una ciudad que no era exactamente conocida por exportar figuras del deporte espectáculo al nivel que lo hizo Andrés Palomeque. Una ciudad donde la vida se vivía con más calor que comodidades y donde las oportunidades dependían mucho de qué tan dispuesto estabas a trabajar para buscarlas. Andrés creció en ese contexto.
Los detalles más íntimos de su infancia, su familia directa, sus primeros años, no están completamente documentados en el registro público. La lucha libre mexicana no es como el béisbol americano o el fútbol europeo, donde los atletas tienen biólogos desde niños que documentan cada etapa. Aquí los orígenes muchas veces se conocen solo por lo que el propio luchador decide contar en entrevistas, por lo que sus cercanos comparten, por lo que queda en los archivos de las empresas.
Y en el caso de Andrés, lo que quedó registrado con más claridad es lo que él mismo contó en distintas ocasiones. Su relación con la lucha libre empezó de la manera más simple posible. Su familia lo llevó a ver una función cuando tenía 9 años. 9 años. Y algo en ese espectáculo lo atrapó de una manera que no soltó jamás.
Grábate esto porque es importante para entender todo lo que viene después. Hay momentos en la vida de una persona que funcionan como interruptores. Algo que ves, algo que escuchas, algo que te sacude por dentro de una manera que no puedes explicar del todo, pero que sabes, sabes con certeza absoluta que te cambió, que dividió tu vida en el antes y el después.
Para Andrés Palomeque, ese interruptor se activó a los 9 años dentro de una arena de lucha libre en Tabasco. La lucha libre en México no es solo un deporte. Esto es algo que hay que entender bien para comprender por qué un niño de 9 años puede quedar hipnotizado por ello. Es un ritual, es una ceremonia con sus propios códigos, sus propias reglas no escritas, sus propios héroes y villanos que encarnan algo más que personas reales.
Los técnicos representan la justicia, la bondad, el bien. Los rudos representan todo lo que el público quiere ver castigado, todo lo que odian, todo lo que los frustra en la vida cotidiana trasladado a una figura que pueden insultar y abuchear libremente. Es teatro físico con consecuencias reales. Los golpes suenan de verdad.
El sudor es real. El dolor es real. Las caídas duelen. Los impactos dejan marcas. Y cuando un enmascarado de 120 kg vuela desde la tercera cuerda sobre su rival, cuando la tela de la máscara se tensa y el cuerpo humano hace algo que parece físicamente imposible, hay algo en ese momento que toca algo primitivo en quien lo está mirando desde las gradas.
Algo que dice, “Quiero estar ahí, quiero ser eso, quiero tener ese poder.” Andrés lo quiso desde los 9 años. A los 13 comenzó a entrenar Terpenarse formalmente. A los 13, no en un gimnasio con todo el equipo moderno, no con un entrenador famoso, no en la Ciudad de México, donde estaban los centros de formación más importantes, con lo que había, con lo que se podía conseguir en Tabasco, con la voluntad de un adolescente que ya sabía lo que quería, aunque todavía no supiera exactamente cómo llegar ahí.
El entrenamiento en la lucha libre no es lo que la gente de afuera imagina cuando piensa en ello. No es simplemente aprender a caer bien y a hacer movimientos espectaculares. Es un proceso físico brutalmente exigente que requiere años de formación, flexibilidad que la mayoría de los cuerpos adultos nunca tendrán.
Fuerza funcional que no se construye con pesas solamente, sino con trabajo específico del cuadrilátero. Coordinación para sincronizar con un compañero de una manera que parezca espontánea, pero que requiere cientos de repeticiones. Resistencia para aguantar luchar durante 20, 30, 40 minutos sin que el cansancio se note desde afuera y una disposición particular al dolor que no todo el mundo puede desarrollar porque las caídas sobre el ring lastiman.
Las cuerdas golpean, los cuerpos de los oponentes pesan. En los primeros años, antes de que el cuerpo se adapte, antes de que los músculos aprendan a amortiguar de la manera correcta, antes de que las articulaciones desarrollen la memoria necesaria, cada sesión de entrenamiento es un ejercicio de pura voluntad. Cada práctica termina con el cuerpo adolorido de maneras que la mayoría de las personas nunca experimentarán.
Andrés aguantó todo eso. Más que aguantar, prosperó. A los 16 años, en 1987, hizo su debut profesional bajo el nombre de Alex Dinamo, 16 años. La mayoría de los jóvenes de 16 están pensando en el bachillerato, en las fiestas del fin de semana, en las primeras relaciones. Andrés Palomeque ya estaba trabajando como luchador profesional, ya estaba en carretera, ya estaba subiendo a un ring delante de público que pagaba entrada para verlo.
El nombre Alex Dinamo no llegó lejos en términos de notoriedad. Tampoco lo harían los siguientes alias que adoptó en sus primeros años. Furor, pequeño samurá. Nombres de paso, nombres que usó mientras aprendía, mientras afinaba su técnica, mientras entendía cómo funciona el negocio de la lucha libre por dentro.
Porque la lucha libre, como cualquier industria del espectáculo, tiene su propia lógica, sus propias jerarquías, sus propios mecanismos de ascenso, que no dependen únicamente del talento en el ring. Necesitas saber quién te conoce. Necesitas estar en el lugar correcto. Necesitas que la persona correcta te vea a trabajar y decida que vales la inversión de desarrollarte.
Necesitas paciencia para esperar ese momento mientras sigues apareciendo en funciones locales por cantidades de dinero que no alcanzan para mucho más que el pasaje de vuelta. Y en todo ese proceso hay algo más que Andrés estaba construyendo de manera que después se convertiría en central para todo su físico.
El cuerpo de Andrés Palomque era extraordinario. No era un luchador esbelto y ágil en el estilo de un octagón o un latin lover. Era grande, era musculoso de una manera que no tenía ningún sentido para el nivel de agilidad y movilidad que manejaba dentro del ring. Sus hombros, sus brazos, su espalda, el cuerpo de alguien que dedicaba horas al acondicionamiento físico intenso más allá del entrenamiento de lucha.
un físico que intimidaba solo de verlo, un físico que comunicaba amenaza antes de que él dijera una sola palabra o ejecutara un solo movimiento. Y ese físico era parte del plan, porque lo que venía después requería exactamente eso, un personaje que fuera visualmente imposible de ignorar. En el panorama de la lucha libre mexicana de finales de los 80 y principios de los 90, el escenario estaba dividido principalmente entre dos grandes empresas.
Por un lado, el Consejo Mundial de Lucha Libre, el CML, una institución con décadas de historia, con un estilo más técnico y tradicional, con el peso de la leyenda de figuras históricas del pancrecio nacional. Por el otro, una empresa nueva y absolutamente revolucionaria que estaba cambiando todo lo que se creía saber sobre cómo hacer lucha libre en México.
La asistencia asesoría y administración, la triple A. la aa fundada en 1992 por Antonio Peña, un hombre que entendía como pocos que la lucha libre podía ser más, mucho más, más espectáculo, más personajes elaborados, más televisión, más conexión con el público masivo que nunca había sido el núcleo de las arenas tradicionales.
Andrés Palomeque trabajó en el CMLL durante su periodo de formación. aprendió ahí absorbió la técnica, la cultura, los códigos del pancracio clásico mexicano y desde ahí, mientras acumulaba experiencia y rodaje, observó lo que Antonio Peña estaba construyendo en la AAA. Cuando la AA se estableció como la alternativa real al CML, Andrés ya tenía suficiente experiencia para hacer el salto y lo hizo.
Se unió a la nueva empresa, adoptó el personaje de Winners, un rudo que funcionaba con el público femenino, que luchaba en la caravana estelar de la AA y que empezó a hacerse visible en las funciones de la empresa The Winners, como era conocido en la nomenclatura interna. Pero el momento más importante que definió su lugar en la historia de la A a A en esos primeros años fue un momento de derrota en Triplemanía 3, uno de los eventos más importantes de la empresa en aquella época.
El personaje de Winners perdió su máscara ante percaló en el centro de convenciones de Ciudad Madero, Tamaulipas. Grábate ese dato y su significado completo. En la lucha libre mexicana, la máscara no es simplemente un accesorio, es la identidad completa del luchador. Es el misterio que lo rodea, lo que lo convierte de un hombre corriente en una figura casi mítica.
Cuando un luchador enmascarado lleva su máscara durante años. Cuando construye su carrera bajo ese misterio, la máscara se convierte en algo que va más allá del personaje. Se convierte en el personaje. Perderla en una lucha de apuesta ante el público es una de las consecuencias más dramáticas que puede sufrir un luchador profesional.
No tiene equivalente exacto en otros deportes. Es una muerte simbólica del personaje. Andrés la vivió y no lo detuvo. Trabajó durante 5 años bajo el nombre de Winners, 5 años de carretera, de funciones en todas partes del país, de aprender el oficio hasta la médula, de entender qué quería la gente, qué la hacía gritar, que la hacía amar odiar a un luchador con toda la intensidad que solo la lucha libre puede generar en el público mexicano.
5 años construyendo algo que muchos no ven desde afuera. una inteligencia profunda del espectáculo, la capacidad de leer una arena, de saber exactamente qué gesto, qué mirada, qué movimiento va a arrancar la reacción que necesitas del público. Y mientras hacía todo eso, el hombre que cambiaría su carrera para siempre lo estaba viendo.
Antonio Peña, el dueño de la AA, el visionario que había creado la empresa, el hombre que tenía el ojo para ver en un luchador no solo lo que era en ese momento, sino lo que podía hacer con el personaje correcto, con la historia correcta, con el empuje correcto. Antonio Peña miraba a bajandrés palomeque y veía algo más que un buen trabajador del ring.
Veía la base perfecta para construir uno de los grandes rudos de la siguiente era de la lucha libre mexicana. En 1997, Peña le ofreció a Tandrés un nuevo personaje, nuevo de cero, con un nombre nuevo, con una imagen nueva, con una historia nueva desde el primer día, un rudo de dimensiones casi sobrenaturales, con un físico que los fans no habían visto en el ring mexicano de esa manera, con un carisma que iba a convertir el odio del público en algo que en realidad era fascinación disfrazada de insultos.
El 10 de enero de 1997, Andrés Alejandro Palomeque González debutó como abismo negro. El rey del Martinete había llegado y lo que vino en los siguientes 12 años fue exactamente la clase de historia que convierte a un hombre en una institución. Pero lo que también vino, aunque nadie lo viera todavía, fue la cuenta regresiva que terminaría en la carretera de Sinaloa.
En 2004, cuando la TNA y la AAA establecieron su relación de trabajo, Abismo Negro fue uno de los representantes mexicanos que viajaron a los Estados Unidos. compitió en la América’s X Cup de 2004 junto con otros elementos de la aAa frente al público americano. Era la clase de exposición internacional que pocos luchadores mexicanos de su generación lograron tener y lo hacía con la naturalidad de alguien que estaba acostumbrado a hacer el centro de la escena donde fuera que estuviera.
En 2005, los Vipers Revolución renacieron como nueva versión del grupo con abismo como líder indiscutible acompañado por Electroshock, Histeria, Psicosis y Charlie Manson. Y esa formación llevó el nombre de los Vipers hasta Japón, hasta Pro Wrestling Noa, para mostrar el estilo mexicano a un público que tenía sus propias tradiciones y que, sin embargo, recibió a los mexicanos con la curiosidad y el respeto que los grandes siempre generan.
Todo esto ocurrió mientras la mente de Andrés Palomeque procesaba cosas que ninguna arena podía ver, mientras los fans lo aclamaban en Japón, en México, en los Estados Unidos. La química de su cerebro estaba librando una guerra que nadie en el público tenía manera de conocer. Nadie imaginaba lo que estaba por pasar.
Esta es la primera revelación que te prometí. El 10 de enero de 1997, debut como abismo negro. 9 días después, el 19 de enero de 1997, ya estaba compitiendo en los Estados Unidos en la World Wrestling Federation. en el WWF Free for All, el prhow antes del Royal Rumble, haciendo equipo con heavy metal e histeria contra el equipo de Octagón, Blue Demon Junior y Tinieblas Junior.
Una derrota, sí, pero era el Royal Rumble de la WF. Era el espectáculo más visto del planeta en ese momento en términos de lucha libre profesional. 9 días llevaba siendo abismo negro y ya estaba en esa escena. Ese nivel de visibilidad inmediata no ocurre por casualidad. Ocurre cuando hay un acuerdo institucional que existía entre la WF y la AAA desde finales de 1996 y cuando la persona correcta te ve y decide que eres exactamente lo que necesitan mostrar.
En el caso de abismo negro, la decisión fue inmediata. hizo tres apariciones en la WWF en enero y marzo de 1997, incluyendo dos en el Monday Night Raw, el programa estelar de la empresa. Fue anunciado como parte de los Vipers, la facción que se estaba construyendo en la AA. Y eso nos lleva directamente al corazón de lo que fue la carrera de abismo negro durante sus años de mayor gloria, los Vipers.
Necesito que entiendas qué fue los Vipers para la aaAa y para la lucha libre mexicana en general, porque sin entender eso, no puedes entender qué significaba ser el líder de esa facción. Los Vipers se creó en agosto de 1997 durante un sketch noti AA. El líder inicial del grupo era cibernético, uno de los rudos más carismáticos de la empresa.
Pero abismo negro fue desde los primeros días el otro pilar, el complemento perfecto. El grupo inicial incluía además a electroshock, Histeria, Psicosis, Mosco de la Merced y maníaco. Siete hombres que juntos crearon algo que la aa no había visto antes de esa manera. una facción de rudos que funcionaba como una máquina perfectamente coordinada de generación de odio público. Escucha esto.
Los Vapers fue un éxito inmediato y masivo, un éxito del tipo que solo los mejores grupos de rudos pueden generar. El público los odiaba de la manera que solo los grandes villanos logran, con un odio que en realidad es fascinación. ¿Querías verlos perder? ¿Eperabas ese momento en que el técnico de turno los derrotaba y te dejaba gritar con toda la garganta? Pero también querías verlos trabajar porque lo que hacían lo hacían mejor que nadie.
En ese momento en la AA tuvieron feudos que quedaron en la memoria colectiva de los fans de esa era, contra los payasos, contra los vatos locos, contra los junior atómicos y tuvieron ese momento que se convirtió en una de las imágenes más recordadas de esa época, la invasión a la Arena, México del CML, los Vipers de la AAA, los intrusos, los invasores irrumpiendo en el templo sagrado de la empresa rival en el evento padrísimo que unió a las dos marcas.
Los rudos de la AA cayeron ante el equipo de la serie y establel, pero la imagen de esa invasión, de esa confrontación de identidades y estilos, quedó grabada en el colectivo de los fans como uno de los momentos más importantes de esa era del pancracio nacional. Abismo negro estaba en el centro de todo eso y en 1998 llegó su primer título individual.
El 19 de mayo de 1998, Abismo Negro derrotó a Pentagón para capturar el Campeonato Nacional de peso medio. Lo retuvo durante 8 meses hasta enero de 1999. No es solo el título en sí lo que importa, es lo que representa que la empresa confiaba en él para llevar una corre para ser el referente de una división para ser el hombre que los contendientes tenían que perseguir.
Y en 1999, el 2 de mayo exactamente, se unió con Electroshock para derrotar a perro Guayo padre e hijo, dos de los nombres más respetados y temidos de la lucha libre mexicana. para ganar el Campeonato Nacional en parejas. Lo retuvieron 4 meses antes de perderlo ante Hor Panther. Luego lo recuperaron el 7 de mayo del año 2000 al derrotar a los mismos Hor Panther y lo retuvieron 63 días más antes de perderlo nuevamente, esta vez ante Héctor Garza y Perro Aguayo Junior. Grábate esto.
Campeonato nacional de peso medio, campeonato nacional en parejas, múltiples reinados, una presencia constante en los eventos estelares de la empresa más importante del momento. Eso es lo que construyó Abismo Negro en esos años. Una carrera de campeón, una trayectoria que justificaba el espacio que ocupaba en los carteles y en el año 2000 ganó algo que en la lucha libre vale más que cualquier título de Correa.
La cabellera de Panther en una lucha de apuesta. En la lucha libre tradicional, las máscaras y cabelleras son las apuestas definitivas. Ganar la cabellera de un rival en esas circunstancias es ganar un trofeo que no tiene equivalente en ningún otro deporte. El 7 de septiembre de 2001, Abismo Negro ganó otra lucha del revés, derrotando a el alebrije.
Más trofeos, más historia construida. En el año 2000 también participó en una gira de AA por Japón, donde compitió en Michinoku Pro Wrestling el 9 de abril. En Triplemanía 8 estuvo en el bando perdedor de la lucha de equipos de ocho hombres del evento principal haciendo equipo con cibernético, Shimanobaga y Electros Shock.
llegó a participar en el evento TN a cuando la empresa americana y la AAA establecieron su relación de trabajo en 2004. Compitió en Pro Wrestling Noah en Japón. Todo eso en paralelo a su carrera en México. Todo eso mientras seguía siendo el pilar del side rudo de la AA. Todo eso mientras los Vipers en sus diferentes versiones y formatos seguían siendo una de las historias principales de la empresa.
Pero aquí viene algo que necesitas entender sobre los bepers en esa época, porque es importante para lo que viene después. En 1999, Cibernético y Abismo Negro empezaron a tener diferencias internas. El grupo se dividió en dos subfacciones, los Vipers Extreme, liderado por Abismo negro e incluyendo a Tattoo Electroshock, Pentagón, Shiima, El Cuervo y Mini Abismo Negro y los Vipers, primera clase, liderado por cibernético.
El ángel fue abandonado en menos de dos meses y los Vipers se reunificaron. Pero las tensiones entre abismo y cibernético, los dos fundadores, siguieron siendo una línea narrativa que la empresa utilizó durante años. Y en esas tensiones, en esos feudos internos y externos, en esas historias construidas semana tras semana, función tras función, Abismo Negro no era solo un personaje, era un producto, era una marca, era un activo comercial de la empresa que se había vuelto tan valioso que reemplazarlo hubiera sido

extraordinariamente difícil. Y eso, como pronto descubrirás, es exactamente el problema. Piensa en eso un momento. Cuando eres tan valioso para una empresa, cuando tu nombre en el cartel significa entradas vendidas, cuando tu cara en el programa de televisión significa ratings, cuando tu presencia garantiza la reacción del público, ¿quién te dice que necesitas descansar? ¿Quién te dice que algo en ti está fallando? ¿Quién arriesga el activo al señalar que el activo tiene un problema que requiere tiempo para tratarse? La
respuesta correcta a esas preguntas debería ser el sistema. Debería haber protocolos, debería haber personas responsables de la salud de los luchadores que sean independientes de los intereses comerciales. Debería haber una estructura que ponga el bienestar de la persona por encima del valor de la franquicia.
Pero en la lucha libre mexicana de esa época, ese sistema no existía de la manera en que tendría que existir. Y mientras todo eso no existía, Andrés Palomeque seguía subiendo al ring, semana tras semana, función tras función, construyendo una carrera que era brillante por fuera y que por dentro, en los espacios que el público nunca veía, se estaba fracturando.
Lo que vino después fue inevitable. La única pregunta era, ¿cuándo? Antes de llegar al momento del autobús, necesito que entiendas algo que los números no capturan del todo. Necesito que entiendas cómo era ser abismo negro en el pico de su carrera, no el personaje del cartel, el hombre en el vestidor. En la lucha libre profesional hay una economía invisible que el público no ve.
Hay luchadores que cobran más porque venden más entradas. Hay luchadores que tienen poder de negociación porque la empresa los necesita y ellos lo saben. Hay luchadores cuyo nombre en el cartel es garantía de taquilla. Y en la jerarquía de la A aaA de ese periodo, Abismo Negro estaba en la cúspide de esa economía invisible.
Eso significaba cosas concretas. Significaba que cuando se diseñaban los carteles de los eventos importantes, su nombre era uno de los primeros que se ponía. significaba que en las giras de la empresa, en las ciudades donde la aa llegaba a llenar arenas, abismo negro era uno de los elementos que la afición regional esperaba ver.
Significaba que en la estructura de poder informal del vestidor, que en cualquier empresa del espectáculo existe, aunque nadie lo documente, su posición era alta. Y también significaba que cuando empezaron los problemas, cuando empezaron los episodios, cuando empezaron las crisis que llevarían a los seis internamientos, la empresa tenía un incentivo muy real y muy poderoso para manejar la situación de la manera menos disruptiva posible para el negocio. Grábate esto.
No estoy diciendo que la AA como empresa tomó la decisión deliberada de poner el negocio por encima de la salud de Andrés de manera consciente y calculada. Lo que estoy diciendo es algo más sutil y más universal. Los sistemas tienden a preservarse, las empresas tienden a encontrar la manera de mantener funcionando lo que necesitan que funcione.
Y cuando uno de sus elementos más importantes empieza a fallar, pero puede seguir funcionando si se maneja la situación de cierta manera, el sistema tiende hacia el manejo, no hacia la solución completa. Había lucha libre que hacer, había ciudades que visitar, había funciones que llenar. Y Abismo Negro era parte de ese calendario de una manera que no era fácil de reemplazar.
Abismo negro en televisión. Necesito que te detengas un momento aquí porque esto es importante para entender la dimensión real de lo que este hombre construyó fuera del ring juego. La lucha libre. Ah, ah, ah, ah, ah. tenía en abismo negro, algo que pocas empresas de entretenimiento pueden decir que tienen.
un personaje que funcionaba en múltiples contextos en el ring, obviamente en el contexto de la lucha libre donde era el rudo de referencia, el villano que los fans amaban odiar, pero también fuera del ring, en la televisión de a pie, en el entretenimiento generalista que llegaba a hogares que quizás nunca habían comprado una entrada para una función de lucha libre.
El programa Se vale fue donde Andrés encontró su segundo hogar mediático, un programa de talento donde participó regularmente como juez, donde se ganó el apodo del juez de hierro de la televisión y ese apodo funcionaba perfectamente porque capturaba exactamente lo que hacía tan bueno aos Andrés para ese papel. tenía la presencia física que imponía.
Tenía la capacidad de comunicar seriedad con solo mirar y tenía el instinto para saber cuándo romper esa seriedad con un momento de humor que llegaba más fuerte, precisamente por el contraste. También apareció en la familia Peluche, la comedia de Televisa, que era uno de los programas más vistos de México en ese momento.
Tenía cara de televisión, tenía esa presencia que las cámaras amplifican en lugar de reducir. Muchos luchadores pierden algo cuando salen del ring estudio de televisión. Andrés ganaba algo y después estaba el gimnasio. El gimnasio abismo negro, operado por él mismo, donde formó a una generación de luchadores. Sexy Star pasó por ahí. Aéoar, también el Intocable.
Éxtasis, miniibernético. Relámpago que sería el último alumno en convertirse en profesional antes de la muerte de Andrés, ganó el torneo abismo negro póstumo que la aa organizó en su honor. Grábate esto, no era solo un luchador, era un empresario, era un formador, era un comunicador, era una franquicia de múltiples frentes.
Y mantener todo eso activo, mantener ese nivel de presencia en tantos frentes simultáneos, tiene un precio, un precio físico, un precio mental, un precio que se paga de maneras que no siempre son visibles hasta que ya es demasiado tarde para hacer algo al respecto. ¿Por qué ahí en algún punto entre el pico máximo de su carrera y la madrugada en la carretera de Sinaloa, algo en la mente de Andrés Palomé que empezó a fracturarse de una manera que no tenía reparación fácil? El cronista y narrador Arturo Rivera, conocido como el rudo Rivera, fue una de
las personas que estuvo cerca de Andrés durante los años finales de su carrera. Rivera viajaba en las giras de la AA. Conocí a los luchadores no solo de verlos en el ring, sino de compartir los camiones, los hoteles, los vestidores, las horas de carretera entre ciudad y ciudad, que son parte invisible, pero fundamental del trabajo de cualquier luchador de la empresa.
Y según Rivera, que lo relató en detalle en su canal rudovisión, años después de la muerte, había algo que los cercanos sabían pero que el público nunca vio. Abismo negro sufría de esquizofrenia. Escucha esto con atención porque las palabras exactas de Rivera son importantes. Él tenía un carácter muy fuerte. Sufría de esquizofrenia.
Decía que veía al Se acercó con Toño Peña. Lo metieron a un tratamiento. Lo internaron como seis veces y un día me dijo, “Se acabaron todos los vicios. traía la Biblia y todo, no un ataque de pánico esporádico, no ansiedad situacional, esquizofrenia, un trastorno mental severo que altera la percepción de la realidad de maneras radicales, que genera alucinaciones visuales y auditivas que para quien las experimenta son absolutamente indistinguibles de la realidad, que produce episodios de psicosis donde el cerebro percibe cosas, personas,
presencias, amenazas que no existen en el mundo físico. pero que se sienten completamente reales para quien las vive. Y el contenido específico de sus alucinaciones, según múltiples testimonios que coinciden en esto, era siempre el mismo. El lo veía, le hablaba, le decía que hiciera cosas que él no quería hacer.
Le generaba un miedo tan viseral, tan físico, tan aplastante, que no había manera de razonarlo ni de calmarlo cuando llegaba. El médico legista Jesús Enrique Castro López en su declaración oficial registrada por la jornada y por la Procuraduría General de Justicia de Sinaloa en los días posteriores a la muerte, señaló que el ataque de ansiedad que precedió la muerte de Andrés pudo haberse originado por el consumo de anabólicos.
Esa es la declaración oficial verificable. El consumo de esteroides anabólicos puede provocar alteraciones en la química cerebral, especialmente en personas con predisposición a trastornos mentales. Puede amplificar la paranoia, puede intensificar episodios psicóticos que de otra manera hubieran sido manejables. Pero el médico legista también fue claro en señalar que el presunto abuso de esteroides de Andrés nunca fue confirmado oficialmente.
La autopsia determinó ahogamiento. No hubo investigación adicional más profunda sobre las sustancias presentes en su organismo. Lo que sí sabemos, porque Arturo Rivera lo dijo y fue el primero que habló con conocimiento directo de estos hechos, es que los episodios de Andrés comenzaron mucho antes de esa noche en Sinaloa.
Comenzaron con suficiente tiempo para que la empresa entera supiera que algo pasaba, para que Antonio Peña supiera, para que los compañeros de gira supieran, para que los promotores locales supieran. La respuesta institucional fue internar a Andrés para que recibiera tratamiento seis veces. Esto es verificable y está documentado a través de múltiples fuentes, seis internamientos.
Seis veces que la situación llegó a un punto de quiebre tan severo que requería hospitalización psiquiátrica. Piensa en la magnitud de eso. No una vez, no dos veces. Seis. El proceso habitual en estos casos, el episodio severo, la hospitalización, el tratamiento, la estabilización, el alta, el regreso a la actividad y luego el siguiente episodio y el proceso de nuevo.
Y entre episodio y episodio, el ring, la carretera, los autobuses nocturnos, los vestidores, las funciones, los carteles, el nombre de abismo negro vendiéndose en todas las ciudades de México. Esto que te voy a contar ahora es relevante para entender cómo terminó todo. Después del último internamiento que Andrés tuvo antes de su muerte, Rivera cuenta que había un periodo de estabilidad, que Andrés le dijo directamente, “Padrino, ahora sí se acabó cualquier vicio, cualquier cosa, que cargaba la Biblia a todas partes, que llevaba una cruz que se había
aferrado a la fe religiosa como ancla. Eso es lo que hacen las personas en recuperación cuando encuentran algo que les funciona como mecanismo para mantenerse estables. La fe, un sistema de creencias, una rutina, algo que les da estructura cuando la mente por sí sola no puede garantizarla. Y funcionó. Por un tiempo funcionó.
Hubo estabilidad. Hubo un periodo en que Andrés parecía estar bien, pero no estaba bien en el sentido en que alguien sin ese diagnóstico puede estar bien. Estaba manejando. Y manejar cuando tienes un trastorno de esa magnitud, sin el soporte adecuado, sin el seguimiento médico constante, con los factores de estrés de la carretera y las funciones y el negocio encima, es infinitamente más frágil de lo que parece desde afuera.
Y lo peor aún no había llegado. Esta es la segunda revelación que te prometí. Para entender la noche del 21 al 22 de marzo de 2009, necesitas entender la semana que la precedió. El torneo Rey de Reyes de 2009 fue el último evento en el que Abismo Negro compitió profesionalmente. En la primera ronda de ese torneo se enfrentó a Black Avis y a Latin Lover.
perdió esa derrota que en su momento parecía simplemente otro resultado de un torneo más en la larga carretera de su carrera. Fue la última vez que Andrés Alejandro Palomeque González pisó un ring de manera oficial. La ironía del personaje de Black Abis en toda esta historia es difícil de ignorar. Black Abis era literalmente el doble de abismo negro, un personaje construido para hacer su contraparte idéntica.
mismo traje, misma estética, mismos movimientos. Durante meses había un ángulo de identidades duplicadas de quién era el real y quién era el impostor. Y el último combate de abismo negro fue contra esa sombra de sí mismo y contra Latin Lover, su rival histórico de toda una carrera. Hay algo simbólico en eso, aunque la vida raramente es simbólica de manera deliberada.
Una semana después del torneo Rey de Reyes, la AA tenía funciones programadas. El calendario de la empresa no se detiene. Mazatlán, Sinaloa. Andrés viaja a la función, trabaja, lucha. El luchador Conan, que conocía tandrés de las giras y fue entrevistado sobre los eventos que precedieron a la tragedia, mencionó que después de la función en Mazatlán, un grupo de luchadores habían estado varios días de juerga.
Conan no entró en detalles específicos sobre qué implicó esa juerga, pero en el contexto de todo lo que ya sabemos, en el contexto de los seis internamientos anteriores, en el contexto de lo que el médico legista señaló sobre los anabólicos, ese detalle tiene peso. Grábate esto, no estamos acusando a nadie, no estamos inventando nada.
Estamos poniendo juntas las piezas verificadas y observando la imagen que forman. La madrugada del 21 de marzo de 2009, el autobús de la línea elite sale de Mazatlán a las 0:30. Adentro un grupo de luchadores de la Aasaa que van de camino. Destino: Ciudad de México o Guadalajara, dependiendo de la fuente. Las dos ciudades aparecen en distintas versiones documentadas del mismo evento y la discrepancia en ese detalle específico no afecta el núcleo de lo que ocurrió.
Andrés está en ese autobús. Es de noche. La carretera sinaloense esa hora. Es oscuridad casi total. El paisaje cerros, maleza, tramos sin iluminación. Esa quietud que solo tiene la carretera en la madrugada cuando el mundo está dormido. Aproximadamente una hora después de salir de Mazatlán, a la altura del kilómetro 190 de la carretera Mazatlá Tepic, algo ocurre en el cerebro de Andrés Palomeque.
Esta es la tercera revelación que te prometí. Escucha esto con toda la atención que puedas, porque lo que voy a describirte está documentado en testimonios de compañeros en el reporte oficial de la Procuraduría General de Justicia de Sinaloa, en la cobertura de la jornada y proceso del 23 y 24 de marzo de 2009 y en el relato detallado de Arturo Rivera, quien narró lo que ocurrió en su canal Rudovisión.
Son alrededor de la 1:30 de la madrugada. Andrés Palomeque se levanta de su asiento, no se levanta despacio, no se levanta para ir al baño o para estirar las piernas. Se levanta en un estado de agitación que los que están a su alrededor entienden de inmediato que es diferente, que es urgente, que es serio y empieza a gritar.
Gritaba que el estaba arriba del camión, que lo veía, que lo perseguía. Los testimonios de sus compañeros recogidos por medios deportivos coinciden en ese punto específico. El arriba del camión. Los que estaban dormidos se despiertan, los que estaban despiertos se congelan. Nadie sabe exactamente qué hacer cuando un hombre de la estatura y el físico de abismo negro está en pánico total espacio cerrado en plena madrugada.
Algunos compañeros intentan calmarlo, tratan de hablarle, de decirle que no hay nadie de razonar con él. Pero cuando el cerebro está en un episodio psicótico, cuando la percepción de la realidad está tan alterada que lo que el cerebro ve con total claridad no tiene nada que ver con lo que está ocurriendo en el mundo físico.
No hay palabras que lleguen, no hay razonamiento que funcione. La realidad de Andrés en ese momento era completamente diferente a la de los demás pasajeros del autobús. El no era una metáfora, no era un símbolo. Para él en ese momento, era tan real como el asiento debajo de él. Andrés le exige al chóer que pare el camión.
se lo exige con toda la urgencia de alguien que siente que su vida está en peligro inmediato. El chóer, ante una crisis nerviosa de esa magnitud en un pasajero de ese tamaño, toma la decisión de detener el vehículo. La Procuraduría General de Justicia de Sinaloa registró que el chóer de la línea elite, cuya identidad específica no fue publicada en los registros oficiales, detuvo el autobús y abrió la puerta.
Y Andrés sale corriendo. Sale corriendo hacia la noche, hacia la maleza del lado de la carretera. hacia el cerro, se mete en la vegetación y desaparece en la oscuridad total. En la madrugada del 21 de marzo de 2009, en el kilómetro 190 de la carretera Mazatlana Tepic, el hombre que había dominado las arenas de México durante más de 12 años desapareció solo en las sombras.
Arturo Rivera lo narró con la sencillez directa de quien lo vivió de cerca. Abrieron la puerta. Andrés salió corriendo. Al siguiente día, con claridad de día, encontraron el cadáver. El chóer reportó el incidente al Ministerio Público de Escuinapa. Ese reporte activó la búsqueda oficial. Algunos de los luchadores que viajaban en el autobús también intentaron hacer algo en el momento, pero en la oscuridad total de un cerro sinaloense, sin visibilidad y sin saber en qué dirección fue, era físicamente imposible seguirlo.
Y entonces ocurrió lo que para mí es el detalle más devastador de toda esta historia. El que más pesa, el que no te puede sacar de la cabeza cuando lo entiendes. Minutos después de bajar corriendo del autobús, después de internarse en la maleza oscura, después de estar solo en la noche con el cerebro en plena crisis psicótica, con el miedo más irracional y más real que una persona puede experimentar corriéndole por dentro.
En algún momento de esa oscuridad, Andrés Palomeque sacó su teléfono celular y le envió un mensaje de texto a su esposa. El mensaje decía que estaba perdido en un cerro. Piensa en eso un momento. Un hombre que en ese instante estaba viviendo lo que su mente le decía que era la persecución del en persona. un hombre en pánico total, un hombre que no podía distinguir lo que era real de lo que no era y que sin embargo, en algún pliegue de su conciencia, en algún instante de lucidez que se abrió paso entre la tormenta, encontró la claridad suficiente para
comunicarse, para decirle a alguien que amaba donde estaba, para que alguien supiera. Ese mensaje llegó y la esposa al recibirlo contactó a la familia que a su vez contactó a Vicente Martínez. El promotor de lucha libre en Mazatlán, que había organizado la función de esa noche. Martínez movilizó a otros luchadores.
Se sumaron agentes de las policías municipales del Rosario y Esquinapa. Repartieron fotografías de Andrés en la zona. Buscaron durante las horas de oscuridad con lo poco que podían ver. Y cuando amaneció, cuando la luz del día hizo posible lo que la noche había impedido, continuaron la búsqueda. La búsqueda terminó de la única manera que podía terminar.
El cuerpo de Andrés Alejandro Palomeque González fue localizado por el agente del Ministerio Público, Quetzal Coatpiña Ibarra y los agentes municipales en un punto muy específico entre el fango y la maleza, cerca de las instalaciones de la empresa de jugo City Fruit, abajo de un puente que se ubica sobre la carretera México X. Estaba flotando en el agua.
Boca Abajo, el campeón nacional de peso medio, el campeón nacional en parejas, el líder de los Vipers, el rey del Martinete, el juez de hierro de la televisión, el maestro del gimnasio abismo negro, boca abajo en un río del Rosario, Sinaloa. La autopsia fue realizada el 23 de marzo de 2009. El resultado fue ahogamiento sin ninguna investigación adicional más allá de esa determinación. El caso se cerró.
Andrés tenía 37 años. Lo peor aún no había llegado. Lo peor fue lo que vino después del momento en que el cuerpo fue encontrado. Esta es la cuarta revelación que te prometí. Mientras Andrés Palomeque estaba perdido en las colinas del Rosario o posiblemente ya había muerto, alguien trabajó como abismo negro en un show de la AA en Cancún el mismo sábado 21 de marzo.
No era Andrés, era Black Avis, el mismo luchador que ya había sido su doble en el feudo anterior usando su traje y su identidad. La empresa había trabajado ese ángulo durante meses. En ese momento particular la coincidencia era escalofriante de una manera que nadie podía anticipar. Cuando la noticia de la muerte llegó a los promotores y a la empresa, la reacción institucional fue reveladora en lo que priorizó.
Los medios deportivos en las primeras horas recibieron versiones que hablaban de infarto, un simple infarto, una causa de muerte limpia, una causa de muerte que no genera preguntas incómodas. El infarto no pregunta qué sustancias estaban en el organismo. El infarto no pregunta qué sabía la empresa sobre la salud mental del luchador.
El infarto no pregunta por qué un hombre internado seis veces por crisis psiquiátricas severas seguía siendo parte activa del roster de la empresa sin ningún protocolo visible de manejo de crisis en carretera. La Procuraduría General de Justicia de Sinaloa fue la que estableció el registro oficial de lo que realmente había ocurrido.
La jornada publicó el 24 de marzo de 2009 el relato verificado. La línea élite, el kilómetro 190, la crisis nerviosa, el autobús detenido, el chóer que reportó al Ministerio Público, la búsqueda, el río. Proceso también publicó la versión documentada. Los hechos están en el registro periodístico, accesibles para quien los busque.
Pero en los canales de comunicación internos de la industria, en las primeras conversaciones entre promotores y medios especializados, la historia se fue simplificando hacia lo menos perturbador, hacia lo menos complicado, hacia la versión que no requería explicar demasiado. Y entonces viene algo que nadie que conocía tandrés pudo defender del todo.
La vida del show siguió el 21 de marzo, mientras el cuerpo de abismo negro aún no había sido encontrado, alguien trabajó como él en Cancún. El negocio siguió moviéndose, las funciones siguieron programadas, la maquinaria siguió girando. Grábate esto, eso no es una acusación específica contra personas concretas en la empresa.
Es la descripción de cómo funciona cualquier industria del entretenimiento a escala. Cuando alguien falla, cuando alguien no puede cumplir, el show encuentra la manera de seguir, porque el show siempre tiene que seguir, porque si el show no sigue, el dinero se detiene y en la lógica del negocio, el dinero no puede detenerse.
El memorial se realizó el 24 de marzo en la ciudad de México. Muchos de los luchadores que asistieron lo hicieron sin sus máscaras, en un gesto de humanidad real que merece ser reconocido. mostraron sus caras verdaderas para honrar al hombre real, no al personaje, para honrar a Andrés Palomeque, no a Abismo Negro. El 25 de marzo, sus restos llegaron a Villahermosa, Tabasco, la ciudad donde nació, donde empezó todo, donde un niño de 9 años entró a una arena de lucha libre y cambió para siempre.
Fue sepultado ahí. El 26 de mayo de 2009, la AA organizó el torneo Abismo negro en su honor, un gauntlet match de siete hombres. Relámpago, el último alumno de abismo que se había vuelto profesional ganó la lucha después de 48 minutos. El evento no fue televisado, no se convirtió en algo anual. En Triplemanía 17 hubo un momento de silencio en su memoria junto con Antonio Peña y Mitsujaru Misawa en Triplemanía 21.
La aa lo incluyó póstumamente en su salón de la fama. Los honores llegaron cuando él ya no estaba para recibirlos y las preguntas que quedaron suspendidas en el aire después de todo esto son las que más importan para entender no solo la historia de Andrés Palomeque, sino la historia de una industria entera.
¿Por qué nadie retuvo a Trés cuando bajó del autobús? ¿Por qué en un camión lleno de luchadores, varios de ellos también de gran tamaño y fuerza? Nadie pudo o nadie logró detenerlo antes de que se internara en la maleza. ¿Por qué el autobús se fue del lugar sin esperar? ¿Por qué? Si la empresa sabía que Andrés había sido internado seis veces, no había ningún protocolo de acompañamiento médico en las giras. El sitio Noro.
mx planteó exactamente esas preguntas en su cobertura. ¿Por qué lo dejaron salir corriendo del camión? ¿Por qué nadie fue a buscarlo? ¿Por qué el conductor decidió irse del lugar y no esperó al luchador? Todas estas y más preguntas quedaron sin responderse y no fueron respondidas porque no había investigación oficial que las hiciera porque la autopsia determinó ahogamiento y eso fue suficiente para cerrar el expediente porque los incentivos para hacer esas preguntas y forzar respuestas eran mucho menores que los incentivos para cerrar
el caso con dignidad y seguir adelante. Hay que decir algo más sobre ese autobús, sobre ese momento, sobre la decisión que nadie quiere analizar demasiado de frente. Cuando Andrés exigió que lo dejaran bajar, cuando el pánico era total y la crisis estaba en su pico, los demás pasajeros del autobús estaban en una situación imposible.
No son médicos, no son especialistas en salud mental. Estaban en plena madrugada en una carretera sinaloense con un hombre grande y en crisis psicótica, insistiendo en bajarse. Las opciones disponibles en ese momento no eran buenas. Retenerlo físicamente con violencia tenía sus propios riesgos. Seguirlo en la oscuridad total del cerro también los tenía.
Lo que hicieron, lo que el chóer hizo, fue lo que parecía el camino más razonable en ese instante. Reportar a las autoridades y esperar que la búsqueda lo encontrara no funcionó. Pero culpar a las personas que estaban en ese autobús por las decisiones que tomaron en esos segundos bajo esas condiciones sería injusto. La culpa real, si hay que buscarla, está mucho más atrás en el tiempo.
Está en el sistema que puso a ese hombre en ese autobús, en esas condiciones, sin el soporte adecuado. Eso es lo que más pesa de toda esta historia cuando la miras sin filtros. No es el momento dramático en el autobús, aunque ese momento sea perturbador. No es la búsqueda desesperada ni el río, es la cadena entera que llevó hasta ahí.
un hombre con esquizofrenia documentada internado seis veces que seguía siendo parte activa de una empresa de entretenimiento que lo necesitaba demasiado para detenerse a protegerlo de la manera que merecía ser protegido. Un sistema que lo elevó y que también lo destruyó, no con malicia, con indiferencia, con esa indiferencia particular que tienen los sistemas hacia las personas cuando las personas son más útiles funcionando que descansando.
Hoy más de 15 años después de aquella madrugada, en el kilómetro 190 de la carretera Mazatlana Tepic, el nombre de abismo negro sigue vivo en la lucha libre mexicana, de maneras que van más allá del simple recuerdo nostálgico. Piensa en lo que significa que un hombre sobreviva 15 años después de que la persona que lo llevó ya no está.
Significa que ese nombre tocó algo genuino en la gente que lo vio, que generó emociones reales, que fue parte de memorias que las personas guardan y de las que no se deshacen fácilmente, que hizo algo que pocos logran hacer, dejar una huella que dura, pero también significa que hay una responsabilidad con esa memoria, una responsabilidad de contarla completa, de no reducirla a la cien a la versión cómoda, de no usar el legado de Andrés Palomeque como combustible de nostalgia sin reconocer también lo que su historia dice sobre la
industria que lo formó, lo utilizó y no lo protegió de la manera en que debería haberlo protegido. Su hijo, conocido como Abismo Negro Junior, continúa activo en la AA, portando el legado del nombre del personaje de la máscara. En 2021, cuando la empresa incluyó a otro luchador bajo el nombre Abismo Negro Junior, el hijo biológico de Andrés reaccionó públicamente criticando lo que consideró una invasión a un legado familiar que le pertenece a él y a nadie más.
Esa controversia que llegó a ser pública dice algo sobre el valor que tiene ese nombre todavía hoy. Dice que el legado de Andrés Palomeque es lo suficientemente valioso para que valga la pena pelear por él. Los Vipers, en sus distintas versiones de nueva generación siguen existiendo como facción activa en la AA.
El nombre que Andrés ayudó a construir en 1997, que llenó arenas durante más de una década, sigue siendo una franquicia activa de la empresa. Sus alumnos, los que pasaron por el gimnasio abismo negro, siguen en activo. Aerostar sigue compitiendo. El legado en la formación de nuevos luchadores es tangible.
Y hay algo más que quedó, algo más difícil de cuantificar, pero que cualquiera que haya hablado con fans de esa era de la A a A a A reconoce de inmediato la memoria afectiva. Abismo negro era en la relación particular que existe entre los rudos y su público, una figura de esas que no se olvidan.
El público lo odiaba de la manera que solo se odia, a quienes se admira profundamente. Y cuando desapareció, cuando la noticia llegó, hubo un duelo genuino, un duelo que no era por el personaje, sino por el hombre que había detrás de la máscara. Arturo Rivera, el rudo Rivera, el cronista que mejor lo conoció en sus últimos años y que fue el primero en hablar públicamente de los detalles reales de su condición mental y de la noche en que murió. También falleció años después.
se fue sin que alguien pudiera sentarse con él a reconstruir en detalle completo todo lo que vio, todo lo que vivió en esas giras, todo lo que sabía sobre lo que ocurría dentro y fuera del ring Andrés Palomeque. Esa perspectiva única se fue con él. Lo que quedó son los registros, las declaraciones de la Procuraduría de Sinaloa, las notas de la jornada y proceso del 24 y 23 de marzo de 2009, los testimonios de Conan sobre los días de juerga, las palabras de Rivera sobre la esquizofrenia y los seis internamientos,
la declaración del médico legista Jesús Enrique Castro López sobre los anabólicos, el mensaje de texto que Andrés le mandó a su esposa desde el cerro. La autopsia que determinó ahogamiento son los fragmentos de una historia que nunca fue contada completa porque a nadie le convenía contarla completa.
Escucha esto porque es lo más importante que puedo decirte sobre todo esto. La historia de Andrés Palomeque no es única. Es una variación de algo que ocurre en el deporte profesional y en el entretenimiento profesional con una regularidad que debería perturbarnos más de lo que nos perturba. La persona que es valiosa porque su cuerpo y su talento generan dinero y que cuando empieza a fracturar encuentra que el sistema que la necesitaba es incapaz de priorizar su bienestar sobre sus propias necesidades comerciales. En la lucha libre mexicana,
esto tiene una dimensión adicional que vale la pena nombrar. Los luchadores no tienen en México el mismo tipo de protecciones laborales que tienen los atletas en ligas estructuradas como la NFL o la NBA. No hay sindicatos poderosos que negocien sus contratos, no hay protocolos de salud mental obligatorios, no hay sistemas de seguimiento médico integrado que detecte el deterioro antes de que llegue al punto de crisis.
El luchador es en muchos casos un trabajador independiente que firma un contrato de exclusividad, pero que no tiene la protección institucional que ese contrato implica que debería acompañar. Y en ese vacío de protección, cuando la mente o el cuerpo empiezan a fallar, el luchador enfrenta una elección imposible.
parar y arriesgar perder el único ingreso que conoce, la única identidad que ha construido durante décadas o seguir y pagar el precio que el cuerpo y la mente están cobrando. Andrés Palomeque hizo lo que hacen la mayoría. intentó seguir. Buscó ayuda cuando la situación se volvió insostenible y la encontró hasta cierto punto. Fue internado, fue tratado.
Volvió, repitió el ciclo seis veces y en la séptima vez que la situación llegó al punto de crisis, no había un hospital. Había una carretera oscura en Sinaloa y una puerta de autobús que se abrió. ¿Cómo llegó hasta ahí? Si haces es esa pregunta de verdad. Si te permites hacerla sin la comodidad de una respuesta simple, la respuesta que emerge es esta.
Llegó ahí porque era brillante y porque era rentable. Y en un sistema donde esas dos cosas coinciden, el bienestar de la persona pasa a segundo plano frente a las necesidades del negocio. La esquizofrenia no llegó de la noche a la mañana. Los episodios tuvieron que empezar antes de los seis internamientos. tuvieron que empezar cuando Andrés todavía podía manejarlo solo antes de que fueran tan severos que requirieran hospitalización.
Y en ese tiempo, en ese periodo en que algo estaba pasando, pero el umbral todavía no había llegado al nivel de crisis total, nadie detuvo el show porque el show no se detiene. No estoy describiendo villanos, no hay un antagonista único que pueda cargar todo el peso de esto. Antonio Peña, que fue quien lo apoyó con los tratamientos cuando se lo pidió, murió también en 2006 3 años antes que Andrés.
Las personas que tomaron las decisiones ya no están para dar su versión. Lo que sí está, lo que permanece como evidencia de algo más profundo y más sistémico es el patrón. El patrón de un luchador que pide ayuda, que recibe tratamiento, que vuelve al ring, que vuelve a necesitar tratamiento, que vuelve al ring seis veces sin que en ningún momento el sistema dijera, “Esto ya es demasiado.
Hasta aquí. Este hombre necesita más de lo que nosotros podemos darle mientras seguimos usando su nombre para vender entradas. El deporte lo elevó hasta convertirlo en una institución, en una figura que trascendió el ring y llegó a la televisión, a la formación de nuevos talentos, a una imagen que era parte del ADN de la empresa.
Y el deporte también, por acción y por omisión lo destruyó porque no supo o no quiso detener a tiempo la maquinaria que estaba triturando al hombre que la hacía funcionar. Andrés Alejandro Palomeque González, el rey del Martinete, abismo negro. Villa Herermosa, Tabasco. 1 de julio de 1971. El Rosario, Sinaloa, 22 de marzo de 2009, 37 años.
Más de 20 años en carretera, más de 12 años siendo la figura de referencia de la AAA. Seis internamientos, un gimnasio, decenas de alumnos formados, títulos ganados, arenas llenadas, televisión nacional, Japón, Estados Unidos, México entero. Y al final un mensaje de texto desde un cerro oscuro en Sinaloa diciendo que estaba perdido.
La ironía más brutal de todo esto es que ese mensaje, ese último acto de conciencia en medio de la tormenta mental más severa que había experimentado, fue también la demostración más clara de quién era Andrés Palomeque más allá del personaje. Un hombre que incluso en su peor momento pensó en los que amaba, que no quería que se preocuparan sin saber, que encontró la claridad suficiente para ese gesto, aunque no la suficiente para salvarse.
Esa es la imagen con la que me quedo. No, la del rudo imponente lanzando Martinetazos prohibidos en el ring de la aa no la del juez de hierro en la televisión, sino la del hombre solo en un cerro sinaloense a las 2 de la madrugada con el cerebro en llamas, sacando el teléfono y escribiéndole a su esposa que estaba perdido. Ese momento de humanidad absoluta en medio del caos más total es más verdadero sobre quién fue Andrés Palomeque que cualquier campeonato que ganó o cartel en el que apareció su nombre.
El último mensaje que le envió a su esposa dijo que estaba perdido en un cerro y lo estaba en más de un sentido. Eso es lo que realmente pasó. Y ahora lo sabes. Si la historia de Andrés Paloméque te enseñó algo que no sabías. Si ahora entiendes que detrás de la máscara y el músculo había un hombre que pedía ayuda mientras la industria seguía poniendo su nombre en los carteles.
Si ahora ves que el precio de la gloria deportiva a veces se paga con lo que el público nunca llega a ver, entonces haz algo por mí. Dale like a este video, suscríbete al canal, no por mí, por Andrés, para que su historia completa, no solo la versión del infarto limpio y el héroe sin fisuras, llegue a más personas que necesitan entender el precio real de la gloria deportiva.
Para que la próxima vez que alguien diga que abismo negro murió de un infarto, alguien más pueda decir, “No, lo que pasó fue mucho más complicado que eso y necesitamos hablarlo. No.