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LOLA BELTRÁN: El TORERO que la DESTRUYÓ… y la SOLEDAD en que MURIÓ la VOZ más Grande de MÉXICO

destruyendo a la mujer que tenía la voz más poderosa del país. Tercero, ¿por qué Lola Beltrán nunca volvió a casarse después de Alfredo Leal? ¿Por qué en todas las entrevistas que dio durante 30 años se negó a hablar de su vida sentimental? ¿Qué guardaba en silencio esa mujer que en el escenario no guardaba nada? ¿Y qué dice ese silencio sobre las heridas que un matrimonio destruido puede dejar en una persona por el resto de su vida? Y cuarto, ¿cómo murió Lola Beltrán? ¿Qué ocurrió con su herencia? como el secreto de un hijo que

amó, pero no reconoció formalmente, desató después de su muerte una batalla legal de 14 años que enfrentó a sus dos hijos y que reveló en los documentos de los tribunales mexicanos el retrato de una familia rota que la voz más grande de México nunca pudo reparar. En este vídeo verás declaraciones de personas que conocieron a Lola de cerca, registros de la prensa de la época sobre su matrimonio, los documentos judiciales del proceso de herencia que duró casi una década y media y los testimonios de quienes estuvieron presentes en los

momentos más dolorosos de su vida privada. Pero para entender por qué la mujer con la voz más grande de México murió en la soledad más profunda, primero hay que volver al principio. Porque para entender cómo se rompe una voz, primero hay que entender de dónde venía esa voz. Todo comenzó el 7 de marzo de 1932 en el Rosario Sinaloa, un pueblo minero del norte de México donde el polvo de la sierra y el olor a metal impregnan el aire desde temprano, donde la vida tiene la dureza específica de los lugares, donde el trabajo físico es la única

moneda que cuenta y donde la gente desarrolla casi por necesidad climática. un carácter directo y sin adornos que el resto del país a veces llama brusquedad y que los sinaloenses llaman honestidad. María Lucila Beltrán Ruiz llegó al mundo en ese contexto. Su padre Pedro Beltrán administraba una mina.

Su madre, María de los Ángeles Ruiz Ramos, tenía pasión por la música y cantaba en casa con la naturalidad de quien no sabe que eso es un talento, sino que simplemente lo hace porque la vida sin música no tiene el mismo sabor. Lola creció escuchando esa voz materna. Y algo en esa voz, algo que no se puede explicar del todo, pero que los cantantes reconocen cuando lo sienten.

Se fue instalando en Lola desde muy temprano como una certeza, como la certeza de que ella también tenía algo adentro que necesitaba salir, que también tenía una voz que era más que una voz. Las monjas carmelitas del colegio del Rosario la educaron con la disciplina específica de las instituciones religiosas de provincia en los años 40.

Lola aprendió a leer, a escribir, a comportarse como se supone que deben comportarse las niñas bien educadas del norte de México. Aprendió comercio para ser secretaria, que era el destino práctico y razonable de una joven inteligente de familia trabajadora en aquella época. participó en concursos de canto locales, ganó algunos y fue acumulando en esos concursos de pueblo la primera evidencia de algo que el mundo del espectáculo confirmaría después, de manera estrepitosa, que su voz no era una voz normal, que cuando Lola Beltrán abría la boca y cantaba,

ocurría algo en el ambiente que era difícil de describir, pero imposible de ignorar, algo que hacía que la gente dejara de hacer lo que estaba haciendo y prestara atención, algo que en La música ranchera se llama sentimiento y que es la capacidad de hacer que una canción deje de ser un conjunto de notas y se convierta en una experiencia emocional directa, sin filtros, sin distancia, que llega al corazón del oyente antes de que el oyente pueda decidir si quiere que llegue o no.

El giro que cambió todo llegó de una manera que Lola Beltrán contó muchas veces en entrevistas y que cada vez sonaba más a fábula, aunque era completamente real. Siendo todavía muy joven, Lola viajó a la Ciudad de México, acompañada de su madre para visitar la Basílica de Guadalupe. No era un viaje de conquista, no era un viaje con planes de quedarse, era una peregrinación, el tipo de viaje que las familias creyentes del norte de México hacen cuando tienen la posibilidad.

Pero la ciudad de México de los años 50 era una ciudad que absorbía a la gente que tenía talento, que la captaba antes de que se diera cuenta de lo que estaba pasando. Y Lola, que se hospedó con su madre en un hotel cercano a los estudios de la exe estación de radio más importante del país, se acercó a esas instalaciones con la curiosidad de quién sabe que ahí está algo que tiene que ver con ella, aunque no pueda explicar todavía exactamente qué.

Lo que ocurrió en esa visita a la XSM tiene la estructura perfecta de las historias que definen una vida. Lola se presentó, pidió una oportunidad. El director artístico de la estación, un hombre llamado Amado C. Guzmán la escuchó y decidió que no le interesaba su voz. Le ofreció trabajo como secretaria. Lola aceptó el trabajo de secretaria.

No porque hubiera rendido, no porque hubiera decidido que el canto no era lo suyo, sino porque era inteligente y porque sabía que estar dentro, aunque fuera como secretaria, era mejor que estar afuera. Y desde adentro, desde ese puesto de secretaria en la estación de radio más importante de México, Lola Beltrán siguió insistiendo, siguió pidiendo, siguió buscando la oportunidad que el director artístico le había negado.

Recuerda esto porque es clave. La historia de Lola Beltrán en la XES es la historia de una mujer que entiende que el primer no no es el último, no. Es la historia de alguien que fue contratada para teclear documentos y que usó ese puesto para estar en el lugar correcto hasta que el momento correcto llegara. Y el momento llegó.

Llegó de la mano de un cantante llamado Miguel Acéz Mejía, que la escuchó en algún corredor de la estación, que reconoció en esa voz sinaloense algo que el director artístico había pasado por alto y que la recomendó. Y llegó también de la mano de una cantante llamada La Torca se convirtió en su primera mentora en el mundo de la radio y que abrió para ella las puertas que el sistema le había cerrado.

Poco tiempo después de llegar a la exex como secretaria, Lola Beltrán tenía su propio programa de radio y desde ese programa, desde ese espacio que le habían negado y que ella se había tomado a fuerza de persistencia, empezó a construir lo que sería uno de los legados más grandes de la música popular mexicana. Los años 50 fueron para Lola Beltrán los años de la consolidación.

Grabó discos, filmó películas, debutó en el cine en 1954 con El Tesoro de la Muerte y siguió filmando durante toda la década. Fue en esos años también cuando conoció al compositor que marcaría su carrera musical de manera definitiva. Su nombre era Tomás Méndez, un compositor oaxaqueño que escribía canciones con la precisión de un cirujano y la sensibilidad de alguien que había sufrido lo suficiente como para saber exactamente qué palabras abren el corazón de la gente.

Tomás Méndez escribió cucurucu paloma. Escribió tr días. escribió un catálogo de canciones que Lola interpretó y que se convirtieron en los signos definitivos de una generación. La relación entre Lola y Tomás Méndez fue, según quienes los conocieron, más que una relación profesional. Fue una de esas complicidades raras entre un compositor y una intérprete, donde parece que las canciones fueron escritas específicamente para esa voz y esa voz fue formada específicamente para esas canciones.

Y fue también, según las versiones que circularon en los pasilos del mundo musical mexicano de esa época, algo más íntimo, algo que nunca se confirmó del todo, pero que tampoco se negó del todo. Algo que Lola Beltrán se llevó a la tumba con el mismo hermetismo con que se llevó todo lo que tenía que ver con su corazón.

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