La tragedia del ego es, quizá, una de las narrativas más dolorosas y recurrentes dentro del deslumbrante y despiadado mundo del espectáculo. Existen historias de figuras que luchan desde lo más bajo para alcanzar la cima, y existen otras, mucho más amargas, de quienes nacen con el mundo a sus pies y terminan por perderlo todo, consumidos por sus propios demonios internos. El caso de Alejandro Cianguerotti Junior es una auténtica tragedia monumental del cine, un relato desgarrador de un hombre que, habiendo nacido como el indiscutible heredero de una gran dinastía artística, se dejó devorar por una tóxica rivalidad y un resentimiento profundo hacia su propio hermano menor, el legendario actor Fernando Luján.

El Peso de una Dinastía Inigualable
Nacido el 11 de mayo de 1940 en la vibrante Ciudad de México, Alejandro Cianguerotti Junior llegó al mundo, como reza el viejo adagio, con una inmensa cuchara de plata en la boca. Su destino parecía estar maravillosamente predeterminado por su linaje. Su padre, el mítico Alejandro Cianguerotti, era ya un gran ícono respetado en las pantallas del cine argentino y mexicano. Su madre, Mercedes Soler, formaba parte de la poderosa y legendaria dinastía de los hermanos Soler, una de las familias más ricas, influyentes y respetadas de todo el espectáculo nacional.
Para Alejandro, las puertas no solo estaban abiertas; habían sido removidas por completo de sus bisagras para darle paso. Con apenas nueve años de edad, pisó por primera vez un imponente escenario teatral. Absolutamente todo estaba escrito a su favor: poesía, talento innegablemente heredado por sus venas, un apellido que valía oro puro y la aceptación inmediata de la industria. A finales de la década de 1950, siendo todavía un joven adolescente, ya lograba protagonizar películas de suma importancia que marcaban el rumbo de la taquilla, tales como Pepito As del volante, Pobres millonarios y Mañana serán hombres. Antes de siquiera cumplir los 25 años de edad, su impresionante currículum sumaba ya más de 30 producciones cinematográficas. Era, sin lugar a dudas, el joven príncipe heredero del cine mexicano.
El Lado Oscuro del Estrellato: Un Carácter Indomable
Sin embargo, detrás de esa brillante e inmaculada fachada de éxito prematuro, algo muy oscuro crecía de forma descontrolada en su interior. La gente muy cercana al medio artístico comenzó a murmurar, por los tensos pasillos de los estudios de grabación, algo bastante perturbador. El joven prodigio desarrollaba un carácter sumamente difícil, una personalidad explosiva y enormemente complicada de manejar.
Los fuertes rumores indicaban que no lograba llevarse nada bien con varios de sus propios colegas actores. Se comentaba en voz baja que mantenía una actitud sumamente soberbia y despectiva con los técnicos del set, y que era bastante desafiante e insubordinado con algunos de los directores más prestigiosos. Los primeros escándalos públicos no tardaron en llegar a oídos de la prensa y de los grandes ejecutivos. Empezaron a circular varias historias inquietantes que aseguraban que Alejandro simplemente desaparecía de los sets de filmación sin avisar a nadie, provocando enormes pérdidas económicas. Llegaba tarde a los llamados, se enfrascaba en acaloradas discusiones con los directores de cámara y, lo más grave, se negaba rotundamente a repetir las escenas cuando se lo pedían.
En un arrebato de cólera que quedaría grabado en la memoria de la industria, llegó a gritar en alguna ocasión frente a todo el equipo de producción, con los puños cerrados y el rostro enrojecido: “¡No soy un actor de relleno! Soy un Cianguerotti y aquí se hace lo que yo ordeno”. Como era de esperarse, los productores comenzaron a sentir una profunda desconfianza hacia él. No ponían en duda su indudable y nato talento actoral, pero su terrible temperamento era una bomba de tiempo. Un conocido director de aquella época dorada habría confesado años más tarde que trabajar en un proyecto con Alejandro Junior era como “caminar descalzo sobre vidrios rotos; nunca sabías cuándo iba a explotar de furia”.
La Ruina Financiera y el Rechazo Sindical
El nivel de arrogancia de Alejandro encontró su punto máximo —y su primera gran caída— cuando la gota que derramó el vaso finalmente se materializó. Completamente obsesionado con demostrarle al mundo y a su familia que podía ser muchísimo más que solamente el portador de su gran apellido, tomó una decisión temeraria: producir su propia película de forma independiente.
Cegado por la ambición, solicitó fuertes y muy arriesgados préstamos a varios bancos, empeñó valiosas propiedades familiares que guardaban una enorme historia y logró convencer a un grupo de inversionistas para que apostaran todo su capital por la que él consideraba su “gran obra maestra”. Trágicamente, el ansiado proyecto jamás logró ver la luz de las pantallas. Todo el cuantioso dinero reunido desapareció rápidamente, esfumándose en medio de gastos absurdamente innecesarios, una cadena ininterrumpida de pésimas decisiones logísticas y, según relatan algunas lenguas de la época, en fiestas interminables y lujos superficiales.
Alejandro quedó hundido en enormes y asfixiantes deudas. Los bancos no paraban de perseguir sus pasos y su antes intachable reputación actoral quedó arrastrada por los suelos. Pero la desesperación lo llevó a cometer un acto aún más humillante. En medio de aquella grave y asfixiante crisis financiera, intentó realizar una jugada maestra de último minuto: postularse oficialmente para ocupar el cargo de la Secretaría General de la Asociación Nacional de Actores (ANDA).
Él creía, con una fe ciega y casi delirante, que ostentar ese alto cargo institucional le devolvería de golpe todo el prestigio y el respeto perdidos, situándolo nuevamente en la cima del Olimpo artístico al mismo nivel de las grandes figuras de antaño. Sin embargo, cuando presentó con bombo y platillo su candidatura de forma oficial, el golpe de realidad fue devastador. Fue rechazado pública y tajantemente. Con dura e irrefutable razón, sus severas e impagables deudas bancarias lo terminaron descalificando de manera automática, dejándolo expuesto ante la mirada crítica de sus compañeros. Su humillación fue absoluta y total. Los mismos colegas que apenas unos años antes se detenían a saludarlo con reverencia en las fiestas de gala, ahora preferían voltear la mirada o cambiar de rumbo para evitar cruzar palabras con él en los pasillos de los estudios cinematográficos. El supuesto príncipe heredero de la dinastía se había convertido repentinamente en la oveja negra, en una enorme vergüenza pública para su propio apellido.
El Ascenso de Fernando Luján y el Veneno de la Envidia

Mientras la carrera y la vida personal de Alejandro se desmoronaban y se hundían en arenas movedizas, se gestaba en paralelo la verdadera gran tragedia de su vida. Su hermano menor, Fernando Luján, lograba ascender meteoritamente como un cohete imparable hacia las estrellas. Fernando poseía exactamente todo aquello de lo que Alejandro carecía irremediablemente: un carisma magnético y natural, una férrea disciplina profesional inquebrantable y, sobre todo, una enorme y cálida simpatía que lo conectaba instantáneamente con el público y los equipos de trabajo.
La crítica especializada lo adoraba profundamente, llenándolo de halagos en cada reseña. Los más exigentes productores se peleaban a muerte por lograr la oportunidad de trabajar con él en sus nuevas cintas. Las revistas de espectáculos de circulación nacional lo reclamaban constantemente para sus codiciadas portadas. Y así, como una tortura silenciosa, cada nuevo éxito abrumador de Fernando significaba una profunda y dolorosa puñalada directa al inmenso ego de Alejandro.
La prensa, siempre ávida de polémica, no ayudaba en absoluto a calmar las aguas. Diariamente se publicaban punzantes comparaciones que exacerbaban la herida. Los titulares eran crueles y directos: “Fernando Luján brilla deslumbrante en su nueva película, mientras que el actor Alejandro Cianguerotti Junior decepciona otra vez”. En el corazón del resentido hermano mayor solo retumbaba una pregunta obsesiva: “¿Por qué Fernando tiene el reconocimiento que a mí se me ha negado?”.
Esta envidia profesional cruzó los límites de los sets de grabación y envenenó la sangre familiar. La rivalidad no tardó en volverse enfermiza y muy tóxica. Diversos amigos muy cercanos a la dinastía llegaron a confesar que las tradicionales reuniones familiares dominicales se tornaban en verdaderos campos de batalla sumamente tensos. Siempre se comentaba que Alejandro llegaba al recinto arrastrando un pésimo humor visible a kilómetros, dedicándose a lanzar afiladas indirectas venenosas frente a los comensales, las cuales inevitablemente terminaban desencadenando en muy acaloradas discusiones a gritos con su hermano Fernando frente al asombro y la incomodidad de todos los presentes.
“¡Tú no eres mejor que yo!”, se cuenta que le reprochó en más de una dolorosa ocasión, con el rostro desencajado por la ira. “Solo tienes mejor suerte, eso es todo”. Fernando, quien se caracterizaba por ser un hombre siempre caballeroso y conciliador, intentaba con suma paciencia calmar las turbulentas aguas, pero Alejandro no buscaba un acuerdo de paz; estaba sediento de revancha. Su enorme soberbia le impedía ver la realidad. Nadie, en ese entonces, se imaginaba hasta dónde sería capaz de arrastrarlo su propio y profundo resentimiento.
El Orgullo que Destruyó su Última Oportunidad
El destino, en un extraño y benevolente giro, le presentó en bandeja de plata una última oportunidad dorada que pudo haberlo salvado todo, sanando sus deudas, su carrera y quizás, su alma. Tres productoras de cine de primer nivel, distintas entre sí y con grandes presupuestos, le extendieron propuestas millonarias para protagonizar ambiciosos proyectos en donde ambos hermanos compartirían, lado a lado, los anhelados créditos estelares.
Aquellas tres películas auguraban ser la sensación del año, prometiendo una taquilla histórica y millonaria. Eran guiones exquisitamente escritos y diseñados como historias perfectas para permitir lucir el gran talento histriónico que ambos poseían por igual. Era el pase dorado de regreso a la cúspide. Pero Alejandro, completamente cegado por los punzantes celos que le nublaban el entendimiento, tomó una decisión incomprensible: decidió rechazar, una tras otra, las tres jugosas ofertas.
Su obstinado argumento era siempre exactamente el mismo. Aseguraba, con profunda convicción paranoica, que los guiones estaban maliciosamente “hechos a medida” para que Fernando brillara mucho más frente a la cámara. “A mí me dejan siempre un papel de segundo plano, un relleno. No voy a hacer jamás la sombra de mi propio hermano”, declaraba con orgullo herido.
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Los prestigiosos productores de la industria se quedaron estupefactos, sin palabras. ¿Cómo era posible que alguien en la absoluta ruina pudiera rechazar semejantes oportunidades caídas del cielo por puro y llano orgullo herido? Uno de aquellos frustrados productores llegaría a recordar bastantes años después el esfuerzo que hicieron por convencerlo: “Le ofrecimos personalmente retocar todo el guion a su gusto, darle muchísimas más escenas en solitario, modificar aquello que él quisiera… pero nos dimos cuenta de que el problema no se trataba de las líneas de texto. Se trataba de que, en el fondo, él simplemente no soportaba la idea de estar al lado de Fernando, ni siquiera trabajando como su igual en el cartel”.
Esas duras y absurdas negativas marcaron de manera definitiva y fulminante el fin irremediable de su alguna vez prometedora carrera actoral. Los grandes productores finalmente terminaron hartándose de su actitud. La lógica en los estudios de cine era brutal pero cierta: si Alejandro ni siquiera es capaz de trabajar en paz junto a su propio hermano de sangre, ¿cómo diablos va a lograr trabajar en armonía con alguien más? Las buenas ofertas desaparecieron como espejismos en el desierto, dejando de llegar a su puerta para siempre. Alejandro, en su afán de no ser eclipsado, se había autosaboteado por última y definitiva vez.
El Escándalo de la Copa Rota: El Punto de No Retorno
Sin embargo, el destino le tenía reservado el momento más vergonzoso y humillante de toda su agitada vida. Ocurrió a mediados de la vibrante década de los 70, durante una fastuosa e importante entrega de premios que reunía a la crema y nata del cine nacional. Por azares del destino, tanto Alejandro como Fernando lograron estar nominados exactamente en la misma terna, compitiendo directamente por la misma codiciada estatuilla.
La tensión en la sala era palpable. Cuando el presentador abrió el sobre y pronunció con entusiasmo el nombre de Fernando Luján como el gran ganador de la noche, el ambiente se fracturó. Según relataron estupefactos varios de los testigos allí presentes, Alejandro, con el rostro deformado por la rabia, se levantó bruscamente de su butaca visiblemente muy molesto. En un arrebato incontrolable frente a cientos de miradas atónitas, estrelló violentamente su fina copa de champán contra el suelo, haciéndola añicos, y salió huyendo del recinto con pasos furiosos en medio del aplauso general que celebraba a su hermano.
Varios periodistas de la prensa rosa que cubrían el evento captaron a la perfección toda la inmensa e incómoda escena. Los destructivos chismes no se hicieron esperar ni un segundo. A la mañana siguiente, los rumores corrieron como la pólvora por todo el país. Los periódicos titulaban sin piedad: “La gran vergüenza de los Cianguerotti: Alejandro Junior hace el absoluto ridículo. Los celos destruyen a un actor”.
La vergüenza pública alcanzó proporciones colosales, a tal grado que se dice que su propio anciano padre, el mítico y respetado Alejandro Cianguerotti, tuvo que dar la cara y salir públicamente ante los medios para pedir unas sentidas y sinceras disculpas por el lamentable, inmaduro y agresivo comportamiento de su hijo mayor. Fue el devastador golpe final a una relación filial que ya se encontraba bastante deteriorada. El vínculo entre ambos hermanos quedó totalmente destrozado para siempre, convertido en cenizas imposibles de recomponer.
Fernando, en demostraciones de su buen corazón, intentó acercarse a su hermano en varias ocasiones posteriores para tratar de limar asperezas, pero Alejandro lo rechazó sistemáticamente con muchísima y cruel frialdad. “No necesito tu lástima”, se cuenta que le habría espetado de frente en aquel último y doloroso encuentro cara a cara. Nunca más volvieron a cruzar una sola palabra.
El Ocaso en el Olvido y la Tragedia Final
Con las pesadas puertas de la gran industria del cine completamente cerradas bajo llave para él, Alejandro buscó un humilde refugio donde buenamente pudo. Encontró un pequeño espacio en la Asociación Nacional de Actores, allí donde antes soñó con ser el rey. Trabajando como un simple miembro honorario, comenzó con amargura a organizar obras de teatro enormemente pequeñas, sumamente modestas y casi invisibles para el radar del espectáculo.
Era una realidad diametralmente opuesta y tristísima, nada que ver con aquellos grandes y lujosos montajes teatrales que su exitosa familia había protagonizado por décadas. Ahora, sus funciones transcurrían en deprimidos y oscuros teatros de barrio, lidiando con unos presupuestos mínimos casi ridículos y enfrentándose a audiencias bajísimas que se podían contar con los dedos de las manos. Alejandro se aferraba a la ilusión: dirigía, producía, cobraba las entradas y a veces hasta actuaba sobre las tablas, pero, sencillamente, nadie le prestaba la menor atención. La prensa, que antes lo asediaba, ya no se molestaba en cubrir sus pobres eventos locales. El público jamás llenaba las desoladas butacas. Todo su esfuerzo artístico era exactamente como gritar desesperado en medio de un inmenso vacío sordo.
En el plano personal, en algún momento a finales de la década de los 50, se comenta que Alejandro contrajo matrimonio con una elegante y misteriosa dama de la alta sociedad. Según han relatado algunas versiones no confirmadas del todo por la historia, juntos habrían logrado formar una familia y tener hijos. De hecho, precisamente uno de ellos, varios años después, continuaría fugazmente con el legado al participar en la muy recordada y popular serie cómica juvenil Cachún Cachún Ra Ra durante los vibrantes años 80, llevando todo el peso del apellido familiar hasta una generación completamente nueva.
Sin embargo, los intrincados detalles exactos de su vida familiar privada siempre fueron férreamente guardados bajo una absoluta y celosa discreción. Pero la realidad era que ni siquiera el amor incondicional de su propia familia pudo jamás llenar ese inmenso, oscuro y frío vacío emocional que Alejandro sentía arraigado en su pecho. Seguía siendo un hombre amargado, viviendo totalmente resentido con la vida y atrapado en las glorias de un pasado que ya no existía.
Poco a poco, sus antiguos amigos de juerga terminaron alejándose al no soportar su negatividad. Sus excolegas del cine simplemente lo borraron de su memoria. Y mientras esto sucedía, el contraste no podía ser más cruel: su hermano Fernando triunfaba enormemente, consolidándose como primer actor en exitosas telenovelas y grandes producciones cinematográficas de prestigio nacional e internacional.
En un intento compasivo de ayuda, la televisión le ofreció a Alejandro algunos papeles bastante pequeños, casi de extra, en varias telenovelas de la tarde y ligeros programas de comedia dominical. Alejandro, tragándose su inmenso orgullo, los aceptó; no impulsado por una renovada pasión artística, sino puramente arrinconado por una dura necesidad económica. Eran papeles profundamente discretos, personajes totalmente secundarios, opacos y sin ningún tipo de brillo actoral. Y como si el universo se ensañara con él, la cruel crítica especializada, cuando de milagro llegaba a mencionarlo en sus columnas de periódicos, casi siempre terminaba, de manera inevitable, comparándolo despiadadamente con Fernando. “No tiene para nada el cálido carisma de su hermano; a Alejandro le falta por completo la auténtica chispa que caracteriza a los Luján”, sentenciaban los rotativos. Cada reseña, por pequeña que fuera, se convertía en un doloroso y punzante recordatorio físico de su aplastante fracaso.
Pero lo que pasó en el crepúsculo de sus días terminó por romperle verdaderamente el corazón a casi todos los que conocieron de cerca la historia de los Cianguerotti. Arrancando el nuevo milenio, justo en el año 2000, Alejandro empezó a sufrir misteriosos y dolores muy intensos ubicados en el área del estómago. Fiel a su terquedad y a su carácter evasivo, al principio decidió simplemente ignorarlos, tragándose el dolor en silencio, justo de la misma manera terca y obstinada como había ignorado sistemáticamente tantas otras claras advertencias y banderas rojas a lo largo de toda su vida.
Pero aquel lacerante dolor físico no cedía en lo absoluto, volviéndose insoportable. Vencido por el sufrimiento, por fin decidió someterse a diversos y rigurosos estudios médicos. Los fríos resultados de laboratorio terminaron siendo verdaderamente devastadores, cayendo como un bloque de hielo sobre él y su familia: presentaba un cuadro de cáncer avanzado de estómago en una fase terminal. El diagnóstico médico no dejaba lugar a la esperanza; los doctores, con suma gravedad, apenas le pronosticaron unos escasos meses de vida.
La forma en que Alejandro afrontó aquella dura y sombría sentencia de muerte es el reflejo perfecto de su existencia. Recibió la noticia con la mismísima y obstinada rebeldía con la que siempre había vivido sus mejores y peores años. Tomó la radical decisión de negarse tajantemente a someterse a cualquier tipo de tratamiento médico agresivo, rechazando por completo la idea de someter su cuerpo a una quimioterapia invasiva.
“Si voy a morir, que sea bajo mis propios términos”, se dice que habría sentenciado con firmeza estoica. Durante aquellos agónicos, dolorosos y lentos últimos meses de vida postrado en una cama, toda su desesperada familia intentó en repetidas ocasiones obrar el milagro de reunirlo nuevamente con su hermano Fernando para lograr un anhelado perdón antes del inminente final. Pero Alejandro, con una terquedad inquebrantable, se negó rotundamente a verlo hasta el último aliento de vida. “No quiero su compasión ahora”, llegó a murmurar con voz débil y áspera desde las sábanas blancas de la cama del hospital. Increíblemente, su viejo, enraizado y tóxico resentimiento demostró ser bastante más fuerte y resistente que el miedo a la mismísima muerte inminente.
Sus seres más queridos y fieles lo acompañaron valientemente durante sus oscuros últimos días de agonía. Su devota y silenciosa esposa, según cuentan los testigos cercanos a la familia, jamás, ni por un solo segundo, se separó de su lado en aquel cuarto de hospital. Pero a pesar del amor que lo rodeaba, Alejandro exhaló su último aliento tal como había vivido siempre la mayor parte de su etapa adulta: profundamente enfadado con el mundo, inmensamente amargado por lo que siempre creyó que pudo haber sido y, dolorosamente, jamás fue.
Finalmente, el 30 de mayo del año 2004, Alejandro Cianguerotti Junior falleció a la edad de 64 años. Su partida de este mundo terrenal fue enormemente silenciosa y discreta, sucediendo de manera casi anónima. Un par de diarios locales, casi por obligación hacia el apellido, colaron una nota periodística minúscula, relegada al fondo de sus últimas páginas de espectáculos, y las ruidosas revistas del corazón, que en su juventud lo asediaban, casi ni se inmutaron en mencionarlo.
El detalle más desgarrador de aquel día gris ocurrió en el cementerio. Su propio hermano menor, el gran y exitoso Fernando Luján, asistió al solitario funeral manteniéndose en un discreto segundo plano, llorando en un profundo e inconsolable silencio, arrastrando sobre sus hombros el inmenso peso de una culpa gigantesca e irracional que, para ser completamente sinceros y justos con la historia, nunca debió ser suya en absoluto.
La Lección de una Vida Consumida

El triste caso de Alejandro Cianguerotti Junior trasciende y se erige hoy en día como una auténtica y aleccionadora tragedia griega dentro de la historia de nuestro cine nacional. Es el desgarrador y vívido retrato de un hombre afortunado que nació teniéndolo absolutamente todo a su favor —dinero, influencias, una red de apoyo envidiable— y acabó sus días sin nada material ni espiritual.
Fue, sin temor a equivocarnos, un talento histriónico puro y nato que perfectamente pudo haber llegado a brillar de manera deslumbrante en la pantalla gigante codo a codo junto a su querido hermano. Sin embargo, en un acto de profundo autosabotaje, prefirió apagarse lentamente, consumido por completo por el fuego de su puro resentimiento incontrolable. La implacable industria del cine, a pesar de sus exabruptos, le ofreció en repetidas ocasiones oportunidades que valían verdaderamente oro molido, y él las escupió y las rechazó con desdén.
A fin de cuentas, a la hora del balance final, la verdad innegable es que Alejandro jamás cayó derrotado por culpa de lo duro o cruel que puede llegar a ser esta industria del entretenimiento. Tampoco fue derribado por la falta de apoyo de la impredecible audiencia nacional, ni muchísimo menos, fue culpa del talento arrollador de Fernando. Alejandro fue trágica y tristemente derrotado única y exclusivamente por sí mismo.
Toda su prometedora e incipiente carrera profesional quedó enterrada de por vida bajo la inmensa e imparable sombra proyectada por el indiscutible éxito de Fernando Luján, quien, haciendo honor a su talento y disciplina, sí terminó consagrándose como una de las leyendas absolutas, respetadas e inmortales del cine, el teatro y la televisión en México.
No obstante, quienes compartieron escena y trataron de cerca y en la intimidad a Alejandro Cianguerotti Junior saben perfectamente cuál es la dolorosa y cruda verdad que oculta su historia: él no tenía en lo absoluto menos madera artística ni menos capacidad interpretativa que su multipremiado hermano; de hecho, le sobraba presencia. Lo que trágicamente le sobró también fue el ego, y ese invisible pero letal veneno interno lo consumió gota a gota hasta dejarlo seco.
Hoy en pleno siglo veintiuno, es muy poca la gente que logra recordar si quiera el nombre de Alejandro Cianguerotti Junior. Sus viejas películas en blanco y negro desaparecieron prácticamente sin dejar rastro en el imaginario colectivo, almacenadas en polvorientas latas de archivo. Sus mejores y más puras obras de teatro de aquellos años de juventud jamás lograron ser grabadas para la posteridad. Hoy por hoy, su paso por el mundo y su pesado apellido familiar representan apenas una muy pequeña y nostálgica anécdota, un pie de página en la inmensa, rica y vasta historia dorada del cine mexicano.
Aún así, es de suma importancia y vale muchísimo la pena rescatar y contar con detalle esta historia hoy en día. Nos deja, sin duda alguna, una lección humana sumamente brutal, atemporal y valiosa: nos enseña de la manera más cruda que el simple hecho de poseer un gran talento nunca basta por sí solo para lograr triunfar en la vida. Nos recuerda que un buen apellido de abolengo o los contactos adecuados jamás te aseguran el éxito a largo plazo, y, sobre todas las cosas, nos confirma que el peor, el más cruel y el más despiadado enemigo que puede llegar a enfrentar cualquier ser humano y artista a lo largo de su camino suele habitar frente a él en su propio espejo: su propio ego desmedido. Alejandro Cianguerotti Junior tenía absolutamente todo a su favor para hacer historia y convertirse en leyenda, pero prefirió el olvido eterno; y esa, francamente y sin atenuantes, fue su mayor, más grande y más dolorosa tragedia.