Posted in

ABISMO Negro: la FUGA hacia la muerte… El ataque de LOCURA y su macabro FINAL en el río

una ciudad que no era exactamente conocida por exportar figuras del deporte espectáculo al nivel que lo hizo Andrés Palomeque. Una ciudad donde la vida se vivía con más calor que comodidades y donde las oportunidades dependían mucho de qué tan dispuesto estabas a trabajar para buscarlas. Andrés creció en ese contexto.

Los detalles más íntimos de su infancia, su familia directa, sus primeros años, no están completamente documentados en el registro público. La lucha libre mexicana no es como el béisbol americano o el fútbol europeo, donde los atletas tienen biólogos desde niños que documentan cada etapa. Aquí los orígenes muchas veces se conocen solo por lo que el propio luchador decide contar en entrevistas, por lo que sus cercanos comparten, por lo que queda en los archivos de las empresas.

Y en el caso de Andrés, lo que quedó registrado con más claridad es lo que él mismo contó en distintas ocasiones. Su relación con la lucha libre empezó de la manera más simple posible. Su familia lo llevó a ver una función cuando tenía 9 años. 9 años. Y algo en ese espectáculo lo atrapó de una manera que no soltó jamás.

Grábate esto porque es importante para entender todo lo que viene después. Hay momentos en la vida de una persona que funcionan como interruptores. Algo que ves, algo que escuchas, algo que te sacude por dentro de una manera que no puedes explicar del todo, pero que sabes, sabes con certeza absoluta que te cambió, que dividió tu vida en el antes y el después.

Para Andrés Palomeque, ese interruptor se activó a los 9 años dentro de una arena de lucha libre en Tabasco. La lucha libre en México no es solo un deporte. Esto es algo que hay que entender bien para comprender por qué un niño de 9 años puede quedar hipnotizado por ello. Es un ritual, es una ceremonia con sus propios códigos, sus propias reglas no escritas, sus propios héroes y villanos que encarnan algo más que personas reales.

Los técnicos representan la justicia, la bondad, el bien. Los rudos representan todo lo que el público quiere ver castigado, todo lo que odian, todo lo que los frustra en la vida cotidiana trasladado a una figura que pueden insultar y abuchear libremente. Es teatro físico con consecuencias reales. Los golpes suenan de verdad.

El sudor es real. El dolor es real. Las caídas duelen. Los impactos dejan marcas. Y cuando un enmascarado de 120 kg vuela desde la tercera cuerda sobre su rival, cuando la tela de la máscara se tensa y el cuerpo humano hace algo que parece físicamente imposible, hay algo en ese momento que toca algo primitivo en quien lo está mirando desde las gradas.

Algo que dice, “Quiero estar ahí, quiero ser eso, quiero tener ese poder.” Andrés lo quiso desde los 9 años. A los 13 comenzó a entrenar Terpenarse formalmente. A los 13, no en un gimnasio con todo el equipo moderno, no con un entrenador famoso, no en la Ciudad de México, donde estaban los centros de formación más importantes, con lo que había, con lo que se podía conseguir en Tabasco, con la voluntad de un adolescente que ya sabía lo que quería, aunque todavía no supiera exactamente cómo llegar ahí.

El entrenamiento en la lucha libre no es lo que la gente de afuera imagina cuando piensa en ello. No es simplemente aprender a caer bien y a hacer movimientos espectaculares. Es un proceso físico brutalmente exigente que requiere años de formación, flexibilidad que la mayoría de los cuerpos adultos nunca tendrán.

Fuerza funcional que no se construye con pesas solamente, sino con trabajo específico del cuadrilátero. Coordinación para sincronizar con un compañero de una manera que parezca espontánea, pero que requiere cientos de repeticiones. Resistencia para aguantar luchar durante 20, 30, 40 minutos sin que el cansancio se note desde afuera y una disposición particular al dolor que no todo el mundo puede desarrollar porque las caídas sobre el ring lastiman.

Las cuerdas golpean, los cuerpos de los oponentes pesan. En los primeros años, antes de que el cuerpo se adapte, antes de que los músculos aprendan a amortiguar de la manera correcta, antes de que las articulaciones desarrollen la memoria necesaria, cada sesión de entrenamiento es un ejercicio de pura voluntad. Cada práctica termina con el cuerpo adolorido de maneras que la mayoría de las personas nunca experimentarán.

Andrés aguantó todo eso. Más que aguantar, prosperó. A los 16 años, en 1987, hizo su debut profesional bajo el nombre de Alex Dinamo, 16 años. La mayoría de los jóvenes de 16 están pensando en el bachillerato, en las fiestas del fin de semana, en las primeras relaciones. Andrés Palomeque ya estaba trabajando como luchador profesional, ya estaba en carretera, ya estaba subiendo a un ring delante de público que pagaba entrada para verlo.

El nombre Alex Dinamo no llegó lejos en términos de notoriedad. Tampoco lo harían los siguientes alias que adoptó en sus primeros años. Furor, pequeño samurá. Nombres de paso, nombres que usó mientras aprendía, mientras afinaba su técnica, mientras entendía cómo funciona el negocio de la lucha libre por dentro.

Porque la lucha libre, como cualquier industria del espectáculo, tiene su propia lógica, sus propias jerarquías, sus propios mecanismos de ascenso, que no dependen únicamente del talento en el ring. Necesitas saber quién te conoce. Necesitas estar en el lugar correcto. Necesitas que la persona correcta te vea a trabajar y decida que vales la inversión de desarrollarte.

Necesitas paciencia para esperar ese momento mientras sigues apareciendo en funciones locales por cantidades de dinero que no alcanzan para mucho más que el pasaje de vuelta. Y en todo ese proceso hay algo más que Andrés estaba construyendo de manera que después se convertiría en central para todo su físico.

El cuerpo de Andrés Palomque era extraordinario. No era un luchador esbelto y ágil en el estilo de un octagón o un latin lover. Era grande, era musculoso de una manera que no tenía ningún sentido para el nivel de agilidad y movilidad que manejaba dentro del ring. Sus hombros, sus brazos, su espalda, el cuerpo de alguien que dedicaba horas al acondicionamiento físico intenso más allá del entrenamiento de lucha.

un físico que intimidaba solo de verlo, un físico que comunicaba amenaza antes de que él dijera una sola palabra o ejecutara un solo movimiento. Y ese físico era parte del plan, porque lo que venía después requería exactamente eso, un personaje que fuera visualmente imposible de ignorar. En el panorama de la lucha libre mexicana de finales de los 80 y principios de los 90, el escenario estaba dividido principalmente entre dos grandes empresas.

Por un lado, el Consejo Mundial de Lucha Libre, el CML, una institución con décadas de historia, con un estilo más técnico y tradicional, con el peso de la leyenda de figuras históricas del pancrecio nacional. Por el otro, una empresa nueva y absolutamente revolucionaria que estaba cambiando todo lo que se creía saber sobre cómo hacer lucha libre en México.

Read More