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Oscar DE LA HOYA: De CAMPEÓN a HUMILLADO: El ESCÁNDALO sexual que lo dejó en la MUGRE

Joel de la Olaya puso a su hijo en el gimnasio del barrio y después de eso la historia tomó su propio camino. El 4 de febrero de 1973 nació Óscar, el niño que cambiaría la historia del boxeo latinoamericano para siempre, aunque nadie lo sabía todavía. Nadie podía imaginar mirando ese hospital de Los Ángeles que ese bebé acabaría generando más dinero en peleas de payperview que cualquier boxeador en la historia hasta ese momento, que tendría el mundo a sus pies, que también estaría a punto de perderlo todo.

Grábate esto, el boxeo no fue una elección para Óscar de la Olaya, fue una herencia, una sangre. empezó a entrenar a los 6 años en el club de boxeo del vecindario, no porque alguien lo forzara, sino porque era lo que se hacía en esa familia. Su hermano mayor Joel también entrenaba. Su padre Joel Jor estaba ahí.

Lo era un mundo donde los guantes tenían más sentido que cualquier otra cosa disponible en esas calles. Su ídolo de niño era Sugar Rey Leonard, el campeón olímpico de 1976 que había pasado a ser una superestrella del boxeo profesional. Para un niño de Montevello que crecía viendo las fotografías de boxeadores en las paredes de su casa, Leonard era la prueba de que se podía, de que un hombre con los puños y la voluntad correcta podía salir del barrio y conquistar algo más grande que el barrio.

Óscar miraba esas fotografías y se veía a sí mismo en ellas, no como un sueño imposible, sino como un destino al que llegar. Y había algo más que moldearía hasta este niño de manera mucho más profunda que cualquier entrenamiento. Algo que nadie vería ni sabría durante décadas, algo que ocurría dentro de esa misma familia, en esa misma casa de Montevello, sentó sin que nadie desde afuera pudiera saberlo.

Pero hubo algo más que moldearía a este niño de manera mucho más profunda que cualquier entrenamiento. En ese mismo vecindario, en esa misma infancia, Óscar de la Hoya confesó décadas después haber empezado a beber alcohol a los 9 años. No en una fiesta adolescente, no por presión de amigos en el parque, en su propia casa.

Sus tíos le pedían que les llevara cervezas del refrigerador cuando se reunían y el niño yendo una y otra vez probaba 20, 30 veces al refrigerador hasta que un día ya estaba borracho. Y la sensación, esa sensación de calor y de que el mundo de repente era más suave y más manejable, se quedó grabada en su cerebro de 9 años como un mapa al que volvería una y otra vez durante los siguientes 40 años de su vida.

era su secreto y lo guardó mientras ganaba torneos, mientras ganaba campeonatos, mientras firmaba contratos de millones. Lo guardó durante casi 30 años. A los 15 años, Óscar ganó los guantes de oro nacionales en la categoría de 119 libras. El año siguiente ganó el título nacional en 125 libras. En 1990, a los 16 años, fue el boxeador estadounidense más joven en competir en los juegos de la buena voluntad, donde también ganó una medalla de oro.

La trayectoria era impresionante, la velocidad a la que se desarrollaba era casi sobrenatural. Aquí estaba un chico de barrio de Montevello que antes de poder votar ya era uno de los mejores boxeadores jóvenes de los Estados Unidos. Y entonces llegó lo que cambiaría todo, lo que moldearía el resto de la vida de Óscar de la olla, de una manera que él mismo no comprendería ni procesaría hasta décadas después.

Ese mismo año de 1990, mientras su carrera despegaba con esa velocidad arrolladora, su madre Cecilia recibió un diagnóstico, cáncer de mama, y ella tomó una decisión que solo puede entenderse desde el amor más absoluto y más doloroso. Ocultárselo a su hijo. No quería que Óscar se distrajera, no quería que los sueños del niño murieran junto a ella.

Proteger a su hijo de la verdad era para Cecilia de la olla la última cosa que podía hacer por él. Piensa en eso un momento. Una madre que está muriendo y que su preocupación principal, incluso en su propio sufrimiento, es que la noticia no afecte la carrera de su hijo de 17 años. Eso es un tipo de amor que aplasta, que no tiene palabras.

Señor Óscar confesó en una entrevista con el New York Times previa a los Juegos Olímpicos de 1992, que no supo que su madre estaba gravemente enferma hasta que ya era demasiado tarde para hacer nada más que estar ahí. Sus palabras exactas, ella estuvo enferma desde 2 años antes y yo ni siquiera lo sabía. Ellos no quisieron decirme porque ella dijo que afectaría mi carrera.

Dijo también que si hubiera sabido habría intentado pasar más tiempo con ella, habría entrenado menos, habría estado presente de una forma que no pudo estar porque no lo dejaron saber que había un reloj corriendo. El 28 de octubre de 1990, Cecilia González de la Olla murió. Tenía 39 años. Óscar tenía 17 y antes de morir su madre le había arrancado una promesa, ganar la medalla de oro olímpica, llevarla orgulloso, honrar el sacrificio de esa familia de inmigrantes que había cruzado la frontera con nada más que sus manos y sus esperanzas. Esa promesa se convirtió

en el motor, en el combustible, en la razón por la que Óscar de la olla se levantaba cada madrugada a entrenar cuando el resto del mundo dormía. La muerte de su madre no lo quebró, o al menos no de la manera visible e inmediata. Lo convirtió en algo más parecido a una flecha disparada directamente a su objetivo.

Barcelona, 1992, la medalla de oro para Cecilia. Pero hay algo que nadie supo durante décadas, algo que el propio Óscar guardó durante 31 años antes de contárselo al mundo. La primera revelación que te prometí. En 2021, en una entrevista que sacudió a todos los que creían conocer la historia completa del Golden Boy, Óscar de la Olaya reveló que a los 13 años él en un torneo de boxeo en Hawaii, fue abusado sexualmente por una mujer adulta, una mujer de aproximadamente 35 años.

Fue así como según sus propias palabras, perdió su virginidad. Así las describió él mismo sin rodeos. Fui violado a los 13 años por una mujer, una mujer mayor. Entonces, son muchas cosas. A esa edad perdí mi virginidad al ser violado. Básicamente estaba en Hawaii, en un torneo, una mujer mayor tenía como 35. Grábate esto.

Un niño de 13 años, solo lejos de su casa en un torneo de boxeo, sufrió un abuso que nunca contó a nadie durante tres décadas, que guardó como un secreto más en esa lista de secretos que fue acumulando desde los 9 años, desde la cerveza robada del refrigerador, desde la muerte de su madre que no pudo ver venir.

Nadie supo nada mientras ganaba torneos amateur o nadie supo nada mientras competía en las olimpiadas. Nadie supo nada mientras ganaba campeonatos mundiales. Nadie supo nada mientras su imagen se vendía en revistas de todo el planeta. Y según el propio de la olla, ese trauma sin procesar, esa herida que nunca tuvo el espacio para cerrarse, fue una de las semillas de lo que vendría después.

La incapacidad de construir relaciones sanas desde la autenticidad, la fuga constante hacia el alcohol que conoció a los nueve y que nunca pudo soltar. la búsqueda compulsiva de algo que calmara ese ruido interior que nunca paraba. Todo esto mientras el mundo veía el Golden Boy aplaudía. Los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona, España.

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