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Romy Schneider: Enterró a su Hijo… y Murió 10 Meses Después

Allí, mientras el mundo entero acusa a Alemania de los peores crímenes de la historia, una niña pequeña corre detrás de un perro entre lagos azules y montañas blancas, ajena al peso que un día llevará sobre los hombros. Pero la infancia de Rosemaryie no es feliz, no realmente. A los 9 años, su madre la envía a un internado Cluster Shul Goldenstein, cerca de Salzburgo, un convento dirigido por monjas.

Disciplina férrea, misa todas las mañanas. Cartas censuradas, frío. Mucho frío. Ella escribirá años después en su diario una frase que estremece. En aquel internado aprendí dos cosas. Sonreír cuando me dolía y guardar silencio cuando me dolía. Aún más. Hay un detalle de esos años que Romy contará mucho después. Una imagen que la persigue toda su vida.

Las noches del internado, las niñas tenían que dormir con las manos por encima de las sábanas. La regla era clara. Las manos arriba siempre. Una de las monjas pasaba con una linterna durante la noche para verificar. Cuando alguna niña dormida escondía las manos bajo la sábana, la monja la despertaba con un golpe seco en la mejilla.

Romy contó muchas veces que jamás pudo dormir bien después de ese internado, que toda su vida tuvo que dormir con las manos visibles encima del cobertor, que algo en ella, algo profundo, había aprendido en ese cuarto frío, que el cuerpo era peligroso, que la intimidad era pecado, que estar dormida era estar indefensa.

Y mientras Rosemary crecía detrás de las paredes de Goldenstein, su madre prosperaba en Munich. Magda Schneider. había encontrado al hombre adecuado, un empresario que sabía cómo monetizar la fama de su esposa. Las visitas de Romy al hogar materno, dos veces al año, eran tensas. La madre la criticaba, la encontraba demasiado delgada o demasiado gorda, demasiado callada o demasiado descarada, le decía con frecuencia, según contaría la propia Romy en una entrevista años después, una frase que no se olvida. Tienes que ser hermosa,

hijita, porque inteligente ya sé que no eres tanto. Mientras tanto, su madre rehace su vida y aquí entra el segundo hombre que marcará a Romy para siempre. Se llama Hans Herbert Bloodshim. Es un empresario alemán, dueño de restaurantes y hoteles, rico, frío, ambicioso. Y cuando se casa con Magda Schneider en 1953, hereda algo más que una esposa famosa.

Hereda a una hija de 14 años con un rostro que las cámaras adoran. Y ese hombre, ese padrastro, al que Romy llamará siempre con frialdad, va a tener una idea. ¿Por qué no convertir a la niña en actriz? A los 15 años, sin haber terminado el colegio, sin haber recibido nunca una clase de actuación, Rosemaryie Albach es lanzada a su primera película.

Aparece en pantalla junto a su propia madre. El público alemán enloquece. Una niña con la frescura de Magda y los ojos enormes de su padre. Una promesa. Pero Rosemarie no quiere ser actriz. Quiere estudiar arte. Quiere viajar. Quiere ser libre. Su padrastro decide que va a ser actriz y aquí ocurre algo que nadie prevé, ni siquiera ella.

La niña de 15 años frente a la cámara es luminosa, natural, imposiblemente fotogénica. La industria del cine alemán, que necesita desesperadamente nuevas estrellas tras los años negros del nazismo, encuentra en ella exactamente lo que estaba buscando. Un rostro inocente, un rostro sin culpa. En 1955, cuando tiene apenas 16 años, le proponen el papel que cambiará su vida y la destruirá.

El papel es el de una emperatriz, una emperatriz adolescente, hermosa, ingenua, rebelde, una princesa Bárbara que se casa con el emperador Francisco José de Austria a los 16 años. Una mujer que el público europeo conoce con un solo nombre. Sí. El director Ernst Marishka busca una actriz tan parecida a la verdadera Isabel de Austria que el público no necesite imaginar nada.

La encuentra en Rosemaryie Albach, le cambia el nombre, la rebautiza. A partir de ahora ella se llamará Romy Schneider. La primera película de la trilogía Sisi estrena en la Navidad de 1955 y Europa entera enloquece. En Alemania se rompen récords de taquilla. En Austria, las salas de cine program a la medianoche para satisfacer la demanda.

En Italia, en Francia, en España, en toda América Latina, el rostro de la joven Romy se convierte en el rostro de una época. Y aquí empieza la trampa. Porque mientras Europa la abraza como a la nueva princesa, mientras los carteles de su cara empapelan ciudades enteras, mientras los regalos llegan a su casa por miles, Romy Schneider, a los 17 años ya está empezando a odiar al personaje que la hizo famosa.

Sí, sí era todo lo que ella no era. sumisa, dulce, casi tonta, una emperatriz de cuento que sonreía mientras el imperio se derrumbaba. Pero el público no quiere otra cosa y su padrastro, que ahora administra cada centavo de su carrera, tampoco hacen una segunda película. Más éxito, hacen una tercera. Récord absoluto de taquilla.

Y cuando después de la tercera le proponen una cuarta. Romy Schneider con apenas 19 años hace algo que nadie en su entorno ve venir. Dice que no. Tres palabras que cambian todo. Pero antes de seguir, antes de contarles cómo una emperatriz de pantalla decide huir de su propio reino y cruzar la frontera para encontrarse con el hombre que le rompería el corazón para siempre.

Queremos saber algo de ustedes. ¿Desde dónde nos están viendo? Cuéntenos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Romy Schneider acaba de decir que no a Sisi y Alemania entera no se lo perdona. La prensa se ensaña, la llaman ingrata, caprichosa, la acusan de creerse demasiado para el papel que la hizo famosa.

La revista más leída del país publica un editorial brutal. La niña de Heidelberg ha olvidado quién la creó, pero ella ya tomó una decisión. Se va a París. París en 1958 es la capital del cine mundial. Es la ciudad de la novel Bague. Es donde nacen los nuevos lenguajes, las nuevas estrellas, las nuevas formas de filmar. Romy quiere todo eso.

Quiere ser una actriz de verdad, no una postal animada. Y un director italiano exiliado en Francia ha visto algo en ella que nadie más ha visto. Se llama Luchino Visconti. Es uno de los gigantes del cine europeo y le ofrece un papel en una película llamada Christine, una historia de amor, una tragedia romántica.

Romy acepta, vuela a París, llega al rodaje un lunes de invierno y ese lunes su vida se parte en dos porque su pareja en pantalla es un actor francés desconocido fuera de su país. Tiene 22 años. Es atractivo de una manera casi indecente. Tiene los ojos del color del Mediterráneo en un día sin viento y se llama Aline Delon.

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