México supuestamente filmando algo.

En realidad había venido a pescar Marlí en las aguas de Acapulco, a beber sin que su esposa lo vigilara y a escapar de los problemas maritales que lo estaban consumiendo. Pilar, su tercera esposa, lo estaba volviendo loco con su paranoia sobre sus infidelidades. Paranoia con razón, porque Wayne no podía mantener los pantalones puestos más de dos semanas consecutivas.

Carlo Pontti lo invitó por cortesía profesional. Ven a mi cumpleaños en casa de María Félix. Será divertido. Wayne aceptó sin pensarlo. Fiesta gratis. Trajos. Tal vez alguna actriz mexicana impresionable a quien pudiera deslumbrar con su estatus de estrella internacional. No tenía idea de a dónde iba. No tenía idea de quién era María Félix.

Realmente no tenía idea de que esa noche cambiaría para siempre la forma en que México lo veía y la forma en que él se veía a sí mismo. Llegó a Villavera a las 9:30 de la noche en un auto rentado con chóer. Ya borracho. No obviamente borracho. Todavía podía caminar en línea relativamente recta. Todavía formaba oraciones coherentes, pero tenía esa borrachera funcional que los alcohólicos experimentados manejan como un segundo estado natural.

Esa borrachera donde la voz se vuelve un poco más fuerte, las opiniones un poco más atrevidas, el filtro social un poco más delgado. Llevaba pantalones kaki, camisa avallana, mocacines sin calcetines, vestimenta de turista americano en trópico. Ni siquiera se había puesto traje. En una fiesta donde los hombres vestían lino italiano y las mujeres parecían salidas de la portada de Bogue.

Entró a la terraza como entraba a todos lados, como dueño del lugar. Esa confianza particular de hombres blancos americanos ricos en países que consideran inferiores. Esa forma de caminar que dice estoy aquí, agradézcanmelo. María lo vio llegar desde la distancia. Estaba conversando con Carlo Pontti y su esposa Sofia Loren cerca de la piscina.

No lo saludó personalmente. Tenía 120 invitados y no era su trabajo recibir a cada uno en la puerta, especialmente no a alguien a quien no conocía personalmente y sobre quien había escuchado cosas que no la impresionaban en absoluto. Es actor de Cowboys le había dicho a Lupita, su asistente, cuando Carlo mencionó que lo invitaría.

Hace la misma película una y otra vez. Hombre blanco salva al mundo. No he visto ninguna completa. Lupita, que si veía películas de Hollywood, le advirtió, “Dicen que es difícil, doña, que bebe mucho y dice cosas. Todos los hombres dicen cosas cuando beben, respondió María. La pregunta es si alguien les dice que se callen.

” Nadie le había dicho eso a John Wayne en su vida. Esa noche iba a cambiar. Wayne circuló por la terraza durante dos horas. Ibio whisky, mucho whisky. Bourbon americano que había traído el mismo porque no confiaba en el whisky mexicano. Detalle que los meseros notaron y comentaron en la cocina con esa mezcla de ofensa y diversión que solo los mexicanos pueden sentir simultáneamente.

Se movía de grupo en grupo con el carisma de estrella de cine que todavía funcionaba cuando estaba al menos 60% sobrio. Cantaba Anecdotas de Hollywood hacía reír a la gente. con actrices jóvenes con esa torpeza que algunos confundían con encantó. Era dos productores mexicanos, Gregorio Bayerstein y Alfredo Ripstein, ambos gigantes de la industria nacional.

Un director italiano cuyo nombre nadie recordaría después. una actriz francesa que estaba de paso por Acapulco, John Wayne con su cuarto o quinto whisky en la mano y un empresario americano llamado Thomas Reed, que llevaba 20 años viviendo en Ciudad de México, casado con una mujer mexicana, con hijos mexicanos, que amaba el país con la devoción de quien lo eligió voluntariamente.

Hablaban de Cuba. Fidel Castro acababa de tomar el poder 6 meses antes. Estados Unidos estaba nervioso. La revolución cubana había sacudido al hemisferio entero y todo el mundo tenía opinión. México mantenía su postura histórica de no intervención, de respeto a la soberanía de las naciones. Postura que enfurecía a Washington, pero que los mexicanos defendían con orgullo.

Gregorio Bayerstein, hombre culto, pausado, con esa elegancia intelectual de los productores mexicanos de la Vieja Guardia, comentó con voz mesurada, “Estados Unidos debería respetar la soberanía de Cuba. No es su jardín trasero. Cada nación tiene derecho a decidir su propio destino. Wayne Re no fue risa de humor, fue risa de condescendencia.

Esa risa que sale de la garganta de hombres que creen que saben más que todos en la habitación. Soberanía dijo, la palabra saboreada con desprecio. Cuba va a ser comunista en 6 meses y cuando eso pase ustedes, los mexicanos, van a llorar pidiendo que Estados Unidos los proteja. Como siempre, tono condescendiente, como explicándole algo obvio a un niño que no entiende aritmética básica.

Read More