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Así Fue la BATALLA más Sangrienta de 1914: La División del Norte ANIQUILA a la Élite Federal

Así Fue la BATALLA más Sangrienta de 1914: La División del Norte ANIQUILA a la Élite Federal

La mañana del 23 de junio de 1914, la ciudad de Zacatecas no amaneció con el repique de las campanas coloniales ni con el bullicio de los comerciantes en la Plaza de Armas, sino con un silencio pesado y eléctrico que solo conocen las ciudades condenadas. Desde las cumbres fortificadas del cerro de la bufa y del cerro del grillo, 12,000 soldados del ejército federal, la élite profesional de Victoriano Huerta, observaban el horizonte con la certeza de los hombres que se creen intocables.
Sus oficiales habían recorrido las posiciones durante la noche, verificando los parapetos de sacos de arena, revisando las cureñas de los cañones, contando las cajas de munición que llenaban los depósitos excavados en la piedra. Les habían dicho que Zacatecas era inexpucnable. Les habían dicho que la geografía misma había construido para ellos una fortaleza natural que ningún ejército latinoamericano podía tomar.
Y les habían dicho que el hombre que venía en contra era un bandolero de Chihuahua al mando de una horda de rancheros sin formación militar. Dos de esas tres afirmaciones eran ciertas. La tercera les costaría la vida. Porque lo que se movía en el horizonte norte aquella mañana, levantando una nube de polvo que borraba el cielo del altiplano zacatecano, no era una horda de rancheros, era la división del norte.
20,000 hombres, 28 cañones, trenes blindados, hospitales móviles, una máquina de guerra construida a lo largo de 2 años de campaña en el norte por un hombre que los generales del colegio militar llamaban bandolero, porque no sabían cómo llamar a lo que era. Pancho Villa había llegado a las puertas de la puerta de plata y con él venía el artillero más brillante que México había producido en el siglo XX.
El general Felipe Ángeles con la calma matemática del que conoce cada grado de elevación que sus piezas necesitan para que los proyectiles caigan exactamente donde él decide. Lo que estaba a punto de ocurrir en las próximas 8 horas no sería una batalla en el sentido que las academias militares enseñan la palabra, sería la demolición sistemática del antiguo régimen, la aniquilación del ejército más profesional que el porfiriato había construido en tres décadas de inversión en modernización militar.
Un combate donde la artillería rallada de Felipe Ángeles se fusionaría con el machete y la bayoneta del minero convertido en soldado. Y donde la tarde terminaría con 8,000 cadáveres federales pudriéndose bajo el sol del altiplano y con el camino hacia la Ciudad de México abierto de par en par. Zacatecas no sería solo una batalla, sería el epitafio del gobierno golpista de Victoriano Huerta y el nacimiento definitivo de la división del norte como la leyenda que los corridos cantarían durante 100 años. Pero para entender la
magnitud de lo que iba a ocurrir, es necesario retroceder varias semanas y entrar en la guerra secreta que se libraba no en los cerros zacatecanos, sino en los telégrafos. Una guerra donde el adversario de Villa no era Huerta, sino el hombre que supuestamente era su superior jerárquico, Benustiano Carranza.


Porque la batalla de Zacatecas comenzó mucho antes de que se disparara el primer cañón. comenzó en el despacho del primer jefe del constitucionalismo en Saltillo, donde Carranza miraba con recelo creciente la popularidad creciente del general que estaba ganando todas sus batallas en el norte. y comenzó en el vagón de tren blindado de Villa en Torreón, donde el centauro recibía los telegramas de Carranza con la paciencia de quien sabe que el tiempo trabaja en su contra si no actúa pronto.
Las victorias de Villa en los se meses anteriores habían sido aplastantes. Tierra Blanca, Ojinaga, la toma de Chihuahua, Torreón, donde había destrozado a la guarnición federal en un combate urbano que le había dado el control de las líneas de ferrocarril del norte, San Pedro de las Colonias, donde había perseguido y aniquilado a los restos federales que huían de Torreón.
Cada victoria engordaba la división del norte con armamento capturado, con desertores federales que cambiaban de bando, con voluntarios que llegaban de los ranchos y de los pueblos del norte a sumarse al ejército que estaba ganando. Para mayo de 1914, Villa era el comandante más poderoso del movimiento constitucionalista, más poderoso en términos militares que el propio Carranza.
Y era precisamente eso lo que Carranza no podía permitir. Zacatecas era la plaza que decidiría el resto de la guerra. Tomada Zacatecas, el camino al Bajío y a la capital quedaba abierto. Y el que tomara Zacatecas sería en el imaginario público y en la realidad operativa el hombre que había derrotado a Huerta. Carranza lo sabía.
Me por eso cometió el error que los historiadores señalan como uno de los momentos más claros donde el cálculo político venció al cálculo militar. Ordenó a Villa detenerse en Torreón y ceder el honor de la captura de Zacatecas al general Pfilo Nata, un oficial leal al carrancismo, pero militarmente incompetente.
Natera atacó Zacatecas con 8,000 hombres en los primeros días de junio. Fue rechazado con pérdidas humillantes. La guarnición federal, envalentonada por el fracaso, comenzó a reforzar sus posiciones en los cerros, con la certeza de los que han repelido el primer asalto y que calculan que el segundo no será mejor.
Cuando los partes del fracaso de Natera llegaron al vagón de Villa en Torreón, Sakarranza intentó la última jugada que su manual político le ofrecía. ordenó a Villa que enviara refuerzos a Natera desde la división del norte, pero que él mismo no marchara a Zacatecas. Villa leyó el telegrama y lo arrugó con la precisión específica del hombre que ha comprendido exactamente lo que el enemigo interno está intentando hacer.
La orden era una trampa. Enviar refuerzos sin el comandante producía el peor de los mundos posibles. Las tropas de Villa morirían bajo el mando incompetente de Natera sin que Villa recibiera el crédito si por casualidad ganaban. Carranza quería la plaza sin que Villa la tomara. La respuesta de Villa fue un acto de insubordinación que redefinió la relación entre los dos hombres para el resto de la revolución.
Presentó su renuncia formal al cargo. Era una jugada de póker con apuestas altísimas. Si Carranza aceptaba la renuncia, Villa quedaba fuera del movimiento constitucionalista y tendría que operar como fuerza independiente contra Huerta y contra Carranza simultáneamente. Si los generales subordinados de Villa respaldaban a Carranza, la división del norte se fragmentaría y la guerra se perdería.
Ninguna de las dos cosas ocurrió. Los generales de la división del norte, hombres duros forjados en las campañas del norte, Maclovio Herrera, Tomás Urbina, Rosalío Hernández, Eugenio Aguirre Benavides, Pánfilonatera, que ahora estaba dispuesto a servir bajo villa con tal de redimir su fracaso anterior. Enviaron un telegrama colectivo a Carranza en el que rechazaban la renuncia de Villa y ratificaban al centauro como su único comandante.
El mensaje era inequívoco. La división del norte no obedecía a Carranza, obedecía a Villa y Villa había decidido que Zacatecas se tomaría con carbón del gobierno o sin carbón del gobierno. Carranza, furioso pero sin instrumentos para imponer su autoridad sobre hombres armados a 1000 km de distancia, ordenó cortar los suministros a la división del norte.
Las estaciones de carbón que alimentaban las calderas de los trenes villistas fueron cerradas por orden del primer jefe. Era el instrumento más eficiente que Carranza tenía disponible en ese momento. Sin carbón, los trenes no se movían y sin los trenes, la división del norte no podía desplazar a sus 20,000 hombres desde Torreón hasta Zacatecas con la velocidad que la operación requería.
Los villistas respondieron con la ingeniería práctica del que no tiene doctrinas abstractas, pero tiene el problema inmediato que resolver. Arrancaron los durmientes de madera de las vías secundarias que no iban a usar. Desmontaron las cercas de madera de los ranchos que encontraban en el camino. Usaron todo lo que podía arder para alimentar las calderas de las locomotoras, quemando literalmente el norte de México para mover el ejército que iba a liberar al resto del país.
Los trenes avanzaron hacia el sur con la lentitud específica de las máquinas alimentadas con combustible improvisado, pero avanzaron. Y detrás de ellos, entre los durmientes arrancados y las cercas demolidas, quedaba el mensaje visible para cualquiera que quisiera leerlo. La división del norte iba a Zacatecas con o sin el permiso del primer jefe.
Mientras tanto, dentro de la ciudad de Zacatecas, el ambiente era de una confianza que rayaba en la embriaguez. El general federal Luis Medina Barrón, se comandante de la plaza, había convertido la ciudad en lo que los manuales europeos llamarían una fortaleza natural reforzada con ingeniería moderna. Zacatecas no es una ciudad normal, es una urbe colonial hundida en una cañada profunda, flanqueada por dos colosos de piedra rosada, cuyas cumbres dominan el valle circundante a vuelo de pájaro, el cerro de la bufa, al este, con sus
dentadas formaciones de roca que parecen una corona de espinas gigantesca, y el cerro del grillo al oeste con sus laderas empinadas que caen hacia el centro de la ciudad Con la brusquedad de las cortezas volcánicas, Medina Barrón había fortificado esas cumbres con lo mejor de la tecnología militar disponible en el México de 1914.
Cañones Schneider Caneth de 75 mm importados de Francia, la con alcances y precisión que hacían parecer obsoletas a las piezas que los gobiernos mexicanos habían usado durante el siglo XIX. Ametralladoras hochkis en nidos de piedra que cubrían cada aproximación por las laderas. reflectores eléctricos alimentados por generadores de vapor que iluminaban el campo de batalla durante la noche.
una tecnología tan moderna que los federales creían que sola sería suficiente para disuadir cualquier ataque nocturno y 12,000 soldados regulares con uniformes kaki, rifles mauser alemanes de 7 mm, munición abundante y la disciplina específica del ejército que ha sido profesionalizado durante 30 años. Desde las troneras que miraban al norte, los oficiales federales contemplaban el horizonte con la paciencia del cazador que espera al tigre en el árbol correcto.
ACAB habían rechazado a Natera. No imaginaban que el tigre que venía ahora era diferente en escala, en equipamiento y en voluntad. Y no imaginaban que en las lomas de Beta Grande, a unos cuantos kilómetros al norte de sus posiciones, un hombre silencioso con el grado de general y los modales suaves del académico, que fue antes que soldado, estaba calculando con el rigor matemático de quien no improvisa las distancias, los ángulos y las correcciones balísticas que en las próximas horas convertirían a Zacatecas en el matadero más grande de la
Revolución Mexicana. Ese hombre era Felipe Ángeles y era el arma más letal que la división del norte había añadido a su inventario desde la toma de Chihuahua. Felipe Ángeles no era el tipo de general que la imaginación popular asociaba con la división del norte, donde villa era instinto bruto, a estatura imponente, sombrero charro y lenguaje directo.
Ángeles era el opuesto exacto, menudo, delgado, con anteojos pequeños, educado en el Colegio Militar de Franc

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