La historia del espectáculo mexicano cuenta con innumerables figuras que alcanzaron el estrellato, pero muy pocas lograron poseer el misticismo, la sofisticación y el respeto casi reverencial que infundía Enrique Lizalde. Nacido el 5 de abril de 1936 en la histórica hacienda de Nuestra Señora de la Soledad de los Portales, en la Ciudad de México, Lisalde parecía predestinado a no ser un hombre común. Bisnieto del general José Trinidad García de la Cadena, un militar y exgobernador de Zacatecas que estuvo a punto de ocupar la presidencia del país, Enrique creció en el seno de una familia de abolengo, cultura y profundas raíces políticas. Criado bajo la estricta pero enriquecedora tutela de un padre ingeniero y poeta, el joven absorbió un amor inquebrantable por la literatura, las artes y el valor de la palabra empeñada. Esta formación no solo moldeó su intelecto, sino que refinó su dicción impecable y potenció un bozarrón profundo, varonil e imponente que, con los años, se convertiría en su sello de identidad y en una de las herramientas más cautivadoras de la actuación en habla hispana.
Antes de irrumpir en las pantallas, Lizalde buscó canalizar su caudal expresivo a través de la literatura y el canto operístico en el Conservatorio Nacional de Música. No obstante, el destino le tenía deparado un escenario distinto. Su verdadero bautismo artístico ocurrió en la clandestinidad de un taller de teatro experimental, un hervid
ero cultural donde coincidió con mentes brillantes e inquietas de la época, como el ensayista Carlos Monsiváis y su primo, el cantautor Óscar Chávez. En ese ambiente de ferviente debate e innovación, descubrió que su sola presencia física, combinada con su mirada penetrante y su voz de trueno educado, bastaba para adueñarse de cualquier espacio. Su debut cinematográfico en 1963 abrió las puertas a una trayectoria que pronto sumaría títulos emblemáticos como
Viento negro a mediados de los años 70. Fue precisamente durante el rodaje de esta producción, en las inclementes llanuras del desierto de Sonora, donde Lizalde demostró que su entereza no era una simple pose de guion: cuando dos técnicos del equipo se perdieron bajo el sol abrasador y las esperanzas de rescate flaqueaban, el actor tomó un jeep por cuenta propia, se internó en la inmensidad del páramo y logró localizarlos con vida, ganándose el respeto eterno del gremio.

La consagración masiva y el fervor internacional llegaron de la mano de la pantalla chica, específicamente al encarnar al indómito Juan del Diablo en la primera versión televisiva de Corazón Salvaje, al lado de Julissa. Lizalde no interpretaba al clásico galán edulcorado o complaciente; proyectaba una masculinidad dominante, hermética y magnética que cautivó a audiencias de múltiples continentes. Sin embargo, detrás de la impecable fachada del caballero perfecto y el devoto padre de familia que construyó junto a su esposa, la actriz Tita Grieg, con quien procreó cuatro hijos, se resguardaba un capítulo amoroso de tintes volcánicos y clandestinos que la farándula solo se atrevía a murmurar en voz baja: su idilio secreto con la bellísima e intensa actriz Alma Muriel.
El encuentro entre ambos foros supuso el choque de dos fuerzas de la naturaleza. Muriel, poseedora de una belleza arrebatadora y un temperamento apasionado, se topó con un hombre maduro, imponente, pero firmemente anclado a sus compromisos familiares y a una reputación que no pretendía arriesgar bajo ninguna circunstancia. La atracción mutua dio pie a una relación marcada por encuentros furtivos, miradas cargadas de sobreentendidos y una tensión constante. Mientras para Alma el romance representaba una entrega total y la dolorosa exigencia de una presencia completa que nunca llegó, para Enrique constituía un territorio prohibido que debía mantenerse estrictamente en las sombras. Cuando la intensidad de los reclamos y los celos amenazaron con resquebrajar la estabilidad de su hogar, Lizalde optó por aplicar la misma frialdad que caracterizaba a sus personajes; cortó el lazo de tajo, de manera unilateral y en un silencio sepulcral, regresando al cobijo de su matrimonio formal y dejando en el alma de Muriel cicatrices emocionales difíciles de sanar.
Esta misma intransigencia y férreo carácter guiaron sus pasos en el complejo entorno político y laboral de la industria del entretenimiento. Militante convencido de la izquierda y miembro de la Liga Leninista Espartaco junto a su hermano, el reconocido escritor Eduardo Lizalde, el actor nunca toleró las injusticias ni los abusos perpetrados contra los trabajadores más vulnerables de los foros, como los extras. Decidido a plantar cara al autoritarismo y la corrupción que percibía en la Asociación Nacional de Actores (ANDA), fundó el Sindicato de Actores Independientes (SAI). Este acto de abierta rebeldía cimbró las estructuras de poder del espectáculo mexicano. Aunque el SAI batalló con firmeza durante seis años antes de disolverse debido a fracturas internas, el sistema no perdonó el agravio: la ANDA impuso un severo veto laboral tanto a Enrique como a su esposa Tita. En una posición donde muchos habrían cedido, pedido disculpas o suavizado el discurso para recuperar sus contratos, Lizalde se negó rotundamente a doblar la rodilla, asumiendo con dignidad el alto costo de la marginación laboral.
Su temperamento indomable también propició sonados desencuentros creativos en los sets de grabación. Inflexible frente a los libretos que consideraba de baja calidad o maltratados por la producción, no dudaba en abandonar los proyectos a mitad de camino, como ocurrió en la telenovela Camila, donde exigió que se diera muerte a su personaje tras manifestar su total desacuerdo con los rumbos de la trama. Choques similares provocaron su salida de La intrusa y alimentaron rumores de fuertes discusiones con colegas de la talla de César Évora, además de una conocida y distante enemistad con el primer actor Ignacio López Tarso, derivada de sus profundas discrepancias en el terreno sindical.

Los últimos años de este titán de la actuación transcurrieron bajo el peso de una dolencia que arrastró en el más absoluto aislamiento, fiel a su inquebrantable mística de la privacidad. Lizalde combatió en secreto un agresivo cáncer hepático, rechazando cualquier intento de convertir su declive físico en un espectáculo mediático para el consumo de las revistas de espectáculos. A este penoso cuadro de salud se sumó una severa depresión desencadenada por la pérdida casi total de la visión en uno de sus ojos, secuela tardía de un violento altercado ocurrido años atrás, cuando el histrión defendió con fiereza su domicilio frente a unos asaltantes. Privado de la fuerza que requería para actuar y ver mermada su imponente estampa, el espíritu de batalla que una vez desafió a monopolios y sindicatos comenzó a desvanecerse en la quietud de su hogar.
El 13 de junio de 2013, a los 77 años de edad, la inolvidable voz de Enrique Lizalde se apagó para siempre. Incluso en el momento de la partida, su voluntad de hierro se hizo respetar: sus hijos bloquearon de forma contundente el acceso de la prensa y las cámaras al funeral, permitiendo únicamente la entrada a los familiares más cercanos y amigos íntimos, como el también actor Enrique Rocha, quien resumió su existencia afirmando que Lizalde se había marchado tal como vivió, manejando sus asuntos de forma interna, sin dar explicaciones ni concesiones a nadie. Con un legado imborrable compuesto por 32 películas, 42 telenovelas y una serie de grabaciones discográficas donde inmortalizó la poesía de autores como José Ángel Buesa, sus cenizas hoy descansan en el Panteón Jardín de la Ciudad de México, resguardando el último y eterno silencio de un hombre complejo que prefirió el veto, la sombra y la soledad antes que traicionar sus propios principios.