Posted in

Leila Pahlavi: Lo Tenía Todo… y Murió Sola en un Hotel de Londres

En ese mundo de esplendor sin límites nació Leila. Su infancia transcurrió en un palacio al norte de Teerán que parecía sacado de un cuento de las 1 y una noches. Decenas de habitaciones, ejércitos de sirvientes para atender cada necesidad, vajillas de oro macizo en las que comía la familia imperial, obras de arte que valían fortunas colgando de las paredes, cofres llenos de diamantes y joyas que habían pertenecido a la corona persa durante generaciones.

Y para deleite de los niños, un zoológico privado dentro de los terrenos del palacio con animales exóticos que la pequeña Leila podía visitar cuando se le antojara. Imaginen ser una niña en ese mundo, despertar cada mañana en un palacio imperial, tener un zoológico entero para una sola, estar rodeada de la riqueza más absoluta que un ser humano pueda concebir.

Para la pequeña Leila, ese era simplemente el mundo normal, el único que conocía. No sabía que ese esplendor era una burbuja a punto de estallar. No sabía que afuera en las calles de Irán se estaba gestando una tormenta que lo barrería todo. No sabía que esa infancia dorada tenía literalmente los días contados.

La fortuna de la familia, según diversas estimaciones, se contaba en miles de millones de dólares, pero ningún dinero del mundo podría comprar lo que estaba a punto de perder. Hay testimonios que describen aquellos años en el palacio como una mezcla extraña de cuento de hadas y de jaula dorada. Los niños imperiales crecían rodeados de tutores, de guardaespaldas, de protocolos rígidos.

Cada movimiento estaba vigilado, cada aparición pública cuidadosamente coreografiada. Pero entre toda esa formalidad había también momentos de ternura genuina. Fara se esforzaba por darles a sus hijos algo parecido a una infancia normal dentro de lo que las circunstancias permitían. Quería que conocieran el valor de las cosas, que no se volvieran arrogantes, que entendieran la responsabilidad enorme que significaba el apellido que llevaban.

Leila, la menor, era especialmente querida, especialmente protegida, la pequeña a la que todos cuidaban. Pero incluso en ese paraíso aparente había sombras que una niña sensible, como Leila quizás percibía, sin entender la tensión silenciosa en el rostro de su padre, las conversaciones que se interrumpían cuando ella entraba en una habitación, la sensación de que algo en alguna parte no andaba bien.

Los niños tienen una intuición especial para captar la angustia de los adultos, aunque no comprendan sus causas. Y en los últimos años de la monarquía, esa angustia flotaba cada vez más densa en el aire del palacio, como el aroma de una tormenta que se acerca antes de que caiga la primera gota. Porque mientras Leila jugaba inocente en los jardines del palacio y visitaba a los animales de su zoológico, el reinado de su padre se acercaba peligrosamente a su fin.

El shara amado por unos y odiado por otros. Para muchos iraníes, su modernización forzada chocaba violentamente con las tradiciones religiosas del país. Su cercanía con Estados Unidos y Occidente lo hacía parecer, a ojos de sus enemigos, un títere extranjero. La represión de la oposición a través de su temida policía secreta, la Sabac, sembraba miedo y resentimiento.

y la enorme escandalosa desigualdad entre la opulencia de la familia imperial y la pobreza de millones de iraníes comunes era una herida que se infectaba día tras día. En las sombras, un líder religioso exiliado llamado Ruhola Jomini encendía la mecha de una revolución desde el extranjero.

Sus mensajes grabados en cassetes circulaban clandestinamente por todo Irán, llamando al derrocamiento del Sha y al fin de la monarquía. El descontento alimentado durante años comenzaba a desbordarse, pero en el palacio, entre vajillas de oro y jardines perfumados, la pequeña Leila no podía sospechar que ese nombre lejano, Yomini, sería el responsable de destruir su mundo entero antes de que ella cumpliera los 10 años durante los primeros años de vida de Leila.

Sin embargo, nada de esto parecía amenazar realmente a la familia imperial. El Sha estaba aparentemente en la cima absoluta de su poder. En 1971, cuando Leila tenía apenas un año, su padre organizó una de las celebraciones más fastuosas y extravagantes de toda la historia moderna. La conmemoración de los 2500 años de la fundación del Imperio Persa en las ruinas milenarias de Persépolis fue un espectáculo de un lujo casi obseno que el mundo entero contempló con asombro.

Jefes de Estado, reyes y reinas de todos los rincones del planeta fueron invitados a un banquete monumental. En medio del desierto se levantó una ciudad entera de carpas de seda de lujo. Se trajo la comida y el vino desde los mejores restaurantes de París. Se contrataron a los mejores chefs y diseñadores del mundo. Se gastaron sumas astronómicas, mientras gran parte del pueblo iraní seguía viviendo en la pobreza más absoluta para el Sha.

era la demostración gloriosa de la grandeza eterna de su Irán. Para sus enemigos fue la prueba definitiva, imperdonable de hasta qué punto la familia imperial vivía en un mundo de fantasía, completamente desconectada de la realidad de su propio pueblo. Leila era demasiado pequeña para recordar aquel banquete, pero nació y dio sus primeros pasos en ese ambiente en la cumbre absoluta del poder Pahlavi en el momento exacto en que la dinastía brillaba con más fuerza, justo antes de que todo comenzara a derrumbarse.

Hay algo casi cruel en ese tiempo, como si el destino le hubiera mostrado a Leila en sus primeros años todo lo que iba a perder, todo el esplendor del que sería arrancada, para que la pérdida cuando llegara doliera aún más profundamente. Los historiadores señalan a menudo el banquete de Persépolis como uno de los momentos que aceleraron la caída del Sha.

El derroche en un país donde tantos vivían en la pobreza alimentó el resentimiento popular. Lo que para la familia imperial era una celebración de la grandeza milenaria de Persia. Para los descontentos fue una bofetada, una provocación. De algún modo, la magnificencia misma que rodeó el nacimiento de Leila contenía ya las semillas de la tragedia que destruiría su mundo.

El esplendor y la ruina en la historia de los Pajlaví estaban entrelazados desde el principio como dos hilos del mismo destino. Y es que esa es una de las grandes lecciones que deja la vida de Leila, que el exceso de luz proyecta también las sombras más profundas. La familia que brilló más que ninguna otra en el Oriente Medio del siglo XX fue también la que cayó desde más alto, la que pagó el precio más caro.

Cuanto más arriba se está, más larga es la caída. Y Leila, nacida en la cúspide misma de ese poder, no eligió ni el esplendor ni la caída. Simplemente le tocó vivir ambos, el primero sin entenderlo y el segundo sin merecerlo. Pero conviene detenerse en un detalle que mucha gente olvida. A pesar de todo el protocolo imperial, de todo el esplendor abrumador, la familia Palabi era, en lo íntimo una familia que se quería de verdad.

Faradiva no era una madre distante y fría como tantas figuras de la realeza. Era cariñosa, presente, profundamente preocupada por el bienestar emocional de sus hijos. Y el Shah, a pesar del peso aplastante de gobernar un imperio en una de las regiones más volátiles del mundo, adoraba a sus niños y en especial a la pequeña Leila, la menor, la consentida de la familia.

Read More